Pajaritos y pajarracos

Una columna de Jorge-Mauro de Pedro

Lástima, pero adiós...

o mejor dicho: hasta mañana, que esto de los adioses repentinos siempre me ha parecido de un melodramático insoportable. Porque no lo duden ni por un instante: tengo la intención de seguir escribiendo, cómo no, aunque desconozca dónde o bajo qué nuevas condiciones. Me declaro oficialmente Ronin en busca de shogunato ad hoc, con la espada temporalmente envainada (maldita sea, ¡qué ambiguo que suena esto último!)

No, si no cambian mucho las cosas ya no escribiré más acá, en este medio. Las razones son de índole personal, aunque se podrían resumir mediante el sobadísimo “diferencias irreconciliables con la actual dirección”. De mal nacidos es el no ser agradecidos: sé que difícilmente disfrutaré en ningún otro lugar de la libertad que aquí he tenido y jamás (ni antes ni ahora) he recibido ningún tipo de directriz, aviso, colleja o siquiera sugerencia referida a mis comentarios o a la naturaleza de los mismos. Mi renuncia responde más a una cuestión de solidaridad para con Susanna Farré y Alex G. Calvo, cuya desaparición (al parecer, definitiva) del organigrama de MdC me priva de gran parte de los estímulos vitales que me empujaban en esta aventura. En fin, la explicación pormenorizada del affair créanme que no les aportaría beneficio alguno: larga, farragosa e incomprensible. Y sin buenos ni malos, que tan poco vende.

En Miradas de Cine, durante poco más de cuatro años, he podido escribir y decir lo que me ha salido del coño (perdón, pero si no contrapunteo mi discurso con alguna palabra malsonante noto como si me faltase algo…) Y ese tipo de cosas no las echamos verdaderamente de menos hasta que las perdemos. Yo no soy ningún iluso: cuando termine de escribir la última línea ya lo estaré echando en falta.

En MdC no maduré como escritor ni me hice “crítico”. Para mi desgracia, poseía ya un estilo —o sea: un cúmulo de vicios— antes de desembarcar en ella; una forma de contar las cosas que sencillamente apliqué a una materia en concreto: el cine.

Es imprescindible no perder la muñeca, que digo yo. Redactar un par de páginas al día, ¡como sea!; sacar tiempo de debajo de las piedras y aplicarlo a lo único que importa: las pasiones de uno (en este mi caso, la escritura). El día que me deje ir, en que olvide esta sensación, este cosquilleo indescriptible que empuja a la pluma (oh, sí, este último artículo tenía que escribirlo a mano antes de volcarlo en el ordenador), poco restará de aquello que considero importante.

En este sentido, MdC ha sido un espléndido banco de pruebas donde pulir mi pose crítico-paranoica, a través de un personaje con el que llevo conviviendo más de tres décadas (yo mismo). Me he divertido utilizándome de excusa para hablar de cine, o escogiendo el cine para hablar de mi persona (todavía no lo tengo muy claro). Sería injusto decir que he dado más de lo que he recibido. Utilicé el medio sin mucho decoro, yéndome por las ramas (¡la de tiempo que habrán tenido que invertir mis jefes defendiéndome ante desconocidos!), soltando precipitados pareceres —empleando símiles futbolísticos, soy del ‘patadón palante’ antes que de la filigrana— y “haciendo amigos” por doquier.

Para más INRI, en los últimos dos años he contado con una columna propia (la infausta “avellucos y averracos”, como algún mal bicho la bautizó en la red), enmarcada —por una de esas extrañas circunstancias de la vida— dentro de una revista autodefinida como de “análisis cinematográfico”. No me costó mucho engañar a mis amigos y compañeros de publicación: les vendí la moto de una sección de actualidad que vendría a sustituir los insustituibles comentarios de aquél tipo llamado José Luis Hurtado, el quinto Beatle al que nunca llegué a conocer en persona.

