Juegos secretos

Por Israel Paredes

En su texto Marketing, el escritor Andre Dubus afirma que le gustan las historias cortas, o cuentos, porque cree que expresan la manera en que vivimos. Del mismo modo, en ellas están plasmadas, al menos en su creación literaria, aquellas historias que cualquier amigo o vecino, en un momento dado, puede contarnos; relatos de la cotidianidad que pueden, y deben, alcanzar un mayor grado en el momento en que son expresadas a través de la creación. No es necesario, o no del todo, sentarse e imaginar, si no que en ocasiones es más sutil e interesante, sentarse y escuchar.

Todd Field adaptó en dos ocasiones al fallecido escritor, primero en su cortometraje Delivering (1993) y, después, en su primer y excelente largometraje En la habitación (In the Bedroom; 2001) a partir de su cuento Killings. Por otro lado, Dubus también fue adaptado por John Curran en Ya no somos dos (We Don´t Live Here Anymore; 2004), partiendo de sus novelas cortas We Don´t Live Here Anymore y Adultery. Conocer a Dubus así como las obras cinematográficas que han nacido a través de su creación literaria ayuda a entender en muchos aspectos Juegos secretos (Little Children; 2006), la segunda película de Field, sobre todo si se ha leído la novela de Tom Perrotta (co-guionista junto a Field) que sirve de base a la película. En ella, Perrotta se aleja diametralmente del estilo de Dubus, puesto que asume un relato más basado en le ironía y en la parodia que en la gravedad de Dubus, quien siempre intentaba encontrar algo más bajo la superficie de las relaciones humanas, un intento de trascender el hecho cotidiano a través de su propia narración. Perrotta prefiere dejar a sus personajes deambular por sus miserias pero permitiéndoles, al menos, un resquicio de ironía, como si con ello pudiera concederles el beneplácito de la duda ante sus acciones. Sin embargo, a la hora de adaptar la novela, la ironía desaparece y Field, junto a Perrotta, al de poner en imágenes la historia, se acercan más a Dubus y a la anterior obra de Field que a la atmósfera y estilo de la novela, a pesar de seguir casi con exacta minuciosidad la narración de ésta. Se trata, sin duda alguna, de una gran muestra de cómo adaptar una novela, tomando de ella aquello que ayuda a hacer avanzar la acción pero adoptando un tono personal, mostrando como lo que estaba escrito es susceptible de ser modificado y traspasado a los intereses personales del cineasta.

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A partir de ahí, Field construye una excelente película que participa de una mirada tan contemplativa como incisiva, quizá el mayor problema que se puede encontrar durante su visionado que, paradójicamente, desaparece una vez finalizada, cuando la aparente falta de centro y sus continuos movimientos en busca del mismo acaban desapareciendo para todo encajar perfectamente. Juegos secretos se mueve de un personaje a otro, relacionándolos pero, a la vez, alejándolos, dejando que la historia posea lazos de unión pero mostrando al mismo tiempo lo débiles que son, tanto en una construcción dramática como en la propia vida real, donde todo está supeditado a un continuo deambular redigo por el azar. Así, Field desea ser fiel a la realidad tangible que las imágenes convierten en representación, para dejar claro que aquello que sucede en pantalla, al fin y al cabo, es aquello que sucede a nuestro alrededor. Por eso los personajes pueden pasar de ser adorables a ser odiosos, de ser patéticos a insoportables, sin llegar en momento alguno a tener una definición demasiado concreta, porque aún partiendo de unos esquemas que los acercan al prototipo, la ambigüedad que Field les imprime, los aleja de él, del mismo modo que en la novela, a través de la ironía, abrazaban la misma ambigüedad. Todo esto está, además, magníficamente potenciado por las interpretaciones de Kate Winslet (Sarah Pierce), Patrick Wilson (Brad Adamson), Jennifer Connelly (Kathy Adamson) y Jackie Earle Haley (Ronnie J. McGorvey), así como un conjunto de secundarios excelentes, que asumen sus papeles en cuanto a la inestabilidad emocional que deben de ir transmitiendo, nunca siendo los mismos a pesar de no dejar de serlo.

