Los fantasmas de Goya (Milos Forman, 2006)

Por Emilio Martínez-Borso

Milo's Ghosts

Siete años después de su particular acercamiento a la controvertida figura del cómico Andy Kaufman en Man on the moon, Milos Forman vuelve, a priori, por los caminos que le llevaron a la gloria, aquellos de los falsos biopics y las épocas pretéritas.

Y me refiero a priori porque Fantasmas de Goya tiene en una primera lectura muchos puntos en común con su magistral Amadeus. El cineasta checo utiliza como excusa o báscula narrativa la figura de un personaje real, dotándolo de alma y conciencia pero sin pretender nunca ser una biografía al uso, más bien un acompañante que sirve de guía al espectador para adentrarnos en el mundo en el que habita. Si bien Mozart no era más que la ensoñación y la transformación corpórea de la envidia sentida por Antonio Salieri, este Francisco de Goya es un cronista aventajado, un privilegiado periodista que asiste a los cambios que azotan España en una época especialmente truculenta. Una época que abarca desde el final de la monarquía española hasta la invasión inglesa por parte del duque de Wellington, pasando por la revolución Francesa y la entrada en España de Napoleón, coronando a su hermano como rey.

Forman se nutre de las pinturas más desarraigadas y desoladoras del pintor, de su época más oscura (entre los cuales destaca el famoso Fusilamientos del 2 de mayo y la serie de pinturas negras) para erigirlo como uno de sus característicos personajes individuales que les toca ser testigo del sistema y acaban siendo engullidos por él (En este caso, claramente ejemplificado también en el personaje del padre Lorenzo, un muy curioso Javier Bardem). Es así como la película puede dar a equívocos inadecuados y falsas interpretaciones dado que la utilización del nombre del pintor en el título y su figura pueden inducir a pensar que se trata de una biografía del pintor, cuando muy acertadamente, Forman lo relega a un papel secundario, un testigo de primera mano que será el encargado de, gracias a sus obras, mostrar la sensación de desasosiego, terror y temor con las que la sociedad civil convivían día tras día.

En una opción acertada pero peligrosa, Forman se aleja de los cánones narrativos habituales al contar una historia principal y central, para, utilizando tres personajes, adentrarse en una historia más universal, más abstracta y compleja de lo que puede parecer a simple vista. A Forman le interesa mucho más adentrarse en la dualidad existente entre fanatismo y paganismo, tan a flor de piel en una sociedad donde la iglesia y sobretodo la inquisición, campaban a sus anchas gozando de más poder casi la propia monarquía. El cineasta las muestra como motor existencial, como dos bandos donde se pertenece a uno u a otro, sin término medio posible. O religioso o hereje; y muchas veces los primero por temor a ser tildado de los segundo y temeroso de las consecuencias que acarrea. Esa diferencia tan abismal entre las clases sociales en las que predominaba el temor; temor que era el arma infundida por aquellos que ostentaban el poder y se amparaban en él para hacer valer su verdad. Un temor que hábilmente Forman extrapola a cualquier conflicto actual, y cuya inquisición no es más que una capucha bajo la que se esconden movimientos y sobretodo doctrinas no tan antiguas, como el nazismo, o el comunismo que el propio Forman sufrió en su Checoslovaquia natal, y cuyos métodos no distan demasiado de las atrocidades empleadas por los religiosos españoles. Esa segunda lectura es sin duda la más interesante, convirtiendo el largometraje en una muestra de los propios fantasmas vividos por el director, y que en su traslado a la gran pantalla, acerca la película a un aura de realidad descarnada y personal que trasciende cualquier etiqueta estética más allá de la excelente puesta en escena y ambientación. Comportamientos, actitudes, crueldades, y sensaciones a flor de piel es lo que desprenden los fotogramas de Los Fantasmas de Goya.

Para ello, el cineasta se preocupa en establecer y mostrar la diferencia entre ambas tendencias siendo muchas veces la línea que los separa demasiado delgada y frágil. Por una parte tenemos a Inés, musa de Goya y espíritu de la inocencia frente a la corrupción, que se convertirá en una víctima del sistema (En una secuencia terrorífica la de sus sentencia, debido a lo absurdo y a lo increíble de los argumentos del tribunal), que se verá sucumbida por él y acabará siendo aplastada y marginada por el olvido, como tantas otras víctimas de semejantes doctrinas. En contrapartida tenemos al padre Lorenzo, él es el sistema, ejemplifica la "rectitud" y la auto-convicción de que hace los correcto, pero que sin embargo circunstancias que no voy a desvelar, le harán huir y se replanteará sus creencias, volviendo como baluarte de los ideales revolucionarios, para luego sucumbir de nuevo en el sistema del que él formaba parte. Sin duda la evolución del padre Lorenzo es la más interesante y conseguida por Forman, quien se preocupa especialmente en dejar claro que tarde o temprano tu propio sistema acabará engulléndote.

Y entre ellos pivota Francisco de Goya, que sin venderse a nadie intenta vivir en paz respetando a la inquisición sin molestarla aunque no apruebe sus métodos, para poder seguir pintando y gozar de los favores de los monarcas. Goya es un superviviente, un personaje que a pesar de quedarse sordo (Con una gran utilización del sonido por parte del director de Alguien voló sobre el nido del cuco, en sus momentos de sordera), consigue reponerse a los cambios, los regímenes cambiantes y a sus propios fantasmas, para seguir ofreciendo una obra que ha perdurado como un retrato impagable del sentimiento de una nación, sumida en la más absoluta confusión.

Apoyado en una espectacular y muy cuidada recreación, Forman lleva con buen pulso una complicada narración que no se le escapa de las manos, consiguiendo una obra desasosegante, angustiosa, dura y directa como un puñetazo en la boca del estómago que aupada en un triste y demoledor final, donde demuestra la fragilidad del destino de la gente, Fantasmas De Goya es una película honesta en su crítica que deja un poso de angustia tal debido a la veracidad que destila, que perdura en la memoria mucho tiempo después de haberla visionado.