El velo pintado (John Curran, 2006)

Por Israel Paredes

La naturaleza de una película como El velo pintado (The Painted Veil; 2006) resultaría hoy en día llamativa si no fuera porque responde a varias fórmulas cuyo éxito parece estar más o menos comprobado:

1.- toda superproducción desarrollada en el pasado, con grandes decorados, aire exótico y, además, con cierto mensaje humanista, tiende a ser un perfecto reclamo comercial.

2.- la presencia de dos estrellas, en este caso Naomi Watts y Edward Norton, en papeles dramáticos que les permiten lucirse, también puede ocasionar un buen reclamo para el público, a pesar de que a ninguno de los dos se les pueda considerar actores con un peso suficiente como para llenar una sala; no es de extrañar que ambos sean productores de la película, algo que deja claro sus posibles intenciones a la hora de protagonizar El velo pintado a través de dos personajes de gran carga dramática.

3.- en relación a lo último, el director asignado, John Curran, se alza como una elección perfecta, no porque sus trabajos anteriores le permitan poder moverse por una superproducción con soltura, si no por todo lo contrario: sus dos anteriores películas, la excelente Praise (1998) y la interesante Ya no somos dos (We Don´t Live Here Anymore; 2004), son productos del cine independiente, de poco presupuesto, escasos decorados y tramas actuales. Por tanto, es un director que puede adecuarse bien a los deseos de los actores-productores y entregar una película de una factura tan impersonal como personal.

4.- todos los años son varias las películas que deciden mirar al pasado, de ser posible, adaptando a un gran novelista, en este caso, W. Somerset Maugham, porque en ellos encuentran una trama bien organizada y unos personajes bien construidos, teniendo tan sólo que encontrar el dinero suficiente para darle a todo ello un buen empaque.

Todo lo anterior es algo que más o menos uno sabe y no es ápice para que una película guste o no, del mismo modo que, como ninguna fórmula es infalible, tampoco es sinónimo de que el resultado sea satisfactorio. Si lo he señalado es más que nada para dejar claro que la presencia de El velo pintado en la actualidad responde a una idea prefijada durante décadas en la cine que en ocasiones ha dado grandes películas y en otras no tanto, pero aún así se sigue practicando, algo que sí resulta realmente llamativo. Sobre todo porque cada vez más, como en el caso de la película de Curran, el resultado, sin ser mediocre, sí es decepcionante, porque las imágenes traducen todo lo anterior demasiado y, sobre todo, porque hay una frialdad en ellas que ocasiona un distanciamiento con respecto a la trama y los personajes, algo imperdonable dada la esencia dramática de la historia. Y es que, adecuarse demasiado a unas pautas, resta creatividad. No hay fórmula infalible, y El velo pintado es muestra de ello.

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Siempre he considerado, y por supuesto es una apreciación muy personal, que cualquier película que mire al pasado (se base o no en una novela u obra precedente) no sólo debe de dar una visión (la que sea) del momento en que se desarrolla la historia, si no que debe de aportar algo a la realidad en la que nace esa película. No hablo de dobles significados en la historia ni de metáforas, si no de un intento de comprender el presente a través de una historia del pasado. Es decir, que la película en cuestión sea capaz de hacer entender algo más lo que nos sucede alrededor, poner en relieve motivos del presente que, estando o no relaciones con lo que la película narre, pueda hacer al espectador cuestionarse asuntos actuales. Sería sencillo relacionara El velo pintado con las dos anteriores películas de Curran, porque en las tres se acerca de manera directa a los problemas de comunicación entre una pareja, además, en tres contextos diferentes. La diferencia se encuentra en que en El velo pintado la pareja en cuestión se encuentra así misma dentro de un contexto bastante conciso, como es la China de la década de 1920, en concreto, en una ciudad azotada por el cólera donde Walter (Norton) acude en condición de doctor-biólogo para estudiar la plaga y ayudar en la medida de lo posible a subsanar la misma, siendo acompañado por su esposa, Kitty (Watts), quien se ha casado con él simplemente para huir de su dominante familia londinense, la cual no aprueba que no quiera casarse en aras de mantener su independencia en cuanto a mujer. La pareja no sólo presenta los problemas personales surgidos de una infidelidad de Kitty que Walter no es capaz de perdonar, si no que además deben de seguir hacia delante en un contexto social hostil, con los independentistas chinos deseosos de luchar contra los invasores británicos y con el cólera a su alrededor.

¿Es, entonces, El velo pintado, tan sólo una película donde una pareja debe de encontrar el amor que nunca parecen haberse profesado, así como el amor al prójimo, sobre todo en el caso de Kitty, mientras la realidad colindante les amenaza constantemente, ya sea a través de los independentistas, ya sea por la posibilidad de contraer el cólera? Es posible que sí, sin embargo, no deja de ser curioso que durante su visionado uno no pare de hacerse planteamientos que van más allá de la propia película, quizá porque lo que se está viendo, a pesar de estar perfectamente empaquetado, resulta en todo momento bastante anodino, por reiterativo y conocido. Sobre todo porque una historia desarrollada casi hace un siglo viene a constatar que el mundo ha cambiado bastante, pero que siguen habiendo muchos elementos demasiado cercanos. Y aunque esto no es, ni mucho menos, una novedad, sí resulta esclarecedor de que las propias deficiencias de la película de Curran-Norton-Watts, al no ser capaz de contar aquello que debería, se conviertan en algo positivo de alguna manera al poder hablarnos de otros temas, quizá, mucho más interesantes que aquello que, a priori, querían mostrar.

Como, por ejemplo, que en la actualidad siga habiendo países con las mismas carencias sanitarias que las que presenta la película, incluso en la propia China donde se desarrolla. Que en muchos de esos países sigan existiendo grupos pseudos-feudales que imposibilitan el desarrollo de su propia tierra. Que todavía haya regiones donde la religión supone, antes que la unión entre las gentes, un freno para su evolución. Que se intente imponer una religión o un modo económico, a este paso más o menos lo mismo, negando y pisoteando el de los demás. Que los países de occidente sigan poseyendo, eso sí, con otras formas y otros medios, una presencia imperialista en muchas zonas bajo un sinfín de intereses bastante alejados de los humanitarios; una presencia que puede traer ayuda desde un punto de vista pero que, a su vez, no trae más que conflictos y miseria en muchos casos.

Me cuesta creer que los responsables de El velo pintado hayan querido realizar una lectura política de la actualidad a través de la película. Sin embargo, de alguna manera, lo consiguen. Basta con recordar un momento de ella. Walter y el militar chino que le ayuda a realizar su trabajo se dirigen a pedir los favores de un señor feudal; el militar le comenta que será complicado, que Walter es británico y que cada vez más la presencia invasora supone un problema; también se queja de la existencia de ese señor feudal, cuyos modos no ayudan a hacer avanzar el país. Walter contesta que él ha acudido a China con un microscopio, no con un fusil; el militar está de acuerdo, pero contesta, sin dejar de mostrar su resignación ante la situación, que sería más sencillo trabajar juntos y ayudar a su gente sin que los fusiles de su gobierno les apunten. No es complicado, al escuchar estas palabras, desplazarse mentalmente por varios países de la actualidad, donde la situación, salvando oportunas distancias y acercando otras, no está demasiado alejada que la que plantea El velo pintado.