BSO del mes

Por Raúl Álvarez

La maldición de la flor dorada (Shigeru Umebayashi. Lakeshore Records)

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En su segunda colaboración con Zhang Yimou tras La casa de las dagas voladoras, Shigeru Umebayashi vuelve a desplegar una esplendorosa partitura que integra grandes coros, cuerda y percusión. El espíritu trágico de la nueva epopeya del director de Hero adquiere forma de ópera en las manos del compositor japonés, que no en vano presenta su obra dividida temáticamente en función de los tres actos clásicos del género en su vertiente más siniestra: introducción de personajes (trama), con temas alegóricos de sus motivaciones; traición (nudo), con temas oscuros y opresivos; y venganza (desenlace), con temas de acción dinámicos. Trasladando el símil al teatro, como un Hamlet o un Macbeth situado en la China feudal (la especialidad de Kurosawa). Quizás animado por su dominio, Umebayashi acaba dependiendo demasiado de los coros (es mi impresión) para mantener el pulso de la historia, y apenas deja espacio para que respiren las melodías más sutiles, lo que sí lograba en las Dagas voladoras, pero el conjunto resulta tan poderoso que es imposible no dejarse seducir por la fuerza de las voces.

El buen alemán (Thomas Newman. Varese Sarabande)

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Thomas Newman abandona el estilo de sus trabajos posteriores a American Beauty, dominados por el recurrente empleo del piano, en este nostálgico regreso formal al cine clásico de los años cuarenta, hecho que curiosamente lo enfrenta a la obra de su padre, Alfred Newman, jefe del departamento musical de la Fox durante más de veinte años, en plena época del Hollywood dorado, y ganador de nueve premios Oscar. Desde los títulos de crédito iniciales hasta la escena final en el aeropuerto, Newman maneja con soltura la orquesta para recrear, a veces hasta el límite de la imitación, el estilo de aquellas partituras que se caracterizaban por el empleo irrenunciable de una serie de temas: un tema de amor romántico, un tema agresivo para describir a los malos de la función y temas dinámicos para las escenas de acción. La actitud del compositor es fiel incluso hasta en el empleo de la partitura en la película, subrayando cada momento con el tema pertinente. Esta técnica narrativa, ya superada, resulta hoy demasiado inocente, ruidosa y reiterativa, y hace que El buen alemán se disfrute más en privado que en el cine. Pero hay que decir, en descargo del músico, que es lo que demandaba la película de Soderbergh, planteada como una recuperación en bruto de una forma de hacer cine.

The Host (Byeong-woo Lee. Musik Dorf)

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La subversión de los tópicos del cine de monstruos que propone la película de Joon-ho Bong tiene su reflejo musical en la partitura de Byeong-woo Lee, que aplica un tratamiento irónico, a veces bufonesco, a la descripción de personajes y situaciones. Es la opción más adecuada para un film que se presenta como una comedia con toques puntuales de terror, no al revés. La composición bascula entre dos temas principales: el que podríamos denominar “tema de la familia”, que refleja la determinación y el espíritu de unidad de los protagonistas, de corte cálido y dramático, y el “tema del monstruo”, más oscuro y amenazante, en consonancia con la naturaleza de sus instintos depredadores. Entre medias, el compositor ejecuta una serie de piezas de acción de tono burlesco, apoyadas en instrumentos de percusión, que describen eficazmente escenas como la búsqueda del monstruo por los puentes del río Han o el combate final.

300 (Tyler Bates. Warner Bros. / Wea)

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Zack Snyder ha vuelto a confiar en Tyler Bates (Amanecer de los muertos) para dar forma musical a la épica historia de los 300 soldados espartanos que, bajo las órdenes del rey Leónidas, hicieron frente al ejército persa del emperador Jerjes en la batalla de las Termópilas. Es la primera vez que Bates se enfrenta a una superproducción y el resultado es a todas luces excelente. El compositor traslada toda la violencia original de la historia de Frank Miller (Sin City) a una obra construida a partir de un poderoso coro de voces masculinas y piezas de acción que ilustran perfectamente conceptos como el valor, el honor, el sacrificio y la venganza. El mayor hallazgo de Bates es su habilidad a la hora de conjugar el espíritu heroico de la trama y su estética moderna, dando a luz una serie de temas de corazón joven y alma antigua, en un ejercicio de estilo similar al que logró Hans Zimmer en Gladiator y Black Hawk Down. 300 es una obra empapada de ese tono salvaje y primitivo de la Historia de Herodoto pero pasada por el impulso eléctrico de la narrativa contemporánea.

El velo pintado (Alexander Desplat. Deutsche Grammophon)

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El compositor francés alumbra una obra cálida y romántica en la que mezcla formas y estilos de oriente y occidente —los protagonistas son ingleses, mas la acción se desarrolla en China— para plasmar el romance a tres bandas que protagonizan Naomi Watts, Edward Norton (su marido) y Liev Schreiber (su amante). La naturaleza bicéfala de esta relación, en la que se mezclan sentimientos como el deseo y la pasión, la melancolía y la resignación, tiene su reflejo en una partitura tranquila y serena, sostenida en un delicado piano por cuenta del solista Lang Lang (el mismo de la imprescindible The Banquet), que evoluciona hasta pasajes más tensos y perturbadores cuando lo precisa la historia. Desplat también aplica temas de corte descriptivo, a partir de instrumentos de origen chino combinados con otros europeos, sobre todo violines, que transmiten la belleza de los paisajes de la película. Una obra intensa, rotundamente hermosa y, sobre todo, muy eficaz como retrato psicológico de personajes que confirma el talento del músico galo, premiado en los últimos Globos de Oro por The Queen.