Apuntándose al estilo ‘no-future-no-way‘ cuya acta fundacional se extendió allá por el año 1999 (sí, mediante aquél manifiesto con formato de torbellino contradictorio titulado El club de la lucha), han sido varias las películas que este año han apostado por esa nueva rama del cine de anticipación: la de la desilusión colectiva o el nihilismo neo-camp. El mensaje es claro y pretendidamente contundente —ninguna de estas propuestas se caracteriza por su sutileza— y podemos resumirlo en tres premisas fundamentales, tan categóricas como gratuitas:
Estos tres mandamientos se resumen en uno; a saber (bis): este mundo es una puta mierda (y nótese lo rotundo de unir el socorrido ‘puta’ con el escatológico ‘mierda’). ¿Lo pillas? Cáete muerto, my friend. En un mundo plagado de eslóganes y frases con voluntad de aforismo adolescente, era de esperar que una gran mayoría de los espectadores se acabase identificando con este aparataje filosófico que apuesta por abrazar la nada como respuesta (¿?) a un montón de preguntas fundamentales (tan ridículo como abrazar una religión para darle una salida honrosa a nuestra aversión al vacío).
Blade Runner, Brazil, Dark City, Código 46, Hijos de los hombres… todas ellas parecen estar unidas por un alargado cordón umbilical, compartiendo un “mensaje” que progresivamente se va haciendo más duro, menos constructivo. Abandonadas las parábolas (al público de hoy no le gusta ser aleccionado, aunque sin comerlo ni beberlo se esté tragando discursos políticos igualmente moralizadores), lo que se lleva ahora es la desolación, la irremisible extinción de la raza humana, el control y la manipulación genética, la jerarquización orwelliana a gran escala.

Este cine con pretensiones pseudo-punkis no engaña a nadie mayor de 18 años: sus pilares se asientan sobre elaboradísimos diseños de producción, encargados de crear eso tan en boga y que algunos todavía confunden con una historia: un “ambiente”, una sensación. A los cinco minutos de recién comenzadas, V de vendetta e Hijos de los hombres lo dejan todo claro (demasiado): menuda sociedad cochambrosa, menudo electorado borreguil, ¡menuda vida te aguarda!
A la gente “le ponen” las teorías conspirativas. Para muestra un botón: los centenares de miles de páginas paridas al amparo del 11-S y del 11-M, que demuestran hasta que punto algunos están dispuestos a adentrarse en el terreno de la ficción para moldear a su gusto una realidad impactante o difícilmente asimilable.
Porque esta nueva ornada de películas ‘anti’ no trata de explicar o siquiera describir la realidad que nos rodea (aunque algunos dirán que el esperpento es una forma de crítica tan válida como cualquier otra). Están en su perfecto derecho y eso no las hace peores per se (de hecho, la mayoría son visualmente esplendidas), pero lo más sencillo, ahora y siempre, ha sido ignorar las raíces de los conflictos y achacarlos a oscuras maquinaciones de naturaleza inconcreta. Que si el lado oscuro, que si Mordor, que si el Hades, que si el Yang… ¿no va siendo ya hora de inventarse algo un pelín más elaborado?
Igual que existen una serie de rasgos en común entre las películas que pugnan por adscribirse a la pujante corriente del cinema-pesaté (El nuevo mundo, Three Times, Tropical Malady u Honor de cavallería, fijas en el ‘top ten’ de cualquier crítico plasta que se precie), las películas del cinema-desolé pugnan por ver quien presenta el mundo más sucio, caótico y deshumanizado. Cargar las tintas, exagerar, dramatizar, profetizar, acojonar… exactamente el mismo abuso al que —según ellos— someten los Estados a sus conciudadanos.
En V de vendetta, un vengador de opereta se encargaba de abrir los ojos de una sociedad anestesiada. En Hijos de los hombres, un desencantado muy castigado por la vida abandonaba el limbo de los justos para bajar al infierno musical, rescatar al último de los sapiens sapiens y dejarlo en alta mar. En ambos casos se apostaba por la inmolación, por el sacrificio consciente. Parece que a nuestro héroe el futuro se le queda demasiado pequeño y decide reservarse un lugar en la historia… ¡¿pero no apostábamos, precisamente, por el final de la historia?!
