Lo mejor del año asiático

Por Beatriz Martínez

El cine que nos ha llegado

Las últimas semanas del año invitan inevitablemente a la reflexión. Qué hemos hecho, a quién hemos conocido, a quién amado, a quien recordado. En nuestra memoria se agolpan rostros, momentos y sensaciones. Algunas de esas sensaciones se perderán con el paso del tiempo, muchos rostros se difuminarán hasta desaparecer por completo, la mayoría de los momentos que creímos que tenían sentido dejarán de tenerlo, pero siempre habrá sensaciones, rostros e instantes que permanecerán para siempre instalados en nuestro recuerdo y no nos abandonarán jamás, quizás porque han ayudado a dar un poco de sentido a nuestras vidas. Lo mismo pasa con el cine. De todo el magma informe de imágenes que se han acumulado ante nuestras retinas en estos últimos doce meses toca ahora recapitular cuál ha sido su incidencia en nuestra más íntima sustancia.

El cine asiático de última hornada nos ha dejado un sabor agridulce en nuestros paladares. Desde luego, las películas estrenadas en nuestras pantallas no nos han proporcionado esas dosis de valentía y experimentación formal y visual a las que nos tenía acostumbrados Oriente en otras temporadas, ya que la mayoría de propuestas se han encargado de sacar provecho a los recursos ya explotados hasta la saciedad en cientos de productos clónicos que en nada ayudan a la evolución del lenguaje cinematográfico y a la generación de tendencias que pongan a prueba la capacidad de sorpresa del espectador. Esas propuestas habría que buscarlas precisamente en el cine que no nos ha llegado (ver más abajo).

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Casi todas las películas estrenadas en cine pertenecían al desgastado género de terror, e incluso algunas de ellas ya habían circulado por los festivales, estaban convenientemente editadas en el extranjero y a la disposición de los internautas en la red desde hacía casi dos años. Es el caso de Seres Extraños (Marebito, Takashi Shimizu, 2004), Shutter (Banjong Pisanthanakun y Parkpoom Woongpoom, 2004), El pozo (Chakushin ari 2, Renpei Tsukamoto, 2005), Three… Extremes (Saam gaang yi, Takashi Miike, Fruit Chan, Park Chan-wook, 2004) y su fragmento alargado Dumplings (Gaau ji, Fruit Chan, 2004). Quizás esta tardía distribución de las cintas orientales haya sido una posible consecuencia del escaso porcentaje en taquilla que han alcanzado durante su periodo de exhibición comercial. A esto hay que añadir el mínimo número de copias con las que se estrenan las películas, su condena a salas minoritarias y su paso fugaz por las carteleras. No, definitivamente no ha sido un buen año para el cine asiático, aunque me pregunto si alguna vez lo ha llegado a ser. Las películas que van llegando a la cartelera lo hacen con cuentagotas, y la mayor parte de los grandes títulos de prestigio se quedan sin estrenar. Pero no todo está perdido, este año hemos conseguido varios hitos dentro de la distribución española, el estreno en salas de Election (Hak se wui, 2005)de Johnnie To, de Three Times (Zhui hao de shi guang, 2005) de Hou Hsiao Hsien y de Tropical Malady (Sud Pralad, 2004) de Apichatpong Weerasethakul. Tres películas importantes de tres autores imprescindibles para entender el presente cinematográfico en el que nos hallamos inmersos. Tres muestras de talento inconfundible, de cine sano y regenerador capaz de entablar diálogos con el pasado para tender puentes hacia el futuro a través de la indagación de los mecanismos de la imagen y del análisis de la situación del hombre dentro del panorama social que lo rodea.

