Entre el 15 y el 21 de enero pasados se celebró la primera edición del Festival de Cine Solidario de Madrid, englobado dentro del evento “Oportunidades para el Mundo, Madrid 2006-2007”, que organiza el Ayuntamiento de Madrid y que se está desarrollando desde el pasado mes de junio de 2006 para finalizar en este mes de marzo de 2007. El presupuesto del festival cinematográfico fue de 1,1 millones de euros.
En año electoral como en el que estamos, siempre hay que pensar que la presentación de este festival corresponde más a un acto electoralista que a una propuesta consistente y a largo plazo. La presentación del mismo corrió a cargo, nada más y nada menos, que de Ana Botella, concejala del Área de Gobierno de Empleo y Servicios a la Ciudadanía, y del alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, lo cual da muestra efectiva de que el cine funciona como forma de ofrecer una cara diferente y más cercana de los políticos, aparte de la importancia concedida por los mismos para el buen funcionamiento de esta primera edición. Por eso, para encuadrar acertadamente la importancia de este festival, sus posibles caminos en una ciudad que cada vez tiene más festivales y muestras, muchas de ellas de escasa importancia y nula repercusión mediática, habrá que esperar a una futura segunda edición, que reflejará mejor su carácter y sus ambiciones.
El Festival de Cine Solidario (FICS) de Madrid, según consta en el dossier a los medios de comunicación “quiere consolidarse como una de las citas con el cine más importantes del país y tiene tres grandes objetivos: presentar la inmigración en positivo, fomentar la igualdad de sexos y hacer del voluntariado solidario una actividad cotidiana de la ciudad”. Para llevar a efecto dicha propuesta el FICS se distribuye en una sección oficial de largometrajes, trece en concreto, a las que acompaña una serie de proyecciones especiales. A este conjunto de largometrajes le acompañaron tres exposiciones, una de Josèp María Queraltó, una colección de piezas de exhibición existentes, entre ellas proyectores de los hermanos Lumiere o de Edison, una segunda dedicada al coleccionista de fotografías Andrés Padrón, y una tercera al fotógrafo Alejandro Echegoyen, en la que se mostraban fotografías de personalidades del cine en su paso por Madrid.
Hasta aquí, más o menos lo de cualquier festival de cine. La originalidad y atrevimiento de este festival reside en las otras dos propuestas: por una parte, el encargo a siete jóvenes directores de rodar en cuatro días un pequeño cortometraje y exhibirlo en el propio festival; por otra parte, FICS Madrid contribuirá a la producción del largometraje Women´s Secret, que comenzará a rodarse en mayo y que se estrenará en 40 países al mismo tiempo. Esta última iniciativa, me parece, como poco descabellada, aunque el tiempo dirá si estoy o no equivocado.
La propuesta caló entre el público madrileño, quizá por el irrisorio precio de las entradas —1 euro— lo cual remarca, de partida, el interés por dar a conocer rápidamente el festival entre el público, razón por la que las sesiones cinematográficas no se cubrían, indudablemente, con el coste de las entradas.
Según el DRAE, la palabra “solidaridad” significa “Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”.
La selección oficial a concurso fue de trece largometrajes, más tres largometrajes fuera de competición. En algunos de ellos era difícil encontrar en ellos su vinculación con una propuesta relacionada con los valores solidarios, salvo que fuera muy tangencialmente.
Para la inauguración hubo una presencia de lujo y muy jugosa, la del actor Tim Robbins, que vino a presentar la película con la que se abría el festival, Atrapa el fuego (Catch a Fire, 2006) de Philip Noyce, y a apoyar con su presencia un festival de cine solidario. Él mismo firmó la imagen por la que será recordado este festival.

