Ahora escuchará mi voz... Mi voz le ayudará y le llevará al interior de la Viena Imperial. Cada vez que escuche mi voz, con cada palabra y cada número, entrará en un nivel más profundo, abierto, relajado y receptivo... Ahora voy a contar de uno a diez. Cuando llegue a diez, estará en Viena... Digo: uno. Y al centrar toda su atención en mi voz comenzará a relajarse lentamente... Dos. Nota las manos y los dedos más calientes y pesados... Tres. El calor se extiende por sus brazos hasta sus hombros y su cuello... Cuatro. Las piernas y los pies se le vuelven más pesados... Cinco. El calor se extiende por todo su cuerpo. Cuando llegue a seis, quiero que llegue a un nivel más profundo... Digo: seis. Y todo su relajado cuerpo empieza a hundirse lentamente... Siete. Va a un nivel más y más profundo... Ocho. Va a un nivel más profundo cada vez que respira... Nueve. Está flotando. Cuando cuente diez mentalmente, estará en Viena. Esté allí al contar diez... Digo: DIEZ.
Está usted en la Viena del siglo XIX. El Imperio austro-húngaro palidece, víctima de las luchas internas por el poder político. Los albores del nuevo siglo traen vientos de modernidad, de ciencia y revueltas sociales. Pero en nuestro relato no vamos a interesarnos por la Historia en mayúscula, sino que preferimos sumergirnos en la intrahistoria, en aquella que jamás publicó ningún periódico ni pasó de boca a boca, generación a generación. Un joven mago, un ilusionista, Eisenheim (Edward Norton), regresa a Viena tras años de aprendizaje de su ciencia oscura en tierras inhóspitas y misteriosas. Sus actuaciones, prodigiosas y mágicas, hacen correr la voz por las calles de la ciudad de que posee poderes sobrenaturales. El príncipe heredero Leopold (Rufus Sewell), materialista y pragmático, convencido de estar mirando de frente a las farsas de un embaucador, asiste a uno de los espectáculos de Eisenheim. Un encuentro con el pasado, una historia de amor interclasista inconclusa, unos besos rotos, una segunda oportunidad.. todo ello florecerá nuevamente cuando Sophie (Jessica Biel), la prometida del príncipe, pise el escenario de Eisenheim como resignada voluntaria para un nuevo número de magia del cada vez más misterioso e intrigante maestro. La relación de los amantes, clandestina y furtiva, será vigilada de cerca por el inspector Uhl (Paul Giamatti), mano derecha del príncipe Leopold, tan interesado en cumplir con sus deberes profesionales como en descubrir los secretos técnicos del ilusionista.
La dramaturgia está clara. Un folletín de amor desaforado ilumina la oscura sala en la que presenciamos El ilusionista; mientras, sus imágenes nos llevan a un mundo en el que cuestionar los límites de lo real se convierte en un reflejo automático, toda una bomba de relojería que estalla ante nuestros ojos y, de paso, ante los de los también atónitos espectadores de Eisenheim. A veces, nuestra mirada complacida nos da la sensación de que vamos a seguir los tortuosos pasos de Lisa en Carta de una desconocida... pero lástima, ni Neil Burger domina la brillante puesta en escena de Max Ophüls, ni creo que el relato de Steven Millhauser —y que no he tenido la oportunidad de leer— que sirve como punto de partida para el guión de Burger se aproxime a la maravillosa obra de Stefan Zweig.
Neil Burger nos sitúa en un estado de ingravidez, en el que el raciocinio parece ser una herramienta inútil para abordar las apariencias mundanas. Como Eisenheim, o el propio Franz Mesmer —padre del “magnetismo animal” y de la hipnosis—, se hace servir de una serie de técnicas y trucos para explotar sus fines comerciales. Así, la fotografía monocroma del filme (junto con los trucos ópticos de los que hace gala el binomio Eisenheim-Buger), que pretende otorgar al mismo una sensación de cine añejo, se convierte en el vehículo que emparenta la hipnosis y el ilusionismo con el cine primitivo, el de los pioneros, convirtiéndolos en puros y exquisitos espectáculos de barraca de feria. En eso, el filme no falla. La película no busca trascender, ni falta que hace, sino entretener. Visto así, El ilusionista es un producto de gran belleza visual, cien por cien efectivo.
Sin embargo, Burger muestra mayores aptitudes como cineasta que como guionista. Los personajes de la película no tienen el calado y la hondura suficiente para soportar la trama y es la labor de los actores, con un excepcional Giamatti a la cabeza, la que logra mantener en pie todo el artificio. El triangulo amoroso es totalmente plano, siendo el personaje femenino el más denostado de la función, una pura convención de género a años luz —qué odiosas pueden resultar las comparaciones— de las mujeres que pueblan las películas del ya citado Ophüls. Al otro lado del triángulo, encontramos al personaje de más enjundia, el inspector Uhl, que se debate entre su admiración por el ilusionista y el cumplimiento de su deber profesional, entre su pertenencia a una clase social desfavorecida —como la del mago al que tanto admira y las muchedumbres que se echan a la calle para preservar las actividades de Eisenheim— y la servidumbre abnegada hacia el príncipe, hacia un estamento social que envidia pero del que sabe que jamás será copartícipe. La composición del personaje elaborada por Paul Giamatti hace subir enteros a la película.
Desde luego, no hay peor mago que aquel que no sabe esconder los hilos ocultos de sus trucos. En este sentido, Burger no toma buena nota de las artimañas de Eisenheim ya que, en diferentes ocasiones, somos testigos de cómo guarda cartas en el puño de su camisa. Ciertos diálogos irrisorios, conspiradores que hablan en voz alta y sin disimulo en las estaciones de tren, un asesinato resuelto torpemente fuera de campo y, sobre todo, una primera escena, que al final evidenciamos como tramposa por amagar información relevante, dejan ver un sofisticado tinglado final digno del mejor Keyser Sozé.
Nada me gustaría más que quien leyese esta crítica de cine que, en realidad no es más que un mero truco, pudiese escuchar, al mismo tiempo, la magnética voz de Max von Sydow y, si pudiera ser, acompañada por las sugestivas notas creadas por Joachim Holbek para acompañarnos en el hipnótico viaje por la Europa de Lars von Trier. Como en el final de Y la nave va, en el que Federico Fellini nos muestra el plató, los trucos empleados en su película, los decorados y hasta el equipo técnico, quisiera dejar constancia de que, con honestidad, en ocasiones la imitación de lo natural es un acercamiento a la vida mucho más eficaz que la realidad misma.