Desde aquél entonces han habido numerosos cambios. Ocurren constantemente: son como chivatos, sensores de movimiento que certifican que todavía estamos vivos. Las personas cambian, los objetivos también. Y hay veces en que uno se siente, repentinamente, como un extraño inmerso en una vorágine incontrolable. Siento como si alguna cosa del proyecto original se hubiese ido al garete... y no va a haber manera de retomar la ilusión, las ganas, el empuje. Perdido eso, sólo queda hacer las maletas y emprender viaje en el primer tren con parada en todas las estaciones.

¿Lo mejor de esta accidentada y desigual singladura? Ustedes, los lectores (¡qué pelota eres, macho!). Los que me han leído y vilipendiado y los que me han leído y tolerado. Gracias, yo no hubiese tenido tanta paciencia.

¿Renuncias, perdones, arrepentimientos? Un montón. El justo precio a pagar por parir un puñado de páginas al mes, tocar de refilón dos docenas de temas —ninguno en profundidad, lo sé, lo sé, ¡lo sé!— y mentar tríadas y tríadas de directores vivos y muertos. Y ya saben como es esto de los gustos y los culos, parafraseando a Eastwood: cada cuál tiene el suyo. Disculpas pues a todos y cada uno de los lectores supuestamente agraviados, excepto… excepto a los que todavía confunden una opinión contraria como un insulto personal. A vosotros, funcionarios del rencor a perpetuidad… que os zurzan.

Le he cogido gustillo a esto de escribir de cine. Es un mundo algo petulante, plagado de egos descomunales. No hay duda: encajo fácilmente. Tipos exasperantes con ganas de demostrar sólo Dios sabe qué, poseedores de la verdad absoluta que la reparten cuál hostia consagrada a genuflexos con sus boquitas extasiadas, jugadores de ventaja, frecuentadores de compañías interesadas, vendedores de crece pelo y profetas taciturnos dispuestos a rasgarse las vestiduras cada quince minutos.

Ay, que no, que no… que también hay gente ‘mu’ maja, oigan. Que también habitan seres de una generosidad infinita, dispuestos a compartir contigo lo mucho que saben sin hacerte sentir como que les debes algo a cambio. Apasionados de las películas, sí, pero sobretodo apasionados de la conversación, dispuestos sin dudarlo a saltarse una proyección a cambio de dos horas de charla. Auténticos centauros del desierto (o mejor utilizar directamente el título original, “buscadores”) en pos de una utopía cultural, pues esta —y no otra— es la vía, el camino: aprender, compartir y enseñar (si, parece el lema de un nuevo programa peer to peer).

Y no hay mucho más que añadir, porque odio los anticlímax prolongados. Guárdense los pañuelos para cuando la palme Bergman: les dejo en muy buenas manos. Una dirección distinta (¿un enfoque distinto? Créanme que a día de hoy no hay nada que me permita suponer tal cosa) pero sobretodo un plantel de firmas (entre redactores, colaboradores, amigos y simpatizantes) sin parangón en ningún otro medio ‘gratis total’ de la red. Disfrútenlo: el talento se queda. Contrariamente a lo que aseguran en los velatorios, nunca, nunca se van los mejores.

Nos vemos en el cine. Ya saben: primera sesión de tarde, parte de atrás, ligeramente escorado a la izquierda. Si se sientan a mi lado exijo una butaca de distancia, a menos que vengan duchados o con animus fornicae. Si traen palomitas prometo no mirarles como si se acabasen de beneficiar a mi hermana: al contrario, quizás picotee alguna. Eso sí, cuando se vayan las luces y se ilumine una sola pared, olvídense de mí.

… y como no me gusta irme de los sitios dejando mal sabor de boca, aquí van dos de  mis últimas entrevistas imaginarias: al señor Godard y a Mr. Lynch. Otras tantas se quedan en el alero, en busca de mejor ocasión.

Si sonríen una sola vez, me doy por bien pagado.

