El último rey de escocia

Por Carles Matamoros Balasch

El encanto del monstruo

En Los niños del Brasil, el famoso best-seller de Ira Levin, el veterano protagonista dedica su vida a perseguir a los agentes de las SS que quedaron impunes tras el exterminio judío. En su búsqueda, que le lleva a recorrer medio mundo, siempre lamenta que sus enemigos nunca tengan el terrible aspecto que el esperaría. Al verlos, asegura el cazador de nazis, uno podría confundirlos con cualquier otro viejo inofensivo. Sin ningún rasgo de maldad y con una vida tranquila y apacible. Y es que los monstruos no suelen aparentar lo que en realidad son. Ni tan siquiera cuando son tan sanguinarios como Idi Amin Dada, el cruel dictador que gobernó Uganda desde 1971 hasta 1979 y que inspira el nuevo filme del Kevin Macdonald: The Last King of Scotland.

La película, la primera obra puramente de ficción del premiado documentalista británico (One day in September, Touching the Void), se basa en hechos reales, pero se aleja del biopic al uso. En este caso, Macdonald narra las peripecias de Nicholas Garragan (James McAvoy), un joven médico escocés que viaja a la convulsa Uganda de los 70s en búsqueda de aventura y diversión. Allí conocerá en un encuentro casual a Idi Amin (Forest Withaker), el nuevo presidente del país, y entablará con él una relación que será cada vez más estrecha. Nicholas dejará atrás la ayuda humanitaria en las aldeas y pasará, en pocos meses, de ser el fisioterapeuta personal del dictador a su consejero de más alta confianza. Poco a poco, descubrirá que tras la contagiosa y fascinante personalidad de Amin, se esconde un peligroso genocida y hará todo lo posible por escapar.

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Si bien el personaje del doctor nunca llegó a existir (surgió de la pluma de Giles Foden, autor de la novela del mismo título en la que se basa el filme) le sirve a Macdonald como vehículo narrativo para introducirse en el excéntrico y atroz mundo del dictador. El director acierta al adoptar el punto de vista del joven extranjero ya que así consigue que el espectador también se hipnotice con la magnética personalidad de Amin que tanto fascinó a miles de ugandeses. "El carnicero de África" (ése era uno de los muchos motes del gobernante) asesinó a más de 300.000 personas, pero a su vez fue un líder nacionalista y de origen humilde que supo conquistar a las masas con su oratoria populista. En The Last King of Scotland, el poder de seducción de Amin también alcanza al ingenuo y hedonista Nicholas que viaja a África sin saber lo que allí sucede y pronto disfruta de la vida lujosa (fiestas, mujeres y alcohol) que le ofrece el presidente sin hacerse demasiadas preguntas. Así, a través del médico y durante la primera parte del metraje, conocemos el lado más humano y lúdico del dictador que alterna sus crímenes con amistosas visitas a los ciudadanos y excéntricos eventos de todo tipo.

Al adoptar éste punto de vista, que a algunos les parecerá frívolo y benévolo, Macdonald consigue retratar la compleja y contradictoria personalidad de Amin. Y es que, por muy crueles que fueran sus actos, el dictador no dejaba de ser un ser persona con virtudes y defectos. De todos modos, en la segunda mitad del film, el realizador británico no se corta al mostrar el personaje en todo su locura con una espeluznante y explícita escena de tortura que sintetiza la vertiente más despiadada de Amin. Un genocida que, además de matar y mutilar a miles de personas, expulsó a toda la comunidad asiática de Uganda y alabó públicamente a Adolf Hitler.

Para interpretar a un personaje tan terrible, Macdonald tuvo la suerte de contar con Forest Withaker (Smoke, Bird, Ghost Dog), uno de los actores más brillantes del panorama internacional. Withaker, que además guarda un asombroso parecido físico con el ya fallecido dictador, realiza una de las actuaciones más apabullantes de su carrera y consigue ir más allá del simple mimetismo con el personaje. Su interpretación, que nunca cae en la caricatura, está llena de matices que van desde la voz hasta los gestos con las manos. Aunque es quizás en la mirada, que va del terror a la ternura con una facilidad pasmosa, donde Withaker mejor consigue reflejar la controvertida personalidad de Amin. Pocos actores podrían haberse metido en la piel del dictador como la hecho él [1]. Y, si hay justicia, su actuación se debería ver recompensada con un merecido Oscar.

