Actualmente, el cine asiático está viviendo una etapa de reconocimiento masivo, sobretodo a nivel crítico, y ejerciendo una sobresaliente influencia en determinados flancos de diversas cinematografías. El estreno de cualquier película proveniente del lejano oriente (ya sea Japón, China, Corea, Taiwán, etc) es suficiente para que lluevan los elogios sobre la misma convirtiendo esta determinación en una peligrosa costumbre que puede cegar ciertos aspectos concluyentes para el análisis exacto de este tipo de producciones. Porque el hecho es que puede existir una peligrosa tendencia a valorar de igual manera un producto sobresaliente y otro meramente efímero que se sirva de una coyuntura tan propicia. Sin ningún género de dudas, es el paso de los años el que permitirá determinar qué obras han alcanzado una dimensión lo suficientemente sólida como para sobrevivir y reafirmar su aclamación y qué otras han sucumbido al devenir de nuevas tendencias y se han visto relegadas al limitado marco que imponían los tiempos pasados.
Sin embargo, en la actualidad sí existe un tipo de cine producido en Asia que resulta de todo punto interesantísimo y que ha logrado obtener un status inimaginable hace un tiempo: el cine fantástico. Casi desaparecido (salvo obras muy esporádicas) en la gran mayoría de los países europeos y tratado como un producto de consumo fácil (muy a pesar de los aciertos parciales que ello puede acarrear) en Estados Unidos, el cine de terror oriental adquiere, mediante un tratamiento muy concreto de la atmósfera, el ritmo y los resortes genéricos, una dimensión que lo convierte en el más notable exponente de este tipo de cine en la actualidad. El cine coreano, concretamente, no solo sirve de fiel exponente a lo dicho sino que, en ocasiones, va más allá de los elementos planteados por el resto de las nacionalidades a la búsqueda incansable de unos factores de originalidad más que notables aunque, en algunos casos, puedan resultar una peligrosa arma de doble filo.
La base sobre la que se sustenta el fantástico coreano (y que puede resultar un elemento común más allá de sus fronteras) es la constante dialéctica entre el pasado y el presente. Un pasado teñido de leyenda y un presente escéptico que se ve, irremediablemente abocado a repetir las situaciones ya vividas. En el fondo, se nos está hablando de la constante presencia de los sucesos pretéritos, de la obligación de entenderlos, no como eventos inconcexos con los tiempos actuales, sino como acontecimientos más presentes que nunca en la realidad circundante. En un mundo como el actual que pretende dirigir su mirada hacia un futuro cada vez más incierto, obviando todo cuanto ha sucedido hasta el momento, ello actúa como una especie de seria diatriba hacia una concepción unilateral y simplista de determinados roles sociales que tiene en el uso (y abuso) de las nuevas tecnologías un elemento único concebido como certera metáfora. Los teléfonos móviles, los televisores o los ordenadores personales se convierten en filtros radicalizados de la agonía y la muerte, casi como un grito desesperado dirigido a una sociedad cerrada y miope que vaga sin rumbo por un estado de placidez íntima que no es sino el reflejo zombificado de su muerte prematura. Phone, por ejemplo, la notable película de Byeong-ki Ahn es un claro paradigma de ello. Una película narrada desde el vacío cotidiano, desde el temor a un porvenir que se desconoce en su práctica totalidad, seriamente condicionado por la influencia de una comunidad cada vez más tecnificada (la mutación del comportamiento de la niña al contestar la llamada del móvil) que ve alterada su existencia, de manera imprevisible, abocándose a un caos anunciado. La turbadora influencia del pasado actúa vivamente incluso en la apariencia de los estadios temporales. En R-Point de Su-chang Kong, pasado y presente se funden y confunden en un laberinto de interconexiones cronológicas que, nuevamente, toma la tecnología (los mensajes de radio) como detonante.

Cabe decir, a tenor de ello, que no existe un análisis generalizado hacia situaciones psicológicas concretas (por mucho que en los dos films citados haya una apariencia de esto), ni una denuncia activa hacia elementos sociales, a diferencia de otras tendencias esgrimidas en diversas cinematografías (como puede ser la francesa, caso de Ellos de David Moreau y Xavier Palaud). El concepto de lo fantástico en el cine coreano, por tanto, adquiere una extraña pureza. Una pureza provocada por la reflexión concerniente a la atemporalidad y la alegoría sobre una civilización que se desmorona, víctima de sus propios excesos (como también demuestra la magistral The quiet family de Ji-woon Kim). Sin embargo, existe un elemento que logra desacompasar todo el nivel de profundidad que se va acumulando, al menos sobre el papel, logrando un curioso efecto distanciador respecto a sus líneas temáticas: la ironía. Concebida como una necesidad en sí misma, como una salida necesaria, de todo punto imprescindible. El humor es un fin, en definitiva. Una manera valiente y, hasta cierto punto arriesgada, de enfrentarse al horror cotidiano. De no ceder ante unos factores que acaban anulando cualquier aspecto esencialmente humano. En los excelentes cuarenta primeros minutos de la sobrevalorada The Host de Joon-ho Bong, este punto de vista queda sobradamente demostrado con la presentación de la familia protagonista, un conjunto de seres anodinos, pero extrañamente unidos, que han de hacer frente de forma repentina a un horror inesperado. La puesta en escena de Joon-ho potencia la ironía visual, incidiendo en las particularidades de este conjunto de seres, mediante “gags” tan espléndidos como la secuencia en la que todos los miembros lloran desconsolados ante la foto de la hija desaparecida. Algo que, a priori, está teñido de una hondura absolutamente trágica se reconvierte, merced a la dirección Joon-ho, en un estallido paródico necesario para que las desventuras diarias no nos estallen en las mismas narices.
Posiblemente, el cine de terror oriental (y podría no referirme ahora estrictamente al coreano) transite, en estos momentos, por el peligroso terreno de la redundancia y la repetición. Aún así, la esencia de sus propuestas lo hacen quedar como el último de los más logrados períodos del moderno cine fantástico.