*  *  *  *  *

Godard o la insoportable levedad de ser francés

Es la primera vez que me emplazan a venir a un museo para una entrevista. Godard ha logrado lo que ningún otro: cerrar durante unas horas el Orsay y el Louvre y convertir el primero en un improvisado plató televisivo. Su locución la retransmitirán en directo TV5, Canal + y el resto de canales estatales de Le France. Incluso se ha concedido un día de fiesta en institutos y universidades para que todos tengan acceso a Su pensamiento. La bandera francesa ondea con fuerza en el hall, impulsada por una súbita brisa proveniente del Sena. Hasta los elementos parecen saludar la llegada de este pope, este prohombre, este... este.

 Entre la Olympia de Manet, nenúfares y naturalezas muertas, Cézannes y Renoirs, ocupo mi butaca. Observo que ha mandado construir un entarimado, un atril que le permite estar medio metro por encima de mí. En él se encuentra sentado, mirando con aire de suficiencia y algo de aburrimiento un cuadro de Van Gogh colgado frente a él.

—¿Le gusta la pintura del holandés?

—Bueno... un simple aficionado sin una concepción clara de lo que quería hacer. Siempre he preferido a Ingres, Signac o Caillebotte. Poseían una entelequia fusiforme de insondables significados... un simbolismo espurio, si me entiende.

—Si, ya entiendo.... jeje... bueno, señor Godard... este es un momento largamente esperado por...

Se escuchan unos susurros tras de mi. Disimuladamente, un regidor se me acerca con los cascos puestos y un bloc lleno de anotaciones y consignas.

—Disculpe... debe de dirigirse a Él como su Excelencia, su Suprema Eminencia o el Hacedor de todos los Planos Existentes... ¿entendido?

—Estooo... bien, bien. Si es necesario...

—¡Es imprescindible!

—Bien, como iba diciendo, Excelencia... ¿cómo se le ocurrió la idea de citarme en un Museo impresionista? ¿Otra vez problemas con la botella?

—No se equivoque... los españoles como usted sienten una pasión inveterada por la simplificación, fruto del complejo de inferioridad resultante de la invasión napoleónica. Este es un museo realista, modernista y post-impresionista. En ningún caso impresionista. Y mis razones resultan preclaras: ¿qué mejor lugar para hablar del arte que un templo de lo efímero como este? Eso siempre y cuando consideremos el cine como una cuestión artística y no moral...

—Claro, claro. Bueno, empecemos por el principio...

—Esa es una actitud retrograda de pequeño burgues pre-marxista.

—¿Mande lo qué?

—El empezar por el principio, quiero decir. Con una frase se ha descrito usted a la perfección, ha efectuado un retrato robot de sus represiones. ¿Por qué no empezar por el final? ¿No será usted un causalista, un empírico de la nada?

—No, no, soy agnóstico.

—Lo suponía. Pero en fin, vayamos al grano. Mi tiempo es oro... y el suyo latón.

—¡Sí! Quería preguntarle por su primera película.

—No me gusta llamarlas películas... es un epíteto que no hace justicia a sus logros. Prefiero referirme a ellas como “obras”, “cánones”... todo está integrado en el corpus de mi hercúlea concepción del hecho creador. Piezas de un todo, notas de una sinfonía de la razón. En ese sentido, Al final de la escapada fue el único arranque posible... un radical golpe de timón a la concepción que se tenía del arte en los últimos 43 siglos, si tomamos como comienzo de la civilización la caída del imperio asirio... con Al final de la escapada hice lo mismo que Shakespeare con su Ricardo III o Picasso con sus “Señoritas de Avinyon.” Mi afán dadaísta me llevó a suprimir los límites de la representación difusa, los márgenes de la ética decimonónica. Me gusta que me comparen con  Molière y Beckett, aunque quizás mi personaje favorito sea la Simone de Beauvoir anterior al estructuralismo. Juntos, emprendimos la composición de ese gran réquiem por la cultura, un canto libertino y libérrimo... la poesía como yuxtaposición del contracampo, el picado como ofrenda gloriosa a la Patria victoriosa, esa  que forjó la resistencia, el 14 de julio y le grandeur.

