Cosecha 2006

Por Hilario J. Rodríguez (*)

Hacer una elección de las diez mejores películas del año siempre me ha parecido un ejercicio necesario. Para avanzar, es preciso sintetizar y quedarse con lo que de verdad se considera esencial. El problema es saber qué es lo realmente esencial. Una película que elijamos hoy puede arder en la pira del olvido de mañana, mientras que otra que no elegimos en su día puede acabar convertida en uno de los pilares de nuestro canon actual. Quizás, en ese sentido, no esté de más aceptar que las listas que elaboramos al final de cada año para elegir las mejores películas que hemos visto tienen muchas aristas. Una de ellas aparece cuando nuestra elección ha de ceñirse a las películas estrenadas en un país concreto y no a las películas vistas. Detrás de ese planteamiento gravita, inquietante, el espectro del mercado, que es el que parece marcar sobre qué es preciso hablar y, hasta cierto punto, también fija cómo tenemos que hacerlo (o al menos lo intenta).

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Cuando emitimos opiniones favorables o desfavorables en torno a determinadas producciones, como por ejemplo Alatriste, Casino Royale, El perfume, Los fantasmas de Goya, Poseidon o Superman Returns, estamos haciéndole el juego a un sistema de promoción que ya cuenta con cualquier posible opinión, para demostrar que genera diálogo. Si uno no quiere quedar fuera de juego, tiene que ver y opinar por sí mismo. A veces parece como si para formar parte de nuestra comunidad tuviésemos que formar parte de la audiencia de ciertos programas de televisión y ciertas películas de consumo mayoritario, porque en caso contrario no tenemos elementos suficientes para interconectarnos con nuestros semejantes. En realidad, lo que pienso en ocasiones es que ya no importa si somos españoles, catalanes, vascos o senegaleses, porque lo que ahora nos define de verdad es si hemos visto la última entrega de Torrente, el brazo tonto de la ley y si somos torrentianos o no lo somos. De hecho, el discurso de algunas revistas de cine va por ahí, quizás sin que sus responsables se hayan dado cuenta. Hay quienes no te consideran de su tribu si no estás a la última, como ellos, y si, además de a Sergei M. Eisenstein, Vsevolod Pudovkin, Dziga Vertov y Aleksandr Dovzhenkho, no conoces a Yevgenii Bauer o a Boris Barnett, porque a estos últimos los acaban de meter en el canon esas revistas cuyo sentido elitista (no te consideran digno interlocutor si no hablas en su idioma) te hace sentir un poco como te hace sentir Torrente, el brazo tonto de la ley en un país donde todo quisque la ha visto y tú das la sensación de vivir en las nubes o de despreciar aquello que los demás consumen con fruición. La pregunta, por tanto, es si perteneces al clan o no, si has visto estas películas o no, si conoces a este director o no…

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Diez películas sacadas de los estrenos de un año pueden servir para aclarar la curiosidad y el compromiso de una persona con el cine que se hace en cada momento. También pueden dar una idea sobre lo que el mercado considera ‘presente’ (o actual) en un país y en un momento concretos. ¿Cómo debemos entender el tardío estreno de películas de Tian Zhuangzhuang o Pen-ek Ratanaruang, que nos llegan varios años después de hacer sido realizadas y estrenadas en otras partes del mundo? ¿O el hecho de que Last Days todavía no se haya estrenado aquí, pese al enorme prestigio que tiene Gus Van Sant entre los espectadores españoles? Eso por no hablar sobre el desconocimiento que tenemos de la obra de Jia Zhang-ke, Pedro Costa, Fred Kelemen, Roy Andersson, Craig Baldwin (aunque se acaba de editar en DVD Spectres of the Spectrum, quizás su mejor obra), Jem Cohen, Arnaud Desplechin, Harun Farocki, Siegfried A. Fruhauf,  David Gordon Green, Ross McElwee, Darejan Omirbaev, Pavel Pawlikowski, Hong Sang-Soo, Eyal Sivan, Nobuhiro Suwa, Peter Tcherkassky, Naomi Kawase, Ivonne Rainer o Rob Tregenza, y no se sabe cuántos más que omito por desconocimiento.

