Captivity (Cautivos) (Roland Joffé, 2007)

Por Miguel Ángel Pastor

Reflexionar es una sana y recomendable actividad mental que deberíamos ejercer de forma sistemática en nuestro día a día. Sobre un problema o situación, sobre un libro, un programa de televisión o, cómo no, sobre una película. Intentar entender sus mecanismos, desembarazarse de las capas superficiales, profundizar en sus lados oscuros y descubrir sendas ocultas inimaginables en una primera visión. Cuando esas sendas enlazan con otras y nos conducen a un complejo entramado de ideas, contradictorias a veces, como la vida misma, coherentes otras, el ejercicio es de lo más reconfortante. Cuando simplemente descubres un par de apuntes o sacas ciertas conclusiones sobre algún tema en particular, pues te vas contento con el tiempo invertido en ello. Pero cuando por más que le das vueltas y vueltas a algo efímero y evanescente que sólo te lleva a una conclusión extraída ya desde los cinco primeros minutos de metraje, inmutable, por mucho esfuerzo que hagas en ver más allá, el esfuerzo es extremadamente desesperanzador. Siento ser tan categórico pero, ¡no la vean! ¡No pierdan tiempo y dinero en ver Captivity ! De verdad.

Un guión paupérrimo, unos personajes anodinos, unos diálogos irrisorios, una fotografía misteriosa (en el sentido más básico de "misterio": que no se puede comprender ni explicar) y una puesta en escena previsible, son algunas de las virtudes que jalonan este film de Roland Joffé. Sí, el mismo que firmó la aclamada por público y crítica La misión, o la nominada al Oscar Los gritos del silencio. Lo que, mira por dónde, nos aporta un motivo de reflexión que podría ser interesante: una buena película no es sólo obra de un buen director, sino un cúmulo de ingenios. Vaya, pero creo que eso ya lo sabíamos, por lo que este hilo de pensamiento no nos va a aportar demasiado. O, quizá, siguiendo la teoría de autor tan defendida por el país vecino podríamos pensar que sí, que el resultado de Captivity se debe en su mayoría a las aportaciones de Joffé. Y si quien tuvo retuvo, podríamos preguntarnos ¿cómo sería el resultado de esta obra realizada por otro director más mediocre? Uff, espeluznante sólo pensarlo. Eso sí que da miedo, y no los ajados golpes de efecto con que nos aburren en este tipo de thrillers psicológicos, los llaman así, ¿no? Debe ser porque son una prueba para la psique.

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Y es que a lo mejor no comprendo los nuevos conceptos hollywoodienses y ahora se llama terror lo que para mi es cabreo. Porque que eleven el ecualizador metiéndote un agudo bocinazo en el oído montado con un repentino movimiento de cámara iluminado con rápidos fogonazados, pues sí, me hace saltar del asiento. Y si repiten el acto cien veces, yo me sobresaltaré cien veces. Pero no me asustaré, me pondré de mala… leche. No obstante, reconozcamos a Joffé, que no es experto en este tipo de cine, haber estudiado el género y asimilado sus componentes. A parte de los susodichos sobresaltos, el montaje de la banda de ruidos con primerísimos planos buscan sin complicaciones una atmósfera claustrofóbica y transmitir al espectador la sensación de angustia e inquietud que supuestamente vive el personaje. Labor correcta que sería más vistosa si no fuera por unas pésimas interpretaciones y un nefasto guión que de dar risa pasa a dar vergüenza. Véase la pareja de policías o los diálogos entre Elisha Cuthbert y Daniel Gillies.

Y es una lástima, porque todo esto anula tajantemente un elemento que sí es interesante en el film. Dentro de este conocido tema de asesino en serie y víctimas inocentes, se esconde un atisbo de crítica hacia el éxito y la fama, y su precariedad. Tras esa fachada de belleza, dinero y perfección, nos viene a decir Captivity, que vemos en las/los modelos, gente del espectáculo, etc. se esconde una persona constituida por los mismos miedos y pasiones que cualquiera de nosotros. La inaccesibilidad y lejanía se transforma en proximidad cuando eliminamos todos los elementos externos que conforman las burbujas donde nos escondemos. Bajo ellas, todos buscamos cariño, comprensión y compañía en nuestra soledad existencial. Esperanzador para las almas prosaicas que deseen, y lo vean imposible, un intenso affaire con alguno de estos pulcros personajes mediáticos. Reconfortante para los espíritus que creen en la sencillez y ternura esencial del ser humano. Desesperante, para los que valoran su tiempo sobre todas las cosas, dedicarle media hora larga a esta película sólo para sacar esta reflexión.