—Sí, y el croissant...

Me interrumpe una ovación cerrada y calurosa que reverbera en el techo del museo. Hasta el cámara se ha puesto a aplaudir y a gritar: “Visque Le France!”. Godard sonríe y les manda callar con un gesto de Su mano.

—Entiendo... ejem. Hay quien opina, por el contrario, que su primera película asienta las bases de una tomadura de pelo que se dilata ya demasiado en el tiempo...

Vuelve a aparecer a mi lado el regidor. Me invita a que le acompañe a un aparte tras las bambalinas. Señala a un par de gendarmes apostados en la puerta, amenazadoramente.

—¿Pero quién coño se cree, pequeña piltrafa española? ¿Sabe usted con quién está hablando? ¡¡A Él no le puede hacer esta clase de preguntas!! ¡Se sentirá ultrajado en su honor, aunque nunca lo manifieste debido a su humildad!

—Vale, vale....

Vuelvo a mi silla. Godard ha encendido un cigarrillo (Galoise, naturalmente). Las alarmas se disparan y las medidas anti-incendios se derraman sobre las obras de Courbet, Cabanel, Corot y Toulouse-Lautrec, situadas en esta planta. Nadie parece inmutarse, pendientes todos de Sus palabras.

—Deje de todas maneras que le conteste a su anterior pregunta. Como decía Verlaine, “la cretinez enaltece a los espíritus obtusos”. O parafraseando a Baudelaire: “no te dirijas a mí sin haber leído a Parménides.”

Una nueva oleada de vítores se escucha a mis espaldas. Comienzo a estar hasta los cojones.

—Bueno... y como diría Clint Eastwood, “si te meas encima mío, no me digas que llueve”. En otro orden de cosas y por rebajar un poco la tensión... ¿no cree que Emmanuelle Béart está muy buena?

—Indudablemente. Es francesa.

—Ah. Noto... o... entiendo que su cine comenzó bien pronto a tomar un cariz político que no ha resistido muy bien el paso del tiempo... ¿era usted estalinista o maoísta?

Godard sonríe.

—Yo soy artista. Estoy muy por encima de la mediocridad que nos gobierna. Yo emprendo un diálogo con las musas, con Cicerón, con Confucio... un diálogo que no puedo transcribir aquí, pues sólo lo entenderían graduados en Filosofía y Letras por la Sorbona. ¿Dónde estudió usted?

—En una universidad de Logroño... ¿sus directores favoritos?

Sonrisa condescendiente.

—Sólo los mediocres tienen ídolos. Yo sólo me admiro a mí mismo.

Atronador sonar de palmas a mis espaldas.

—Ya. ¿Qué opina del cine USA?

—Bush es un mentecato que demuestra que el analfabetismo es un valor de cambio perfectamente válido en una sociedad enferma y decadente como...

-Perdón, no me ha entendido... del cine....

—No veo cine hecho en los Estados Unidos. Sólo cine francés.

Nueva tanda de “Aléeeees!”. Las maquilladoras y los seguratas hacen la ola, mientras un espontáneo atraviesa el decorado con una camiseta de Zidane y la bandera  tricolor pintada en la frente. Miro nerviosamente el reloj.

—Entiendo... ¿pues qué opina del cine de Tavernier, Rivette, Chabrol, Gueridian o Zonca?

—Basura. Lacayos que tratan de imitar el modelo norteamericano.

Nuevos aplausos. Descorchar de botellas de ese horrible Borgoña o Burdeos del 2004. Olor a queso Camembert. ¡Están haciendo un picnic improvisado a los pies de una estatua de Rodin!

—Entiendo. ¿La última película buena que vio? Que no sea suya, quiero decir...

