Inauguramos este nuevo espacio en el que iremos presentando, cada mes, un estreno en los Estados Unidos, bien para poner sobre la pista de aquello que presumiblimente llegará a las pantallas de todo el mundo posteriormente, o bien para destacar ese cine, que hasta allí donde nacen los sueños, también corre el peligro de llegar a hacerse invisible.
La Fábrica de Andy Warhol fue a mediados de los años 60 el centro del arte underground neoyorquino, especialmente el del cine experimental y de explotación de su gestor, un submundo plagado de estrafalarios y, por supuesto, de sus famosos alter egos, mezclados todos dentro de una lata de sopa de tomates. En ese enlatado donde se filmó la mayoría de la obra cinematográfica de Warhol, su célebre Blow Job y los socarrones Screen Tests, una joven californiana llamada Edie Sedgwick se transformó en la versión warholiana de Grace Kelly, una superestrella a la manera de La Fábrica.
Factory Girl intenta ser el retrato de los últimos seis años de la Sedgwick (Sienna Miller), quien en vida pasó de ser una hija de millonarios, anoréxica y golpeada por su herencia psicológica, a ser la diva fotogénica y fugaz del autor del arte pop, interpretado en la película por un débil Guy Pearce. El film se concentra principalmente en el lazo emocional entre Warhol y Sedgwick y la caída de esta última, tomando como enfoque preferente el punto de vista de una Edie ligeramente recompuesta (circa 1970), unos cuantos meses antes de la dosis fatal de barbitúricos que cerraría su vida a los 28 años, y como opinión secundaria algunas confesiones de Warhol ante un cura. La película, contada en forma de una regresión, utiliza el tópico de la pequeña mujer enfrentada a la gran urbe, aquella jungla de cemento y asfalto que indudablemente se la tragará y que, en cierto modo, le entregará el papel de víctima en un universo que se opone a su bienestar y que abusa de ella utilizando a Andy Warhol como un símbolo de la maldad. A la presencia capital de Warhol como descubridor y fabricante de Edie se le suma la influencia de Billy Quinn (Hayden Christensen), eufemismo de Bob Dylan (como Warhol, uno de los personajes reales en la vida de Sedgwick y quien amenazó con demandar a los productores de la película si utilizaban su nombre en la cinta) en el papel de un ángel de la liberación, o al menos como proyecto de uno, no sólo tergiversando los hechos reales con una relación amorosa discutida sino dando una interpretación caricaturesca de uno de los íconos más reconocidos de la música folk norteamericana.
George Hickenlooper (EE.UU., 1965) pretende crear un biopic controversial tocando el pasado libertino de La Fábrica: orgías, situaciones diarias donde los ácidos y los cócteles de speed iluminan la vida de sus concurrentes, conversaciones fatuas y ferias de miembros viriles, pero haciéndolo de una manera tan cándida que su representación de lo supuestamente objetable o grotesco consigue ser a lo sumo una anécdota de la levedad; a pesar del deseo de estilizar el trabajo de cámara con insertos de imitaciones del cine minimalista de Warhol y Billy Name (principal camarógrafo del artista), el espectador nunca termina de empatizar con los personajes con los que obviamente debe inmiscuirse ni con el efecto devastador de los juicios de Edie.

Factory Girl se desfigura no por la reproducción o por la falacia argumental —después de todo muy pocas biografías llevadas a la pantalla cumplen con la fidelidad de sus orígenes literarios— sino por la superficialidad en que se aborda la vida de una persona que sufrió por culpa de sus propias decisiones y sus problemas psicológicos. Edie Sedgwick queda simplificada a una muchacha con un culo hambriento de speed que aborrece a Warhol, pero no somos capaces de experimentar su drama interno, encadenar su infancia y adolescencia con sus últimos años, ni mucho menos caer en el fondo del abismo neoyorquino junto con ella (la escena de Edie frente a la pandilla de Warhol en el restaurant no es una sacudida suficiente).
Al ver Factory Girl nuestra presencia es nada más que circunstancial, hemos entrado por casualidad en una sala y alguien encendió un proyector. Las imágenes ruedan una tras otra sin crear la chispa emotiva que debería unir al público con el filme. Esto sin duda es una deficiencia en el guión de Aaron Richard Golub y Captain Mauzner, sin embargo George Hickenlooper demuestra ser poco eficaz al dirigir a sus actores, fuera de los bríos de Sienna Miller —en verdad su mejor interpretación hasta el momento— tanto Guy Pearce como Hayden Christensen, sobre todo debido a sus entonaciones en inglés y manerismos, se convierten en personajes risibles, aislados emocionalmente de la historia, que no consiguen lograr aquella penetración necesaria en la mente del espectador porque el guión no se los permite y porque el director se olvidó de decirles que estaban filmando una pieza dramática.
En su intento por dibujar una ciudad de Nueva York a la Warhol y tratar de atrapar un glamour olvidado Factory Girl pierde el rumbo y carece de los verdaderos demonios que atormentaron a Sedgwick durante su corta vida, ese disociación evita que sintamos lástima o siquiera un poco de malestar cuando el personaje principal es filmado desnudo mientras lo drogan, algo lamentable teniendo en cuenta que la materia prima en la que está basada esta película escapa a cualquier tópico, tan así que el verdadero ocaso de Edie Sedgwick está documentado en el último film que protagonizó: Ciao, Manhattan! (1972), dirigida por John Palmer y David Weisman.