También llegó a nuestras pantallas Hidden Blade (Kakushi ken oni no tsume, 2004), otro magnífico jidai geki perpetrado por el veterano Yoji Yamada, que recuperó con inteligencia todo el sabor clásico, lleno de sobriedad y depuración formal que desprendían las antiguas historias de samurais para narrar una preciosa historia de espadas ocultas, deseos insatisfechos y amores imposibles. Otro experimentado hombre de cine, Hayao Miyazaki, nos trajo su última maravilla animada, El castillo ambulante (Hauru no ugoku shiro, 2004), film en el que el director continúa explorando los diferentes caminos que se abren ante la percepción del mundo a través de la fusión de  los planos de la realidad y la fantasía en un solo eje constitutivo motor. Ojalá todos los años tuviéramos un film de Miyazaki que ver, pues es de los pocos que consigue que nuestra mirada vuelva a ser tan pura y cristalina como la de un niño siempre dispuesto a sorprenderse.

El cine de acción también ha estado este año convenientemente representado en la figura del siempre incansable Jackie Chan, que nos trajo New Police Story (San ging chaat goo si, Benny Chan, 2004) y El Mito (San wa, Stanley Tong, 2005), y en la nueva promesa tailandesa que representa Tony Jaa, máximo protagonista de la adrenalítica Thai Dragon (Tom yum goong, Prachya Pinkaew, 2005), film que a pesar de ser todo un desmadre narrativo contiene uno de los mejores planos secuencia del año.

El cine arty tiene su mejor exponente en Kim Ki-duk. El director coreano ha estrenado sus dos últimos trabajos, El arco (Hwal, 2005) y Time (Shi gan, 2005), evidenciando que no se encuentra en su mejor momento a nivel creativo, instalado en esa difícil etapa en la que un autor debe buscar dentro de sí para dejar de dar vueltas a su universo artístico pues éste comienza a dar síntomas de agotamiento. Mientras esperamos esa recuperación de su inexcusable talento, nos tenemos que conformar con estas dos obras de mediano calibre en las que el director evidencia su capacidad para tejer atmósferas e hilvanar poesía, aunque en ambos casos de una manera un tanto tosca, sin la capacidad de sugerencia que necesita cualquier cinta que se instala en el territorio del intimismo lírico.

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Más o menos así quedaría el panorama de cine asiático estrenado de manera oficial en pantallas de toda España si no fuera por el proyecto “Cine x 14 días”, iniciativa que puso en marcha la distribuidora Notro Films con la intención de dar a conocer algunos títulos inéditos que jamás encontraron cabida en nuestras carteleras. De esta forma se han repescado algunas joyas de la cinematografía oriental que de otra forma hubieran pasado desapercibidas, como las tailandesas The Overture (Hom rong, Itthisoontorn Vichailak, 2004), Nag Nak (Nonzee Nimibutr, 1999) y 6ixtynin9 (Ruang talok 69, 1999) gracias a la cuál muchos han descubierto el indiscutible talento de uno de los mejores directores que operan en la actualidad, Pen-ek Ratanaurang, del que también se ha editado en dvd su Last life in the Universe (Ruang rak noi nid mahasan, 2003), rebautizada aquí como Vidas Truncadas. El proyecto Notro también nos trajo a Sabu con la estupenda Monday (Sabu, 2000), al coreano Hur Jin-Ho con el melodrama Navidad en Agosto (Palwolui Christmas, 1998), al chino Tian Zhuangzhuang con la exquisita Springtime in a small town (Xao cheng zhi chun, 2002) y a Shunji Iwai con su delicada Carta de amor (1995) (en dvd se editaría este año su mejor film hasta el momento, la portentosa Todo sobre Lily (Riri Shushu no subete, 2001)). Por último, una pequeña delicatessen de culto, La felicidad de los Katakuris (Katakuri-ke no kôfuku, 2001), una de las películas más marcianas de Takashi Miike, un musical bizarro en el que lo menos importante es pretender conferir algo de sentido a lo que está ocurriendo en pantalla, sino dejarse llevar por el surrealismo, la diversión, las canciones y sus coreografías. Una auténtica maravilla para paladares sedientos de rareza que nos recuerda los tiempos de esplendor de Takashi Miike, aquellos en los que era capaz de hacer en un solo año los Katakuris, Visitor Q (Vijitâ Q, 2001) e Ichi, the Killer (Koroshiya 1, 2001); tiempos que se alejan de un presente un tanto opaco en el que la única aportación en doce meses ha sido un fallido experimento intelectualoide llamado Big Bag Love Juvenile A (46-okunen no koi, 2006), también incluido como primicia exclusiva dentro del ciclo “Cine x 14 días”.

