La crítica en la actualidad supongo que se encarga con demasiada frecuencia de ensalzar prematuramente a jóvenes autores que tan solo acaban de comenzar su andadura cinematográfica, que puede que tengan buenas ideas y talento para plasmarlas, pero que todavía tienen que dar mucho de sí para demostrar su valía. Necesitamos crear mitos contemporáneos, himnos generacionales que sirvan como estandarte a la hora de definir la sensibilidad de nuestro tiempo. No se si se trata de una cuestión generacional o una necesidad de tomar distancia y crear nuestro propio panteón de figuras flamantemente descubiertas y que han llegado a conseguir que a su alrededor gire todo nuestro sistema referencial. Pero lo que sí es cierto es que muchos de estos recién llegados se encuentran realizando el mejor cine del momento, o por lo menos el más valiente o el que se atreve a desafiar los patrones genéricos para promover una regeneración de las estructuras anquilosadas. ¿Qué hay de malo en que se les otorgue el sitio que merecen dentro de la construcción de un nuevo mapa de la cinefilia moderna? ¿Es apresurado entronizar a Apichatpong Weerasethakul como un director fundamental? Sólo el tiempo nos dará o nos quitará la razón, pero por el momento, resulta interesante la manera en la que muchos nuevos autores intentan adaptar sus miradas a las tensiones que pueblan el presente en el que nos movemos.
Sofía Coppola es joven, mujer, inteligente e hija de Francis Ford Coppola. Suficiente como para que sea odiada por muchos, para que su trabajo sea mirado con lupa y para que en ocasiones se hable más de ella misma que de sus propias películas. Si a eso le añadimos que también es "moderna" y pertenece a esa nómina de directores que siempre parecen querer estar dando la última palabra en tendencias cinematográficas. Sofía Coppola, Michel Gondry, Wes Anderson, son directores con unas coordenadas estéticas muy definidas que no admiten consideraciones intermedias, o entras dentro de sus imaginarios personales o su cine puede irremediablemente resultarte cargante y pedante. Sin embargo, también es cierto que son de los pocos que llevan una carrera bastante coherente y son fieles a los parámetros que imponen sus respectivos estilos. En este sentido, Sofia Coppola sigue demostrando al margen de cualquier consideración de carácter externo, que es capaz de continuar articulando su particular universo artístico, y que éste se demuestra rico, vivo y en continuo proceso de expansión creativa.
Maria Antonieta es una buena muestra de ello. Una película en la que se mezcla la valentía, el desafío y la travesura en un intento de llevar un poco más lejos todo lo ensayado hasta el momento quizás para ponerlo a prueba, para tensionarlo de forma casi suicida y comprobar cuáles son sus propios límites expresivos.
La directora se acerca a los moldes del cine histórico para abordarlo desde una perspectiva posmoderna. Pero, ¿realmente es Maria Antonieta una película tan transgresora como parece? En realidad el film nace del choque entre dos visiones, la clásica (representada a través del todo al andamiaje y el aparato escénico así como por una cierta tendencia, sobre todo en el primer tercio del film, a dotar a la secuencia de una cadencia que evoca al cine de ambientación tradicional), y la impostura de vanguardia (a través de una cámara inquieta y juguetona que rompe con el academicismo al verse liberada de ataduras para poder ensayar a su antojo con el movimiento y el ritmo en el interior del plano). En ese sentido Maria Antonieta es un collage de estilos que muta a cada momento dependiendo de las necesidades de cada una de las escenas, sin que haya nada que chirríe o desentone dentro de un conjunto que a pesar de ser tremendamente ecléctico termina resultando inesperadamente equilibrado.

Así, durante la primera parte del film en la que se necesita mostrar el aburrimiento de la joven reina en la corte de Versalles, la directora opta por encadenados secuenciales que se repiten una y otra vez para marcar los lapsos temporales y dar así una la sensación de monotonía y de período de tiempo estancado en el que nada cambia y todo sigue igual día tras día. Tanto es así que el hastío que embarga a la protagonista incluso traspasa a la pantalla para instalarse en el espectador, que espera paciente a que la película tome algo de brío y supere la aparente parálisis argumental en la que se haya sumida.
En el momento en el que María Antonieta asume su papel y comienza a divertirse de verdad disfrutando del lujo y de las comodidades de su cargo, el ritmo hasta el momento opaco, se llena de vida, aparecen las fiestas, y con ellas las canciones de aliento pop y las estructuras narrativas contadas a través de composiciones a modo de videoclip o de anuncio publicitario.