Atrapa el fuego pasa por ser un filme más de buenas intenciones pero escasos resultados cinematográficos. Sustentado sobre el esquema del personaje apolítico que, debido a una injusticia decide comprometerse por una causa, Atrapa el fuego desarrolla una trama a golpe de efectos. La acción se desarrolla en Sudáfrica, en los últimos años del “apartheid”, cuando el entonces desconocido Patrick Chamusso, trabaja de capataz de una refinería sudafricana, alejado de cualquier tipo de lucha que permita a los de su raza tener los mismos derechos que la minoría blanca. Cuando las instalaciones de la refinería vuelan, es encarcelado y torturado por el mismo jefe policial, el inspector Vic, que posteriormente le dejará en libertad. En ese momento, cuando casi finaliza la película, Patrick Chamusso tiene claro que quiere vincularse con el Congreso Nacional Africano, en donde llegaría a formar parte de la cúpula dirigente.
Película de denuncia unidireccional, Atrapa el fuego es de esas películas que ha puesto de moda Hollywood en los últimos años —a través de una conservadora denuncia para, a la vez, lavarse un poco la cara— cuyo escenario es el continente africano, en el que las buenas intenciones se diluyen ante los escasos contenidos plásticos, hasta el punto de que se olvida fácilmente a la salida del cine.
Después de la boda (Efter Bryllupet – Alfer de wedding, 2006) de Susanne Bier es el retrato de un un hombre de turbio pasado (mujeriego, bebedor, con proyectos nunca cumplidos), excelentemente interpretada por Mads Mikkelsen, que ha encontrado su lugar en el mundo en la India, donde organiza un orfanato para niños de la calle. Un día recibe una invitación para volver a Dinamarca y asistir a una boda a cambio de 4 millones de dólares. Desde ese momento, su pasado se hace presente y duda de cual es su lugar en el mundo. Las ambigüedades del ser humano en plena confrontación entre el deseo y el deber toman cuerpo en una película agridulce, demasiado complaciente. Nada que extrañar, vista parte de la filmografía de la directora Susane Bier — Hermanos (Brodre, 2004) o Te quiero para siempre (Livet är en schlageer, 2002)— y del guionista Andres Thomas Jensen —Mifune (Mifunes sidste sang, 1999) o Wilbur se quiere suicidar (Wilbur Wants to Kill Himself, 2002).
Nordeste (2005), primer largometraje de Juan Solanas, tras su espléndido cortometraje L'homme asans tête (2003), es un encomiable retrato de la pobreza y de sus consecuencias éticas y materiales. Hèléne, una mujer francesa de 43 años que marcha a Argentina para adoptar un niño. Su proyecto se frustra y el niño a quien acaba adoptando tiene una enfermedad terminal. La sensación que tiene es la de que le han estafado. Entre tanto conoce a una mujer, Juana, y a su hijo Martín, que malviven en una casa que se cae y de la que van a ser desalojados. La adopción, el aborto y la miseria, el caciquismo, el tráfico de órganos, el paro, la falta de anticonceptivos, la postura de la iglesia ante el pago por la adopción de un niño son algunos de los temas que rodean esta magnífica película, modesta en presupuesto pero no en intenciones, ni mucho menos en resultados. A destacar su último plano, abierto a todo tipo de interpretaciones, un plano fijo de una sala de espera de un hospital donde se encuentran los tres personajes centrales de la película, a la espera de un futuro incierto.