De Miike hemos podido repescar este año dos de sus mejores obras gracias a sendos lanzamientos directos en dvd, Izo (2004) y Gozu (Gokudô kyôfu dai-gkijô: Gozu, 2003). Decir que se trata de dos películas inclasificables no es definir con demasiado tino tratándose de Miike. Dos viajes esquizoides de naturaleza convulsa… tampoco. Es imposible despachar con dos adjetivos estas dos transgresiones cinematográficas al límite de todo, incluso al límite de sí mismas, así que lo dejaremos como está. De todas formas resulta estimulante ver cómo poco a poco empiezan a estar disponibles títulos a los que hasta el momento era difícil tener acceso dentro del mercado español. Esperemos que el 2007 también nos traiga una buena ración de cine inédito.

El cine que no nos ha llegado

Si estas líneas las escribiera Manu Yáñez seguro que las titularía “Paraísos Invisibles”. Se trata de aquellos films que hemos ido descubriendo a través de festivales o por nuestra propia cuenta y riesgo, siempre movidos por un afán de curiosidad que nos devora y nos impide conformarnos con aquellas migajas que las distribuidoras se atreven a estrenar.

He aquí algunas muestras de ese cine que no nos ha llegado este año, y que quizás no nos llegue nunca.

Invisible Waves (Invisible Waves)
Director: Pen-ek Ratanaruang. Taiwán-Tailandia-Corea del Sur, 2005. Berlinale, Festival de Las Palmas, BAFF.

 El cine tailandés se encuentra en estos momentos en un estimulante proceso de dinámica efervescencia gracias a directores de última generación que han sabido canalizar dentro de sus discursos creativos las pulsiones por las que se rigen las tendencias más renovadoras del panorama internacional sin perder un ápice de su identidad como autores insertados en el seno de una cinematografía, la tailandesa, muy particular. Wisit Sasanatieng, Apichatpong Weerasethakul y Pen-ek Ratanaruang. No es que tengan que ver demasiado los unos con los otros, pero los tres pueden encuadrarse dentro del cine de autor de nuevo cuño surgido en Tailandia a partir de 1997, año en el que el país entró en una fuerte crisis económica que obligó a los directores a agudizar su ingenio para poder llevar adelante sus proyectos artísticos.

A la espera de ver el último trabajo de Apichatpong presentado en el pasado Festival de Venecia, nos centramos en esta obra de Pen-ek Ratanaurang que pudimos ver en el Festival Internacional de cine de Las Palmas y en el Barcelona Asian Film Festival.

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Al igual que ocurría en Vidas Truncadas, Pen-ek vuelve a utilizar la idea de viaje, pero no como aventura, sino como fuga, como huida emprendida por el protagonista para escapar de sí mismo y de una realidad que le atrapa. Se trata de un relato de búsqueda espiritual de la identidad a través de una accidentada fluctuación de acontecimientos que agitan el destino de Kyoji (Tadanobu Asano en una de sus mejores interpretaciones), como las olas de ese mar inestable por el que deambula sin rumbo fijo. Nos adentramos en un trayecto alucinatorio en el que tenemos la sensación de estar frente a un espectro, un fantasma que se encuentra totalmente perdido y atormentado por sus demonios internos y que necesita desesperadamente encontrar una razón por la que justificar su existencia.

En el plano de la imagen Pen-ek demuestra que es un virtuoso en el manejo de la cámara y que su dominio de la técnica lo emparenta con los grandes autores de nuestro tiempo. Una puesta en escena lánguida, absorbente, con una imagen envuelta en sonidos que parecen transmitirnos pequeños misterios que nunca somos capaces de resolver y que nos adentra en el territorio sensitivo de la introspección y la abstracción mental.

Para más información, véase la crónica Baff 2006 en Miradas de Cine nº 50.

