La honestidad es también una de las formas de llamar al talento. No puede ser de otra forma en cualquier actividad comunicativa, en cualquier interacción, y eso es antes que otra cosa cualquier manifestación artística. Hay películas cuyo posicionamiento ético resulta, si no exclusivo, trascendental a la hora de hacer una valoración sobre su valor cinematográfico. Es el caso de United 93 (2006). La película está realizada por Paul Greengrass, cineasta británico que tanto en su trabajo de guionista como de realizador se ha mostrado especialmente interesado en retratar modernas tragedias de la humanidad, siempre desde el punto de vista de las anónimas víctimas de estos trágicos acontecimientos. La intrahistoria de la catástrofe, digamos. Era el caso de Domingo sangriento (2003), su segundo largometraje, sobre la matanza de civiles en la ciudad irlandesa de Derry, a principios de 1972, o de Omagh (2005), escrita por él y dirigida por Pete Travis, centrada en el atentado perpetrado por el llamado I.R.A. Auténtico en esta ciudad en los días previos a los acuerdos de Paz de Viernes Santo.
United 93 narra los hechos que previsiblemente llevaron, el 11 de Septiembre de 2001, al avión que se dirigía a Washington a estrellarse antes de llegar a su destino. Cualquier cineasta que se disponga a ocuparse de los acontecimientos ocurridos en este trágico día se enfrenta a la disyuntiva de trabajar con un material real que en sí mismo parecía una ficción, el argumento de una espectacular película hollywoodiense (si bien es cierto que Grengrass se centra en el episodio menos espectacular de aquel día y del que no hay ninguna imagen). Incluso Oliver Stone en la lamentable World Trade Center (2006) opta por eludir (aunque no del todo) la espectacularización de lo narrado, centrándose en una de las muchas pequeñas historias que formaron parte de aquellos días y en la cotidianidad del entorno familiar de sus dos protagonistas. ¿Cómo suplantar la fuerza de unas imágenes reales cuyo impacto no ha olvidado nadie, captadas en el momento de los hechos y emitidas millones de veces?. La realidad, o mejor, el reflejo de esa realidad ofrecido a través de las imágenes de televisión, es suficientemente poderoso. Es normal, así, que Greengrass recurra a monitores de televisión (que emiten las grabaciones reales de la Torres Gemelas ese día) para visualizar la catástrofe que está ocurriendo simultáneamente en otro punto del país, algo que comparte con la película de Stone, en principio tan alejada de ésta.

Paradójicamente, el director de United 93 opta por un estilo pseudodocumental para narrar unos hechos que básicamente son una hipótesis (aún no se sabe qué llevó a que el avión acabara estrellándose en las tierras de Penssylvania), por unas técnicas cinematográficas que potencian el efecto realidad, pero que están al servicio de una ficción, aunque ésta esté elaborada a partir de unos hechos lamentablemente reales. Unos hechos reales (pero que parecen de película) transformados en lo que parece un documental (pero que es una película de ficción). Y aquí reside uno de los riesgos ideológicos de la cinta, que con estas estrategias formales legitima como real lo que en definitiva no deja de ser un discurso ficcional (que además versa sobre el sacrificio y la valentía de unos individuos que al menos lograron evitar una tragedia mayor e impedir que el avión llegara a su destino, nada menos que la Casa Blanca), peligro potenciado en una sociedad hiperrealista como la estadounidense, siguiendo las reflexiones de Jean Baudrillard, en que las copias sustituyen a los originales, en que las representaciones son más reales que la realidad (no es extraño que a una guerra televisiva como la del Golfo respondiera un ataque terrorista planteado como un macabro espectáculo cinematográfico).
Para semejantes objetivos el director recurre a personajes reales, como algunos de los miembros de la torre de control que avistaron las extrañas maniobras de los aviones, miembros de la Fuerza Militar encargados del tráfico aéreo y a algunas de las transcripciones reales de las conversaciones de esos días; a actores desconocidos, evitando el protagonismo de ningún personaje sobre otro; al continuo uso de la cámara al hombro; a la narración en tiempo real;... A pesar de este aspecto resbaladizo, cuando no simplemente cuestionable, de la película, ésta se sitúa en las antípodas del inane cine catastrofista que pobló las pantallas en los años setenta, con la intención de ofrecer una perspectiva global y anónima de la tragedia, distanciada pero no indiferente, alejándose de los habituales recursos de identificación del espectador en este tipo de relatos y de cualquier tipo de maniqueísmo, y aquí reside la esencial honestidad de la propuesta. Al contrario que Oliver Stone, Greengrass obvia el acercamiento sentimental a lo relatado, en buena medida (aunque probablemente no del todo) elude la manipulación emocional del espectador, lo que constituye, en definitiva, una apuesta arriesgada pero extraordinariamente coherente, y más considerando la fuerte carga emocional de los hechos narrados.