Babel (Alejandro González Inárritu, 2006)

Por Emilio Martínez-Borso

22 gramos

A pesar de poseer una corta carrera formada tan solo por dos largometrajes y uno de los episodios que formaban parte de la película episódica 11-09-01 acerca de los atentados de tan fatídico día, el cineasta Mexicano Alejandro González-Iñárritu se ha erigido en uno de las autores más sólidos e interesantes del panorama cinematográfico actual. Por méritos propios, se ha forjado la etiqueta de autor comprometido y racional, capaz de diseccionar el alma humana para mostrar los rincones más oscuros, íntimos y personales de cualquier ser humano en cualquiera de sus títulos.

Como buen autor que se precie, Iñárritu sigue una estela concreta película tras película, que si bien añade complejidad a su obra con cada nueva entrega, no resta interés al trasfondo moral que desprenden sus imágenes, estableciendo un perfecto equilibrio entre contenido y continente. Gran amante de una puesta en escena dura, seca y directa, visualmente poética pero sin estridencias, capaz de saber introducir y utilizar dramáticamente todos los elementos cinematográficos de los que dispone, tal como el montaje, el sonido, y recursos de dirección como la utilización del fuera de campo o una cámara nerviosa que profundice en los personajes, su estilo, del mismo modo que cualquier buen cineasta, es fácilmente reconocible, sin que ello constituya una marca de fábrica acomodaticia en la que basar sus traslados en imágenes de las complejas historias que narra.

Y Babel, es un claro ejemplo de todo ello. Amparado en un guión de su habitual y muy interesante Guillermo Arriaga, Iñárritu vuelve a incidir en el alma humana como motor conector de varias historias que a priori no tienen nada que ver entre si, pero que después establecerán una conexión directa afectando a todos y cada uno de los personajes que pueblan ese pequeño microcosmos. Un microcosmos que no es otra cosa que una versión reducida y simplificada de la humanidad en general. Iñárritu vuelve a desglosar las emociones humanas en una historia angustiante donde incide de nuevo (cambiando el argumento) en las cuestiones que tanto parecen obsesionarle película tras película.

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La gran diferencia que marca Babel respecto a sus otros largometrajes, es sin duda la ambición que acompaña a ésta. Ambición en el sentido de pretender ir más allá al establecer paralelismos entre varias historias y sus respectivos personajes, que en esta ocasión suceden en cuatro continentes distintos, lo que provoca y aumenta el no entendimiento de la gente, ya que el director de Amores Perros se preocupa en dejar claro que el mensaje que pretende ofrecer no es otro que la falta de comprensión que existe hoy en día en el planeta. Ya sea en Marruecos, Japón o México, las similitudes y paralelismos son iguales, siendo las fronteras geográficas, meras excusas y distancias mínimas que se tornan absurdas ante los graves conflictos internos de las gentes que las pueblan.

Del mismo modo que en sus anteriores largometrajes, un pequeño incidente inductor sirve de punto de partida para establecer toda una serie de circunstancias que servirán como reacción en cadena para que las vidas de los personajes separados por miles de kilómetros, culturas y vidas diferentes, tengan un nexo común y acaben interconectadas. En esta ocasión, Iñárritu muestra una dirección mucho más madura y concisa, ayudándose y utilizando muy bien los diferentes espacios en los que se realiza la acción, cuyo estilo de vida y situaciones marca un cambio de estilo visual. Desde el predominio del rojo en Marruecos, hasta la tonalidad oscura de Japón, Iñárritu une a sus personajes con su habitual cámara nerviosa, cercana a los personajes, y montaje cortado, pero separándolos por el espacio en el que se encuentran. El cineasta se esfuerza en separar todas las historias cinematográficamente mediante la fotografía, montaje y tonalidad, para que sea el tono y la historia la que acabe uniendo a tan aparentemente diferentes culturas. Si bien la dirección está mucho más trabajada y realza mucho más las intenciones de Iñárritu, el guión es el gran fallo de la película.

Y no es que sea un mal guión, todo lo contrario, Arriaga consigue de nuevo crear unos personajes humanos, creíbles y acordes con la historia, pero acarrea un gran lastre. Y ese lastre no es otro que 21 Gramos. Quizás sea porque la película citada tocaba techo en cuanto a hondura y psicología de los personajes, o quizás sea porque 21 Gramos alcanzaba el grado de angustia necesaria para establecer un pico demasiado alto para superarlo. Quizás sea porque Babel recuerda demasiado a su predecesora para resistir la comparación. Sin duda alguna, si Babel hubiera precedido a 21 Gramos, sería una progresión dramática y de obra interna más lógica, pero viniendo tras ésta, Babel resalta como una buena película sí, con grandes momentos, pero que deja un sabor de boca amargo tras haber saboreado un plato exquisito en su anterior película y sobrevolar el fantasma de la comparación sobre esta cinta. Aún así, por suerte Babel es una película necesaria y una buena muestra de que por suerte siguen existiendo voces capaces de emocionar, y hablar seriamente y con rigor sobre temas demasiado reales, y de que el cine es capaz de entregarnos de vez en cuando obras que nos hacen no perder la esperanza en esto de las películas.