Exiled (Fong juk, 2006)
Election 2 - Harmony is a Virtue (Hak se wui yi wo wai kwai, 2006).
Director: Johnnie To. Hong Kong, 2006. Festival de Sitges

 A estas alturas ya no resulta valiente afirmar lo grande que es Johnnie To. Quizás eso debería haberse dicho en 1998 cuando el director hongkonés firmó su obra maestra A hero Never Dies (Chan sam ying hung), pero está claro que por estos lares siempre vamos un poquito retrasados.

Ahora To ha alcanzado el grado máximo de depuración formal al que puede aspirar un director en plena posesión de sus facultades en el uso virtuoso de todos los recursos que la imagen pone a su alcance, divirtiéndose además con ellos consiguiendo reinventarse a sí mismo a cada instante.

Con Election 2, To ya no tiene que preocuparse por perfilar una cosmogonía mafiosa, pues los engranajes de la ficción ya quedaron perfectamente definidos en su predecesora. Así, la trama se centra en dos únicos personajes que se configuran como ejes de la acción, de forma que el entramado narrativo se especifica y fortalece, pues los hilos que se entrecruzaban en el argumento de Election (Hak se wui, 2005) podían en algunos momentos resultar demasiados espesos. Continúan las luchas de poder entre los miembros de la tríada para hacerse con el poder, pero ya no es la tradición y la fidelidad las que mantienen la cohesión en el grupo, sino que priman los intereses particulares, de forma que los valores ancestrales se abren definitivamente a la nueva realidad económica y financiera. Los códigos de conducta se debilitan y queda al descubierto la naturaleza anacrónica de la organización. Ya no rige la sangre, sino el dinero.

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La sobriedad estilística de la que hace gala To en Election y Election 2, desaparece por completo en Exiled, en la que el director se libera de toda atadura y contención para firmar una cinta que bebe de la desmesura visual y el artificio escénico. Exiled rezuma espectáculo por los cuatro costados, nos devuelve las mejores trazas del “heroic bloodshed”, el sabor a pólvora, las coreografías balísticas, los personajes con intachables códigos morales internos y las relaciones entre ellos regidas por la amistad, el honor y la camaradería. Exiled venía precedida de dos etiquetas: ser la secuela de The Misión (film de To con el mismo argumento e idéntico plantel de actores) y su consideración como homenaje al western y al cine de Sam Peckimpah filtrado a través de la particularidad “sensibilidad hongkonesa”. Supongo que todas estas consideraciones quedan dilapidadas al ver un film tan volcánico y camaleónico como Exiled, que estalla ante nuestras pupilas mutando su piel en cada momento y ofreciéndonos un espectáculo lúdico sin igual, lleno de homenajes y referencias, pero 100 % Johnnie To.

Isabella
Director: Edmond Pang-Ho Cheung. Hong Kong, 2006. Udine Far East Film

 Continuamos en Hong Kong para hablar de una pequeña joya que no debiera de ningún modo pasar desapercibida. Se trata de Isabella, película que participó en el pasado Festival de Berlín y que consiguió un premio gracias a su preciosa banda sonora con aires de fado portugués. Su director algo tiene que ver con Johnnie To, pues fue el responsable de la escritura del guión de Fulltime Killer (Chueng jik sat sau, 2001). Además de sus labores como guionista (también realizó el libreto de Killer (Dao shou, 2000) para Billy Chung), Edmond Pang-Ho Cheung es uno de los jóvenes valores más interesantes dentro del renovado panorama de cine de Hong Kong. Sus películas, muy diferentes entre sí, han abordado casi todos los géneros, y entre ellas debemos destacar la divertidísima e irreverente Men Suddenly in Black (Daai cheung foo, 2003) y la estupenda Beyond our Ken (Gung ju fuk sau gei, 2004). Con  Isabella cambia de tercio y se sitúa en una órbita mucho más intimista e incluso poética que lo emparenta directamente con el Wong Kar Wai de los primeros tiempos. Estilizada, magnética, dotada de una cadencia suave y armoniosa, envolvente, Isabella se desvela como un delicado film repleto de sugerencias que va a abriéndose poco a poco al espectador para contarnos una historia triste de encuentros y desencuentros dentro del marco de la ciudad de Macao, escenario  que se convierte en uno de los protagonistas indiscutibles, pues el transcurso del film tiene lugar en las fechas próximas de la devolución de la colonia portuguesa a China. Por eso, los problemas de identidad de sus habitantes se convierten en metáfora del sentimiento de extrañeza, de pérdida y de orfandad que embarga a los dos personajes principales. Un policía corrupto, mujeriego y alcohólico intenta seducir en una noche de borrachera a una jovencita, sin saber que se trata de la hija que nunca conoció en su juventud. Pasado y presente, memorias, recuerdos, reproches y culpa se entremezclarán en la relación que comenzará a establecerse entre padre e hija. Una magnífica cinta sobre la soledad, embriagada por un aroma a nostalgia y narrada a ritmo de fado.