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Sin embargo, por muy buena que sea una interpretación nunca es suficiente para conseguir una película notable. Se necesitan muchos otros elementos. Y, afortunadamente, en The Last King of Scotland se han trabajado bien casi todos los aspectos. Desde la dirección hasta la fotografía. Macdonald debería darse por satisfecho. El paso de la realidad a la ficción ha mejorado considerablemente el nivel de su cine. Si nos fijamos en Touching the Void, su anterior y sobrevalorado filme, veremos que el director no consigue crear la tensión que pretende en el espectador. La de por sí muy atractiva historia real de los dos escaladores aburre más que fascina por culpa de un montaje monótono y un abuso de un lenguaje demasiado técnico. Si bien el documental tiene momentos de interés, el resultado queda muy por debajo de las expectativas. Algo parecido podría decirse de One day in September, el trabajo con el que Macdonald se llevó el Oscar al mejor documental en 1999. En este caso, el filme, que reconstruye los asesinatos de atletas judíos por parte de un grupo terrorista palestino durante los Juegos Olímpicos de Munich en 1972, es cinematográficamente superior a Touching the Void,pero falla en algo más importante: la moralidad. Si bien es cierto que la película muestra muy eficazmente (combinando entrevistas y escenas televisivas) el desarrollo del secuestro y el posterior enfrentamiento entre autoridades y secuestradores, también lo es que el punto de vista de Macdonald sobre los hechos es demasiado parcial. La objetividad no existe, pero dada la complejidad del conflicto palestino-israelí; el realizador británico no debería haber silenciado la opinión de los palestinos que, en One day in September, sólo se ven representados por la voz de uno de los terroristas de Munich. El documentalista, que sólo puede aspirar a mostrar una pequeña parte de la realidad, debe ser honesto. Y eso es algo que podría muchos le discutímos a Macdonald.

Aunque, tal como decíamos antes, el director británico parece haber aprendido de sus errores. Con The Last King of Scotland ha conseguido crear un thriller político que funciona durante dos intensas horas. Sin bajones ni escenas superfluas. Quizás la película no sea el mejor documento posible para conocer la verdadera dimensión de los crímenes del ex dictador ugandés, pero sí es una excelente ocasión para acercarse al mundo de éste perturbador personaje. Macdonald, que filma usando numerosos primeros planos y fijándose en los pequeños detalles [2], sabe transmitir el espíritu de Amin y, a su vez, mostrar el viaje iniciático hacia la maduración del joven médico escocés. El guión de Peter Morgan y Jeremy Brock, que a veces peca de ser demasiado superficial (y es que el dictador ugandés era algo más que un fanático de Escocia [3]), funciona gracias al gancho de la historia y a las, muy acertadas, escenas irónicas. Si a eso se le suma una excelente ambientación (el filme se rodó casi íntegramente en Uganda) con la fotografía cromática y de tonos claros de Anthony Dod Mantle (Dogville, Celebración, 28 Días después) el resultado es una excelente superproducción apta para paladares de todo tipo. Una película, que pese a tener un enfonque demasiado Occidental de lo que es África, se sitúa muy por encima del tipo de obras que suelen surgir en el cine comercial contemporáneo.

[1]  En su preparación para interpretar a Idi Amín, Forest Withaker estudió Swahili (la lengua materna del dictador) y visionó numerosas cintas sobre el personaje. Según el actor, su reto fue «captar la esencia del hombre, dar la sensación de que fuese como fuese, era una persona de carne y hueso». Además, durante su estancia en Uganda, Withaker se relacionó con varios ciudadanos que habían tratado con al dictador. «Conocí a un general allí que había trabajado con Amín», explica el actor, «y me dijo: 'Sí, Amin mató a mi padre, aunque también hizo algunas cosas extrordinarias por este país'. Así es como muchos ven todavía a Amin».   

[2]  Kevin Macdonald se fija mucho en los rostros, las manos y los emblemas de los uniformes. Además, repitiendo un recurso muy atractivo que ya aparecía en Touching the Void, utiliza imágenes de animales que viven en el entorno de los personajes para remarcar las situaciones que se desarrollan en la trama.

[3]  Aunque los intereses de Idi Amin fuesen más allá de su atracción por Escocia. Lo cierto es que el dictador, además de hacer vestir a los militares ugandeses con trajes escoceses en varios actos públicos, solicitó la independencia para el país británico y e incluso se autodeclaró rey de Escocia. «A menos de que los escoceses logren su independencia pacíficamente, tomarán las armas y combatirán a los ingleses hasta que recuperen su libertad. Muchos escoceses ya me consideran rey de Escocia. Soy el primer hombre en pedir al gobierno británico terminar su opresión en Escocia. Si los escoceses quieren que sea su rey, lo seré.»