Syriana (Stephen Gaghan, 2005)

Por Míguel A. Pastor

La segunda película de Stephen Gaghan como director llegó a las pantallas acompañada de calificativos como confusa, caótica, difícil o incomprensible. No carecen de razón, en alguna medida, quienes así la catalogaron, pero quizá eso no sea más que quedarse en un estadio un tanto superficial. Syriana es una apuesta difícil que requiere de mucha reflexión y análisis para profundizar en ella. Reflexión que nos proporcionará las claves y mecanismos necesarios para disfrutar de esta inteligente, aunque compleja, película.

La descripción de la trama podría ser sencilla: una importante compañía petrolera americana, Connex, se fusiona con una compañía menor, Killen, para hacerse con los derechos del gas natural y del petróleo en el Golfo Pérsico y Kazajstán. El film mostrará al espectador los pasos necesarios que deben realizar dichas empresas para llevar a cabo la fusión, y las repercusiones que las decisiones de los implicados tienen en el resto del mundo, tanto desde el ámbito de la política interior americana, como de la política exterior, así como también en los ciudadanos de a pie de un lado y otro del mundo.

La dificultad viene dada por la decisión formal del guionista/director, que resuelve alejarse de la estructura clásica de presentación, nudo y desenlace, para exponernos una serie de piezas constituidas por personajes, conversaciones y situaciones que conforman un amplio mosaico del mundo del petróleo. Será misión del espectador poner en orden esas piezas, así como añadir, en las innumerables elipsis que siguen a cada salto secuencial, todos los componentes informativos, psicológicos y emocionales necesarios para sacar una lectura coherente y completa del film. Puesto que el autor no nos facilita el trabajo en este sentido y sitúa la película en una posición bastante lejana al espectador, a veces, casi inaccesible.

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Stephen Gaghan es conocido más por su trabajo como guionista que como director. Su fama se vio incrementada al recibir el oscar por el guión de Traffic, película dirigida por Steven Soderbergh que, precisamente, es el productor de Syriana. Quizá por ello se han establecido muchos paralelismos entre éstay el film protagonizado por Michael Douglas, limitándose la crítica, en muchos casos, a destacar la similitud estructural de ambas películas argumentando que esta última es algo así como una copia, en cuanto a forma y contenido (una sobre el mundo del petróleo y la otra de los estupefacientes), de la anterior, y concluyendo que, como Syriana es más confusa y distante, es peor. Pero, sin negar ciertas similitudes, el que suscribe opina que en su segunda película como director Gaghan va más allá de una mera propuesta formal, pues su estructura no es sólo una cuestión estilística sino que está supeditada al contenido. Porque en Traffic, aún con su estructura coral y montaje turbado, las situaciones y personajes seguían perfectamente el clásico arco de evolución dramática y psicológica. Mientras que en Syriana aparecen personajes que en muchos casos no sabemos de donde vienen ni quienes son (no se aportan datos de sus biografías, cargos que desempeñan, nombres, etc.), simplemente aparecen en un momento dado y desaparecen súbitamente, o se intercalan secuencias de reuniones o conversaciones que ya han empezado y se cortan antes de acabar, mostrando de esta manera fragmentos, o pequeños momentos elegidos dentro de ese amplio mundo de las multinacionales petrolíferas que se nos está ofreciendo en la pantalla.

Como todos sabemos, la sociedad de la información que nos ha tocado vivir está constituida por infinidad de datos, cifras o estadísticas destacados en titulares de prensa escrita o noticiarios, Internet, y un sin fin de etcéteras que componen una realidad fragmentaria que a nosotros nos compete reelaborar para poder entender, formar un criterio y opinar. Entregándonos fragmentos de esa realidad petrolífera, y ayudándonos con un montaje que dote al conjunto de cierta coherencia, Gaghan nos está pidiendo que hagamos el mismo trabajo que hacemos en nuestra cotidianeidad. Que nos esforcemos y reflexionemos. Y, aunque la primera sensación que deja la película sea de caos y desorden (apariencia que le sirve a su vez para dibujar un símil de un mundo caótico), el director nos ayuda de forma significativa.