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Nana
Director: Kentaro Ôtani. Japón, 2005. Udine Far East Film
Linda, Linda, Linda
Director: Nobuhiro Yamashita. Japón, 2005. Udine Far East Film

 Volvemos nuestra vista a Japón y al género de películas para adolescentes. ¿Quién dijo que no podían estar a la altura? Espero que nadie tenga todavía esos prejuicios, porque de otro modo se perdería dos de las películas más frescas e inteligentes del año.

Nana está basada en un manga del mismo título de Ai Yazawa (recientemente editado por Planeta deAgostini), y ha sido un éxito rotundo en Japón, tanto que ya se ha preparado una segunda parte.

Dos chicas llamadas Nana se encuentran en un avión con destino a Tokyo. Una es roquera y tiene una banda punk, es independiente, luchadora, contestataria y curtida en mil batallas, la otra (Hachi) es inocente, viene de un pequeño pueblo, y todavía está a medio hacer. En una prima la mirada del desengaño, en la otra, la de la esperanza. Son totalmente antagónicas, pero encuentran en la amistad el apoyo que necesitan para enfrentarse juntas a las inseguridades de la vida y del amor. Nana es una película sorprendentemente madura, serena, melancólica y frágil. Su director, Kentaro Ôtani sabe extraer el máximo jugo de las dos historias y trenza un delicado entramado narrativo entre ambas, a la vez que hace un uso magistral del flash back uniendo el pasado y el presente a través de interludios balsámicos de un alto poder emotivo. Nana es un film sobre los sueños y las decepciones que proporciona la vida y de lo intensa que ésta parece cuando eres joven. También es un film sobre los recuerdos, de cómo estos pueden quedarse clavados en tu memoria y no desaparecer jamás, de cómo somos capaces de no olvidar por ejemplo detalles tan insignificantes como el vestido que llevábamos el día que conocimos al chico del que nos enamoramos y cada uno de los momentos que pasamos junto a él. Nana, Hachi, las dos caras de una misma moneda; las dos juntas quizás seamos nosotros mismos, con nuestras alegrías y tristezas, ilusiones y decepciones.

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El tono de Linda, Linda, Linda es mucho más festivo y alegre. El tema podría ser: adolescentes con faldita de colegiala ensayan en sus ratos libres para cantar en la función del colegio. ¿Qué no os convence el asunto? Pues debería, porque la cinta de Nobuhiro Yamashita despeja incógnitas ya desde el primer plano secuencia a ritmo de la música de una de las delicadas y absorbentes canciones compuesta por el Smashing Pumpkins- James Iha para la banda sonora del film. Concebida como una sucesión de estampas de aliento pop, Linda, Linda, Linda huye de la tendenciosidad de buena parte del cine actual, respira naturalidad por los cuatro costados, es ligera, esponjosa y sabe captar de una manera sencilla y eficaz las alegrías y las penas de una época de desorientación, cambios, sueños, amistad, primeros amores… por la que todos hemos transitado. El director crea un paisaje de envolvente textura alrededor de las vicisitudes de cuatro compañeras de colegio que se preparan en sus tardes libres para realizar su sueño de subirse encima de un escenario. Linda, Linda, Linda es una pequeña maravilla de refrescante explosión vital. Divertida, naïf, inteligente, contagiosa y excelentemente interpretada y dirigida. Al final de la cinta, nadie puede escapar a tararear el tema "Linda, Linda, Linda".

