Gozu (Gokudô kyôfu dai-gekijô: Gozu.Takashi Miike, 2003)

Por Sergio Vargas

¿Dónde te escondes, hermano?

2006 ha abierto el camino a la consagración definitiva de Takashi Miike en España. Tal vez 2007 sea el año en que parte de la crítica comenzará a dejarle de lado (espero que no en mi caso) cuando comience a convertirse en un director atractivo para el gran público, después de haber logrado la distribución por la que esta misma crítica ha luchado los años anteriores, cuando su cine no traspasaba nuestras fronteras sino a través de la banda ancha, cuyos únicos límites conocidos son los de megas por segundo. En cualquier caso, aunque su primer objetivo se ha conseguido solo parcialmente, se trata de un buen comienzo. Se han estrenado en cines de Madrid y Barcelona Big Bang Love: Juvenile A (tal vez su película que más disparidad de opiniones ha generado) y La felicidad de los Katakuris (un musical gore de zombies —ahí es nada), pero eso, solo en dos ciudades y durante dos semanas (“En cine x 14 días” es un interesante proyecto iniciado en mayo por la distribuidora “Notro films” que intenta dar salida a filmes con escasas posibilides de distribución a mayor escala en nuestro país). También se han editado en DVD Izo (las aventuras a través del tiempo de un guerrero samurái apocalíptico que no deja títere con cabeza) y Gozu (El gran teatro del horror yakuza), la película que genera estas líneas, una aventura pseudoalucinatoria que, a pesar de no ser su único hallazgo, horadará por siempre la memoria de muchos con el parto más salvaje de la historia del cine.

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Como muchas de las historias de Miike y en general, al menos para mi gusto (aunque con excepciones), las más interesantes, Gozu es una historia que comienza sitúandose en el territorio de los yakuzas, transitándolo con el habitual sentido del humor del director, para finalmente intersecarlo con el puro cine de terror, de modo que su completitud genérica es prácticamente equiparable a su indefinición en este ámbito. Minami y Ozaki son “hermanos” pertenecientes a una importante “familia” de yakuzas. Ya desde el sorprendente comienzo del filme (como sucede en gran parte de las películas de Miike, el punto de arranque resulta verdaderamente prometedor, o bien por una salvajada, o bien por otra, aunque no siempre sea capaz de mantener el ritmo durante todo el metraje —sí en esta ocasión) Ozaki da muestras de cierta inestabilidad mental que lleva a su jefe a enviarle junto con Minami a un supuesto viaje de “negocios” a Nagoya, pero cuya verdadera finalidad es la de que éste ejecute a su problemático hermano (en adelante prescindo de las comillas) Los problemas comienzan cuando Ozaki desaparece de repente sin dejar rastro.

Desde aquí, la historia parece adentrarse en el cine negro en el sentido de que Minami comienza una ardua investigación que le irá metiendo en continuos atolladeros, sin embargo la gran diferencia estriba en la enorme simplicidad argumental de la propuesta, pues aquí, al contrario que en las películas de género, no hay ningún tipo de subtramas o de historias aparentemente deslavazadas que poco a poco se integran en un complejo puzzle que al final quedará resuelto. Todo resultará mucho más sencillo, acompañando a Minami durante el resto de la película en un extraño viaje donde la única finalidad es el rastreo de su hermano Ozaki.

Este extraño viaje resulta bastante comparable en algunos puntos al último cine de David Lynch, concretamente me estoy refiriendo a Carretera perdida y Mullholland Drive, pues hay numerosas semejanzas, tanto en el fondo como en la forma: la realidad se va tornando difusa, hay situaciones verdaderamente inexplicables (por ejemplo el inquietante encuentro con un tendero y su mujer americana, cuando finalmente se descubre que ella está leyendo las respuestas a Minami como si se tratase del guión de la película, llamando la atención sobre un posible demiurgo al que no se vuelve a referenciar, tal vez un capricho para llamar la atención pero que no deja de resultar enigmático al ya por entonces perplejo espectador, enrareciendo un poco más la atmósfera de misterio en la que se va envolviendo la película) y una serie de personajes bizarros (un camarero con transparencias que dejan ver un sujetador, un hombre con cabeza de vaca, una posadera que embotella leche obtenida de sus pezones), pero también le emparenta con el universo lynchiano el empleo del sonido de una forma verdaderamente perturbadora, desde la siniestra y oscura banda sonora que se queda latiendo en el cerebro del espectador, echándose de menos cuando está ausente y deseando que pare cuando está sonando, hasta los efectos sonoros más propios del genuino cine de terror pero empleados con inteligencia y sutileza, buscando más fomentar la constante intranquilidad (la cabina que no para de sonar, los ruidos que oye Minami en su habitación de la posada) que el susto fácil y rápido, junto con inquietantes silencios.

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Por si todo no fuera lo suficientemente confuso (no ya por la complejidad de la trama, como digo inexistente, sino por lo extraño de la situación), la cosa se complica tras descubrir en la prensa (por aquello del prensado) de yakuzas (regentada por unos extraños tipos que coleccionan el pellejo de los gángsters como si fuesen pieles de visón) que Ozaki ha sido aplastado por una enorme plancha y reducido a un traje de piel,  muy bien tatuado, por otra parte, algo que presuntamente acabaría con la misión de Minami. Lo que hace que al protagonista todo se le complique es la presencia de una enigmática mujer, que algo de fatal tendrá en el devenir de la historia, no lo vamos a negar (ligando de nuevo con otra de las características del cine negro), que afirma ser Ozaki y exige a Minami (que termina por creerla —al espectador, resignado, no le queda más remedio que intentar hacer lo propio) que le lleve a ver a su jefe. Desde ese momento, tras hora y media de odisea, quedan cuarenta minutos de vertiginoso alucine. Otro extraño viaje, diferente del primero, en sentido contrario, de vuelta de la neblinosa irrealidad de la búsqueda al hiperrealismo de la gran ciudad, con Ozaki muerto, o vivo en el pellejo de la mujer, uno ya no sabe que pensar. Pero a veces, y con Miike reconozco que me cuesta aún más, es siempre tan difícil expresar ciertas cosas con palabras… Digamos que en todo ese apabullante tramo final me vienen a la memoria diversas películas, por unas u otras razones, Alien, Inseparables, Casablanca… ¿Estaré en mi sano juicio? ¿Lo estará Takashi Miike? Espero seguir planteándome estas y otras preguntas después de ver sus próximas películas, y espero poder hacerlo en una sala de cine.