Top 5 desde USA

Por Salvador Raggio

Cuenta regresiva ‘06, un quinteto en los Estados Unidos

No es un misterio que en EE.UU. existe una de las verdaderas industrias cinematográficas, que al igual que una fábrica de automóviles utiliza la producción en masa para entregar máquinas que cumplen con los más estrictos controles y estándares. Esta forma de hacer cine, criticable a veces, usualmente aburrida, con frecuencia incurre en excesos, y es cierto que el espectador que ansía más puede llegar a sufrir muchos dolores de cabeza cuando trata de decidir qué ver o, mejor dicho, qué no ver en las salas del multiplex más cercano. El dilema suele presentarse con una pregunta como esta: ¿Big Momma’s House 2 o Snakes On a Plane?

Sin duda, cuando me hallo en un aprieto como ese, busco alguna excusa para no pisar el cine, trato de convencerme de la llegada de un tifón o vuelvo ciegamente a la figura de origami que nunca terminé, así permanezco resguardado de aquello que seguramente dañaría mi equilibrio, retorna la calma, y creo que mi día no se echó a perder. Otras veces, sin embargo, no puedo evitar ir a una sala, pues algo me atrae con una fuerza quasi aterradora, no sé si llamarle curiosidad o credibilidad, pero algunas veces surte efecto en mí aquel encanto de la pantalla grande. Por supuesto, siempre habrá opiniones encontradas y los evidentes detractores; no obstante, he llegado a la conclusión de que en el 2006 fui participe de algunas experiencias cinematográficas que no me obligaron a recluirme, estimables para esta lista, libre o poco mediática, si quiere adjetivizarse, pero al fin y al cabo un quinteto que me llamó la atención.

5. Lady in the Water (M. Night Shyamalan)

Quizá fue el niño dentro de mí quien prefirió este filme antes que otros, pero cualquiera que haya sido el motivo finalmente no pude descartar su inclusión. A pesar de algunas diferencias que aún no puedo resolver con el estilo de M. Night Shyamalan, principalmente los cameos y el abierto manejo de la audiencia por medio del sonido (aunque el propio Shyamalan lo ha dicho antes sin misterios, que sus efectos especiales se basan claramente en la sonorización, algo respetable en un circuito tomado por el uso desmedido de la animación digital), creo que La joven del agua es la obra más gratificante de Shyamalan desde El sexto sentido (1999). Sin duda el M. Night Shyamalan que suele repercutir es aquel que no rompe el designio fantástico o paranormal de sus películas, es decir, aquel que exprime hasta la última gota de su proposición, en el caso de La joven del agua, propiamente dicho, la propuesta fantasiosa. Son contados los nuevos filmes de fantasía que aciertan, sobre todo con elementos tan clásicos como los que utiliza Shyamalan: disfraces, iluminación, monstruos mecánicos, modestos en un plano hollywoodense que se ha malacostumbrado al vicio del ordenador. El suplemento que genera la presencia de Chris Doyle en el departamento fotográfico, desde luego, será siempre codiciado, con movimientos de cámara que no parecen comprometidos con una fórmula como aquellos dollys y acercamientos de Roger Deakins en los preámbulos espeluznantes de El bosque (Shyamalan, 2004). En contraste, Doyle ocasiona naturalidad y pureza, sus encuadres expresan solamente lo necesario, dejando siempre un espacio para la interpretación subjetiva. Narrativamente, Lady in the Water es un cuento de hadas, y eso es tal vez lo más significativo del filme, que Shyamalan elaboró este proyecto basándose en una historia que les contaba por las noches a sus propios hijos, un cuento que fue evolucionando oralmente hasta convertirse en un libro y en la película que es Lady in the Water. En realidad, La joven del agua es una historia que va construyéndose por retazos, o, mejor dicho, reconstruyéndose, como si se tratase de una fábula perdida. Cada personaje es a la vez una pieza narrativa y un fragmento del cuentista mayor, y en Shyamalan, quizá uno de los guionistas más minuciosos de la actualidad, la gran virtud siempre recae en esa pasión por una narrativa referencial perfecta, al unir los cabos sueltos sus películas se convierten en un gran tejido que causa no sólo asombro sino una sensación de amplitud. Creo que es esa sensación, que nos acerca a un mundo más amplio, diseñado con armonía, la que hace a este film una experiencia fabulosa. Aunque Lady in the Water podría ser vista con los buenos ojos de un niño, la inocencia y la admisión de un universo multidimensional, pienso que eso es lo que M. Night Shyamalan desea sugerir con cada una de sus películas, nunca deberían guardarse dentro de un baúl. Detrás de un cuento de hadas, sin duda, hay más que escarcha y bastones mágicos.