I Don´t Want To Sleep Alone (Hei yan quan)
Director: Tsai Ming-liang. Taiwán-Francia-Austria, 2006. Festivales de Venecia y Gijón

 Nos toca ponernos más serios a la hora de hablar de la última película de Tsai Ming Liang. Nadie duda ya a estas alturas que el director taiwanés ha construido una de las filmografías más personales del cine moderno. La cuestión ahora sería determinar si su cine va a seguir dando vueltas sobre sí mismo o si puede atisbarse dentro de él algún rasgo que nos anticipe una posible evolución dentro de su abigarrado universo constitutivo. Por el momento toca esperar, ya que en I Don´t want to sleep alone el director continúa la exploración de sus rasgos esenciales, hablándonos de la soledad y del vacío contemporáneo, de la incomunicación y de la desvirtuación de los sentimientos en el seno de una sociedad autista. Eso no quiere decir que no nos encontremos ante una gran película. Es más, estamos quizás ante una de las cintas más bellas y dolorosas de todo el año, al menos la que íntimamente ha conseguido convulsionarme de una manera más profunda.

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El director crea un paisaje anímico y humano herido, desolado, en el que los cuerpos se buscan de noche, en medio de las calles vacías, aunque sea a riesgo de contaminarse con la epidemia de gases irrespirables que asola las ciudades. Cuerpos insomnes, que se mueven como autómatas por el plano, desesperados por conseguir un mínimo roce de calor y cercanía que les proporcione consuelo dentro de un mundo frío en el que cualquier tipo de contacto ha de realizarse de manera clandestina. El sexo se convierte en un movimiento vital, en un acto desesperado en el que se mezcla el deseo y la necesidad de calmar la insatisfacción existencial que los personajes llevan clavada en su interior.

Seguimos vagando sin rumbo fijo, desconcertados por la extrañeza que nos provoca un entorno que en la mayoría de los casos nos resulta ajeno, seguimos siendo incapaces de de expresar nuestros sentimientos, imperturbablemente frustrados, seguimos sintiéndonos solos. El mundo se acaba, estamos destinados a la catástrofe, pero antes de que lo haga, duerme una sola noche conmigo. O hazlo eternamente. Con uno de los planos más hermosos y poéticos que ha dado el cine actual, termina esta última obra de Tsai Ming Ling.

It´s Only Talk (Yawarakai seikatsu)
Director: Ryuichi Hiroki, Japón, 2005. BAFF

Continuamos hablando de búsquedas, de bloqueos sentimentales, de necesidad de afecto, de frustración por no saber cómo adaptarnos al papel que nos ha tocado desempeñar en la vida, otra vez, del miedo a la soledad.

Durante este año han sido muchas las películas que han girado en torno al desconcierto que anida en el espíritu del hombre de nuestro tiempo, pero It´s Only Talk quizás sea una de las radiografías más precisas del derrumbe al que está expuesto el ser humano cuando ha perdido la ilusión y se siente víctima de su propio caos emocional.

Shinobu Terajima encarna a Yuko, una treintañera soltera con problemas psicológicos que ha de cargar con el trauma de haber perdido a sus padres en un accidente. Su sentimiento de orfandad, de soledad, de desconexión con el mundo que la rodea es total. Por eso intenta apaciguar su dolor a través de relaciones esporádicas con distintos hombres que van pasando por su vida; hombres ante los que se siente deseada pero que no dejan huella en su interior ya que no son capaces de aportarle las dosis de afecto que ella necesita, quizás porque todos ellos se mueven en realidad por el egoísmo. Externamente Yuko parece una mujer fuerte y desenvuelta, capaz de afrontar los problemas con resolución y determinación, pero a medida que nos introducimos en su día a día descubrimos el enorme vacío que anida en su ser, la fragilidad emocional que esconde su interior herido, el sentimiento de quebradiza inseguridad que la corroe. Ryuichi Hiroki captura el devenir cotidiano de Yuko a través de una cámara entregada a su constante seguimiento. Hacía tiempo que no se establecía en una pantalla cinematográfica un sentimiento de tanto respeto y amor entre un director, un personaje y la actriz encargada de darle vida.