De todos modos es inútil intentar ajustar a unos moldes predefinidos la estructura formal sobre la que se sostiene el tejido constitutivo de Maria Antonieta, ya que nos encontramos ante un ejercicio de libertad creativa en el que el caos se convierte en el único eje vertebral posible, tanto en el plano de la imagen como en el del contenido. Nos encontramos ante una película caprichosa, que adquiere su razón de ser en la fragmentación narrativa, en la suma de pequeños bloques casi de carácter independiente que pugnan entre sí en la conformación de un hilo conductor que parece diluirse a cada momento y que adquiere sentido cuando se desvincula del conjunto y se aprecia de manera aislada.
Maria Antonieta da vueltas y más vueltas alrededor de su núcleo centrífugo, se pierde, se reconduce, se difumina, se vuelve a encontrar, su naturaleza es errática y saltarina y cada una de sus estampas podría adquirir entidad propia desafiando toda lógica argumental e imponiendo la inventiva visual por encima de todo a través de atmósferas plásticas y rítmicas que sirven para poner en imágenes ideas sueltas y aparentemente deslavazadas, algunas de ellas sin continuidad narrativa. El film encuentra en estas pequeñas unidades de significado su razón de ser, conduciendo a que su continuidad lineal sea profundamente anticlimática. El film respira de manera entrecortada, en algunas ocasiones parece asfixiarse, en otras prácticamente pierde el pulso, aunque en la mayoría de las ocasiones consigue recobrar el aliento y termina recuperando su pulsión cinética.

No, Maria Antonieta no es un film perfecto, incluso puede llegar a resultar incómodo, aunque supongo que es precisamente eso lo que lo hace especial. Si le quitamos los colores pastel, la ambientación recargada, el detallismo de cada uno de los objetos de atrezzo, la decoración, el vestuario, los exabruptos secuenciales, la desbordante mixtura genérica, ¿qué nos queda? El mismo sentimiento de búsqueda desesperada de la identidad en el seno de un entorno hostil que latía en el seno de Las Vírgenes Suicidas y Lost in Translation. Por eso quizás, los mejores momentos del film son aquellos en los que la cámara reposa en el rostro de Maria Antonieta quedándose ésta a solas consigo misma (en el balcón de palacio, en la bañera, en su alcoba cuando recibe las cartas que la unen a su madre) siendo entonces cuando todas las caretas desaparecen y la joven toma conciencia de su delicado papel dentro de la Corte, de las intrigas y recelos que se establecen a su alrededor, de que su vida se encuentra inevitablemente vacía y de que en realidad está sola. La frivolidad se convierte en un refugio de su propia inconsciencia, ésa que la mantiene encerrada y aparentemente a salvo en su propia burbuja de irrealidad. La desconexión con el mundo que la rodea es total, al igual que ocurría con los otros personajes femeninos que habitaban los anteriores film de Sofia Copolla. Seres encerrados en pequeños microcosmos, a veces a la fuerza, otras por incapacidad de abrirse a su entorno, o porque no tienen más remedio y deben resignarse a desempeñar el papel que les ha tocado. Tres caras de una misma moneda, las hermanas Lisbon de Las vírgenes suicidas, la Charlotte de Lost in translation y la Maria Antonieta de este film. Insatisfechas, inmaduras, desorientadas, prisioneras de su destino.
La Corte de Versalles se convierte en esa cárcel en la que Maria Antonieta se encuentra cautiva sin tener ningún tipo de contacto con el exterior. Quizás ese es uno de los mejores y más valientes hallazgos del film, contar la historia desde una única perspectiva, sin que ningún hecho de puertas afuera contamine la esencia de la narración. Sólo al final, la realidad rompe las barreras de la fortaleza y penetra en las vidas de aquellos que la habitan. En ese discutible momento se nos hace presuponer que Maria Antonieta ha alcanzado la madurez y serenidad necesarias para afrontar los brutales acontecimientos y además resignarse con entereza a seguir el destino de su marido, pero, ¿hemos podido apreciar en la pantalla la evolución de la joven hasta llegar a ese punto? Si bien resulta acertado que no existan prácticamente durante todo el metraje referencias políticas y sociales, sí debería estar mejor explicado el brusco giro de comportamiento que sufre el personaje protagonista, pues ya que la película se centra exclusivamente en ella no debería tener secretos para nosotros. Hubiera bastado un gesto de complicidad de Maria Antonieta con su esposo para que entendiéramos ese súbito cambio. No lo hay. Son sombras que enturbian el final de un film que por lo demás supera con creces cada uno de los obstáculos que parece ponerse a sí mismo demostrando ser algo más que un entretenimiento aparatoso y vacío, erigiéndose como todo un espectáculo cinematográfico lleno de inventiva y riesgo.