Hollywoodland (Allen Coulter, 2006)

Por Emilio Martínez-Borso

La meca del cine... negro

En la historia del cine siempre ha habido películas que retraten con mayor o menor hondura, mayor o menor veracidad, y sobretodo mayor o menor crítica las interioridades del mundo del cine. El aura de glamour, bambalinas y farándula de la industria norteamericana ha sido expuesta muchas veces a la luz pública como una excusa para adentrarse en los secretos, las mentiras y la miseria barnizada de oro de la meca del cine. No es de extrañar que Hollywood sea la única industria cinematográfica del mundo que es continuamente retratada (por su star system, su fanfarria y por su interés mediático) de la manera más cruel y precisa posible amparada en diversidad de géneros, desde los melodramas de Minelli, hasta las comedias de Di Cillo pasando por la acidez de Wilder.

De un tiempo a esta parte, el cine negro es el que utiliza ese marco incomparable para ubicar sus historias en las que encajar todas las constantes propias del género, y la casualidad (o no) hace que en una misma temporada coincidan dos películas tan parecidas y alejadas como son la magnífica La Dalia Negra de Brian De Palma y el objeto de estas líneas. A pesar de las dos estar basadas en hechos reales y su punto de partida sea el asesinato de actores reales en el Hollywood de los años 40 y 50, la de De Palma es un ejercicio puro y duro de cine negro, con sus constantes y temáticas que el director utiliza como excusa para orquestar una gran obra de manual. En cambio, la ópera prima de Allen Coulter sorprende por su voluntario alejamiento de los tópicos y constantes habituales necesarios para una película de género.

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Porque en Hollywoodland, del mismo modo que en Caché, el punto de partida es un mero mcguffin. De igual modo que poco importaba quien enviaba las cintas en la película de Haneke, el asesinato de George Reeves en Hollywoodland es lo de menos. Coulter utiliza el suceso real (y jugoso, todo hay que decirlo, porque aún hoy no se ha esclarecido del todo) del suicidio de Reeves para crear una película que versa sobre la identidad de uno mismo, y los problemas que ello acarrea en nuestro interior. Por una parte tenemos al muerto, George Reeves, famoso Superman televisivo que a pesar de ser venerado por millones e telespectadores, se siente fracasado por no triunfar en su faceta de actor y siente que está perdiendo su vida y su identidad. Por otra parte, tenemos al detective Simo, un fracasado que intenta desesperadamente no serlo y que a medida que investiga se va implicando emocionalmente en la historia de Reeves al verse reflejado, entenderlo, y compadecerlo, sabiendo que seguramente él puede ser uno más de los que se pegan un tiro en su dormitorio a las doce y media de la noche.

Coulter mezcla hábilmente las dos historias, siendo la investigación de Simo el hilo conductor, pero intercalando la biografía de Reeves para así establecer el paralelismo e identificación entre ambos, ya que la película no deja de ser la historia de dos personajes que quieren dejar de ser lo que son. Por eso importa poco si fue suicidio o fue asesinato. Coulter maneja muy bien los hilos al saber mezclar la trama policíaca con la humana, ofreciéndonos las posibles conclusiones a las que llega Simo para que sea el espectador quien tome su propia decisión, ya que a lo sumo, la historia de Reeves sirve y ayuda a Simo a comprender su realidad, buscar y encontrar su propia identidad y ser dueño de su propia vida.

El cineasta consigue de forma brillante esta identificación en un magnífico juego espacial ya que el detective (un magnífico Adrien Brody) saca sus conclusiones y encuentra intimidad en el porche de la casa del fallecido Reeves, unificando así las dos almas. Hábilmente Coulter toma algunos de los elementos del cine negro para soltarlos sigilosamente en la trama policíaca pero evitando que se adueñen de la función, consiguiendo una dirección tensa y firme pero alejada de los trucos visuales que hubieran roto el encanto, apostando en cambio por un enfoque cercano a los personajes y sus conflictos internos.

Dejando de lado la brillante factura técnica que envuelve a la película y a las realmente espléndidas interpretaciones de todo el reparto, resaltando a la enorme Diane Lane y a un sorprendente Ben Affleck, Hollywoodland se erige por méritos propios en una saludable, agradecida y soleada sorpresa en una cartelera gris y más bien nublada.