Days of Glory (Indigènes, 2006) de Rachid Bouracheb, que se alzaría con justicia con el premio a la mejor película, viene ya avalada por premios de renombre, principalmente en el festival de Cannes, en donde obtuvo el premio a la mejor interpretación masculina por el conjunto de los actores principales. Lo peor de la película es la horrorosa traducción al inglés (y así se estrena en España) del original francés Indigènes. Days of Glory narra un episodio concreto de la Segunda Guerra Mundial. En 1943, 130.000 soldados provenientes de las colonias francesas, que nunca pisaron suelo francés, combatieron contra los alemanes. El episodio sirve de excusa para que su director Rachid Bouchareb —director de una modesta pero agradable película que lleva por título Little Senegal (2001)— muestre las desigualdades existentes dentro del ejército, cómo a pesar de ser soldados, lo eran “de segunda”: sin permisos, con pagas menores, sin apenas posibilidades de ascenso, sin posterior reconocimiento. Además, con la pérdida de las colonias, Francia decidió congelar las pensiones a estos soldados, con lo que en 2002 cobraban la misma paga que... 40 años antes. Pero, poco a poco, Days of Glory se va abriendo como un abanico y acaba convirtiéndose en una película que tanto habla del pasado como del presente, y lo hace con profundidad: indaga en las diferencias entre ciudadanos franceses de primera y de segunda (la crisis del modelo de integración francés), en el racismo encubierto, en la emigración… sin olvidar toda una maravillosa lección de cine en donde los cuatro protagonistas muestran la honradez y la lucha por unos ideales. Un pequeño ejemplo cinematográficamente modélico: uno de los soldados “indígenas” se enamora de una francesa. Él la escribe una preciosa carta leída por un oficial de la misma patrulla, que comenta lo hermosa que es; a continuación mira la foto del soldado remitente, ve que no es un francés blanco, y que va dirigida a una francesa blanca; a continuación, la aparta dentro de las cartas censuradas en su totalidad. Hay películas que sirven para algo y ésta por lo menos ha obtenido de Jacques Chirac la promesa de restañar las deudas económicas y morales pendientes con aquellos que combatieron contra el nazismo.
Offside (2006), quinto largometraje de Jafar Panahi es una muestra de las desigualdades implícitas en una sociedad como la iraní, en donde los varones pueden disfrutar de un partido de fútbol en el campo de juego, mientras a las mujeres les está prohibida la entrada al mismo... con la excusa que hay muchos varones en el estadio, y que su comportamiento es indecoroso para las mujeres. Rodada durante la disputa del partido entre Irán y Japón que clasificó a la primera para el mundial de fútbol, con actores no profesionales y rodada en lugares, acontecimientos y con figuración real —lo que produjo que muchas de las conversaciones fueran espontáneas y no concebidas durante el guión— Offside curiosamente, siendo una película interesante —pero muy por debajo de su anterior largometraje, el inédito comercialmente en nuestras pantallas Talaye sorkh (2003)— falla en que todo parece preconcebido, premeditado, o quizá porque la forma de comportamiento de las personas iranís, incapaces de mostrarse en este caso con naturalidad. Por ello, a veces la sensación es la de acartonamiento, de falta de tensión dramática, de ausencia de fuerza en las imágenes, quedando como un retrato sociológico, y poco más.

Las vidas de Celia (2006) de Antonio Chavarrías, es quizá la película que más difícil entronca en un festival “solidario”. Historia demasiado deshilvanada, sin llegar a ningún punto en concreto, el regusto que deja es el de un quiero y no puedo, para materializar algunas de sus, a priori, interesantes propuestas. Aunque la violencia hacia las mujeres rodea la película, una vez vista ésta parece un mero pretexto argumental, lo cual no quita que la película tenga cierta solidez dentro de una historia en donde celos, pasiones y debilidades van unidos para dar forma a la historia de dos hermanas y de las personas que las rodean. Sin duda, su estructura alambicada tan de moda en estos días es un lastre difícil de superar puesto que, en ocasiones, parece más una cuestión de estilo que una cuestión de estructura dramática. Además, la mayoría de los personajes masculinos parecen menos trabajados que los de los personajes femeninos.
