Mi querida hermana (Nancy Meckler, 1994)

Por Javier G. Romero

En 1994 se produjeron dos películas de similar premisa argumental, pero resultados diametralmente opuestos; ambas inspiradas en sendos crímenes atroces ocurridos el uno en Francia durante la década de los 30, el otro en Nueva Zelanda a principios de los 50. En ambos casos la mano ejecutora fue femenina e igualmente los actos se habían consumado en cómplice pareja (hermanas en un caso, amigas en el otro). Sin embargo, donde un filme ofrecía una mirada abiertamente fantástica — Criaturas celestiales (Heavenly creatures), del neozelandés Peter Jackson—, el otro desplegaba con mayor sobriedad un tono intimista —Mi querida hermana (Sister, my sister), de la británica Nancy Meckler—. El exceso audiovisual de Jackson, desbordante, colorista e imaginativo, no impedía que toda la dimensión de la tragedia obtuviese justa plasmación en pantalla. Así mismo, el gusto por el detalle, la parquedad casi bergmaniana del film de Meckler, no hurtaba sino que reforzaba el dramatismo de lo narrado. Ambas películas planteaban prácticamente la misma situación: dos mujeres jóvenes, unidas por lazos estrechos de sangre o amistad, refugiadas en su propio mundo de dolor o fantasía, y sometidas a una autoridad matriarcal convertida en catalizador de sus frustraciones. Las amigas de Criaturas celestiales asesinan a la madre de una de ellas; las hermanas de Sister, my sister, acaban con la vida de la dueña de la casa en la que trabajan como sirvientas.

Es precisamente la mirada del realizador la que dota de un punto de vista más o menos fantástico a una historia cuyo material de base es muy semejante en cada caso. Sin embargo, los dos filmes ahondan en sendos cuadros de esquizofrenia, produciendo idéntico desasosiego en el espectador, reforzado por la condición femenina y aparentemente desvalida de sus protagonistas. Por desgracia, la distribución no ha bendecido a las dos películas por igual: mientras que el filme de Jackson goza de una difusión multitudinaria, la película de Nancy Meckler ha pasado casi de tapadillo por nuestras pantallas, a pesar de su evidente calidad.

Los antecedentes escénicos de Mi querida hermana se remontan a 1947, cuando el escritor y dramaturgo parisiense Jean Genet estrenó en las tablas su obra Les bonnes, directamente inspirada en el crimen cometido más de una década antes (1933) en Le Mans por las dos hermanas sirvientas. La reacción de la crítica y el público fue entusiasta, pero algunas voces se alzaron tachándola de “apología del homicidio”. Muchos años después Wendy Kesselman estrenaba en los teatros británicos “My sister in this house”, bajo dirección de Nancy Meckler, una adaptación libre del mismo suceso que inspiró a Genet. Meckler, casada con David Aukin, jefe del departamento dramático del televisivo Channel Four, decidió dar el salto a la dirección cinematográfica llevando a la pantalla el mismo texto que coordinase previamente en las tablas. A la vista de los resultados, no sólo se han solventado los eternos problemas de adaptación del teatro al cine, sino que pese al decorado casi único de la casa —además de nuevas escenas en exteriores que ayudan a dinamizar el conjunto— los registros cinematográficos se muestran competentes a la hora de romper el estatismo teatral. Una preocupación extraordinaria por cada detalle creativo del film recorre sus fotogramas: la ambientación decadente de la casa de Madame Danzard, la atmósfera tensa y opresiva creada a partir de una fotografía contrastada y de la misma colocación de las actrices en el encuadre —paradójicamente a través de composiciones estáticas, casi pictóricas— y sobre todo la minuciosidad con la que está planteada la evolución —involución, más bien— psicológica de las dos protagonistas principales; Christine (Joely Richardson) y su hermana menor Léa (Jodhi May) han acabado trabajando juntas bajo el mismo techo de la viuda Danzard y su apática hija, en un clima de hipocresía y represión, tras una existencia llena de amargura —abandonadas por su madre e internadas en un estricto convento, separadas y colocadas como criadas desde la adolescencia, coinciden por fin en la misma casa—.

Narrado todo a partir de una mirada introspectiva, sensible, no exenta de lirismo, turba especialmente constatar cómo esa intensa relación casi patológica que las une se va estrechando, hasta convertirse en un inicio de amor incestuoso que provoca en ellas el efecto contrario al tan ansiado consuelo. Su mundo se ve, así, reducido a esa habitación del ático en la que pasan sus pocas horas de asueto, entregadas a recuerdos dolorosos, lágrimas silenciosas y caricias, un mundo en el que los hombres no tienen cabida —la presencia masculina se ha eliminado por completo de la película, salvo la voz fuera de cuadro de un fotógrafo— acentuándose así la teoría del amor lésbico e incestuoso, del universo cerrado y asfixiante.

Mi querida hermana, a pesar de los galardones obtenidos en la 39 Semana Internacional de Cine de Valladolid —premio François Truffaut a la mejor opera prima, y mejor actriz ex-aequo para Joely Richardson y Jodhi May—, no obtuvo, como ya hemos apuntado, ninguna repercusión en nuestros cines gracias a una penosa distribución que impidió su normal visionado. Conviene por lo tanto rescatarla de este injustificado olvido, y disfrutar así de un cine bien hecho, minoritario si se quiere por alejarse de temáticas o estilos más en boga actualmente, pero agradecido por cuanto contribuye a ofrecernos un panorama más completo del cine de hoy, tristemente recluido en el reducto de la pirotecnia gratuita y la comedia más adocenada.

© Javier G. Romero y QUATERMASS

Texto publicado originalmente en el catálogo de la IV Semana de Cine Fantástico de Bilbao (diciembre 1998). Reproducido aquí con permiso del autor.