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4. Little Miss Sunshine (Valerie Faris & Jonathan Dayton)

Cada nueva película de carretera implica, obviamente, una transformación de los personajes. Little Miss Sunshine no está exenta de esta característica, mostrándonos tragicómicamente el viaje físico de una familia de Alburqueque, New Mexico, hacia California, y ahondando en la travesía psicológica y anímica de un grupo de personas que en un principio se encuentra disperso para luego formar una unidad dentro de una simpática furgoneta Volkswagen de color amarillo, a la que, por supuesto, siempre le cuesta echarse a andar. Valerie Faris y Jonathan Dayton colaboraron estupendamente en la dirección con un estilo sobrio para demostrar que una película pequeña puede ser tan gratificante como un megadrama de Clint Eastwood. Little Miss Sunshine es un filme íntegramente cimentado en guión e interpretación, con una cosecha de personajes que permanecen grabados en la memoria, desde un catedrático gay que no ha podido culminar su suicidio, su hermana, ama de casa, trabajadora y fumadora, el marido, un orador mediocre que dicta clases de autoayuda, un abuelo drogadicto en su segunda juventud, y dos menores: el adolescente que ha tomado un voto de silencio para lograr un sueño y la pequeña niña sin talento que desea ganar el concurso de belleza infantil Little Miss Sunshine. El concurso de belleza es precisamente la ocurrencia que empuja a esta familia hacia lo que será el redescubrimiento de su valor colectivo, en un viaje por las autopistas del oeste norteamericano que no busca realmente criticar un sistema familiar sino hacernos entender que pese a todos los imprevistos y obstáculos la unión siempre hace la fuerza, y que las querencias nunca pasan de moda ni de época, ni siquiera en una sociedad donde las madres alimentan a sus hijos con comida rápida y sodas.

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3. The Science of Sleep (Michel Gondry)

Ya Michel Gondry nos ha acostumbrado a que sus películas sucedan dentro de un universo paralelo. Con The Science of Sleep, claramente, el francés vuelve a practicar su particular forma de expresión y a descollar en una cartelera poblada de maniquíes y carteras de almacén. Esta película es hasta el momento el proyecto más personal del también director de video clips, ya que además de la dirección cinematográfica se involucró en la labor literaria al tomar las riendas del guión, departamento que en sus dos trabajos previos estuvo a cargo del singular Charlie Kaufman. Esta vez, a pesar de la ausencia de Kaufman, Gondry logra retomar el encanto de la excepcional Eternal Sunshine for the Spotless Mind (2004), con esa pincelada de la paleta de Fellini, más comestible en el caso del francés, claro, debido a su acercamiento con la cultura pop, pero siempre favoreciendo el efecto suprarrealista que puede observarse en un filme como La città delle donne (Fellini, 1980). The Science of Sleep, sin embargo, se aleja de las obras Gondry-Kaufman en su psicología, mezclándose más con la mente del director que con la de los personajes: Gondry o, mejor dicho, la mente de Gondry, es un cúmulo descarriado, pero descarriado en el mejor sentido: alucinante y rica en colores como un dibujo animado. Justamente utilizando técnicas de animación, Gondry nos revela su camino más peculiar, así como lo había hecho en los vídeos que dirigió para Bjork. En esta película la línea entre consciente e inconsciente se hace menos notoria, por lo que el espectador, así como el fantástico Stephane, quien vive sofocado por el mundo cierto y el de los sueños, sufriendo un twist constante mientras intenta sobrevivir a sus obstáculos existenciales, primordialmente al amor de Stephanie, modifica su entorno hasta el punto de la simbiosis consumada. Como en otros proyectos de Gondry, la inserción mental del espectador es imprescindible para que el viaje merezca la pena. De la mano de Gondry solemos vivir los límites de la percepción, el asombro deja de portarse como una consecuencia para hacerse presente a la manera de un animador, ya no convergen dos líneas disímiles produciendo un efecto del campo Hitchcock, se trata en realidad de una sola recta disfrazada, que poco a poco se quita el vestido para revelar sus interiores. Creo que hasta ahora Michel Gondry no nos ha fallado, y este tercer golpe es definitivamente uno de tres dimensiones, como aquellas tres dimensiones que desea ver Stephane con la ayuda de sus gafas especiales.