—Supongo que... si, el otro día... tuve acceso a una lata descatalogada en la Filmoteca de París... se titulaba “El largo invierno en el abedul espigado sobre cuyas ramas se posaban las palomas de Montparnasse.” Una película amateur del año 1901... un plano fijo de 3 horas donde un niño trataba de aprender a mover la oreja derecha... un obra maestra donde la voluntad de poder y la teleología se fundían primorosamente.

—Claro. ¿Qué opina de sus compañeros de viaje de la nouvelle vague?

—Ah... fariseos, vendedores de sofismas, degaullistas partidarios de Pétain. Un grupo difuso que acabó vendiéndose al mejor postor. Ninguno sentía como suyo el encuadre, ninguno convirtió el celuloide en su verdadera religión, eso que San Pablo llamó “el enamoramiento celestial, la senectud del alma”. Resnais era un judio-anarco-sartriano. Truffaut un frecuentador de cineclubs y prostitutas y no siempre en este orden. Su cine ha caducado como un yogur... es una pena... eso pasa por no hacer las cosas pensando en la posteridad.

—Ya. Últimamente jugueteó con el formato digital en Elogio del amor, una película que, si me permite mi opinión...

—Su opinión no tiene ningún interés, como comprenderá. Abrevie.

—Bueno, pues en pocas palabras: una puta mierda de película. Perdón, de obra, quería decir. ¿No le dio vergüenza rodar con la cámara digital tamaña memez?

El cordón de seguridad salta definitivamente. Desde el segundo piso, varios francotiradores dirigen los punteros láser de sus miras telescópicas a mi sesera. Un gendarme empuja mi silla y me inmoviliza sobre el suelo,  tras golpearme con la culata de su pistola. A la carrera aparece un militar de la legión extranjera que me pega una patada en los testículos. Antes de perder definitivamente el sentido, veo descender de su pedestal a Godard, arrodillarse a mi lado y murmurar:

Mon Dieu! ¡Con gente como usted Le Pen ganará algún día!

Las únicas palabras que logro farfullar como contestación son...

—¡¡INDURAIN, INDURAAAAAIN, INDURAAAAIN!!

David Lynch. This is the man!

Me costó un par de semanas recuperarme de mi entrevista con Godard. Ya en el hospital, un grupo de incontrolados del París Saint-Germain penetraron en mi habitación y trataron de lincharme. De vuelta a casa, unos huelguistas galos me reconocieron —mi cara salió en todos los telediarios de la tarde durante aquellos fatídicos días, amen del incidente diplomático que se saldó con mi deportación— y trataron de volcar mi coche, a pesar de no llevar fresas, melones ni ningún otro producto perecedero.

Así pues, me tomé como un descanso, unas tempranas vacaciones, mi encuentro con David. Su agente —francés, por cierto— me aseguró que el hombre estaría encantado de recibirme en la cuneta de una de las míticas curvas que suben hasta Mulholland. Cogí mis dos muletas y me dirigí renqueante pero tremendamente digno a mi cita.

Quedar para parlamentar con alguien a medianoche en un paraje solitario de la costa oeste da un poco de yuyu. Pero cuando ese alguien no aparece, créanme que la sensación de malestar se multiplica. Me dejé caer sobre una roca y miré las estrellas, esperando alguna señal del cielo... sintiendo cada vez más pesados los párpados... hasta que...

...de repente y procedente de ninguna parte en concreto, apareció David Lynch con una cesta de mimbre bajo el brazo.

 —Hola —me saluda con el clásico estilo vulcaniano—. ¿Le he hecho esperar?

—No, no, me había quedado algo traspuesto....

Me somete a un escrutinio con sus ojos saltones.

—Tenga cuidado con los sueños.... a veces nos llevan a lugares que no deseamos ver... ¿recuerda usted a menudo lo que ha soñado la noche anterior?

—Pues pocas veces.

—Considérese afortunado, yo... —me manda acercarme y baja la voz—. A veces... sueño cosas muy raras, ¿sabe?