Dos palabras señalan los puntos de contacto entre Vera Fogwill, codirecotra junto a Martín Desalvo de las mantenidas sin sueños (2004) y sus referentes citados, Pedro Almodóvar, Todd Solondz y Doris Dörre: mujeres e incorrección. En efecto, Las mantenidas sin sueños es el retrato de un coro de mujeres que gira en torno a Eugenia (magnífico descubrimiento el de la pequeña actriz Lucía Snieg), un niña de diez años con mucha vitalidad, sarcasmo y de cuya boca salen improperios, frases redichas y muchas frases lapidarias. Alrededor de Eugenia se encuentra Florencia, su madre, cansada de una vida carente de ilusiones, enganchada ocasionalmente al consumo de cocaína y de cuyo tráfico saca el escaso dinero que tiene, que aborrece el modo de vida de su madre, y que si un día trabajó no quiere volver a hacerlo; Olga, una vecina que vive de la esperanza de algún día poder ir a Italia y España para ver a sus hijos, y del sueño de que éstos se acuerden de ella; Sara, la abuela que esconde su vida frustrada acosando y minusvalorando a su hija Florencia; y Celina, una amiga de infancia de Florencia, que cree tenerlo todo en su lujosa casa pero que, igualmente, nada tiene. Excepto la niña Eugenia, todas ellas tienen en común que han perdido la capacidad para soñar, para disfrutar de las pequeñas cosas, pero también buscan, por primera vez, decidir sobre ellas mismas, evitando la sensación de estar siempre siendo evaluadas. Por eso, la mayor virtud de Las mantenidas sin sueños consiste en su inconformismo, en la no necesidad de tener que contestar preguntas, en la capacidad de presentar un grupo de mujeres que, según los cánones actuales, serían marcadas como mujeres fracasadas. Pero, a su vez, ese inconformismo patente en las pequeñas historias que se cuentan no ha de conllevar el desorden argumental y los numerosos altibajos que hacen de Las mantenidas sin sueños una película tan estimulante en su planteamiento como irregular en su puesta en escena.
Quizá por la sensación agotadora que produce la sobreabundancia de diálogos, los mejores momentos de la película son aquellos en donde la imagen denota la capacidad de conmover, como cuando Eugenia se asusta y muestra ser una niña cuando tiene su primera regla, o el plano que las reúne a todas ellas sentadas en un sofá y alguna silla, tras haberse tirado los trastos unas a otras, y comprobar que no hay razón para seguir discutiendo, que solo con salirse de la realidad que las obliga a ser “de una determinada forma” y no a ser “como quieren ser” las razones para discutir finalizan.
Hana (2006), película japonesa de Hirokazu Kore-eda es un retrato de samurais en paro, reconvertidos en actores para llevarse algo de comer para el cuerpo. De amplias pretensiones, cuando el tema de los samurais en paro ya ha sido tratado mucho en las últimas películas japonesas, como el reciente díptico de Yoji Yamada — El ocaso del samurai (Tasogare seibei, 2002) y The Hidden Blade (Kakushi ken oni no tsume, 2004)—, y más lejanas, desde el clásico de Akira Kurosawa Los siete samurais (Shichinin no samurai, 1954) o Harakiri (Seppuku, 1962) de Masaki Kobayashi, Hana apenas aporta nada que no hayan aportado las anteriores, salvo incidir algo más en los ambientes sociales depauperados del Japón del siglo XVIII, y de un hecho indudable: cómo la guerra es una forma de promoción social.
Love for Share (2006), película indonesia dirigida por Nia Dinata que muestra las vidas de tres mujeres de diferente origen social y étnico en torno a la poligamia: Salma, una ginecóloga que ha cuestionado la moral que apoya la poligamia; Siti, una joven de un pueblo de Java que sueña con una vida mejor en la ciudad de Yakarta y Ming, una joven y atractiva camarera en Jakarta que quiere triunfar a toda costa, incluso ser una mantenida o aceptar la poligamia se puede decir que sus pretensiones superan los resultados, lastrados por un exceso de metraje y por un ritmo y planificación bastante monótonos y rudimentarios. Aún así, la tercera historia, quizá por el atrevimiento de la misma contiene suficientes dosis de interés.