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El film se encuentra estructurado a través de diferentes encuentros y desencuentros, convirtiéndose en un viaje con diferentes paradas en las que la protagonista aprende a conocerse a sí misma a través de los demás. El proceso de depresión en el que está sumida va poco a poco apoderándose de la narración a medida que Yuko va desprendiéndose de las capas de apariencias que ha tenido que construir para protegerse ante el mundo que la rodea, y logramos acceder a su verdadero ser a través de los demonios y fantasmas que la atormentan, de las heridas que lleva tatuadas en su piel y en su corazón.

Con It´s Only Talk, Hiroki demuestra que es uno de los grandes, algo de lo que ya debieran haberse percatado muchos después de auténticas joyas de su filmografía como Tokyo Trash Girl (Tokyo gomi onna, 2000), L´amant (2004) y Vibrator (2003). Experto en plasmar en una pantalla la sensibilidad humana (sobre todo la femenina), consigue que de una u otra forma el espectador logre sentirse identificado con aquello que está narrando, por lo que la visión de su film puede convertirse en una dura experiencia.  Quizás una de las grandes virtudes de It's Only Talk, sea su capacidad para plasmar de forma humilde y cercana ese sentimiento que comentábamos al principio de desamparo del hombre frente a su entorno, y sobre todo, frente a sí mismo.

Funky Forest: First Contact (Naisu no mori: The First Contact)
Director: Katshuhito Ishii, Hajime Ishimine, Shunichiro Miki. Japón, 2005

He aquí la película más inclasificable del año y que dará sin duda mucho que hablar en los próximos meses. Los aficionados que conozcan a Katsuhito Ishii no se sorprenderán en absoluto… o sí, porque el autor de Party 7 (2000) y la deliciosa Taste of Tea (Cha no aji, 2004) va mucho más allá para crear una obra que rompe todos los moldes establecidos situándose en el territorio de lo estrambótico, de la rareza más bizarra jamás imaginada. Ninguna ley de la narrativa cinematográfica puede cumplirse dentro de este Funky Forest: First Contact, pues el continuo secuencial queda fragmentado de manera aleatoria por un sinfín de microrrelatos que desafían toda lógica estructural. Algunos episodios tienen un desarrollo más o menos coherente (la mayoría no), otros están concebidos a la manera de gags, cada personaje tiene su pequeño momento de gloria a través de sketches en los que son los absolutos protagonistas, pero lo que está claro es que la sinrazón y el surrealismo dominan la totalidad de la función. Hacía tiempo que no contemplábamos una obra tan libre, tan llena de energía subversiva capaz de poner del revés todos los patrones preestablecidos.

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Su único problema quizás subyazca en que no se hasta qué punto el film puede ser disfrutado por aquellos que no hayan visto ninguna de las películas anteriores de Katshuhito y no se haya sumergido previamente en su particular universo delirante en el que caben todas las mixturas genéricas posibles. En Funky Forest hay comedia, trazas de ciencia-ficción con referencias a David Cronenberg, animación, publicidad, números musicales en la línea del “Yamayo-Canción de la Montaña” de Taste of Tea… nada escapa a la lente imaginativa y deformadora de la realidad de este director capaz de conjugar el absurdo y la poesía en una misma escena. Un collage de viñetas impensable por el que desfila toda la trouppe de personajes característicos del mundo Katsuhito Ishii, dejándose llevar por su vena más gamberra y psicótica, desde Tadanobu Asano y Susumu Terajima, a la pequeña Maya Banno, el showman que ejerce de maestro de ceremonias Ikki Todoroki o el entrañable Yoshiyuki Morishita, ese secundario nunca acreditado que es perfectamente reconocible por tener la peor dentadura de todo el reino nipón.

