el truco final

Por Israel Paredes

Nada es lo que parece

Resulta llamativo que El truco final (The prestige; 2006), quinto largometraje de Christopher Nolan, se cierre con la canción Analyse, de Thom Yorke, perteneciente a su primer disco en solitario The Eraser. La película, ambientada en el siglo XIX, poco parece relacionarse con una canción que mira, en su estilo y forma, hacia el futuro. Sin embargo, basta con escucharla detenidamente teniendo en mente la película para darse cuenta de que existen relaciones y que, además, ayudan y no poco a entenderla. Ignoro a que obedece la elección de Nolan de incluir la canción, pero sin duda alguna la melodía y voz de Yorke transmite la sensación hipnótica por la que se mueve El truco final en todo momento, no sólo por tratar sobre unos ilusionistas que con sus trucos asombraban a su audiencias, si no por el estilo empleado por el propio cineasta inglés. Hay en todo momento un sentimiento de que la película se encamina hacia la deriva, que no encuentra un punto fijo, siempre más atenta a la creación de una atmósfera que a perfilar unos personajes y dar sentido a una narración; un juego tan enigmático y misterioso como los propios trucos que Robert Angier (Hugh Jackman) y Alfred Borden (excelente Christian Bale) realizan a lo largo de la película, algo, por otro lado, común en el director de Following (íd.; 1998) o Memento (íd.; 2000), para quien el cine es ante todo un medio a partir del cual ir creando modificaciones que hagan a la narración transitar diferentes caminos que, al final, siempre llevan a un punto final donde importa más el modo en que se ha llegado que a lo que se ha llegado.

Es casi imposible hablar de El truco final sin destrozar el final, el cual, da sentido no sólo a la propia historia si no también a su estructura e intenciones de Nolan. Al comienzo de la película, Cutter (Michael Caine), el ingeniero que diseña los artefactos mecánicos para los trucos, explica lo siguiente: «El primer acto es llamado “la promesa”: el prestigitador te muestra algo, normal, pero por supuesto… probablemente no lo es. El segundo acto es llamado “el giro”: el prestigitador hace de ese algo ordinario algo extraordinario. Ahora, si estás buscando por el secreto… no lo encontrarás. Es por eso por lo que hay un tercer acto llamado “el prestigio”. Esta es la parte con los giros y cambios, donde vives en el equilibrio, y ves algo que te sacude y  que nunca antes has visto». Tres actos, como la propia narrativa tradicional. Pero Nolan, al igual que los magos de su película, nunca se ha movido por lo convencional a la hora de estructurar sus obras, siempre buscando como alterar el orden tradicional para reconstruirlo, donde las tramas importan más por cómo se cuentan que por ellas mismas, sin que por este motivo las descuide. Mientras los magos deben de respetar de manera puntillosa esos tres pasos para poder ir creando una atmósfera y una expectación en su auditorio, Nolan prefiere coger las tres partes y, aunque respetándolas, crear idas y venidas en el tiempo, giros narrativos, dobles imágenes. Asume la condición de mago con una cámara y juega, aunque en todo momento se tome muy en serio aquello que está narrando.

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El truco final está basada en una novela de Christopher Priest (titulada en castellano El prestigio y editada por Minotauro) que adopta una estructura que mira directamente a la época en que se desarrolla la historia, a base de diarios y memorias de los personajes con alguna introducción de pensamientos de los mismos. Nolan no respeta, obviamente en cine es complicado hacerlo, dicha estructura, aunque sí la adopta en determinados momentos, siempre dentro del juego que los personajes van creando entre sí y para con los demás. Si a Priest le sirve para, al final, dejar patente la propia debilidad de la estructura que, a priori, parece indicar que nadie miente en la historia (puesto que hablan en primera persona y para ellos mismos y, por tanto, se sobreentiende que dicen la verdad), Nolan prefiere que los diarios y notas memorísticas lleguen a los demás personajes para que sean testigos de la poca consistencia que posee su visión del mundo o la manera en que ven la realidad. Nada es lo que parece en El truco final. Los trucos de los magos. Los personajes. La propia estructura de la película (y antes que ella de la novela).

A Nolan siempre le han gustado los personajes extremos, siempre luchando contra una realidad que se enfrenta a ellos y les hace tener que combatir de una manera u otra. Personajes limítrofes con ellos mismos y con los demás que no encuentran su lugar en el mundo pero que, aun así, intentan hacerlo. El cineasta, a la hora de abordarlos, entiende que necesitan una estructura que se adecue a tales características, de ahí sus aparentemente deslavazados textos. Del mismo modo que la canción de Thom Yorke, El truco final se mueve por diferentes texturas, creando inconsistencia pero lográndola por ello mismo. No sólo las citadas Following o Memento (donde la ruptura del relato convencional era más patente), si no también en Insomnio (Insonmia; 2002) o Batman Begins (íd.; 2005) la estructuración poseía siempre una sensación pendular, moviéndose sin encontrar un punto exacto para, al final, conseguir que todo esté en su sitio y el trayecto recorrido parezca mucho más lineal de lo que en realidad es. En el caso de El truco final, Nolan lo logra de una manera mucho más plena que en las anteriores, quizá por haber partido de una novela de la que tiene que sacar aquello que le vale y dejar de lado lo más importante, su propia organización.

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También quizá por haberse dirigido hacia el siglo XIX para poner de relieve de una manera más contundente la visión que tiene de la realidad y del propio cine. Una realidad que nunca es lo que parece, aunque pueda dar la impresión de que así es; donde las dobles caras y la posibilidad de constantes cambios son determinantes. El cine como manera de explotar todo lo anterior para, a la vez, dejar patente la propia artificialidad del mismo sin que eso suponga, ni mucho menos, algo peyorativo. El truco final no sólo introduce al espectador dentro de una trama envolvente donde nunca se sabe hacia donde se va ir y donde los personajes son quienes mueven la acción hacia terrenos siempre cambiantes, si no que además hace plantearse cuestiones sobre la propia naturaleza del cine, algo que anteriormente el propio Nolan había conseguido con Memento. El cine como juego, como medio de diversión pero también de replanteamiento de la realidad, si no es ésta en realidad un juego donde todos los participantes mueven sus cartas escondiendo otras en la mangan para, llegado un momento dado, dar la sorpresa a la audiencia que no es otra que aquellos que nos rodean.

Christopher Nolan ha dejado claro, tras cinco películas, que su modo de entender el cine está más cerca de Georges Mèliés que de los Lumière, porque aquel intentó mostrar la magia del cine mientras que éstos, sin negarla, prefirieron trabajarlo como documento de reproducción de la realidad, donde se encuentra no poca magia. En El truco final no sólo se hace más evidente al estar desarrollada en una época donde el cinematógrafo estaba a punto de convertirse en, quizá, el último gran invento de los prestigitadores, si no porque la propia magia de los personajes es asumida por Nolan, quien convierte su película en un gran truco sirviéndose del cine, poniendo en evidencia que éste es todavía un medio para ello. Y que, sobre todo, nada es lo que parece.