Se agradecen propuestas como esta. Una cinta de animación para adultos que sabe conjugar dos elementos que dejan un gran sabor de boca: de un lado, un excelente acabado formal que, por momentos, roza la textura de un lienzo; y de otro lado, un guión serio, bien ensamblado, que sabe dosificar la acción y no hace ascos a esa pausa tan denostada últimamente, y al mismo tiempo tan necesaria; esa pausa que acaba marcando el tono melancólico y romántico de la historia.
Claro que la película se beneficia del especial carisma de Corto Maltés, personaje de cómic creado por Hugo Pratt, en una de cuyas narraciones se apoya esta adaptación. Marinero, gato solitario, auténtico dandi con su gorra y sus sempiternos pantalones blancos, patillas de boca de hacha y aro dorado a la oreja izquierda; un aventurero que lee a Tomás Moro en la bañera y cita a Arthur Rimbaud en plena Manchuria nevada.
El robo de un cargamento de oro es, al final, mero McGuffin para un relato de peripecias que desprende un aroma clásico. La acción, ambientada en 1919 —la Primera Guerra Mundial da sus últimos coletazos— arranca en Venecia para trasladarse pronto al Lejano Oriente. Hong Kong, Shangai, Siberia y Manchuria son los escenarios de intrigas, traiciones y muertes, muchas muertes, bajo el paraguas argumental de las sociedades secretas chinas y la lucha entre los bolcheviques y la nobleza rusa.
Un improbable Rasputín, retratado como pendenciero buscador de trifulcas y enredos, hace las veces de compañero de viaje de Corto, y ofrece el necesario contrapunto cómico a la adusta compostura del héroe. El otro vértice del triángulo queda para una camaleónica joven china a la que no vacila el pulso a la hora de apretar el gatillo.

En esta era de la informática, de la tiranía de lo digital, esta cinta constituye un auténtico regalo para los ojos. Que su estilo sea inconfundiblemente europeo, y huya de lo abigarrado a favor de lo conciso, no nos priva de algunos planos de gran belleza, beneficiarios de una trama que explora lugares exóticos o extremos, según los casos, y que se traducen en una paleta cromática donde caben el rojo del atardecer junto a la bahía de Hong Kong y el blanco de la tundra siberiana.
También un regalo, aunque en este caso para los oídos, es la cuidada banda sonora, compuesta por Franco Piersanti, que se apoya en elementos inconfundiblemente orientales. Acompaña sin imponerse a la acción, y lo hace de forma sencilla, a partir de ciertos acordes recurrentes que asoman a lo largo de toda la cinta.
El único regusto amargo que deja Corto Maltés. La película es la sospecha de que su propuesta está destinada, en gran medida, a caer en saco roto. Los cinco años de retraso —fue producida en 2002— con los que ha tardado en llegar a nuestro país hablan a las claras de la dificultad que presenta colocar en el mercado un producto como este. No está el público muy por la labor, a día de hoy, de sentarse en la butaca de un cine a saborear una cinta de animación que no implique audiencia infantil, gráficos en tres dimensiones y argumentos de fácil digestión.
Una lástima, porque una rara avis como esta debería ser vista como un ejemplo a seguir, en lugar de ser destinada a ocupar algún rincón oscuro. Es posible que su procedencia —un cómic— actúe a modo de estigma, exprimido hasta el agotamiento el filón de las historietas de superhéroes americanos. Flaco favor sería equiparar a Corto Maltés con colegas de viñeta como el Motorista Fantasma. La distancia que les separa, más que cronológica, obedece al buen gusto y a la conservación de unas esencias narrativas sacrificadas en aras de la espectacularidad.