Cuando comenzó a escribir el guión de Breaking and Entering (2006), Anthony Minghella llevaba quince años sin escribir un guión original (desde su ópera prima Truly Madly Deeply; 1991); también llevaba el mismo tiempo alejado de la contemporaneidad. Quería escribir una historia actual y que fuera creación suya. Aunque la historia la tenía más o menos clara, se encontró con que necesitaba tener claro el concepto musical de la misma. Para las tres anteriores películas que, de alguna manera, le habían dado notoriedad, El paciente inglés (The English Patient; 1996), El talento de Mr. Ripley (The Talented Mr. Ripley; 1999) y Cold Mountain (íd; 2003), lo había tenido más sencillo al partir de sendas novelas que le permitían, desde el momento de la adaptación de las mismas, plantearse una música concreta para cada una. Sin embargo, durante la escritura de Breaking and Entering, tuvo que ir creando durante el mismo proceso de elaboración del guión una atmósfera sonora que, después, debía de añadir a la película. Una vez terminado el guión revisó la música que más había le había servido de inspiración para poder plantear a su habitual compositor desde El paciente inglés, Gabriel Yared, una columna sonora concreta, puesto que entendía que si una música había influido en las líneas del guión debía de estar, de algún modo, impresas en ellas y, por tanto, tenía que ser traslada a la pantalla una vez que la historia se transformara en imágenes.
La principal influencia que encontró fue el grupo británico de música electrónica Underworld (Karl Hyde y Rick Smith), en concreto, su tema Ess Gee; a partir de ahí, consiguió ponerse en contacto con ellos y que trabajaran junto a Yared en la banda sonora de la película. La idea era conjugar dos tipos diferentes de sonoridad y crear un contraste entre ellos que le diera a la película una sonoridad muy concreta donde prevaleciera, antes que una música de énfasis o acompañamiento, un estado anímico y atmosférico que tradujera en su sonido aquello que las imágenes transmiten y los personajes expresan. Del mismo modo, Minghella buscaba una música que se adecuara a la perfección a la historia en tanto al momento temporal y al lugar. Otras dos influencias claras para Minghella fueron la cantante PJ Harvey, cuya canción Maniac suena en un par de ocasiones, y el grupo escandinavo Sigur Ros, cuyas extrañas melodías y experimentos musicales concuerdan con la columna sonora de Yared y Underworld, incluyéndose su magnífico tema Sé Lest.

Breaking and Entering se desarrolla principalmente en la zona londinense de King´s Cross. La ubicación es significativa. Durante mucho tiempo fue considerada una de las peores zonas de Londres por la presencia de drogas y prostitutas, donde era poco aconsejable el moverse caída la noche. Sin embargo, se comenzó a crear un proyecto de remodelación urbanística con el fin de limpiar la zona y hacerla más atrayente; al fin y al cabo, posee una de las estaciones de metro y tren más grandes de Londres y en la zona hay numerosos hoteles dada su cercanía con la parte centro de la ciudad, lo que la convierte en una de las zonas con más posibilidades de la ciudad. Esa remodelación coincidió con los atentados terroristas de julio del 2005, que dejaron el mayor número de muertos en King´s Cross, tanto por la bomba que estalló en uno de los vagones que partía de esa estación así como la que explosionó en el autobús en Tavistock Place, localizada muy cerca. En la actualidad sigue siendo una zona, por la noche, donde se puede apreciar la presencia de prostitutas en determinadas calles, pero ha perdido todo el halo de peligrosidad que poseía anteriormente (y puedo constatarlo que escribo estas líneas en King´s Cross, donde vivo); de hecho, como decía, el gran número de hoteles que hay en la zona la han convertido en un lugar muy frecuentado por el turismo.
Anthony Minghella aprovecha la situación anterior para crear en su película una visión del multicultural Londres actual haciendo gran énfasis en las clases sociales así como en el tema de la emigración. No en vano, la remodelación urbanística anterior le sirve para crear dos momentos, un antes y un después, aunque el primero no sea mostrado y quede tan sólo mencionado. Así, Will (Jude Law) y Sandy (Martin Freeman) son dos arquitectos que trabajan en el proyecto de reconstrucción, teniendo su oficina en la misma zona donde han comenzado las obras. Will está casado con Liv (Robin Wright Penn), con quien tiene una hija problemática. Will representa una clase social acomodada, aunque su matrimonio, poco a poco se va viendo, no pasa por sus mejores momentos. Debido a un robo que sufren en las oficinas (por dos ocasiones), entrará en contacto con Amira (Juliette Binoche), emigrada rusa, cuyo hijo Miro (Rafi Gavron) es uno de los ladrones de los ordenadores para una de las tantas mafias que coexisten en Londres. Así, dos mundos entran en unión, quizá de una manera forzada, pero creando con ello un fuerte contraste.
