¡Dios salve Corea!

Por Diego Faraone

O por qué occidente nunca podría filmar como los coreanos

Uno de los primeros aspectos que suelen llamarle la atención al desprevenido espectador occidental al toparse con el universo fílmico surcoreano es el cuidado técnico y la calidad estética con las que suelen estar filmadas las películas, y esto continúa asombrando si se tiene en cuenta que, sin que se puedan denotar diferencias técnicas importantes en los productos, el promedio de los presupuestos por película en EEUU llega a septuplicar al de los films coreanos y el de Inglaterra llega a triplicarlo.

De todas maneras, esto no quiere decir que los cineastas coreanos tengan que lidiar con presupuestos escasos. Con cerca de ochenta películas al año y un presupuesto medio de 2,6 millones de dólares por película, la producción fílmica de la República de Corea (Corea del Sur) [1] dista de ser una industria menor o marginal.  Para tener una idea más precisa, es bueno considerar que Hong Kong, por ejemplo, promedia 1,4 millones por película y sólo ha producido 55 películas en el 2005 (y esta última cifra baja en picada), o que la producción tailandesa ronda las 40 películas con un presupuesto medio de 0,8 millones [2].

Pero más allá de la calidad técnica, la cantidad y el presupuesto, es debido a una explosión de ideas visuales y de guión por lo que la filmografía coreana se alza como un mundo aparte. Y si se tiene en cuenta la cantidad de películas anuales que vale la pena ver y su relación con la producción total podemos hacernos una idea de la magnitud de este fenómeno.

Y es que, anualmente, al menos unas 15 películas coreanas presentan el atractivo suficiente como para ser vistas y recomendadas, sobre un total de 80 producidas. Para establecer una comparación, Japón, por ejemplo, produce un número similar de películas interesantes, pero el total de films anual supera los 300. Quizá EEUU también produzca una quincena, pero contra una totalidad de casi 700 al año.

Si las cifras de películas interesantes o recomendables obedecen a criterios subjetivos y por tanto no pueden ser lo suficientemente elocuentes, solo le resta a cada uno acercarse al cine coreano para comprobar que los cronistas no estamos sobredimensionando el fenómeno y que suena la mar de arrojado tratarlo como a una moda pasajera. Es bueno decir, de paso, que quienes suelen minimizarlo o nombrarlo despectivamente ni siquiera lo conocen.

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Es muy difícil discernir razones para semejante estallido de creatividad localizada. Lo que es un hecho comprobable es que la inventiva suele contagiarse en un entorno común, ya que en la historia del cine abundan los ejemplos en los que surgen extraordinarios movimientos regionales. Así el expresionismo alemán, el neorrealismo italiano, la primavera de Praga, la nouvelle vague, el cinema nuovo, el free cinema, el new american cinema, entre tantos otros.

Hoy el fenómeno coreano solo parece tener un símil válido en la descarga cualitativa del cine argentino, salvando las diferencias y las distancias. Argentina también produce anualmente la misma cantidad de películas pero con presupuestos considerablemente menores (0,4 millones es el promedio), y una cantidad de películas interesantes también menor (quizá no alcance la decena anual).

Jóvenes cineastas

La amplia mayoría de los directores coreanos hoy consagrados comenzaron a filmar teniendo treinta y pocos años. Si bien occidente promueve la experiencia y prefiere dejar en manos inveteradas las grandes producciones, en Corea del Sur, por el contrario, existe por parte de los inversionistas cierta tendencia a buscar directores jóvenes y de escaso currículum, para darles a ellos el empuje en trabajos importantes. Se sabe que tienen mejor diálogo con las grandes audiencias, y que son los más proclives a explorar terrenos o abrir nuevos caminos.

También debe decirse que los directores nóveles son más dados a atender los consejos de los planificadores de producción y, por tanto, los preferidos por su maleabilidad. Pero es igualmente innegable el incentivo a esta renovación generacional por parte de los inversionistas, y aunque muy probablemente sea producto de un similar afán de lucro como el que impera en occidente, parece estar libre de los conservadurismos propios de este lado del mundo. Además, no es menor que el cine coreano goza de un público cinéfilo juvenil considerable, que abarca buena parte de la audiencia local y que suele saturar las salas en los días de estreno. Según cuenta el crítico Lee Mijeung, en la primera edición del festival internacional de Pusan un grupo de jóvenes llegó a perseguir por la calle al crítico británico Tony Rains, —un experto en cine coreano— para conseguir su autógrafo.

Otro dato importante para ilustrar el fenómeno es que el gobierno de la República de Corea hizo cumplir desde 1993 con un sistema de cuotas que defiende la producción nacional, y por el cual se obligaba a las salas a proyectar películas locales durante por lo menos 146 días al año. Este sistema incrementó sustancialmente la producción y la venta de entradas hasta el día de hoy, y se puede decir que a la larga, también terminó influyendo en la calidad. Por desgracia, este incentivo para al cine coreano fue recientemente minado por Estados Unidos, que exigió que lo levantasen como condición fundamental para iniciar negociaciones por un tratado bilateral entre ambos países. La cuota de pantalla debió reducirse a la mitad.

