En un momento de A Cock and Bull Story (íd.; 2005) el actor Stephen Fry, quien se interpreta así mismo, se dirige a la cámara para afirmar que la novela de Laurence Sterne Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy, base de la película dirigida por Michael Winterbottom, trata sobre la propia imposibilidad de contar su vida y convertirla en arte al ser ésta tan compleja y amplia; de ahí que no sea capaz de dejar atrás su nacimiento creando una historia donde no existe la linealidad, siempre con ideas y venidas en el tiempo y el espacio. Debido a esa complejidad narrativa y a la enorme extensión del texto, se convierte en una novela prácticamente inadaptable en una película de duración estándar; sin embargo, Winterbottom y su guionista habitual, Frank Cottrell Boyce, decidieron hacerlo: primero pensaron en una serie televisa, pero Winterbottom insistió en que fuera para el cine. Cuando Boyce escribió el guión, se encontraron con que éste era mínimo: de un libro de más de quinientas páginas apenas tenían un guión para un largometraje, tan poco era el contenido narrativo que se podía extraer de una novela tan compleja y evasiva en su estructura.
Winterbottom decide hacer una película sobre la adaptación antes que una adaptación en regla donde, además, la película hable sobre la realización de una película. Para el cineasta británico, la obra de Sterne es una novela sobre contar una historia, sobre su proceso de escritura al ser imposible el poder crear un relato autobiográfico lineal y coherente. Por tanto, la mejor manera de adaptar una novela inadaptable es constatar esa imposibilidad, al igual que la novela deja claro lo imposible que es narrar una vida. Por tanto, bajo el tono jocoso que impera en todo momento en A Cock and Bull Story, se esconde mucho más. A primera vista parece un divertimento de Winterbottom, una pieza pequeña resultado de un proyecto mucho más ambicioso que no logró concretar, como es la propia adaptación de la obra de Sterne; sin embargo, los diferentes niveles que operan en la película y que se confunden, aunque sin crear confusión en ningún momento, hacen de ella una auténtica reflexión sobre el medio cinematográfico, sobre aquello que se esconde detrás y sobre las personas que trabajan en él, aunque para ello no entre en momento alguno en una exposición del tema demasiado sesuda. Prefiere el mostrar los hechos, dotarles de humor, añadir algo de ironía cuando no de auténtico cinismo, y dejar clara la derrota sufrida en el intento de adaptar la novela; derrota, no obstante, que no sólo no es amarga, si no que, además, supone todo un descubrimiento para ellos, puesto que eso les permite adentrarse en la propia obra de una manera diferente.
El cine inglés, a lo largo de su historia, ha gravitado alrededor de varios temas que le han dado cuerpo. Dos de ellos han sido el cine histórico, basado ante todo en adaptaciones literarias, y, el otro, el cine interpretado por sus mejores humoristas, casi todos provenientes del medio televisivo. A Cock and Bull Story mira a ambos desde diferentes perspectivas. A la primera desde el propio intento de adaptar la novela y los problemas que implica, no sólo por el texto en sí, si no también por lo que supone el respeto a la Historia a la hora de planear vestuario, batallas… Al segundo por la aparición en el reparto de actores pertenecientes al mundo televisivo tanto del pasado como del presente: no están todos pero hay suficientes como para entender la propia película como una suerte de celebración de su existencia. La combinación parece casi imposible, pero ahí está, y da como resultado una película que, aunque respetando las adaptaciones literarias (el propio Winterbottom ha llevado a cabo dos: Jude (íd.; 1996) y El perdón (The Claim; 2000), aunque ambas suponen, cada uno en un registro, auténticas revoluciones al respecto) parece reírse de ellas, o, mejor dicho, encontrar el lado cómico del peso que poseen.