—¿En ocasiones ve a los muertos?

—No, no, no, es más complicado que todo eso... veo... a patos... danzando en  torno a un enano cataléptico... o a mujeres bicéfalas tocando la balalaika... mientras monstruos tuercen la esquina y aprietan a correr hasta coger tranvías repletos de cobradores del frac...

—Joer, qué mal rollo... ¿y qué hace cuando despierta?

—Llamo a Badalamenti y le pido que le ponga música.

—Genial... bueno, si le parece... ¿entramos en materia?

—Un minuto...

David se ha arrodillado junto a mí. Escarba entre la maleza y encuentra una oreja mordisqueada en uno de sus extremos. La limpia cuidadosamente y la deposita en la cesta. Me sonríe.

—¡Si supiera cuánto tiempo llevaba buscándola! Isabella Rossellini se alegrará.

—Lo creo, lo creo... ¿qué recuerda de Eraserhead?

—Poco... es malo tratar de revivir las pesadillas.

—¿Sabe? Yo tenía un amigo que presumía de entender esa película...

—¡Pobre infeliz!

—Si, eso pensé yo cuando vi desaparecer la ambulancia, su rostro pegado al cristal y aquella segregación verde pendiéndole de la boca... en fin, cosas que pasan.

—¿No había ningún enano tirando de la camilla?

—Pues no.

—Láaastima...

—Pasemos pues a El hombre elefante...

—Ah, si, esa fue una película bonita... demasiado, para mi gusto. Me da miedo la belleza, tiene algo insano... no quiero gente agraciada a mi alrededor... me produce nauseas... es como cuando sientes en el estómago ese hormigueo que desciende hasta el recto...

—Ya. Pero... si, volviendo a la película...

—¡Calle! ¡Calle! ¡¿¿No lo escucha??!

Lynch se ha aferrado a la manga de mi camisa. Me escondo instintivamente detrás de un árbol, junto a él. A lo lejos, en una revuelta, una limusina incendia la noche con sus potentes faros.

—Siempre igual, a estar hora... Rita siempre acude a su cita... ¡sígame!

Comenzamos a ascender por un recodo de la carretera, rodeados de vegetación y humedad. El terreno cada vez se vuelve mas escarpado, hasta que alcanzamos la cima. Hay una casa con piscina desde la cual se divisa el lado sur de Hollywood, iluminado de neones.

—Aquí estaremos más... cómodos... ¿por dónde íbamos?

—Si, le hablaba del gran éxito que tuvo con El hombre elefante... fue nominado en múltiples categorías, ¿no?

—Si, si... hace unos años volví a los oscars con Mulholland Drive.... es.... excitante... ¿sabía que en el sótano del Kodak Theatre hay cartones viejos con la palabra ‘Akaba’ impresa en tinta china?

—Pues no, lo ignoraba...

—Eso no es nada... también hay marionetas y trajes con lentejuelas... además, estos trajes tienen una particularidad....

—¿Están hechos para enanos?

—Me mira sorprendido.

—¡Diantre! ¿Cómo lo supo?

—No, por deducción... si me permite... ¿me devuelve la muleta, por favor?

—Estaba pensando en una escena... donde una bella mujer sea empalada por este arma mientras canta a capella una canción de Roy Orbison, rodeada de una corte de bufones... ¿sería bello, no cree?

—No sé si bello, pero desde luego se volvería a ganar una temporada en el frenopático...

—Ah, si... se lo recomiendo... es mi pabellón de reposo... allí hablamos mucho de cine, con Abel Ferrara y David Cronenberg... ¡menudas tertulias!

—Si, impagable... creo que esta entrevista no va a funcionar, ¿sabe?

—No se rinda tan fácilmente... ¿quiere que le cuente un secreto?

—Si insiste...

Se me queda mirando fijamente, asustado. Sus ojos están clavados en los míos, su mano temblorosa se rasca la barbilla. El labio inferior le titubea, también. Tengo la sensación de que he dicho algo inconveniente.