Imprint
Director: Takashi Miike, USA, Japón, 2006. Udine Far East Film y Festival de Sitges

 No, definitivamente no puedo incluir entre lo mejor del año Big Bag Love Juvenile A, pero sí este capítulo que Miike realizó para la serie de televisión “Master Of Horrors” en el que demuestra que no hay otro director en la actualidad capaz de retratar el horror de una manera tan impactante y personal. Imprint es una pequeña obra maestra de terror contemporáneo, una pesadilla en formato reducido en la que Miike pone a prueba su habilidad para trazar atmósferas malsanas y opresivas, para retratar situaciones que pueden llevarnos al borde de la nausea, para demostrar que puede jugar a ser Lynch o Cronenberg sin perder un ápice de su estilo, para torturarnos física y emocionalmente como si estuviéramos ante una sesión de tortura sadomasoquista, para sacar lo más perverso que se esconde en la naturaleza humana. De esta forma, el director se erige con esta cinta como un supremo poeta de lo macabro, capaz de hilvanar las escenas más sobrecogedoras a otras en las que fluye un delicado aliento lírico. Lo más horrible y lo más hermoso unidos como si se tratara de una conjunción inseparable.  Así es el Miike que más nos gusta, el que no se pierde en excusas intelectuales para aparentar ser un director de vanguardia, el que utiliza el miedo como una forma de perversión cuya única pretensión es incomodar las conciencias.

Hana (Hana yori mo naho)
Director: Hirokazu Kore-eda. Japón, 2006- Festival de San Sebastián
The Host (Gwoemul)
Director: Bong Joon-Ho. Corea del Sur, 2006. Festivales de Cannes y Sitges

 Terminamos haciendo mención a dos películas que sí tendrán distribución en España y por lo tanto tendremos tiempo de hablar convenientemente de ellas en su fecha de estreno. No hablaremos de The Host, ya que será objeto de un especial en el próximo número. Sí de Hana Yori Mo Naho puesto que todavía tendremos que esperar unos meses para poder verla en cines. Se trata de la última película del prestigioso director Hirozaku Kore-eda, autor de Nadie Sabe (Dare mo shiranai, 2004), que en esta ocasión abandona las coordenadas formales sobre las que hasta el momento había construido su cine para adentrarse en el clasicismo de las películas de samuráis. Sin embargo a pesar del cambio de época y de escenario Kore-eda sigue centrando su cine en la necesidad de ahondar en la sustancia más profunda del ser humano para extraer de él todo el jugo de su experiencia íntima. Su mirada, con un fuerte componente de raigambre documental sigue intacta, por lo que la forma en la que se acerca al espacio y a los personajes que lo pueblan casi adquiere una serie de peculiaridades que lo emparentan con las características que definían el neorrealismo italiano. Que nadie espere garra emotiva, ni combates sangrientos. Kore-eda juega con las expectativas del espectador y subvierte las leyes del jidai geki tradicional a la hora de construir una narración anticlimática en la que desaparece el duelo final que suele presidir cualquier historia de venganza entre samuráis. En su lugar, un acercamiento a las relaciones humanas que se establecen entre una comunidad de marginados que viven en un pueblo de chabolas y que luchan día a día para salir adelante a través del compañerismo y la mutua solidaridad. A pesar de las penurias, Kore-eda opta por un tono mucho más distendido del habitual (siendo incluso frecuentes los pasajes cómicos, los interludios teatrales) y por un mensaje conciliador de serenidad frente a la adversidad, de paz frente a los odios y envidias que envenenan a los hombres.

Hana es un film hermoso, quizás un poco deslavazado, pero que ratifica a Kore-eda como un magnífico constructor de microcosmos y observador de los conflictos que se esconden en el alma de sus personajes. Unos personajes que ya pueden estar integrados en nuestro presente o pertenecer a un pasado remoto que siempre nos parecen cercanos, accesibles y que nos obligan a experimentar de manera directa aquello que estamos viendo en la pantalla.