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2. Little Children (Todd Field)

El título de la segunda película de Todd Field, quien ya había mostrado muchas habilidades en ese excelente debut que fue In the Bedroom (2001), es quizá uno de los menos favorecidos, al menos a primera vista. Little Children suena más a un largometraje dominical de Disney que a un drama que mezcla el adulterio, la pornografía, la pedofilia y el sadismo para contar una historia de crisis e infelicidad. La obvia desafección entre las parejas que componen este drama y la inmadurez de los hombres y mujeres involucrados, de ahí el título, literalmente, pequeños niños, se manifiesta simbólicamente como en el trailer del film, a la manera de dos trenes a punto de colisionar. Es poco común que una película basada en una novela (Litlle Children es la adaptación libre del bestseller Election, de Tom Perotta), cuente con la aprobación y la colaboración artística del escritor original, y que fuese el propio Perotta quien deseará crear un guión que no transcribiese el libro sino que creara un animal diferente, quizá más rabioso que el de la misma novela. La dirección de fotografía de Antonio Calvache, definitivamente, es un hermoso descubrimiento para quienes no conocíamos su nombre. El erotismo de las escenas en la piscina, los niños jugando y tomando la siesta, las sospechas, el asesinato, todo cabe en esta magnífica obra de Todd Field, que invita definitivamente a seguirle los pasos un poco más de cerca.

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1. INLAND EMPIRE (David Lynch)


El ilógico David Lynch les ha pedido a todos los cinéfilos y críticos de cine por favor escribir con letras mayúsculas el nombre de su nuevo largo: INLAND EMPIRE, que, por cierto, tiene una duración de tres horas y es, evidentemente, otro exquisito cadáver de Lynch, esta vez grabado en formato digital. Para todos quienes apreciamos la calidad pictórica de sus películas analógicas el cambio de 35mm. a una Sony PD150 es un pequeño castigo, pero un castigo justificable teniendo en cuenta la falta de libertad creativa y financiera que David Lynch sufre en manos de los estudios hegemónicos cada vez que empieza un nuevo proyecto. Lynch nos ha entregado fotogramas inolvidables en El hombre elefante (1980), Terciopelo azul (1986) y Corazón salvaje (1990), de aquellos que sólo las cámaras de cine, costosas pero inevitablemente clásicas, son capaces de producir. Sin embargo, una vez salvado ese canje obligatorio, David Lynch reafirma por qué sigue siendo el autor más comprometido de su generación y por qué es necesaria la libertad que goza en su propia compañía, ABSURDA FILMS. A pesar de aquella falta de estética cinematográfica, el Lynch digital conserva la integridad visual de sus anteriores películas, y en el caso de INLAND EMPIRE, creo que hubiera sido cierto también para Mulholland Drive de haberse grabado con equipos similares, la belleza fotográfica es reemplazada por una especie de fealdad calibrada. Si antes Lynch era críptico temática y filosóficamente, ahora puede adicionar la crudeza de la cámara digital a sus tramas no lineales. INLAND EMPIRE empieza como la historia del rodaje de una película maldita, el remake de un film polaco que nunca llegó a las salas porque sus protagonistas originales fueron asesinados, para luego fragmentarse a la manera lynchiana, con una actriz que ya no puede diferenciar entre su personaje y ella misma, y un séquito de maniáticos: enmascarados, prostitutas cantantes y conejos bípedos con traje y corbata. Más allá del propósito surrealista, siempre subjetivo y cambiante, valido para cualquier interpretación, la belleza de INLAND EMPIRE está fundamentada en el personaje que es David Lynch, un artista que no busca un significado a priori sino una experiencia a posteriori, mientras muchos se queman las pestañas tratando de hallar una ecuación que explique su cine, una acción irrelevante desde mi perspectiva, a Lynch sólo le preocupa subtitular INLAND EMPIRE con la frase: Una mujer en apuros, y no hay nada más que se pueda decir al respecto. O tal vez sí, que es lo mismo: Una mujer en apuros.

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