El contraste derivado de la superposición de elementos, bien de personajes y situaciones bien resultado del montaje, es clave para entender el discurso del film. Un ejemplo sería la relación del personaje interpretado por Jeffrey Wright (Bennet Holiday) y su padre. Sólo con la mirada, en un par de secuencias sin apenas diálogo, intuimos que Holiday viene de una familia humilde y que ha debido hacer grandísimos esfuerzos para llegar donde ha llegado. Pero, ¿a qué precio? Su padre no le mira con orgullo, sino más bien con desprecio, y se refugia en la bebida. Desprecio recíproco, pues la mirada del hijo hacia el padre es de repulsión. Bennet repudia el aspecto sucio y alcoholizado de su padre y, sin embargo, no sólo acepta sino que también participa en la corrupción y la putrefacción que subyace en su universo laboral, mostrando una actitud tan hipócrita e impúdica como la de los políticos y grandes empresarios para los que trabaja. Jimmy Pope, Presidente de Killen, personaje interpretado por Chris Cooper, aparece cazando cebras y otros animales exóticos en su rancho, o asando un suculento costillar en una multitudinaria barbacoa, mientras que los derechos adquiridos por su empresa provocan el paro en Oriente Medio y el hacinamiento y hambre en los barracones de los trabajadores paquistaníes. Trabajadores en paro cuyo periplo será representado en el personaje de Wasim (interpretado por el actor novel Mazhar Munir) y su padre. Sin trabajo, sin dinero, maltratado por los agentes de inmigración y viviendo en condiciones infrahumanas, acaba frecuentando una escuela Islámica, que le da una razón para seguir adelante, hasta que su grado de implicación y absorción por las secciones más fanáticas es tal que acaba inmolándose en un acto terrorista contra un barco petrolero. Esta oposición entre dos mundos suele ser remarcada por un fuerte contraste en el modo de intercalar los planos, como cuando Bryan Woodman (Matt Damon) explica al Príncipe Nassir (Alexander Siddig) el abuso económico que las empresas occidentales someten a las del Oriente Medio, y del marco desértico donde se encuadran estos dos personajes se salta directamente a un plano donde el verde de la naturaleza inunda la pantalla y diversos animales exóticos corren por ella, que no es otra cosa que el rancho en Texas donde caza el Presidente de Killen.

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Este recurso de transmitir emociones a través del montaje es constante a lo largo de todo el metraje, alcanzando su máxima cota de expresión en el clímax de la película. El asesinato por parte de la CIA del príncipe Nassir se monta en paralelo con la cena de gala donde se presenta la fusión Connex/Killen. Cuando explota el misil, la cámara se detiene en la pantalla del ordenador de la CIA donde se ve la explosión y se monta con unos aplausos en off encadenando la imagen con la ovación que los asistentes a la cena dan al príncipe heredero, hermano de Nassir, vendido a los americanos y futuro sátrapa de su pueblo. El orden imperante se mantiene inmutable. El punto y final a esta secuencia será la inmolación de Wasim. La personificación del “Mal”, según los telediarios. Mientras que los otros, los que aplauden (a) y quienes pulsan el botón desde el otro lado del mundo, y sólo ven sombras en una pantalla de ordenador, son los guardianes de la democracia, del “Bien”, aunque sea “inevitable” impedir la instauración de un orden democrático y progresista en el Golfo Pérsico, para mantener el status quo en Occidente.

Vemos que tras esa fachada de objetividad construida a través de una puesta en escena que simula el documental y busca la distancia con el espectador, se esconde un discurso bien elaborado. Pero Gaghan ni lo impone ni hace moralina de él. Lo esboza, y nos lo deja ahí. Junto con otros muchos elementos para que cojamos los que queramos y confeccionemos el nuestro propio. Y, para ello, hay que pensar. No nos lo da mascadito. Siendo este el gran acierto de la película: alejarse del discurso único, maniqueo y dogmático, aunque provoque desconcierto y rechazo en un principio, para incitar al espectador a la reflexión. Quizá la historia podría narrarse mejor, tornarse menos confusa y más diáfana. Si es buscado o falta de pericia, lo sabremos con el pulso narrativo que Gaghan nos muestre en futuros films. Por el momento, se agradece y valora la valentía de esta propuesta y la estimulante provocación que se hace a nuestros adormecidos sentidos, acostumbrados a que todo se lo den hecho, digerido incluso antes de ser consumido.