Il grande silenzio (Sergio Corbucci, 1968)

Por Carlos Zamarriego

Amarga belleza

Un paisaje nevado se abre ante los ojos del espectador mientras suena una música melancólica y triste. Así comienza El gran silencio (Il grande silenzio, 1968), uno de los mejores western rodados en Europa. La obra maestra de Sergio Corbucci, director que entre 1965 y 1975 realizó trece eurowestern, incluido su gran éxito Django (Django, 1966). Pero ninguno como este. El gran silencio supone un paréntesis en su carrera y en la historia del spaghetti western, un género que ya había experimentado el fatalismo de Joaquín Romero Marchent, la épica de Sergio Leone y la denuncia de Sergio Sollima, y que ahora dará el salto hacia el lirismo de Corbucci. 

El gran silencio rebosa sensibilidad. Y lo hace, además, de manera nada convencional. Corbucci se aleja de los polvorientos caminos del western, quizás porque sabe que sólo los escorpiones pueden vivir bajo el sol del desierto, y sitúa la historia en las nevadas montañas de Utah. Unas montañas que, en realidad, pertenecen a la sierra de los Dolomitas, en los Alpes italianos. Magníficamente fotografiadas por Silvano Ippoliti, que consigue trasmitir toda la pureza y hostilidad del paisaje, serán protagonistas de la oda de Corbucci. Una oda llena de belleza pero cargada de pesimismo y dolor.

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Todo trascurre en el condado de Snow Hill, donde van a coincidir tres personajes en torno a un mismo problema. El hambre y las duras condiciones impuestas por Pollicut (Luigi Pistilli), el banquero local, han empujado a muchos hombres al robo para subsistir. Al ponerse al margen de la ley, se ven obligados a huir y refugiarse en las montañas. El propio Pollicut, que representa la visión europea de las consecuencias capitalismo americano (presente en multitud de eurowestern), se encarga de perseguirlos poniendo precio a sus cabezas para atraer así a los cazadores de recompensas. Uno de los muchos que aparecen es Tigrero (Loco en la versión internacional), un asesino sin escrúpulos que realiza su oficio con menos épica y ética que los cazarrecompensas a los que nos tenía acostumbrados Leone. Interpretado con bastante sobriedad por el mitificado Klaus Kinski, Tigrero no duda en matar a muertos de hambre a sangre fría e ir escondiendo sus cuerpos bajo la nieve, para luego recogerlos y cobrar la recompensa.

Precisamente para solucionar el problema de la violencia y hacer respetar la ley, es destinado al pueblo el sheriff Burnett. El siempre convincente Frank Wolf interpreta a este rígido amante del orden, que pronto se pone a favor de los presuntos delincuentes y comienza a dificultar la labor de los cazarrecompensas, aunque estos siempre aparenten realizar su trabajo de acuerdo con la ley. Burnett es un idealista, alguien que cree en el sistema a pesar de los obstáculos que se va encontrando en el camino.

El tercero en discordia es, precisamente, otro pistolero a sueldo. Pero en esta ocasión un pistolero peculiar. “Sé quien eres forastero. Eres quien ayuda a la gente a luchar por sus derechos. Defiendes a la justicia y al inocente”, le llegan a decir. Y él no contesta, ni siquiera para dar las gracias. Porque él es mudo, y por eso le llaman Silenzio. Da vida a este peculiar personaje Jean-Louis Trintignant, que sin gran expresividad ni aspavientos consigue una interpretación muy humanizada. Silenzio es contratado por Pauline (Vonetta McGee) para que mate al asesino de su marido, que no es otro que Tigrero. La presencia de Pauline es un elemento vital que hace imprescindible esta película. Por tres razones. Por la elección de Voneta McGee, actriz de color, para el papel, algo totalmente anómalo en un género en el que, a excepción de Woody Strode, estaba plenamente copado de actores blancos. Porque entre Pauline y Silenzio surge una historia de amor, lo que contravenía el principio no escrito de asexualidad impuesto en el spaghetti western, donde la mujer era algo menos que un elemento de decoración. Y por último porque en esa historia de amor, entre dos personas unidas por el sufrimiento, se muestra una lección de cómo transmitir emociones hablando sólo con las imágenes. Una lección de cómo hacer un gran cine sin necesidad de grandes medios, apostando simplemente por el magnetismo de dos actores que muestran un amor sereno y sensual.

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Pero no es un amor destinado a la felicidad. La tragedia está siempre en el ánimo de los protagonistas, pero no de un modo fatalista, sino como simple convicción de la condición humana. El único personaje optimista de la película es el sheriff Burnett, que sí cree que puede haber un futuro mejor. “Vamos a abolir el crimen”, le dice a Tigrero, “estamos construyendo un gran país, y luchamos porque prevalezca la justicia, no tipos como tú”. Sin embargo, el dramático e impactante desenlace de la historia no le dará precisamente la razón. En Snow Hill no hay esperanza, y al final sólo quedará el silencio de la muerte. Amargo y bello final.

Ennio Morricone es el encargado de transmitir ese desencanto a través de la música del film. Con su habitual maestría, Morricone consigue captar y transmitir esa desazón a través de una delicada y melancólica composición que nada tiene que ver con sus épicas y famosas creaciones para el eurowestern. Acompaña con gran naturalidad la excelente dirección de Corbucci. Los movimientos de cámara no son efectistas, buscan de manera natural el rostro de los actores con un uso razonable del zoom y del primer plano. En los rostros de los actores es donde el espectador debe buscar la profundidad de El gran silencio y admirar la terrible belleza del silencio. Al fin y al cabo, “le llaman Silenzio, porque a donde quiera que vaya, el silencio de la muerte le sigue”.