El propio robo que sufre Will y sus socios (de ahí el título original de la película) viene a demostrar como su proyecto, sin ser malo, contrasta con una realidad que quieren derribar de un plumazo pero que, sin embargo, sigue estando presente en la zona. Una cosa es que haya mejorado y otra es que hayan desaparecido del todo los vestigios de un presente cercano de delitos. Al igual que la presencia de Oana (Vera Farmiga), una prostituta de la zona que entra en contacto con Will mientras éste y Sandy hacen guardia nocturna frente a las oficinas para poder detener a los ladrones. Oana representa esa realidad no extinta, aunque menguada, eso sí, desde una postura más bien cómica y amable; pero su presencia no pierde relevancia a pesar de ello. La relación que establecen Will y Amira, a la larga, se convierte en problemática, aunque no está de más guardarse los detalles de los motivos; sin embargo, viene a dejar clara la colisión de mundos y la dificultad que aún hoy en día sigue habiendo entre clases sociales y sus diferencias, a pesar de la coexistencia y convivencia.
De este modo, Breaking and Entering intenta, y logra en muchos momentos, ser un reflejo de una realidad social compleja, donde las diferentes clases sociales, incluso nacionales, están llamadas a tolerarse las unas a las otras, incluso a entenderse (más mal que bien). No deja de ser relevante que una película intente crear un discurso sobre las clases sociales en una sociedad actual donde la idea de clase social se ha diluido, sino por completo, sí en cuanto al clásico discurso que las había mantenido; y, a este respecto, es interesante entrar en nuevas formas de abordar el tema, dejando de lado el abuso de la didáctica y entrando en un terreno mucho más humano, porque, al fin y al cabo, la idea de clase social no deja de ser una abstracción conformada por seres humanos de carne y hueso. Minghella entiende lo anterior y prefiere centrarse en cada personaje antes que en aquello que representan, para, de este modo, llegar a un discurso más general; al menos, a una visión más generalizada. Por supuesto, se trata de algo arriesgado porque cualquier acercamiento a un tema tan trabado se abre a consideración y debate, porque dar una idea general sobre una realidad tan compleja y conformada por tantas individuales siempre corre el riesgo de dejar muchos asuntos de lado.

Los personajes se mueven por esos espacios, envueltos por esos sonidos. Hay algo en Breaking and Entering tambaleante, quizá porque la música elegida busca más el crear un ambiente y unas sensaciones que contrapuntear las imágenes; quizá también porque los espacios donde se mueven son construcciones que comienzan a levantarse o bien que, aún existiendo previamente, poseen el halo de la provisionalidad. El intento del cineasta inglés de dar una imagen de la sociedad londinense actual parece naufragar, sin embargo, puede que por la propia imposibilidad de asir toda su complejidad, consigue dar esa idea tambaleante, sin un centro o núcleo donde agarrarse. Opta siempre por unos encuadres concisos, sin demasiado margen, porque aquello que acontece en su interior, en toda su extensión, ya es bastante abstracto como para que la manera de mostrarlo lo sea también. Esto hace que tengamos que mostrar una atención especial a aquellos detalles que conforman la película y no sólo a su estructura. Mighella parece tener claro que debe de crear una sensaciones y sentimientos antes que unas formas, como una extraña respuesta a las propias construcciones modernizadas que pretenden, con su presencia, alzarse para mostrar la renovación de una zona sin haber resuelto anteriormente la problemática humana existente a su alrededor. Hay algo en su mirada que apunta hacia la crítica, aunque siempre dejando un halo de optimismo que puede llevar a entender Breaking and Entering como una película blanda, sin embargo, Minghella no pretende en momento alguno alzarse como un diseccionador social si no más bien como un observador y alguien que narra una historia para, a partir de ahí, que sea el espectador quien, con su experiencia y sus vivencias, comprenda algo mejor de la realidad que le rodea.
Por supuesto, todo lo anterior le lleva a crear una película donde las pretensiones parecen ser mayores que los resultados, aunque habría que plantearse antes de llevar a cabo tal sentencia si no es ya de por sí bastante con intentar asir un pedazo de realidad y mostrarla, a pesar de dejar de lado muchos asuntos. Porque, al fin y al cabo, pretender el patentar una realidad social tan compleja en pantalla es casi imposible, así que más vale centrarse en unos casos individuales, sacar todo lo posible de ellos y, a partir de ese punto, dejar que cada cual llegue a sus conclusiones. En cualquier caso, abrir un debate es siempre mejor que zanjarlo, sobre todo cuando se zanja con aseveraciones contundentes.