Viendo estas películas, diría uno que al fascismo le quedan diez segundos para imponerse en todo el orbe, que el atardecer de los tiempos vendrá marcado por un amanecer de los muertos, equipados con camisa negra (o azul) y marchando en formación de ataque —¿acaso no escuchan ya el retumbar de las botas?— por las avenidas de nuestras principales ciudades. El Gran Hermano ha resultado ser una Thatcher con mostacho dispuesta a acabar con la cultura, los insurgentes, los grupúsculos, los corpúsculos, las partículas elementales, tu mujer y mis hijos. A la política del miedo orquestada desde gobiernos títere que han apostado decididamente por una “sociedad del malestar”, se contrapone un movimiento con aroma a batiburrillo anarquista, extraña forma de responder al miedo con más miedo o —¡por qué no! ¡Todo vale si escanciamos el producto con un poquito de ‘Eau’de ONG’!— legitimizando incluso el terror. El caos siempre ha tenido un perfil hermoso y el “orden” —seamos francos— no resulta muy atractivo cuando lo único que te asegura es una habitación en casa de tus padres hasta los 40, contrato de prácticas alongado cada quinquenio y Cruz y raya los viernes noche. Joder, que se acabe el mundo… ¡¡pero YA!!
La cultura se convierte también en un icono de cementerio, material inanimado que representa a un mundo muerto. Si no hay futuro, la voluntad de trascendencia (¿¿mande lo qué??) pierde fuelle. ¿Para qué soñar con la eternidad cuando nos queda a más estirar una generación, cuando nuestro legado no sobrevivirá a la memoria de nuestros nietos? Como en Fahrenheit 451, los más despiertos se las ingenian para coleccionar no sólo libros: esculturas, música, cuadros. En realidad, pura necrofilia.
Otra característica común de este cine pseudo-libertario es el pánico al Estado. Un Estado con ínfulas totalitarias (nuevamente) que utiliza viejas técnicas de sobra conocidas por todos: campos de concentración disfrazados de centros de reeducación, aislamiento y eliminación de elementos subversivos, control de los medios de comunicación y manipulación sistemática de la opinión…
La moraleja es bastante evidente. Ambas películas —muy británicas, tampoco lo olvidemos— le toman el pulso a la Europa de las mayorías simples, de los pactos antinatura, de la oda a la poltrona y las “legitimaciones” en referéndum y votaciones donde apenas se moviliza a la mitad de electorado (¡y gracias!). Una Europa sobrada de contraejemplos que permiten establecer analogías directas entre mundos infelices y distopías de infausto recuerdo.
Pero ha habido más. En A Scanner Darkly (¿no querías caldo?) tres tazas de lo mismo, aunque con menos gracia (que sea más honesta que las dos anteriores no compensa su quintal de pesadez, de perogrullada).

Completemos el fresco pesimista del año con una batería de películas que miran hacia atrás para subrayar la persistencia de heridas abiertas tiempo ha, pero de imposible cicatrización. Películas que hablan de intolerancia (Munich), racismo (Manderlay) o censura y ética profesional (Buenas noches y buena suerte). U otras falsamente “actuales” con idéntico mensaje (Syriana, El señor de la guerra): “poderosos intereses económicos controlan el planeta. Alucinante, ¿verdad?”. De tan simple produce sonrojo.
Sin olvidar el documental concienciado y milenarista de Al Gore (Una verdad incómoda), en el que se nos pone ecólogo y trascendente para demostrarnos que hasta los políticos tienen su corazoncito (aunque curiosamente aprovechan para mostrarlo cuando se quedan apeados de la carrera por la Casa Blanca, claro). O el desolador fresco Workingman’s Death, una de las indiscutibles del año, donde el director no necesita situarse en el dos mil veintipico para contar con la aspereza que desprenden las certidumbres lo que nos aguarda a la vuelta de la esquina.
Todo es pendular, desde la historia a la política o la literatura. A un vaivén radical a derechas le sucede otro a izquierdas. No sé si la respuesta 2007 a tanto Kierkegaard en prácticas será el cine espiritual (¿El gran silencio 2: no me chilles que no te oigo?) o el new age techno minimal (que vendría a ser algo así como una peli de Michael Bay con música de Loreena McKennitt y montada por Mercedes Álvarez). En definitiva: no sé que engendros nos aguardan a la vuelta de Reyes, pero agradecería un poquito de esperanza, por favor. No lo hagan por la humanidad, que ya nos ha quedado claro que no vale ‘ná’; háganlo por mí.
¡Menos Philip K. Dick y más Frank Capra!