Por desgracia, una lista de las diez mejores películas que hemos visto a lo largo de un año en la que no se puedan incluir ni títulos visto en filmotecas o festivales ni títulos descubiertos en DVD o bajados de Internet resultará incompleta, porque ni registrará nuestros posibles viajes ni nuestra posible curiosidad con respecto a la historia del cine. Este año, sin ir más lejos, es difícil juzgarlo ateniéndome exclusivamente a películas como Brokeback Mountain, Buenas noches y buena suerte, Syriana o Munich, porque, por buenas o malas que sean, apenas aportan nada, ni a mi noción de la historia del cine, ni a mi noción de la Historia con mayúscula. Hablar del cine de este año sin hacer una referencia directa a Juventude em marcha es complicado, tan complicado como no hacer un comentario de Inland Empire o de Voyage en sol majeur o de Paralelo 10 o de Offside o de...

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Sin embargo, incluso en una lista limitada, como será la que expongo a continuación, se puede no sólo hacer un balance anual, ceñido al presente, sino también un análisis en el que desplegaré cuáles son mis posiciones e intereses con respecto al cine en general, desde la actual coyuntura y al mismo tiempo desde una perspectiva historicista; y cuáles son las partes, más allá de mi gusto personal, que más ayudan a avanzar mi percepción del mundo.

Las películas no aparecen citadas en orden de preferencia.

1) El hombre del tiempo y El señor de la guerra (ex aequo). Son dos ejemplos de lo que sabe hacer el cine comercial que no acepta las reglas, el cine comercial que burla la comodidad de los espectadores, resultando provocativo y demostrando que incluso una estrella como Nicolas Cage busca en los proyectos en los que participa algo más que dinero. Un actor como él ya ha demostrado varias veces que le gusta intervenir en películas explosivas que pueden poner en entredicho su carrera; en ese sentido, prefiere jugar más cerca de Harvey Keitel que de Tom Cruise. Además, estas películas suyas tienen dos de los mejores guiones del año, algo que no podría decirse de la decepcionante The Wicker Man en versión Neil LaBute.

2) Volver y Tiempos de amor, juventud y libertad (ex aequo). Son dos muestras de un proceso creativo que ha llegado a un grado de destilación e intensidad como el que alcanzaron los grandes maestros (Carl Theodor Dreyer, John Ford...) al final de sus carreras. No son ni repeticiones ni variaciones, como sí lo son, en cierta medida, Infiltrados, Caché (Escondido) y Declaradme culpable, o las estériles Scoop, La dalia negra y El viento que agita la cebada, en las que sus autores caen en el mimetismo o en la complacencia autoral.

3) Los tres entierros de Melquiades Estrada. Un cruce cinematográfico que no sólo habla sobre lo que el cine norteamericano y el cine mexicano pueden hacer juntos, sino que además pone de relieve que cabe hablar sobre fronteras y sobre el mundo actual sin necesidad de caer en tremendismos ni de homologar a quienes nos rodean, como si ya todos fuésemos iguales. Comparada con Babel o con Hijos de los hombres, que pretenden establecer metodologías renovadoras y visiones posmodernas, la sencillez de Los tres entierros de Melquiades Estrada y las marcas heredadas de un género ya sin vigor como es el western le proporcionan autenticidad a esta película allí donde las otras mencionadas pecan de esteticistas y enrevesadas.

4) Tropical Malady. Es una elección muy discutible, pero quizás por eso me resisto a omitirla. La capacidad que tiene para ganar adeptos y para generar rechazos demuestra que puede ser cualquier cosa menos vulgar. Para mí, es una buena cura para que no nos durmamos y para que sigamos creyendo que en el cine todavía suceden cosas. Ante cualquier posible valoración de orden estético, lo que salta a la vista es que la película de Apichatpon Weerasethakul genera un discurso sobre el porvenir del séptimo arte, algo de lo que no pueden jactarse muchas películas hoy en día, sobre las cuales lo máximo que llegamos a decir es si nos gustan o no.

5) La reina y Capote (ex aequo). Porque son dos muestras de lo que la potencia de una interpretación (Helen Mirren y Phillip Seymour Hoffman) puede hacer por una película. A quienes acuden al cine a ver cuerpos y a explorar identidades, les parecerán -como a mí- dos de las películas del año. No obstante, en este apartado echo a faltar dos pequeños films en los que su reparto al completo merece una mención especial, me refiero a Pequeña Miss Sunshine (una de las sorpresas del año, en tanto en cuanto el cine familiar apenas proporciona sorpresas) y La joya de la familia (que pone de manifiesto los defectos de películas como Recortes de mi vida).

6) United 93. Me parece una película valiente y honesta, capaz de demostrar que podemos hablar y representar cualquier cosa —aunque utilicemos medios como el cine— sin proyectar imágenes gratuitas, limitadas o insultantes. Sin tremendismo ni juegos melodramáticos, me parece una de las películas que más nos han enseñado sobre lo mucho que nos puede afectar el cine (y la realidad).

