Aplaudido en Sundance primero (Wellcome to the Dollhouse, 1995), en Cannes después (Happiness, 1998), Solondz ha dejado de ser a día de hoy la sorpresa burlona e irreverente de los festivales. Prueba de ello es que sus dos últimos films, Storytelling (2001) y Palíndromos (2004) han pasado prácticamente desapercibidos pese a que en ambos el cineasta norteamericano ofrezca muestras de lo mejor que ha dado su cine hasta el momento. Uno de los motivos de este olvido, y que probablemente ha propiciado que su último film se haya estrenado con dos año de retraso, sea quizá que Solondz ha demostrado de una vez por todas, no ser tan sólo ese director que algunos parecían empeñados que fuera (los que erróneamente tan sólo ven en él una despiadada ironía) sino que por el contrario, se ha perfilado como un cineasta de una absoluta seriedad y honestidad a la hora de enfrentarse a los peligrosos vericuetos dramáticos de sus films, terminando por mostrar que lejos de modas pasajeras o caprichos de enfant terrible, en su modo de presentar la realidad reside una fuerte carga de coherencia y agudeza de análisis remanente de un film a otro. Solondz ha optado sin dudas ni amargura, por el margen.
El freak ha pasado a convertirse de la mano de ciertas películas (especialmente en torno a un cine de corte más o menos ‘indie’) en el tipo de personaje estándar; de la rareza se ha buscado hacer estilo. A los personajes se les adjudican por norma ciertos ‘toques’ o ‘manías’ con la intención nada disimulada de volverlos ‘especiales’ a ojos del espectador y que a la postre, devienen condición sine qua non para su existencia pero que en realidad no hacen más que evidenciar el vacío real de éstos. Solondz, como Browning en su momento, nos habla una y otra vez de freaks, de personajes maltratados por la sociedad, de aspecto extraño y comportamientos autistas pero que en realidad sólo lo son en apariencia, en su aspecto externo; o por el contrario, de personajes en apariencia vulgares pero que en su interior esconden turbias maneras de enfrentarse a la vida. En ambos casos es siempre nuestra mirada (la de la sociedad) la que los juzga sin apenas haber tratado de conocerlos. Una vez que son desnudados por la cámara, vemos tan sólo a seres humanos doloridos buscando su camino hacia la felicidad. La mirada de Solondz es neutra, sin piedad ni condescendencia; pero jamás situándose por encima de ellos, ni juzgándolos. El director de Happiness es fiel a la máxima de Jean Renoir: “Todo el mundo tiene sus razones”. Con sus personajes comparte miedos y dolores y al hacerlos visibles da muestras de un gran respeto, pese a que en ocasiones no lo parezca a simple vista. Un dato no deja de ser significativo: en Fear, anxiety & depression, su primera película, el papel protagonista lo incorpora el propio cineasta; y si le concedemos un mínimo de crédito al título del film, éste no sale demasiado bien parado. Todd Solondz es, por tanto, el primer freak del cine de Todd Solondz..

Palíndromos es una película compleja, dura. La capacidad de hacernos reír a costa de las humillaciones ajenas para luego hacernos sentir culpables de nuestras risas que era hasta cierto punto, la base sobre la que se sustentaba Happiness, se sostiene en Palíndromos escasos minutos. La cosa no tiene ya maldita la gracia. El conflicto se plantea desde la primer instante. El ritmo se torna solemne, entre sus escenas caminamos como atacados por la fiebre sintiendo todo el peso de nuestro cuerpo a cada paso. Aviva, la protagonista del film, cambia de apariencia en cada uno de los capítulos en que está dividido el relato como respondiendo a ese estado febril, pero sin asomo de delirio alguno, más bien al contrario, con una absoluta objetividad apuntalada por la frialdad de las imágenes que dejan traslucir la tristeza infinita de una chica, casi una niña, que desea a toda costa tener un bebé. Un deseo que resulta irracional, pero que lo es menos todavía que las atroces consecuencias provocadas por los actos de aquéllos que tienen la edad suficiente para dirigir los pasos de la chiquilla. De ahí surge la confrontación entre la individualidad y la sociedad en sus diferentes formas (la familia real, la adoptiva) presta siempre a coartar por un medio u otro los deseos de la chica. Aviva no encuentra su sitio en ninguna parte. Ella está, como Solondz y como ese personaje acusado de pederastia que aparece al inicio y al final del film, fuera de lugar. Las dobleces y mezquindades se muestran en todos los ámbitos. La consecución de la felicidad se vuelve una quimera.