Tierra de grandes

Si existen dos géneros que Corea ha explorado y explotado a lo largo del Siglo XX son el melodrama y el cine de acción, y en gran medida ellos continúan presentes en la mayoría de las producciones actuales. Hoy se denota además una importante incursión en el policial, en el cine bélico, en el thriller y el terror, en la comedia romántica, en el cine épico —Musa (2001) de Kim Sung-su es una épica clásica portentosa, de esas que no se ven en occidente—, en el cine de artes marciales. Como es típico de un país en plena ebullición creativa, estos géneros se entremezclan permanentemente, por lo que no es de extrañarse, por ejemplo, que una película que originalmente parecía un policial realista comience a descolocarnos con increíbles secuencias de artes marciales, para transformarse hacia el final en un drama romántico, y, ante todo, llamando siempre a la reflexión, como el mejor cine de autor. Sin exagerar, se pueden considerar a Kim Ji-woon, Bong Joon-ho o Kang Je-gyu como varios de los más grandes exponentes del cine de géneros mundial.

 Fuera de los géneros, directores consagrados como Park Chan-wook, Lee Chang-dong, Hong Sang-soo, Jang Sun-woo, Im Sang-soo, el veterano Im Kwon-taek, o el a mi gusto sobrevalorado Kim Ki-duk, se han ganado su lugar fijo en festivales internacionales y nos suelen entregar, con regularidad, películas más que interesantes. Cada uno de ellos tiene un perfil característico definido que lo identifica como un autor singular y suele generar, en todo aquel que ya conoce su obra, una justificada expectativa por saber que se traerá en su próxima entrega.

Ultraviolencia

Para los que buscan en el cine emociones fuertes y no pueden saciar su sed con las proporcionadas de a cuentagotas por el cine occidental actual, no existe mejor refugio donde exiliarse que el cine coreano. Una producción coreana “apenas violenta” asegura unos cuantos galones de sangre derramada y se consideraría como ultraviolenta en occidente. Ahora, si hablamos de una película “ultraviolenta” coreana, la cosa ya se pone seria.

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Porque de seguro la filmografìa coreana, en su amplia mayoría, no es apta para quejicas ni espectadores sensibles. Quien haya visto la obra de Park Chan-wook ya sabe de qué estoy hablando. Por su parte los prolongados estallidos de violencia extrema en la maravillosa A bittersweet life (2005) de Kim Ji-woon, las peleas callejeras de Failan (2001) de Song Hae-sung o de Bad guy (2001) de Kim Ki-duk, las insistentes escenas de tortura en Save the green planet! (2003) de Jang Joon-hwan son inyecciones de adrenalina aseguradas que conmocionarán a los más curtidos. Quizá occidente caiga en el error frecuente de estilizar demasiado las escenas de violencia, ya que en el cine coreano la ilusión de realidad no suele romperse en ningún momento y de ahí que estas secuencias sacudan y paralicen las entrañas del espectador.

Situaciones intolerables

Muy relacionado con el punto anterior está el tema de que el cine coreano suele abundar en situaciones dolorosas a las que occidente prefiere eludir. Si alguien conoce una sola película actual de occidente en que la niña protagonista termine muriendo sobre el final, que por favor me lo haga saber y se gana un chocolatín. No voy a nombrar la película coreana en la que ocurre esto porque sería arruinarle el desenlace al que no la vio. El que sí la vio sabe bien de cuál estoy hablando.

Y es que la filmografìa coreana suele ser también un muy buen refugio para espectadores masoquistas. Para quienes nos gusta sufrir en el cine no existe oferta más descarnada. Además de las frecuentes escenas de tortura, también son difíciles de digerir, para poner algún ejemplo, las escenas de Sympathy for Lady Vengeance (2005) de Park Chan-wook en que a un grupo de padres les muestran videos donde sus hijos pequeños son asesinados; el intento de violación de un retardado mental a una chica con parálisis cerebral en Oasis (2002) de Lee Chang-dong; las escenas de introducción de anzuelos en La isla (2000) de Kim Ki-duk. No es de extrañar que ninguna película bélica occidental haya podido mostrar mejor las miserias de la guerra como Lazos de guerra (2004) de Kang Je-gyu, y su escena en que a un soldado vivo le comen el estómago los gusanos es difícilmente olvidable.

No se debe olvidar que las dos coreas han sido muy maltratadas a lo largo de la historia y han sufrido durante siglos la guerra y la ocupación extranjera. La guerra de Corea significó decenas de millones de bajas humanas, las fricciones entre el Norte y el Sur han existido desde la separación, las continuas dictaduras que se extendieron durante décadas sobre el siglo XX dejaron heridas de muy difícil cicatrización para la población civil de Corea.