—Pe... pero... si se lo cuento...¡¡dejará de ser un secreto!!

—Evidente.

—Y ninguno de los dos queremos que eso ocurra, ¿verdad? —David se ha puesto a juguetear con un cuchillo que ha sacado de no sé dónde... se está haciendo cortes en su antebrazo, mientras no deja de mirarme con cara alucinada—. ¿Verdad?

—Va...vaya. No, por supuesto que no... si le parece bien...

—¿Por qué se aleja de mi? ¿Me tiene miedo?

—No, en absoluto... creo que estaremos mejor dentro de la casa... hace un poco de frío y ando algo jodido de la garganta...

David da tres zancadas aceleradas y se pone delante de mi, barrándome el paso cuando mi mano ya se posaba sobre el picaporte.

—¡¡¡No!!! ¡No entre ahí! ¡¡NO HAAAAY BAAAANDA!!

Mierda. ¿Por qué me tienen que pasar a mi siempre estas cosas? Intento echarle valor a la situación y me las doy de psicólogo persuasivo, desplegando toda mi pericia negociadora.

—¡Vamos a ver, David, no me toques los cojones! Tengo dos fisuras en la costilla y un testículo ‘parcheao’, y lo último que me apetece es compartir la noche con un sicótico!

—¡¡Esquizofrénico, no me insultes!!

—Vale, ‘pa’ ti la perra gorda. Abre esa maldita puerta.

Me mira y sonríe.

—Ok... ok....

Entro en un gran comedor super-fashion, tomado por la penumbra. Adivino apenas el contorno de sofás, esculturas africanas y mesas de metacrilato. Busco a tientas el interruptor. La luz me deslumbra por unos instantes...

—¡¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS!!!

Una multitud se abalanza hacia nosotros, tirando confeti y haciendo resonar sus matasuegras. Llevan sombreros de papel y chillones collares de guirnaldas cuelgan de sus cuellos. Naomi Watts trae una inmensa tarta. Laura Dern le da dos besos a David, visiblemente emocionado.

—¡Os habéis acordado de mi!

Asisto a la escena en un discreto segundo plano. El bullicio se va generalizando. Un enano me pide fuego. Sting y Bowie bailan abrazados. Trato, renqueante, de acercarme al baño.

Cierro la puerta. Habitación equivocada. Patricia Arquette se esta desvistiendo en un tocador, sólo con las gafas puestas, mientras suena música de Crhis Isaac. Pienso para mis adentros que eso lo he visto en algún otro sitio...

—Hooola —saluda solícita, pidiéndome con un gesto de su dedo índice que me aproxime a ella—.

—Eeeeesto... mire... siento no estar a la altura de las circunstancias, pero es que... he tenido una noche muy mala...

—¿Me quitas el sujetador, guapo?

—¡Si tu quieres te quito hasta las amigdalas, muñeca...!

Mi magullado cuerpo renace de entre sus cenizas. I can feel it!

Súbitamente se abre la puerta y aparece David Lynch con una sierra eléctrica, gritando: “¡¡¡REDRUM, REDRUM, REDRUM!!!”. Me incorporo de un salto y noto como se desinfla mi hombría. Olvidando mi minusvalía, salto por la ventana más próxima cayendo por un terraplén, entre polvo, piedras y dicotiledóneas. Me golpeo inopinadamente contra algo duro, demasiado duro como para...

...¡maldita sea! Me despierto en mi piedra, junto a Mulholland Dr. Todo ha sido un puñetero sueño. No sé que es lo más frustrante: si el que David no haya acudido a la cita o el que jamás pueda presumir de haber podido intimar con la Arquette. Fijo que ha preferido quedarse en casa, jugando con su colección de lagartijas disecadas. Pero yo tengo un argumento que venderle a de Palma para Femme Fatale 2... no hay mal que por bien no venga.

THE END