Durante la segunda parte de la película, la acción se traslada a un hotel, antiguo castillo, donde se hospeda el equipo de rodaje. Allí, además, se lleva a cabo la rememoración de una batalla: gran parte de los huéspedes del hotel van vestidos como si de extras de la película se trataran, tomándose alguno de ellos el tema demasiado en serio. No es de extrañar que Winterbottom, para gran parte de las secuencias, tome prestadas varias piezas de Nino Rota compuestas para Ocho y Medio (Otto e mezzo; 1963) y Amarcord (íd.; 1973). El castillo se asemeja, por sus ocasionales habitantes, al balneario de la película de Fellini, aunque sin la gravedad que el cineasta italiano imprime en el fondo a su obra maestra. Winterbottom entiende, como él, que todo es un gran circo, aunque su mirada ante él intenta ser comprensiva, porque entiende que él mismo es parte de ese circo. Para él no todos son payasos, y de serlo, son divertidos, porque tampoco es demasiado malo el serlo. Al fin y al cabo todos son humanos.
Michael Winterbottom ha jugado con la realidad y la ficción en varias ocasiones: (24 Hour Party People (íd; 2002), En este mundo (In This World; 2002) o Camino de Guantánamo (The Road to Guantánamo; 2006)); en A Cock and Bull Story incide en el tema, ahora bien, quizá de una manera mucho más compleja que las anteriores aunque, contradictoriamente, también de manera más sencilla. Compleja porque hay más niveles entrelazados que en las otras películas, donde la realidad y la ficción apenas estaban divididas en pantalla confundiéndose y creando un todo, de ahí que la sencillez de su propuesta en esta ocasión provenga de esa clara diferenciación, donde los actores pasan a interpretarse así mismos, aunque sea dentro de una narración creada para la propia película. Resulta curioso como la película, en su superficie, opera de una manera lineal y sencilla para complicarse en exceso una vez que uno se introduce en ella, porque descubre que nada es lo que parece y todo está sujeto a variaciones, tantas como el cineasta decide ir introduciendo. Un juego, sin duda alguna, pero no exento de una jocosidad que le da un halo de levedad muy agradable, porque no se tiene en momento alguno la sensación de estar siendo sermoneado. Winterbottom muestra lo que sucede, o aquello que puede suceder, y a partir de ahí que el espectador saque conclusiones o que, como poco, se deje llevar por aquello que sucede en pantalla, postura que el cineasta en ocasiones asume con temas de más calibre, de ahí que pueda resultar incómoda su postura. Asumir su posición como alguien que muestra antes que como alguien que analiza, utilizar la cámara como instrumento de comunicación antes que como vehículo didáctico.
Uno de los problemas que se encuentra el equipo de rodaje durante la preparación de la película que están filmado es el de rodar una batalla. Durante la proyección de las pruebas de las secuencias de batalla en el hotel, descubren que resultan graciosas, cuando no deberían de serlo; del mismo modo, muestran la escasez de medio que poseen. Para lograr un mayor presupuesto y poder rodar una batalla en condiciones, realizan una operación que, a la sazón, se convierte en uno de los momentos más divertidos de la película, cuando logran contratar a Gillian Anderson para la película, logrando de ese modo que los productores inviertan más dinero para poder rodar la batalla de guerra. Además de servir para mostrar los mecanismos que en ocasiones operan en el rodaje de una película, pone en bandeja a Winterbottom el poder realizar un comentario político bajo la superficie bastante curioso: la importancia de la presencia bélica en batalla es lo que produce más dinero, pero, además, en un momento dado, mientras se dirigen por la mañana al rodaje de la película, los actores escuchan en la radio una noticia relacionada con la presencia militar en Irak y con la situación en el país. Comentario que parece surgir de la nada pero que, sin embargo, queda grabado por su propia falta de coherencia con el conjunto, aunque quizá posee más importancia de la que parece, porque al final, cuando han terminado el rodaje y contemplan el resultado de las pruebas, los productores se quejan de que la batalla haya sido suprimida del montaje final. Quizá un sutil comentario por parte de Winterbottom de derribar las batallas, no ya del cine, si no de la vida misma. Al fin y al cabo, Camino de Guantánamo la rodaría al año siguiente de esta extraña película sobre la incoherencia del cine, imposible de abordar si no es desde su propio caos, que al final produce algo de coherencia.