Manderlay (Lars von Trier, 2005)

Por Joaquín Vallet Rodrigo

Young americans

Dogville y Manderlay son dos lugares de los que el mundo puede prescindir. De igual manera que puede prescindir de la falta de oportunidades y del racismo, pero también de la pasividad y la automarginación. Lars Von Trier parece enjuiciar ciertos patrones idiosincrásicos de la sociedad contemporánea basado en los comportamientos contradictorios que rigen su modo de vida. La colectividad clama por unas condiciones vitales dignas, pero lo hace en silencio revelándose hipócrita al precipitarse en los mismos vicios que había reprobado. Asimismo, encuentra su razón de ser cercando su propia libertad, hallando en la marginalidad una necesidad moral de raíces casi masoquistas. La sociedad, asimismo, manipula y es fácilmente manipulable, ya sea por un joven de pocas luces que acaba fagocitado por un entorno descontrolado (Dogville) o por un viejo esclavo de color erigido en guía y represor de la minoría (Manderlay). Por consiguiente, Lars Von Trier, acaba por mostrar los dientes ante esta realidad personificado en Grace, quien ansía desvincularse de la corrupción dominante en todos los flancos del poder, blandiendo un espíritu humano y conciliador (políticamente correcto, si se prefiere) que acaba explotando en su propio rostro y radicalizando su postura hasta el más atroz nihilismo. Nihilismo que bien se puede extender a la postura del propio Von Trier.

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Manderlay es, por tanto, la ratificación de este punto de vista ya expuesto previamente en Dogville. Una vez asumida la originalidad conceptual de desarrollar íntegramente la acción en un escenario teatral, amplificado y adaptado a las congruentes necesidades cinematográficas, el cineasta danés parece centrarse con mayor detenimiento en el análisis social, apartándose de la carga alegórica con la que estaba concebida Dogville, y subrayando con mayor amplitud de miras sus intencionalidades expositivas. La descripción del espacio es mucho más escueta, en nada parangonable a la minuciosidad con la que presentaba los hogares del film anterior. Ello abre mucho más el film al no estar constantemente oscilando entre lugares distintos y, a la par, sirve a Von Trier para simplificar la superficie de su discurso, aunque el fondo del mismo siga manteniendo similar contundencia.

El Manderlay mostrado en esta obra es una (aparentemente) sosegada transposición de Dogville en el que, ya desde un principio, se plantea una extraña alteración de roles: si en el film anterior, Grace era sometida a la esclavitud y a las humillaciones más intolerables, en ésta ocasión es ella misma la que cree salvar al grupo sometido. Asimismo, la creciente hostilidad de la que era objeto en Dogville se transforma en una oscura charada de aparente afabilidad, en la que Grace únicamente mantendrá contacto sexual con Timothy en evidente divergencia con lo acaecido en Dogville donde era ultrajada por todo el pueblo excepto por el joven Tom Edison. El mismo cierre del film ya ratifica dicha inversión: en la película anterior, Grace marchaba acompañada de su padre y la banda de gangsters a sus órdenes dejando atrás el fuego y el reguero de muertos en que había quedado convertido el pueblo; en Manderlay, Grace escapa sola del grupo de esclavos quienes acechan con antorchas en las manos. Todo ello sirve a Von Trier para marcar una escisión notable respecto a ambas partes, dotarlas de personalidad propia y, al mismo tiempo, unirlas por una sucinta línea estético-argumental. Manderlay, por consiguiente, no se debe entender como una “continuación”, si no como un mosaico estilístico que, quizá, puede complementar lo mostrado en Dogville pero bajo ningún concepto su vinculación va más allá de este hecho.

El film, amén de ello, adquiere por momentos una dimensión trágica y fatalista que no poseía la película anterior. Por ejemplo, la huída de uno de los esclavos, al comienzo de la cinta, se verá recuperada en los minutos finales con un plano en el que se le muestra colgado de un árbol. Su sentencia de muerte ha estado dictada desde el mismo momento en que ha abandonado la comunidad creyéndose libre, accediendo a una nueva condición que es, en el fondo, estrictamente teórica. La tragedia está tratada por Von Trier, en la mayoría de ocasiones, bajo un prisma estilizado (Bailar en la oscuridad) o, en cierta manera irónico (la misma Dogville), sin embargo, en Manderlay dicha tragedia queda atenazada con el fin de convertirla en una mera anécdota de importancia puntual, aunque no capital. Otro ejemplo podría ser el bloque de la muerte de la niña que se vuelve a observar desde la distancia, sin que el cineasta se involucre directamente en el drama, prestando más atención al contenido social que provoca esta situación que a la situación en sí. El fatalismo, por su parte, aparece merced a la estructura circular en que está construído el film: la relación de Grace con Manderlay se inicia al evitar que se azote a un esclavo siendo este mismo esclavo, al final del film, azotado con implacable furia por ella. Es decir, la consumación de un acto que únicamente ha sido pospuesto temporalmente, al igual que la esclavitud de la comunidad.

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Con Manderlay, Lars Von Trier completa el segundo bloque de su tríptico sobre la América contemporánea, poniendo el dedo en la llaga en los fantasmas más aberrantes que anidan en el subconsciente colectivo (imponente la selección de fotografías en los créditos finales) y añadiendo otra obra maestra a su filmografía. El próximo título, Wasington, sin hache. Es lo que tienen los genios,