No son pocas las producciones fílmicas que relatan hechos ocurridos en los períodos históricos más dolorosos y significativos para el colectivo, como la masacre de Kwang-ju de 1980, donde la represión militar segó una manifestación estudiantil dejando un saldo de 200 muertos. La inmensa Peppermint Candy (2000) de Lee Chang-dong es paradigmática en este sentido, porque aborda dos décadas de degradaciones e ilustra con claridad el trauma latente en la idiosincrasia coreana. Quizá la violencia casi continua, las atmósferas opresivas y el aire pesimista en el cine coreano no sean otra cosa que una explosión catártica por parte de los cineastas, y el producto natural y necesario para una sociedad fracturada.

Personajes marginales

Aunque el abordaje específico de la marginalidad es algo también compartido por el cine occidental, aquí nos encontramos con leves matices. Son usuales en el cine coreano las historias con auténticos lumpen de personajes protagónicos: individuos de dudosa moralidad, usualmente resentidos hasta la médula por una sociedad que los desplaza y, en un principio, seres con los que sería muy difícil empatizar. En occidente lo normal sería que sujetos de esta índole fuesen abordados con frialdad, con distancia y hasta con destrato por parte de los cineastas (existen las excepciones, pero quizá se cuenten con los dedos de una mano), pero lo asombroso del cine coreano, es hasta qué punto se logra generar la simpatía y la identificación del espectador con estos personajes tan reprobables.

Para nombrar sólo los personajes protagónicos masculinos más extremos en este sentido: los de Bad guy, Failan, Oasis, o Crying fist (2005) de Ryoo Seung-wan, son auténticos parias desquiciados. Pero un breve pantallazo al cine coreano da cuenta de un centenar de personajes marginales más. De ahí también la frecuente aparición de discapacitados, prostitutas, mafiosos, desocupados, guardaespaldas, exconvictos, policías corruptos. Occidente debería aprender a abordar al diferente con la altura y la comprensión con que lo hacen estos cineastas.

Amores prohibidos

También son frecuentes las historias románticas que desde un comienzo están condenadas al fracaso. Así las relaciones de Christmas in august (1998) de Hur Jin-ho, de Failan, de Green fish (1997) de Lee Chang-dong, de Bad guy. La regla casi inquebrantable es que uno de los integrantes de la pareja muera sobre el final de la película, al mejor estilo de La strada (1954) de Fellini. Las separaciones forzadas de los seres queridos deben tener un peso importante y significativo para la masa coreana, por los traumas históricos que mencionaba anteriormente. Los demoledores desenlaces de Shiri (1999) de Kang Je-gyu o de Oasis son ejemplares en este sentido.

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El espíritu transgresor coreano también se puede ver en escenas de alto contenido erótico, cuya obra máxima es la frecuentemente subvalorada Mentiras (1999) de Jang Sun-woo, en la cual se abordan en forma madura, desprejuiciada y por momentos explícita relaciones sexuales atípicas. Esto no debería llamar demasiado la atención, pero en momentos en que Hollywood filma la sexualidad con recato absoluto, las excepciones a la regla dominante se hacen notar. Hong Sang-soo, un seguidor de Eric Rohmer que no tiene nada que envidiarle al maestro, tiene el plus de filmar escenas eróticas con mano prodigiosa. Este director, al igual que algún otro cineasta coreano, merecería todo un dossier aparte.

A su manera, otras formas de transgresión son las estructuras narrativas no-lineales como las utilizadas por Hong Sang-soo en Virgin stripped bare by his bachelors (2000), o el esquema episódico hacia atrás de Peppermint candy, planteado incluso antes de que Memento (2000) lo volviera una moda en occidente.

Tomando cierta distancia, quien escribe estas líneas considera de todos modos que más allá de la siempre bienvenida transgresión, de la energía juvenil, de los ritmos prodigiosos, de la lucidez para ahondar en ciertas características del ser humano, de la prolijidad formal, de las atmósferas infernales y de ciertos riesgos formales asumidos, más allá de todo esto, los cineastas coreanos en su amplia mayoría pisan sobre seguro y no se arrojan a crear universos absolutamente propios. Park Chan-wook, Kim Ki-duk [3], Lee Chang-dong, Hong Sang-soo y Jang Sun-woo son las excepciones y, en este sentido, los que más lejos han llegado. Pero ahora que tienen los ojos de la crítica mundial encima, queda por verse si continuarán avanzando en esta exploración hacia nuevos mundos o si, por el contrario, acabarán estancándose en las mismas fórmulas transitadas y seguras que, es cierto, con absoluta destreza y talento han venido recorriendo.

[1] A partir de aquí, cada vez que ponga “coreano” va a querer decir “surcoreano”. El cine de Corea del Norte es prácticamente inexistente y por lo que tengo entendido, se trata de mera propaganda al régimen comunista de Kim Jong-il.

[2] La fuente para todas las cifras es Screen digest, junio del 2006. www.screendigest.com

[3] Aunque sus películas no me terminan de convencer y creo firmemente que al igual que Peter Greenaway, KKD es un cineasta con fecha de vencimiento, de todos modos debo conceder que el director ha sido valiente asumiendo riesgos formales en algunas de sus obras.