Diario de un escándalo (Richard Eyre, 2006)

Por Israel Paredes

En los últimos años Reino Unido ha ido variando su política con respecto a la educación y los menores de edad; los castigos corporales utilizados tradicionalmente se fueron abandonando, aunque no del todo, apareciendo de manera paralela unas leyes que protegían a los menores de manera taxativa, creando en algunos momentos confrontaciones con una sociedad que aunque intenta evolucionar se ve siempre condicionada por sus propias tradiciones, que ven obsoletas pero intocables (como si hubiera miedo de que al perderlas su identidad también lo hiciera). Sin embargo, la protección a los menores tomó aún mayor peso cuando comenzaron a extenderse las noticias de pedofilia a través de Internet, así como a la aparición de varios casos a lo largo de la isla de profesores que mantenían relaciones sexuales con algunos de sus alumnos, casi siempre, con total consentimiento por parte de los jóvenes. Curiosamente, la mayoría de los casos estaban protagonizados por profesoras y no profesores, algo que creaba aún más desconcierto. No han faltado, por supuesto, los alumnos que han abusado de sus profesoras mediante amenazas e intimidación física. Fue entonces cuando la novelista Zoe Heller escribió su novela What Was She Thinking: Notes on a Scandal que da base a la película de Richard Eyre, Diario de un escándalo (Notes on a Scandal; 2006).

Sheba Hart (Cate Blanchett) es una joven profesora que comienza a impartir clases en una escuela londinense, donde pronto entablará una extraña amistad con una profesora veterana y cínica, Barbara Covett (Judi Dench), a la sazón, narradora de la historia. Todo transcurre con cierta normalidad hasta que Barbara descubre que Sheba mantiene relaciones con uno de sus alumnos. A partir de ahí, se convertirá no sólo en el confesor de Sheba y en la única en saber su secreto, si no también, de alguna manera, en la persona que puede dominar su vida.

El mayor problema de Diario de un escándalo es que no se sabe en ningún momento qué es lo que pretende ser. Si al comienzo la narración en off de Barbara sobre la situación escolar y social, enfatizado por la maravillosa voz y entonación de la siempre excelente Judi Dench, parece acercar la película a una visión satírica de la realidad, pronto se pierde cuando parece acogerse al drama social para, al final, estar más próxima al thriller. Esta ambivalencia, que puede dar como resultado algo interesante en su mestizaje, acaba suponiendo un gran lastre para la película, no porque uno no sepa donde situarse, si no porque sus responsables son incapaces de sacar provecho de esa confusión. Todo acaba resultando demasiado rectilíneo y los matices se pierden, excepto en el personaje de Barbara, que acaba resultando el único con interés gracias a las variaciones de su comportamiento, porque nunca se saben en realidad los motivos por los que actúa de una manera u otra, y eso, al menos, hace que la película cree una atmósfera extraña, siempre, eso sí, dependiente de aquello que Barbara puede o no estar dispuesta a hacer.

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Por otro lado, queda la siempre la sensación de una película donde importan más los diálogos y las interpretaciones que otros asuntos, algo bastante extendido en gran parte del cine británico actual, en concreto del de Richard Eyre, quien ya en Iris (íd.; 2001) demostró que le importaba más lo que se decía que aquello que mostraba sin poner demasiado interés en que ambos aspectos tuvieran relación. Por supuesto, el tener a actrices del calibre de Blanchett y Dench es una gran ayuda para saber que algo funcionará y que, al menos, el espectador podrá disfrutar del tour de force que ambas despliegan en todo el metraje, salvando el resultado con su presencia. Porque, incluso, la música de Philip Glass parece no encontrar su sintonía con las imágenes: el minimalismo que suele desplegar en sus composiciones, últimamente más orquestado y controlado, ni acompaña el dramatismo de las imágenes ni crea un segundo nivel expresivo, algo que sí lograba, por ejemplo, en Las horas (The Hours; 2002; Stephen Daldry), Undertow (íd.; 2004; David Gordon Green) o, más recientemente, El ilusionista (The Illusionist; 2006; Neil Burger).

Richard Eyre debería de echar un vistazo a directores como Lynne Ramsay, Pawel Pawlikowski, Andrea Arnold, Shane Meadows o Paul Andrew Williams para encontrar cineastas capaces de dar una visión de la sociedad actual británica sin caer en modos ya superados de su propio cine, a pesar de que Eyre siga intentando sacar partido de ellos. No obstante, queda esa sensación de que Diario de un escándalo es la representación de una cierta división social, una representada por Barbara, tradicionalista, y, otra, por Shaba y su familia, más abierta al presente. Una división que caracteriza en muchos aspectos a la Inglaterra actual así como a su cine, dentro del cual Richard Eyre intenta avanzar pero sin dejar el pasado atrás y, lo que es peor, sin lograr adecuar fórmulas anteriores a los nuevos tiempos.