Para escribir el guión de Una historia de Brooklin (The Squid and the Whale; 2005), Noah Baumbach se basó en sus propias experiencias de adolescencia cuando sus padres decidieron divorciarse, quedando él y su hermano a expensas de una situación que poco a poco les iría superando. Es, por tanto, una visión ficcionalizada de unos acontecimientos reales, donde es complicado saber qué hay de verdadera memoria y qué ha surgido en función de las necesidades de la ficción. Sin embargo, poco importa lo anterior, puesto que es algo que tan sólo el propio autor sabe y para él debe de quedar. Lo interesante es como plantea la película, cómo en escasa hora y media es capaz de, a partir de retazos, constituir un relato bastante preciso de las consecuencias que puede tener el divorcio de unos padres y de aquello que los dos jóvenes hijos sufren.
Cuando se intenta recordar un momento concreto del pasado, sea cual sea su extensión temporal, siempre viene acompañado de la disparidad, pues resulta complicado ordenar una situación del pasado con precisión. Siempre se nos presenta a modo deslavazado, aunque no por ello carezca de sentido. Cada cual le da un sentido, puesto que al haberlo vivido le resulta fácil el poder, a través de los sentimiento rememorados, constituir el relato de lo que está recordando. Pero siempre hay lagunas, momentos que quedan fuera de la memoria y que pueden ser rescatadas más tarde o quizá nunca. Nuestra mente crea unas secuencias que, de poder ser proyectadas, poseerían un cierto sentido del caos para los demás que para nosotros, posiblemente, no existiría. Algo así le sucede a Una historia de Brooklin. Aunque, como decía, es sencilla de seguir y su narración presenta una continuidad narrativa preclara, sus secuencias parecen retazos de una memoria que se intenta ordenar. Esto explica el sentido disperso de toda la película, así como su importancia a la hora de ser capaz de crear una historia no sólo mediante aquello que acontece, si no también, y principalmente, por los sentimientos que se van generando en los personajes.

Así, el matrimonio formado por Bernard y Joan Berkman, Jeff Daniels y Laura Linney respectivamente, ambos excelentes, encuentran que no pueden estar juntos y deciden divorciarse. Él ha sido un escritor de éxito que no pasa por su mejor momento; ella, comienza a publicar y su carrera a tomar un buen rumbo. Sus infidelidades y su éxito parece ser que son los detonantes para acabar con un matrimonio de diecisiete años, algo que a sus dos hijos, Frank (Owen Kline) y Walt (Jesse Eisenberg) no entienden. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo no se dieron cuenta de que el matrimonio de sus padres no pasaba por un buen momento? Antes de recibir la noticia, ya se ha podido apreciar distanciamiento entre los padres, alguna disputa, pero siempre sin concretar los motivos de manera clara, a veces tan sólo dejándolo caer. Son momentos que el espectador entiende, aunque nunca lleguen a desarrollarse en su totalidad; sucesos recordados o presenciados por un niño, siempre ajeno a lo que sucede en el dormitorio de sus padres hasta el momento en que se le revela la verdad.
Baumbach parece querer verse así mismo a través del joven Walt, quien asume que la culpable de todo es su madre y decide irse a vivir con su padre, a pesar de la tutela compartida que han acordado. Sin embargo, pronto acabará también decepcionado de éste. Su adolescencia y su búsqueda de identidad encuentran un marco bastante poco propicio para encontrar su sitio en el mundo. Su visión de lo que sucede, así como la de su hermano pequeño, quien desorientado comienza a beber y a masturbarse en lugares públicos dejando su semen esparcido por cualquier lugar, son las visiones de dos niños que perciben la realidad de manera distorsionada, sin claridad, sobre todo cuando el mundo que hasta ese momento han tenido como sólido se desintegra ante ellos. Deben de comenzar a pensar que tienen dos casas y que sus padres mantengan relaciones con otras personas. De ahí que Una historia de Brooklin se adapte perfectamente en su estructura y estilo a esas visiones, así como a la propia visión de Baumbach de sus propias memorias.

También resulta llamativo la oscilación que presenta entra comedia y drama sin decantarse en ningún momento por una de las dos, creando lo que se ha venido a llamar una visión agridulce donde nunca se sabe que es lo agrio o lo dulce, si es que no se puede considerar todo tan agrio como dulce. Baumbach muestra la dureza del momento, pero también lo maravilloso de la juventud, cuando el mundo comienza a presentarse ante uno y los descubrimientos son constantes. Así, los dos jóvenes comienzan a descubrir su sexualidad, aunque las propias relaciones de sus padres hagan que vean el sexo de una manera tan confusa como, a buen seguro, sus padres lo hacen. Su juventud, su camino hacia el aprendizaje, contrasta con sus progenitores, quienes parecen vivir en una etapa de la vida de decepción y amargura, sobre todo en el caso del padre, quien tras una época de éxito ve como su condición de intelectual queda relegada a las clases de literatura que imparte y al impacto que produce en las jóvenes alumnas que le ve con los ojos de la admiración. Hay en él, además, una cierta mirada a una generación, procedente de los sesenta y setenta, de descontento, más expresado por las características de los personajes que por hacerlo explícito.
Una historia de Brooklin, como Junebug (íd; 2005) de Phil Morrison, La joya de la familia (The Family Stone; 2005) de Thomas Bezucha, o Pequeña Miss Sunshine (Little Miss Sunshine; 2006) de Jonathan Dayton y Valerie Faris, muestran una visión de la familia exportable a pesar de su aparente localismo, porque la sencillez y la honradez de su propuesta, así como el respeto a sus personajes y su visión oscilante entre el drama y la comedia, hacen de ellas pequeñas películas que, sin embargo, crean grandes emociones.