Banderas de nuestros padres (Clint Eastwood, 2006)

Por Joaquín Vallet

La manipulación del símbolo

Parece ser que después de la soberana lección de cine ofrecida con Million Dollar Baby se haya querido mirar con lupa la nueva película de Clint Eastwood ocultando, quizá, un deseo revanchista de quienes, paradójicamente, se deshicieron en elogios hacia el film anterior. Un error sin duda considerable que se agrava si se tienen en cuenta varios factores: primero que Banderas de nuestros padres está realizada con vistas a completarse con la siguiente producción, Letters from Iwo Jima; segundo, que ésta película no se puede entender sobre visiones parciales o superficiales, ni mucho menos ser analizada con seriedad teniendo en cuenta únicamente detalles periféricos o meramente anecdóticos (la presencia de Steven Spielberg en la producción, por ejemplo), sino ser abordada desde la perspectiva que ofrece la visión de su director y teniendo en cuenta todos los elementos que hacen de este film una obra única; y tercero, que Banderas de nuestros padres es una pieza complejísima tanto de estructura como de intenciones que confirma el compromiso del cineasta con un conjunto de posturas de cariz netamente humano, arremetiendo contra todo tipo de irracionalidades llámense conflictos bélicos o manipulación gubernamental.

Porque Banderas de nuestros padres es, antetodo, una reflexión valiente y concienzuda sobre los factores que publicitan cualquier contienda de cara a la sociedad. Si el senador estadounidense Hiram Johnson señaló en 1917 que "la primera víctima de la guerra es la verdad", Clint Eastwood parece poner en imágenes tan contundente y certera sentencia, tomando de base un hecho totalmente intrascendente convertido por la fuerza mediática y los intereses políticos en poco menos que un hito. Ante ello, el cineasta opta por una estructura de ciertas similitudes con la planteada por John Ford en El hombre que mató a Liberty Valance, subrayando la importancia de la "leyenda", de la interpretación oficial para la colectividad, muy a pesar de que lo que se esconde en su interior sea algo radicalmente distinto y en absoluto satisfactorio para las necesidades sociales. El discurso del cineasta se torna inmisericorde, sangrante en ocasiones, mostrando unos medios de comunicación totalmente depredadores (para nada distintos a los actuales) y a una cúpula militar que potencia el oscurantismo y la alteración de la realidad, con el fin de embellecer una causa convertida en una dura obsesión para el adocenado ciudadano de a pie. Banderas de nuestros padres, por tanto, no subraya ni situa en primer término la crítica bélica. Ello lo da por sentado desde su mismo comienzo y, por tanto, centra todos sus esfuerzos en estos otros elementos tan preocupantes como las matanzas en los campos de batalla.

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El punto de vista de Clint Eastwood, por tanto, vuelve a ser el de un humanista que observa con fijación y profunda comprensión el destino de los tres muchachos protagonistas. El magnífico guión de William Broyles, Jr. y Paul Haggis (hay que ver lo bueno que es Haggis cuando tiene detrás a alguien como Eastwood) juega constantemente con la deconstrucción temporal, meditando las consecuencias de las situaciones expuestas y, a la par, planteando una turbadora simbiosis entre lo vivido en las líneas de combate y en los homenajes, magistralmente convertido en imágenes por Eastwood (los flashes de las cámaras, simultáneos a las luces de las bengalas y las explosiones). La puesta en escena del cineasta, por su parte, añade puntos de significación y complementa dichas aristas gracias a su habitual sobriedad, con un profundo conocimiento de cuándo ha de mover la cámara y cuándo el contexto es propicio al estatismo compositivo. Dirigiendo un plantel de jóvenes actores con mano maestra, el cineasta pone de manifiesto un dominio del ritmo cinematográfico absolutamente inusual en el actual panorama del cine norteamericano, dosificando la información con gran destreza y completando el apasionante estilo ya mostrado en sus anteriores films y que lo ha convertido, sin ningún género de dudas, en el mejor narrador que existe en estos momentos.

Banderas de nuestros padres es, en definitiva y muy a pesar de ciertas críticas adversas, una obra maestra absoluta llamada a convertirse, junto a la aún inédita Letters from Iwo Jima, en el díptico más importante del cine contemporáneo.