El espejo (Zerkalo, 1975)

Por Ángel Santos Touza

La infancia de Andrei

Eje exacto de la filmografía de Andrei Tarkovski y obra determinante en su investigación cinematográfica, El espejo es un film absolutamente autobiográfico, en el que se rechazan las habituales técnicas naturalistas a la hora de representar los hechos del pasado en favor de una precisa inmersión en la memoria personal del autor como objeto único del film. Podríamos decir, en un juego de referencias, que Tarkovski partiendo de la magdalena de Proust, toma el camino de Amarcord para llegar, en lugar de a Fanny y Alexander, al Marienbad de Resnais. La película es un compendio de situaciones hirientemente nostálgicas en torno a los temas de la infancia recordada y la presencia de la Madre, basadas en mayor medida en las sensaciones físicas o emocionales que éstas provocaron que en una crónica más o menos objetiva de hechos del pasado; dando lugar en su plasmación en imágenes a un discurso alejado de todo naturalismo y mucho más cercano a la lógica de la ensoñación.

La película combina episodios de la infancia del autor (o de su alter ego en el filme Alexei)  y de la biografía de su madre, con un concepto de Madre más general: el sentimiento de pertenencia a un lugar (el conflicto interior en torno la amada/odiada patria, una de las constantes de su cine) y la presencia de la “Historia” —presentada en íntima relación con la “historia” personal— que configura lo que somos a partir del tiempo que nos ha tocado vivir; puesto de relieve a través de la inserción de numerosas imágenes de archivo donde la visión de la España del 36 o el posterior enfrentamiento mundial, chocan y se complementan con la reconstrucción de los recuerdos de la infancia.

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La atípica continuidad narrativa de sus anteriores filmes llega ahora a su grado máximo de abstracción. Si hasta este momento el autor situaba su espíritu en la distancia observando a Iván, Andrei Rublev o el Kris de Solaris, manifestando sus impresiones sobre el mundo a través de éstos, en El Espejo el reflejo que recibimos es únicamente el del propio autor. Su actitud frente a los acontecimientos o sus estados de ánimo en las experiencias vividas y recordadas, se revelan en el metraje como una suerte de representación del propio ‘pensamiento en marcha’ y por ello, a la postre, de resultado necesariamente confuso. De ahí que pasemos durante el visionado sin solución de continuidad de un episodio de la vida familiar, al recuerdo desde el presente cinematográfico de la guerra civil española, y  de este a la contemplación de un libro de reproducciones de Leonardo. Ésta elaboración íntima en las imágenes de El espejo provoca que en ellas se repitan numerosos motivos del cine de Tarkovski: de las omnipresentes e hipnóticas imágenes de vegetación de los ríos, la antigua casa familiar en el campo, o la onírica presencia de la lluvia, a las imágenes de archivo de los primeros intentos de alcanzar la estratosfera que remiten al arranque de Andrei Rublev, o la relación intercambiable de las figuras de la madre y la esposa ya intuida en Solaris… elementos recurrentes, como decía, pero que lejos de aclarar aquí su procedencia, se limitan a atestiguar que su raíz es retorcida y profunda en el imaginario del cineasta.

Tarkovski consideraba que cuanto más personal fuese lo representado en la pantalla, mayor grado de cercanía y emotividad lograrían las imágenes con el espectador; y sobre éste concepto se forjan los cimientos de El espejo. El problema es que, en ciertas ocasiones, el film pueda pecar de hermetismo y de recurrencia al símbolo (como figura autónoma, plena de significado en sí misma), imponiendo con ello una barrera que puede impedir un real acercamiento a la emoción que subyace en sus imágenes. Por poner un ejemplo del propio film, la presencia e importancia de un vaso de leche derramado no tiene por qué implicar, si no se arropa adecuadamente,  el mismo nivel emocional para el autor que para un posible espectador, pudiendo llegar a convertir el visionado en una especie de juego de las adivinanzas psicoanalítico.

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En la secuencia que abre la película tras los créditos, la madre del protagonista está sentada en la empalizada de su casa de campo observando los pasos de alguien que se acerca por el prado en la lejanía, quizás el marido ausente. La cámara se pone en movimiento en solemne travelling de avance y una voz, la de Alexei, el narrador (interpretado por el propio Tarkovski) comienza a dar forma al recuerdo. Esta secuencia guarda una curiosa similitud (conceptual y visual) con el arranque de Centauros del desierto. Allí Ford ponía en exacto movimiento la cámara, que literalmente empujaba a Martha al exterior de la casa intuyendo la llegada de Ethan, para que así, diese comienzo el relato [1]. En El espejo, la figura femenina permanece inmóvil, tan sólo se mueve la cámara y una voz nos habla desde detrás de ella conduciéndonos a través del film en imágenes que se siguen como seguimos las de un musical, arropados por  suaves movimientos que no necesitan de personajes para existir [2], por las combinaciones de colores, los sonidos y músicas, que nos agitan en direcciones opuestas como en un confuso ballet. Casi veinte años después de Centauros del desierto, Tarkovski ya no necesita unos personajes que guíen su relato, sus propios ojos se convierten en la cámara y las presencias al otro lado de ella en sus recuerdos.

Antes de ésta imagen, que da comienzo al film propiamente dicho, una pequeña escena nos muestra a un chico con dificultades para hablar siendo sometido a una sesión de hipnosis a modo de terapia. El chico se sumerge en su interior conducido por la voz de la doctora que le insta a realizar una serie de ejercicios. Al despertar, el muchacho consigue hablar con normalidad. Tras esta escena las primeras palabras de la película serán, como ya he dicho, las del propio Tarkovski que comienza a su vez, el vaciado de sensaciones y recuerdos, tratando, en un proceso similar al del muchacho tartamudo, de recuperar la salud. De ahí la presencia (ausencia, más bien) del protagonista, del que tan sólo alcanzaremos a ver el torso desnudo postrado en la cama,  como un enfermo.

[1] Ver Santos Zunzunegui: “La mirada cercana”. Ed. Paidós Comunicación.

[2] Cfr. el travelling por la casa de Alexei al que, a pesar de oír su voz mientras habla por teléfono, no encuentra en ningún momento.