7) La leyenda del tiempo y El taxista ful (ex aequo). El cine español quizás ya no exista como hace unas décadas, pero sigue proponiendo nuevos caminos, reinventándose, reinventando los géneros, y de paso proyectando una nueva imagen de nosotros. Documentales que se convierten en ficciones y ficciones que se convierten en documentales, cine que busca caminos alternativos, direcciones contrarias a las recorridas hasta ahora, búsquedas de identidades compartidas entre gaditanos y japoneses, entre el cante y el silencio, entre huérfanos que confluyen en el mismo espacio mítico donde sólo queda el recuerdo de los héroes y la sombra de los padres muertos… Trabajadores empujados a la deriva emocional, a la deriva vital, a la búsqueda de un nuevo lugar en el mundo… Tanto La leyenda del viento como El taxista ful demuestran que los viejos arquetipos ya no existen, porque han dejado de tener sentido.

8) El castillo ambulante y A Scanner Darkly (ex aequo). Dos películas de animación que demuestran, entre otras cosas, que a los niños se les puede tratar como verdaderos adultos y a los adultos se les puede presentar películas con el lenguaje del cine infantil. Dos intersecciones que nos recuerdan que jamás debemos olvidar lo que fuimos, del mismo modo que jamás debemos perder de vista aquello que querríamos ser.

9) El niño y El ilusionista (ex aequo). Dos formas de hacer cine literario, con el espesor de los grandes maestros de la literatura rusa de finales del siglo XIX y de la literatura centroeuropea de principios del siglo XX. Dos formas de plantearnos hasta qué punto somos capaces de reconocer en el cine lo que las restantes artes le añaden y hasta qué punto el cine es más o menos convencional, según lo que proyecta o lo que nuestras limitaciones nos permiten apreciar.

10) Workingman's Death y Aguaviva (ex aequo). Dos retratos de algo que comienza a difuminarse, a borrarse, a desaparecer... Se trata de dos trabajos en los que el tiempo, la dedicación y la observación (más que la dialéctica) demuestran que el cine a veces es una cuestión de resistencia, de aguante, de paciencia; un ejercicio de observación que huye de las fórmulas como Hollywood o la Pompeu Fabra, que a estas alturas parece que ya sólo son capaces de proponer relatos ensimismados, hechos con fórmulas acabadas, derivativas, conformistas, subjetivas, casi lúdicas...

(*) Se han quedado fuera Election (una gran demostración del excelente estado de forma del cine de género y de las reescrituras que se están proponiendo en Asia), El nuevo mundo (un ejemplo de película imposible que acabará imponiéndose cuando el reino de lo posible se agote o ya no nos diga nada), Viento de tierra (que es, con La línea recta, uno de los ejemplos de cine combativo y necesario que tanta falta hace en Europa y en el mundo entero, cine comprometido que demuestre que le importamos), Gabrielle (una historia espesa y estática, parecida a cualquiera de las propuestas por la escuela naturalista de finales del siglo XIX y principios del XX) y Manderlay (a Lars von Trier siempre hay que perdonarle sus muestras de exhibicionismo, porque a cambio nos da mucho talento de vez en cuando).

(*) GAL, Salvador, World Trade Center o Camino a Guantánamo serían firmes candidatas a películas cínicas del año, al menos desde mi punto de vista; jamás le otorgaría ese distintivo a una chuchería como El Código Da Vinci.

Hago una mención de los siguientes acontecimientos en el mundo del DVD:

  • Principal, la aparición de Historia(s) del cine, de Jean-Luc Godard (Intermedio).
  • Edición de algunas de las mejores películas de la nueva ola checa a cargo de Intermedio.
  • Programa de Notro "Cine x 14 días" con el estreno simultáneo en cine (durante dos semanas) y DVD de una película inédita en España.
  • La recuperación que ha hecho Divisa de varios films de Jacques Demy, un cineasta algo desatendido y que tiene varias sorpresas en la manga.
  • El pack de Sokurov.
  • La edición de Todo sobre Lily, de Shunji Iwai

(*) Hilario J. Rodríguez es escritor y crítico de cine y literatura. Es autor de, entre otros, el ensayo "El cine bélico. La guerra y sus personajes" (Paidos, 2006) y la novela "Construyendo Babel" (Tropismos, 2004). Colabora en diversos medios (la revista Dirigido por, el blog La tormenta en un vaso (http://latormentaenunvaso.blogspot.com, el diario Abc, etcétera). Además es director adjunto de la revista de cine Version Original y asesor de varios festivales.