A lo largo de su escasa (siempre en lo concerniente a la cantidad de títulos rodados) filmografía, el cineasta Víctor Erice ha procedido a la reconstrucción minuciosa y paciente de épocas pretéritas en las que no se daba la inundación de exposiciones audiovisuales que actualmente caracteriza a la vida humana en occidente. En obras como El espíritu de la colmena (1973), El Sur (1983) o Alumbramiento (2002), el realizador vizcaíno nos asoma a instantes de la vida de personajes cuyos esquemas de organización mental y de interpretación de las percepciones sensoriales varían sustancialmente de los de un ciudadano de hoy, hasta el punto de resultar, en cierto modo, irrecuperables y, más aún, irreconocibles desde una perspectiva actual. En El sol del membrillo (1992. Víctor Erice), film ambientado en su época de realización, el ruido del tráfico y la presencia de la televisión y la radio en el Madrid de principios de los noventa se postulan como elementos con los que resulta inevitable lidiar para quien vive entre los márgenes del mundo desarrollado. Efectivamente, parece difícil imaginar la posibilidad de experimentar hoy día un período prolongado de tiempo sin el concurso, voluntario o invasor, de alguna invención humana emisora o contenedora de imagen y/o sonido. La presencia de estas nuevas formas de comunicación o contaminación, símbolos del llamado “progreso humano”, ha sido asumida, de modo más o menos directo por cineastas y películas de toda clase, de Olivier Assayas a Tsai Ming-liang, de Unknown pleasures (Ren xiao yiao, 2002. Jia Zhang-ke) a A Perfect Day (íd., Joana Hadjithomas & Khalil Joreige, 2005), por poner sólo unos pocos ejemplos, y se han multiplicado de tal modo que han llegado a saturar y voltear nuestras emociones primigenias. Y resulta una tarea ardua tratar de evitarlas o eliminarlas, así como intentar imaginar cómo era (o sería) la vida sin ellas. En ese punto es donde entra el cine de Erice, pero también el trabajo de Lisandro Alonso, las últimas propuestas de Abbas Kiarostami e incluso, tal vez, obras clave del cine contemporáneo como Gerry (íd., 2002. Gus Van Sant), Tropical Malady (Sud Pralad, 2004. Apichatpong Weerasethakul) o Juventude em marcha (2006. Pedro Costa), entre otras.

La última película del también poco prolífico cineasta estadounidense Terrence Malick, The New World (2005), puede integrarse perfectamente en el grupo de trabajos que parecen intentar recuperar esa mirada perdida. En realidad, la obra anterior de Malick evidencia un notable interés por violentar cualquier código genérico para proponer una cierta reinserción del ser humano en la naturaleza salvaje de la que ha emergido y con la que no acostumbra a tener demasiado contacto últimamente. El panteísmo, o consideración del ser humano como una parte de la naturaleza sometida a sus inexorables leyes de igual modo que el resto de seres vivos, es uno de los conceptos que suelen esgrimirse al hablar de su cine, siempre tan proclive a la calma, los tiempos muertos y la inserción de planos de animales o plantas los cuales tienen el efecto de un cortocircuito respecto al funcionamiento habitual de cualquier relato cinematográfico. Malick parece buscar en todos sus films que el ritmo de la narración sea el que impone el devenir de lo que los griegos denominaban la physis. Un proyecto como The New World, ambientado en la conquista del Continente Americano, le brinda la oportunidad de conseguir que su trabajo se vuelque, más que nunca, en la construcción de un riguroso retrato de mundos en los que el hombre se halla en pleno contacto con el resto de seres vivos y los ciclos naturales. El hecho de que Malick, que estudió Filosofía en la Universidad de Harvard, haya vuelto a emplear un generoso lapso de tiempo antes de entregar una nueva obra resulta comprensible teniendo en cuenta que el cineasta consigue resucitar paisajes y presencias fantasmales cuya idiosincrasia resulta perfectamente coherente con la de tiempos pretéritos. La calma y el ritmo pausado son, por mucho que puedan molestar a ciertas mentes acostumbradas a la sucesión veloz y epidérmica de imágenes, elementos fundamentales para que su película logre alcanzar la profundidad deseada.
El film de Malick transcurre en el siglo XVII, y narra la famosa historia del explorador John Smith (un excelente Colin Farrell, que también se apunta el tanto de aparecer en la no menos espléndida Miami Vice -íd., 2006. Michael Mann-) y la princesa india Pocahontas (interpretada por Q'Orianka Kilcher, que aporta a su personaje una fascinante animalidad). El primero proviene de Europa, de una civilización ya en decadencia, mientras la segunda habita en un lugar en el que el hombre aún no ha intentado trascender su propia condición primitiva. Malick describe este mundo extinto con planos de una belleza sobrecogedora, que enlaza directamente con algunas de las imágenes de la precedente La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998). Posteriormente, el realizador describe el lento proceso según el cual dicho entorno (y la propia Pocahontas) irá transformándose en un esbozo potencial del viejo continente, y lo hace con un encomiable afán didáctico que seguramente no habría disgustado al Roberto Rossellini de la postrera etapa televisiva. En última instancia, el relato se traslada a Inglaterra, donde se cierra la metamorfosis de Pocahontas y, por ende, la mutación del mundo del que procede. En este punto, Malick identifica, siempre con sutilidad y en voz baja, la civilización occidental con un veneno capaz de destruir otros modos de afrontar la existencia humana, como una verdadera incivilización. El cineasta reconstruye un escenario que ya no existe borrando las huellas del “progreso” para, acto seguido, escenificar su desaparición a causa de dicho proceso de sofisticación de las relaciones humanas con el entorno, y de ese modo señala a dicho proceso como un acto de cruel destrucción. Se trata de dar la vuelta a una serie de conceptos culturales muy arraigados en nuestro pensamiento. Aquí los conquistadores son en realidad destructores, y los nativos no tienen nada de incivilizados. Simplemente piensan, sienten y se organizan de otro modo. Y la imposición de una visión del mundo propia de un continente particular en otras latitudes no es otra cosa que un acto de pura barbarie.

El final del film viene a certificar, sin retórica alguna, el modo en que el mundo occidental ha destruido un concepto puro del amor. Pero éste no es más puro en un sentido cristiano, sino en el aspecto relativo a su profundo enraizamiento con la naturaleza del animal humano. Y es que The New World también es una historia de amor a tres bandas. Sin embargo, el tratamiento de Malick, como no podía ser de otra forma, resulta absolutamente heterodoxo, pues el director participa, en la medida de sus posibilidades, de la mencionada mirada primigenia que pretende recobrar para los espectadores de su película. Su trabajo incluye agresivas elipsis y nunca cae en en preciosismo por cuanto no intenta ocultar el lado sórdido, desgradable o putrefacto de las cosas. En ese sentido, la película es una desmantelación del concepto clásico del melodrama que, por otro lado y de un modo no poco misterioso, consigue recuperar su esencia sin trampas sentimentales, onanismos estilísticos o formulismos agotados. Se trata de un relato de amor imposible en la que el paso del tiempo aleja a los personajes y los vuelve a juntar sin posibilidad recuperar lo que un día llegaron a compartir, pero la visión despojada de Malick lo libra de cualquier convencionalismo. Tampoco hay ninguna referencia cinéfila o juego metacinematográfico apreciables: el secreto parece estar, de nuevo, en la mirada del cineasta, quizás el único responsable de que este film, probablemente el mejor de todos los firmados por Malick, logre alcanzar unas cotas de emoción insólitas en el cine de nuestra (o de cualquier otra) contemporaneidad.