sexo, mentiras y hollywood

Por Raúl Álvarez

La legión de los hambrientos

ficha

Un libro de Peter Biskind. Editado en España por Anagrama (2006) en la colección 'Crónicas'. Páginas: 686 páginas. Precio: 26 euros. Traducción: Daniel Najmías. ISBN: 84-339-2578-4

Edición original: "Down and dirty pictures: Miramax, Sundance, and the rise of independent film" (Simon & Schuster - New York, 2004)

Si la necesidad crea el órgano, Hollywood es el estómago de los hambrientos. Por eso la Meca del cine es la encarnación del sueño americano. Allí los pobres, cuenta la leyenda, tienen una oportunidad para salir del fango. Y la leyenda, como todos sabemos desde El hombre que mató a Liberty Valence, es preferible a la verdad. Un rico que triunfa no tiene mérito, pero un marginado que alcanza la fama…; ése se convierte en mito y su vida en modelo a seguir. Hollywood es la Arcadia de los parias. Y si Nueva York nació en las calles, Sunset Boulevard lo hizo en las esquinas, el lugar de peregrinación de los soñadores, buenos o malos. Es allí donde los aspirantes a gángster de Scorsese apoyan el pie mientras piensan cómo salir de Little Italy; es allí donde Rocky Balboa esperaba a Adrian y una oportunidad en el ring; es allí donde Orson Welles, con su media sonrisa de canalla, se ganaba los cheques para seguir haciendo películas; y es allí donde Peter Biskind recluta chismes, dimes y diretes sobre los habitantes de ese Cementerio para lunáticos que tan magistralmente recreó Ray Bradbury.

Sexo, mentiras y Hollywood (horrible traducción del original Down and Dirty Pictures, mucho más ajustado al contenido del libro) es la continuación de Moteros tranquilos, toros salvajes (también en Anagrama), donde desmenuzaba con bisturí y balas de plata las luces y sombras del nuevo cine americano de los años setenta. A Lucas, Coppola, Spielberg y compañía aún les pitan los oídos. En esta ocasión, Biskind dirige su mira telescópica a los directores y productores que revolucionaron la industria a finales de los años ochenta. Y lo hace con las mismas dosis de mala leche y espíritu de vendetta que en Moteros. Quentin Tarantino, Steven Soderbergh, Robert Rodríguez, Ang Lee, los hermanos Coen, Harvey y Bob Weinstein (fundadores de Miramax Pictures) y Robert Redford (padre del Festival de Sundance, donde se consagraron la mayoría de directores indies) son las nuevas víctimas de este neoyorquino cuya vasta labor de documentación se alimenta de su pasado como jefe de redacción de la revista Premiere y director de la publicación American Film. También ha escrito artículos para periódicos tan conocidos como The New York Times, Los Angeles Times y The Washington Post y para la revista Rolling Stone. Es decir, conoce hasta la última esquina del on y el off Hollywood.

A partir de una pila de entrevistas con los protagonistas principales de la época, muchos de los cuales, como subraya Biskind, se negaron a dar su nombre por temor a perder su empleo, el escritor vuelve a hacer gala de una narrativa tan fresca y directa como un tiroteo de Peckinpah. Algo que personalmente le agradezco, dado el tono distanciado y aburrido de la mayoría de libros de cine, generalmente vagos y abstractos. El comienzo es impagable y marca el tono general: tras una reflexión nada amable del movimiento indie, Biskind da cuenta de una entrevista con los hermanos Weinstein en las oficinas de Miramax. Al parecer, estos se han enterado de que anda sumergido en la escritura de un libro “inconveniente” para su reputación y quieren “reconducirlo” al buen camino. Harvey y Bob son retratados como dos hampones dispuestos a liquidarlo sino hace lo que ellos quieren. En esa introducción tampoco sale muy bien parado Redford, pintado como una especie de cowboy trasnochado constantemente preocupado por su aspecto, quien se negó a colaborar en el libro porque Biskind le había criticado en el pasado. “Se agarra al rencor como un hombre a punto de ahogarse”. Sobran los comentarios.

Por supuesto, Biskind es el héroe de su historia y con estas impresiones quiere ganarse la complicidad del lector (lo logra). Pero nunca cruza la línea del maniqueísmo y sabe dar a Redford lo que es de Redford y a Miramax lo que es de Miramax. El San Pedro de Sundance y los duques del cine independiente podrán ser, según Biskind, tipos capaces de golpearte con un bate de béisbol por la espalda, pero también reconoce que su festival y su productora son dos de las canteras más importantes de jóvenes cineastas.

Todo el libro se mueve en ese difícil equilibrio entre las bofetadas y las palmaditas en la espalda. Si en Moteros el mito fundacional era la película Easy Rider, en Sexo es Sexo, mentiras y cintas de vídeo, el filme que llenó los bolsillos de los hermanos Weinstein y puso en órbita el nombre de Steven Soderbergh. De ese hilo y su trastienda tira Biskind para retratar la personalidad de los dos capos de la Miramax (hoy extinta) y sus hijos pródigos. La conclusión, como en Moteros, es que cualquier iniciativa o empresa que nace al margen de los grandes estudios, que no de la idea de ganar montañas de dólares (independientes pero no pobres), acaba convertida en una máquina de hacer taquillazos y carnaza para los Oscar. Vendida su alma al diablo que combate. Toda revolución, por tanto, en el ideario de Biskind, es siempre un reflejo que termina deformado y absorvido por el mismo espejo que trata de reventar. “La revolución es eso que pasa para que todo siga igual”, decía más o menos literalmente Napoleón, que cambió el título de rey por el de emperador y nadie le recordó el diccionario de sinónimos.

En Hollywood, Sundance o donde quiera que viva el cine, Biskind concluye, acidez en mano, que los impulsos de juventud y las ganas de cambiar las cosas mueren a cambio de un cheque y una estatuilla. ¿Es inevitable? El autor no da una respuesta. Tampoco la busca. A lo mejor él también se reconoce como un vendido y tiene complejo de reflejo. A lo mejor por eso tiene tanta mala uva. Porque sabe quién es. Sea como sea, igual que en Moteros, Biskind se queda con las primeras luces del día: el atrevimiento original, sin infecciones, de esas legiones de hambrientos que cíclicamente remueven las entrañas del séptimo arte para que todo siga igual.