Recortes de mi vida (Ryan Murphy, 2006)

El fracaso de la contracultura

Por Israel Paredes

La ópera prima de Ryan Murphy Recortes de mi vida (Running with Scissors; 2006) comienza en 1972, cuando Augusten Burroughs (Joseph Cross) escucha a su madre, Deirdre Burroughs (Annette Bening) en un improvisado y casero recital de poesía. Ya en esa secuencia de apertura se dejan varias cosas claras: el marco espacio-temporal de la historia, enfatizado por el decorado y las vestimentas, los anhelos de Deirdre de ser una gran poeta y, sobre todo, famosa, y la estrecha relación que existe entre madre e hijo. Poco después, se descubre que la tranquilidad que transmiten esas imágenes no son más que un espejismo dentro de la complicación familiar existente entre Deidre y su marido, Norman (Alec Baldwin), profesor de matemáticas al que le gusta beber demasiado y quien ha dado por perdido la batalla contra las neuras de su mujer. No tardan en acudir a un psiquiatra, el doctor Finch (Brian Cox), quien se entrometerá en sus vidas más allá de su condición médica.

Recortes de mi vida se basa en el libro autobiográfico de Augusten Burroughs, quien deja constancia en sus páginas, y después Murphy en imágenes, de la complicada juventud que tuvo que soportar tras ver como el matrimonio de sus padres naufragaba, abandonado por un padre que no puede soportar más la convivencia familiar y una madre que avanza en su neurosis gracias a las pastillas que el doctor Finch le receta, alcanzando la locura en determinados momentos. Sin embargo, lo que debería de ser una visión individual, esto es, la narración de una experiencia personal, acaba siendo algo más. En este sentido, Recortes de mi vida, salvando las distancias, se acerca mucho a lo mostrado por Noah Baumbach en Una historia de Brooklyn (The Squid and the Whale; 2005), donde las memorias del propio cineasta sobre la separación de sus padres van más allá. En ambos casos, presentan a unos padres pertenecientes a una cierta elite intelectual, en el caso de la película de Baumbach un escritor que no recupera el éxito editorial que tuvo y una madre que comienza a tenerlo y, en el caso de Murphy, una madre que, aunque con cierto talento para la poesía, no acaba de encontrar quien la haga caso (uno de los motivos que, junto a la relación matrimonial rota y a las pastillas ingeridas) la llevan hacia la demencia e inestabilidad.

Pero, además, todos ellos son producto de la década de 1970, de la contracultura que intentó cambiar las cosas y fracasó, quedando desnuda ante sí misma y sin saber, a partir de entonces, encontrar su lugar. Aunque en el caso de Baumbach sea más claro, en Recortes de mi vida queda patente a través del propio Augusten y Natalie Finch (Evan Rachel Wood), la hija menor del doctor Finch, ambos pertenecientes a un mundo más moderno y que desencajan con aquello que les rodea. La propia atmósfera creada por Murphy, siempre oscilante entre el drama y la comedia, no consigue en momento alguno que el tema se desarrolle más allá de lo que se intuye, sin embargo, quizá sea más que suficiente, puesto que el anhelo de un mundo que podría ser diferente pero sigue siendo igual, está adherido a todos los personajes que rodean a los jóvenes. Del mismo modo, las surrealistas situaciones que se desarrollan en torno a la familia Finch, no sólo corresponden, o pueden corresponder, a la visión de un adolescente homosexual que no entiende bien aquello que le rodea, si no que son además una muestra de un mundo inestable, perdido. La aparición de las drogas médicas para tratar las depresiones, por otro lado, hacen de la familia y de aquellos que se acercan a ella un grupo de yonkis terapéuticos que no son más que la consecución de una época durante la cual se creía que las drogas y su uso podrían ayudar a cambiar el mundo; acaso a liberarlo. O bien, la propia inestabilidad sexual de la madre de Augusten, quien encuentra en las relaciones homosexuales una salida a la insatisfacción dejada por su marido durante su matrimonio así como una manera de encontrar refugio a su propia neurosis; inestabilidad que bien, una vez más, a mirar hacia la liberación sexual comenzaba mucho antes y que se extenderá durante la década de 1980, siendo para aquellos que venían de su propia reivindicación, un tema más de desequilibrio.

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Sin embargo, Recortes de una vida no avanza tanto como habría podido hacerlo, quizá por no ser capaz Murphy de equilibrar bien los diferentes niveles emocionales, puesto que en ocasiones no se sabe qué es aquello que hay que tomar en serio y qué en broma, aunque en eso mismo, quizá, bien analizado, se encuentre su mayor fuerza, puesto que la gravitación incesante hace que la película asuma la misma naturaleza que aquellos que la pueblan, quienes no saben si la vida es triste o trágica, acaso ni una ni otra. El mundo cerrado de Recortes de mi vida es un mundo de desorden y caos, inestabilidad y derrumbe, de ahí que su propia estructura deba de abrazar aquello que muestra.

Otro punto de contacto con Una historia de Brooklyn es su carácter fragmentado de la narración, algo muy acorde con la memoria. Mirar hacia atrás, con ira o sin ella, conlleva retrotraer el pasado de manera fragmentada, a base de retazos perdidos en la memoria que, una vez unidos, pueden crear una continuidad pero que no dejan de ser, como el título indica, recortes, pedazos de una vida. De ahí que en Recortes de una vida se tenga en más de un momento la sensación de estar ante instantáneas en movimiento que se suceden unas a otras creando una narración pero que, sin embargo, poseen unos hilos de unión poco estables. Se trata de un mecanismo peligroso, puesto que hace que en determinados momentos se pierda la continuidad, pero, a su vez, es enormemente interesante, puesto que plantea la posibilidad de una narración que elimine sus fuertes contornos para insertarse en una manera de narrar más libre. Como el escritor que crea su novela a partir de párrafos dispersos pero que, al final de su libro, ha logrado crear un discurso narrativo más basado en la atmósfera y en el estilo, una película puede plantear una narración convencional a través de fragmentos, más aún cuando estos proceden de la memoria, lugar poco claro y siempre relativo. Al igual que la música utilizada, que ayuda a contextualizar la historia así como a aportar un bagaje emocional a los personajes, surgiendo en ocasiones de manera caprichosa, como si la memoria fuera capaz, en un momento determinado, de recordar ciertos momentos a través de una melodía concreta que pudo o no ser escuchada en el instante en que suceden los hechos, pero que, sin duda alguna, ayuda a comprender mejor aquello que acontece en pantalla.