Shortbus (John Cameron Mitchell, 2006)

Por Ángel Santos

All you need is sex

Cada cierto tiempo llega a las pantallas una película, como ahora lo hace Shortbus, cuya principal pretensión, más allá de lo que se pueda desprender de su propio texto, es ensanchar los límites de lo representable en relación a alguno de los tabúes de nuestra sociedad, pero lo que resulta más bien discutible es que de esta pretensión derive un avance cinematográfico de algún otro tipo.

En esta ocasión todo gira en torno al sexo —presencia, ausencia, forma y modo—, que se convierte en el epicentro de la trama y de la visibilidad de la película, llevando unos pasos hacia delante los límites de lo visible en cuanto a lo que nos tiene acostumbrados el cine comercial; pero a partir del momento en que los planteamientos —narrativos, formales— de la película son expuestos en pantalla queda patente que éstos no van más allá que los propuestos por cualquier otra tragicomedia de corte independiente en la que tan sólo varía el lugar en el cual se pone el acento. Donde aquí es el sexo, allí pueden ser las relaciones familiares o la violencia, por poner algunos ejemplos.

En cierto sentido podríamos ver Shortbus como una película política, necesaria en su función pero limitada por su propio planteamiento, en la que el sexo es tratado con normalidad y pluralidad (independientemente de tendencias y edades), realizando una labor cercana a la de ciertos colectivos de gays y lesbianas más que por sus referencias a la situación mundial post 11-S y la política del gobierno de George Bush (parece que, inevitables hoy en día) y que brindan la escena más hilarante de la función al incluir en medio de las prácticas sexuales de un trío de gays a uno de ellos cantando el Amazing Grace con su rostro pegado al trasero de uno de sus compañeros. Pero dejando los chistes a un lado, habría que tratar de ser objetivos y analizar si realmente lo que nos propone Shortbus no es algo que hayamos podido ver antes en ciertos films experimentales de los años sesenta, en las películas de Paul Morrisey o con menor carácter explícito pero con mayor crudeza en otros tantos films, desde El último tango en París hasta Nine Songs.

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John Cameron Mitchell evoca en las notas del film y en sus entrevistas las figuras de John Cassavetes o Robert Altman en el modo de acercarse a la construcción de su película. Efectivamente Shortbus tiene algo de los planteamientos corales tan gratos a Altman y se ha construido un poco al modo de Shadows, partiendo de improvisaciones y de un generoso proceso de conocimiento mutuo entre intérpretes y equipo de realización. Un acercamiento sincero y real a la materia de la que se compone el film y que ha abarcado casi dos años de trabajo previo al rodaje, durante los cuales el director reunía ideas y experiencias pertinentes de desembocar en la película. Unas conexiones pese a todo, más bien epidérmicas con los referentes de la independencia cinematográfica norteamericana que no llegan a concretarse en las imágenes de la película.

El modo en que Mitchell presenta los problemas de sus protagonistas al espectador es, desde la secuencia de choque que abre el film, sincero y afectuoso, con generosas dosis de humor, sin falsas coartadas ni un exceso de indulgencia. Asimismo es de agradecer la desenvoltura con la que director y actores integran la realidad sexual, sin cargar las tintas y aportando en todo momento un alto grado de normalidad —algo que por ejemplo, Winterbottom no conseguía plenamente en su Nine songs, porque allí, al igual que en la mayor parte de films comerciales en los que el sexo se obvia, se terminaba por conducir las escenas sexuales hacia una especie de sublimación mística—. Quizá sea este valor de "normalización" el mayor que se le pueda conceder a una película como Shortbus; porque una vez que el espectador asume la visión de penes erectos y actos sexuales de lo más variopinto, el film deja de ser algo excepcional para mostrar su cara más estandarizada.

Uno intuye en la recta final de la película, en la que definitivamente explota su sentido coral y decididamente optimista, reuniendo a todos los protagonistas finalmente liberados de sus traumas en torno al Shortbus (nombre del club en el que se propician los encuentros entre los personajes), que Mitchell sería el realizador idóneo para alguna provocadora teleserie de las que tan en boga están en este momento, pero que su trabajo como cineasta, por lo de ahora, se acerca más bien al de un organizador de happenings que al de un observador con algo personal que transmitir.