Juegos secretos es una película que se introduce en las casas suburbiales y en la comunidad que éstas crean para indagar en las vidas de quienes ahí habitan. Aburrimiento, desidia, conformismo, planicie. La necesidad de buscar algo donde aparentemente no lo hay, de salir de ese mundo donde a penas hay un resquicio para respirar, de encontrar una salida a una vida varada en la nada. Sarah es una joven madre que en su juventud, no muy lejana, tuvo intereses literarios perdidos casi en su totalidad tras convertirse en madre y esposa, además, insatisfecha por un marido que se pasa el día trabajando hasta que cambia su rutina laboral por la pornografía por Internet y la masturbación incesante, dejando a su mujer de lado y teniendo que relacionarse con las demás madres de la comunidad que pasean su aburrimiento y conformismo por los parques junto a sus hijos. En uno de ellos, Sarah conocerá a Brad, un joven que ejerce de padre por el día e intenta estudiar por las noches para conseguir pasar el examen que le permita considerarse abogado, algo que le importa más a su esposa Kathy, realizadora de documentales y más atenta a su hijo que a su marido, quien en vez de estudiar mata el tiempo observando a unos jóvenes skaters que le recuerdan aquello que no hace mucho fue, un joven sin compromisos ni obligaciones, del mismo modo que le hacen sentir que algo falla en su vida. Por eso, cuando aparece un antiguo conocido suyo, Larry (Noah Emmerich) y le convence para que se una a él y a unos amigos para jugar partidos nocturnos de fútbol americano, Brad encontrará una salida para su desidia; algo que verá aumentado cuando la amistad entre él y Sarah acaba en mucho más, convirtiéndose en amantes. Por si fuera poco, al vecindario ha llegado Ronnie a vivir junto a su madre tras salir de la cárcel, adonde fue a parar por exhibirse ante niños, convirtiéndose en el centro de atención de todos y creando en la comunidad una atmósfera insana, extraña.

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Personajes que han pasado la treinta y se encuentran con una vida que no sólo no les gusta, sino que además no saben bien qué hacer con ella para salir hacia delante. Frustraciones y desidia. Falta de perspectiva. Todos ellos varados en una situación que apenas deja lugar para un futuro con una esperanza, puesto que el presente que poseen es acaso un tanto ambivalente, cuando no completamente vacío. Sarah podría haberse convertido en una intelectual, por ejemplo, puesto que tablas para ello posee, sin embargo, se ve abocada a una vida que le aburre y la estrangula, encontrando tan sólo en su aventura con Brad una posibilidad de sentirse más persona. Del mismo modo que Brad necesita recobrar una juventud que comienza a sentir que se perdió al casarse y ser padre demasiado pronto, edad que ya nunca podrá recuperar, como demuestran las tremendas imágenes finales. O ese exhibicionista que intenta rehacer su vida sin conseguirlo, porque la sociedad no le aceptará nunca más y él lo sabe. Vidas que se han ido para siempre y necesitan de algo que las reactive, sin embargo, la vacuidad del entorno y su represión lo impiden.

Todos los elementos no son originales, pero sí la manera en que Field es capaz de transferirlos a imágenes mediante esa ambigüedad, ese deseo de convertirse en un observador antes que en un juez, dejando a los personajes avanzar, siempre a tientas, dejando en cada paso que dan un poso de esa situación interna en la que viven. En este aspecto, es extraordinaria la manera en que se utiliza la voz off: a diferencia de muchas películas donde un narrador omnipresente contrapuntea la acción, explicándola en ocasiones de manera innecesaria, en Juegos secretos viene a aumentar, en muchos momentos, la confusión con la que juega Field al narrar la película, puesto que nunca explica lo que se ve, si no algo más, algo que se encuentra en el interior de los personajes o alguna acción ya sucedida o que sucederá; voz que ayuda, antes que a entender aquello que sucede en pantalla o a clarificar elementos que quedan fuera de ella, a potenciar, curiosamente, la mirada, haciendo que nos fijemos más en las imágenes. Al escuchar algo que, en muchas ocasiones, parece no estar en correlación con aquello que se ve, la mirada busca más atentamente dentro de los márgenes del encuadre, porque puede ser que algo se haya escapado. Entonces, la voz hace que la propia materialidad que existe en cada encuadre asuma una gran presencia y cada detalle, cada movimiento y cada mirada que los personajes expresan adquieren mayor relevancia.

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Todos estos elementos, junto a una fotografía cuyas tonalidades transmiten una extraña frialdad, le sirven a Field para crear una cierta distancia entre la historia y sus personajes con el espectador, algo que a priori puede parece contraproducente pero que, a la larga, se acaba convirtiendo en su mejor baza; esa distancia puede hacer que uno sienta rechazo hacia ciertas escenas cuya crudeza, más emocional y por lo que significan que por aquello que sucede, es expresada sin una toma de partido clara, dejando que sea cada uno quien sienta y reciba las emociones de manera libre. Pero en un cine actual donde el espectador está más acostumbrado a que las películas carezcan de ambigüedad (tanto en sus planteamientos narrativos como en lo que se oculta tras ellos) para salir del cine con la afirmación de aquello que ya sabían nada más entrar, Juegos secretos puede resultar una película más incómoda de lo que parece, de ahí su importancia. Porque plantea temas poco trabados en su desarrollo narrativo pero que lo acaban siendo por la propia dinámica de sus personajes y sus acciones. Field no deja nada claro, tampoco lo pretende. Es un observador de unas vidas cotidianas y nos hace participes de ellas, para que veamos y no juzguemos; quizá para que nos veamos a nosotros mismos en esos personajes, porque eso puede ayudarnos a saber más acerca de nuestras vidas.