The Namesake-El buen nombre (2006) de la directora india afincada en Estados Unidos, Mira Nair, conocida entre nosotros por La boda del monzón (Monsoon Wedding, 2001), presentó una notable película. The Namesake (El buen nombre) es un inteligente y evocador retrato de lo que significa para cada persona la identidad, visto en este caso a través de la historia de una joven pareja de Calcuta que marcha a vivir a Nueva York. Allí nacen sus dos hijos. Será el primogénito, llamado Gogol, quien luche contra sus orígenes tratando de disimularlos hasta que, poco a poco, comience a apreciarlos y a poder convivir con ellos. Con ecos de películas como Oriente es oriente (East is East, 1999) de Damien O'Donnell, con la que coincide en su puesta en escena basada en la tragicomedia sin acentuar ni lo sórdido ni lo trágico, y construido como si fuera una película río, Mira Nair consigue que la historia no se disgregue ni se alargue, sino que, por contra, que se concentre en el retrato de una identidad perdida.
Al otro lado (2005) de Gustavo Loza, es una película promovida y patrocinada por UNICEF. Lo mejor que se puede decir de ella es que es una película de aficionados. Lo peor es que no pretende serlo. Su retrato de la emigración a través de tres historias desarrolladas en tres países distintos (México, Marruecos, Cuba) reside en la mirada infantil con lo que, al ceñirse a dicha mirada el tratamiento que se ofrece de la emigración desvaloriza todas sus supuestas buenas intenciones. Resulta, cuanto menos, ingenuo creerse la historia de una niña que viene en cayuco a España a buscar a su padre para acabar metida en un grupo de tráfico de mujeres. Como he escrito, su mayor peligro reside en que es una película que busca tratar en serio el tema de la migración.
Parece que Más extraño que la ficción (Stranger than fiction, 2006) de Marc Foster remite a la obra del guionista Charlie Kaufman autor de los libertos de Como ser John Malkovich (Being John Malkovich, 1999), de Spike Jonze u ¡Olvídate de mí! (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, 2004) de Michel Gondry o de películas como El show de Truman (Truman Show, 1998) de Peter Weir. Pero la verdad es que detrás de la parafernalia de un minúsculo personaje que escucha una voz y descubre ser un personaje de ficción, se encuentra una serena reflexión sobre la soledad, más cercana a Luces al atardecer (Laitakaupungin valot, 2006) de Aki Kaurismaki que a las anteriores. Aún así, la película hace aguas por muchas partes, principalmente por la engorrosa presencia de una sobreactuada de Emma Thompson, haciendo de escritora capaz de dictar los designios y las aventuras y desventuras de un apocado Will Ferrell. Quizá le hubiera hecho falta un poco de riesgo visual, incluso contar la historia con un mayor atrevimiento. Al final todo queda en una premisa que hace años pudo parecer ingeniosa pero que ahora está desgastada y no parece abrir caminos novedosos.
Tim Robbins presentó Atrapa el fuego. Además vino a presentar el festival y se encontró con que tenía que saludar al alcalde Ruiz Gallardón. Las fotos resultantes, con un Tim Robbins muy serio y distante desde sus dos metros de altura, obligando a Gallardón a estirar el brazo para poder estrecharle la mano, lo que empequeñecía al alcalde, mostraron las labores de un buen actor y de cómo se sintió “manipulado”. Igualmente sacó provecho de la rueda de prensa para devolver la pelota al alcalde por la utilización de su imagen, con una frase clara y directa: “Es curioso que un alcalde pueda hacer el esfuerzo de venir a hacerse una foto con un actor norteamericano pero no lo haga para unirse a la ciudadanía en una manifestación” (en referencia a la ausencia del alcalde en la manifestación contra el atentado sufrido en la terminal T4 del aeropuerto de Barajas) . De ello, sólo se puede sacar una conclusión, los actores y actrices estadounidenses conocen muy bien cuales son sus obligaciones y conocen muy bien su oficio, y lo que pudo ser una buena operación de marketing para el alcalde será recordado por las duras palabras del actor y por imágenes que todo lo dicen