El director alemán Marc Forster parece haberse convertido el típico director surgido en el cine independiente americano con sus dos primeras películas, la más que interesante Everything Put Together (2000) y la excelente Monster´s Ball (2001) para, después, ir tanteando en el cine comercial con producciones tan dispares como la irregular Descubriendo Nunca Jamás (Finding Neverland; 2004), la notable Tránsito (Stay; 2005) o su última película, Más extraño que la ficción (Stranger Than Fiction; 2006). Hay en todo el conjunto algo que parece no cuadrar; la disparidad de las propuestas no sitúan a Forster en un punto concreto, da la impresión de que es capaz de enfrentarse a cualquier propuesta, independientemente de ésta, sin aportar nada personal, puesto que esa disparidad a la que hacía referencia crea un sentido caótico a la hora de seguir su obra. Sin embargo, es patente que Forster es un auténtico constructor de imágenes y formas, capaz de dar cuerpo a cualquier historia y, además, una personalidad que, si bien es posible que no sea del todo propia, sí pone de manifiesto su capacidad para elaborar un discurso visual (aunque no tanto personal).
Más extraño que la ficción posee un planteamiento muy interesante. Las secuencias de apertura (magníficamente rodadas) muestran a Harold Crick (Will Ferrel, actor que ha ido evolucionando, sorprendentemente, hasta registros que antes parecían imposibles de alcanzar dado sus inicios) realizando sus acciones cotidianas, siempre atento a su reloj y cronometrándolo todo; una vida controlada y esquemática donde apenas hay lugar para la sorpresa. Todo es narrado por una voz en off que, al final, se convierte en el punto de partida de la historia, no en su simple acompañamiento, cuando Harold la escuche; se crea un sentido cómico en la acción pero, a su vez, fantástico. Pocas películas últimamente le han dado a la voz en off una presencia inusual —acaso, en otros aspectos, la magistral Little Children (2006; Todd Field). Harold, que piensa que está enloqueciendo, acude a diferentes personas en busca de ayuda, puesto que la voz le acompaña, dicta sus actos, le hace previsible. Todo se complica cuando esa voz narradora dice que en breve Harold morirá. A partir de ahí, debe de encontrar de dónde procede esa voz, así como evitar su muerte. Pronto se sabe que la voz pertenece a Kay Eiffel (Emma Thompson), una escritora depresiva y famosa por sus tragedias que escribe la vida de Harold, quien, a su vez, es una persona. Kay se encuentra en un momento de bloqueo creativo al no encontrar el modo de matar su personaje principal, Harold.
Lo que podría habar dado paso a una comedia, se convierte en, como poco, una tragicomedia, sin llegar nunca a establecer un punto exacto. Esa oscilación enriquece la película, sobre todo porque sitúa al espectador en una posición algo incómoda, sin saber si tomarse todo en serio o todo en broma. Quizá sea el mejor punto de Más extraño que la ficción, pues es capaz de transmitir los sentimientos de la vida diaria de cualquier persona a través de un Harold que para renacer de su apática vida debe de saber que en breve morirá. No hay nada como ser consciente de que todo es acaba para rehacerse.

Hace unos meses se estrenaba Click (id; 2006; Frank Coraci), película que pasaba con totalmente desapercibida pero que, sin embargo, poseía en su interior un interesante discurso sobre la velocidad que imprimimos a nuestras vidas y la necesidad de detenerse, de mirar hacia todas partes, no sólo hacia delante; la necesidad, en definitiva, de tomarnos todo con más calma y no adelantar los acontecimientos de la vida, disfrutando más de esta. Más extraño que la ficción podría verse a modo de complemento, puesto que lo que viene a mostrar es la excesiva cronometración presente en nuestras vidas. Harold, posiblemente sin haberse dado cuenta de ello, se ha visto introducido en una dinámica vital donde no hay lugar para nada y para nadie, apenas ni para sí mismo. No existe como persona, tan sólo como trabajador, aunque su posición de funcionario, además, le convierte en una persona aún más gris (y odiada, puesto que trabaja para el gobierno recaudando impuestos). Las soluciones visuales de Forster el incluir en las imágenes los números que rigen la vida de Harold son uno de los mejores apuntes de película, creando, junto a la voz en off que no sólo es escuchada por el espectador si no también por Harold, ese sentido fantástico que se extiende por toda la película, como si para salir de la rutina fuera necesario encontrar algo que no se encuentra en la realidad colindante.
Sin embargo, hay algo que no llega a encajar durante todo el metraje de Más extraño que la ficción, quizá que la falta de concreción genérica y tanta oscilación no encuentren en momento alguno la medida justa. No obstante, no supone un lastre para poder disfrutarla, ni para, tras su visionado, sentir que, en efecto, deberíamos de pensar un poco más en nosotros mismos y en la vida que llevamos, plantearnos que siempre hay tiempo para cambiar y para hacer aquello que durante años hemos deseado realizar y nunca hemos encontrado tiempo para ello. Porque, tarde o temprano, no estaremos aquí.