Hannibal: El origen del mal (Peter Webber, 2007)

Por Ángel Santos

O de como me convertí en un monstruo

Tras el visionado de ciertas películas uno termina por percibir con amargura y claridad la rotunda falta de necesidad de buena parte de las propuestas que consumimos como espectadores. Ya no se trata de plantear si existe alguien que todavía a estas alturas tenga interés en conocer la "biografía" de un personaje de ficción llamado Hannibal Lecter —me temo que si buscamos, encontraremos—, la pregunta debiera estar destinada, más bien, a los artífices de semejante producto. ¿Es que no hay nadie inmiscuido en el proceso productivo que decida detener la cadena de una vez por todas? ¿Acaso merecemos que una y otra vez nos vendan el mismo juguetito? Al menos en esta fiebre de retro-biopics (¿?) que alcanza principalmente a superhéroes y a psicópatas, a nadie se le ha ocurrido (todavía) hacer películas sobre la juventud de Johnny Guitar, o de cómo Shanghai Lily llegó a ser Shanghai Lily, o tratando de aclararnos cuáles fueron las verdaderas razones que impulsaron a Sean Thorton a regresar a Innisfree. Y sí, soy consciente, exagero.

Lo peor de todo es que Hannibal, el origen del mal —explícito título que informa de todo lo que podemos esperar de la película— ni siquiera está, en general, mal filmada, editada o interpretada (me reservo el "mal escrita"); estamos más que acostumbrados a ver peores películas a diario. Su problema es mayor y viene de más atrás, es casi de carácter ontológico; y es el de su nece(si)dad. El por qué y para qué, estas imágenes acaban cobrando vida. Ni siquiera hay torpeza en ella, y esto porque detrás de cada fotograma no podemos encontrar la más mínima pulsión artística (en el sentido de "voluntad creativa", por si a alguien le ofende la palabra) ni una personalidad que se erija como verdadera responsable del film: ni Dino de Laurentiis, ni Thomas Harris; en este tipo de producción todos son mercenarios. Peter Webber es quién dirige el artefacto, él como tantos otros, como la mayor parte de cineastas de su generación (y de la inmediatamente anterior), recurre al manido refugio del "entretenimiento" como salvaguarda de la gratuidad y del maniqueísmo de la obra, convirtiendo la dichosa palabra en una especie de visado de no agresión; alegando además en su defensa que tras su exitoso primer film, no deseaba pasar el resto de sus días haciendo películas sobre pintores-enamorados-de-sus-jóvenes-modelos, algo perfectamente comprensible, pero que señala claramente un problema mayor: una carencia total de discurso o mirada. El hecho de que antes de este filme haya realizado La joven de la perla es algo tan casual como anecdótico, porque bien podría haber realizado en su lugar una hipotética tragedia musical sobre mineros siberianos, por decir algo. Si no tiene nada que mostrar, imprimir o extraer (en palabras de Godard), o compartir con nosotros, bien podría dedicarse a otra cosa.

La película pretende mostrarnos la traumática conversión del feliz-niño-aristócrata-Hannibal en el fascinante-y-despiadado-devorador-de-seres-humanos que todos conocemos. Para ello recurre a la tópica y drástica pérdida de la inocencia, enfrentando al chico con la muerte y la barbarie provocada por la guerra. Los trágicos acontecimientos convertirán a Hannibal en una máquina programada para la venganza, exterminando uno a uno a aquellos que en su día tuvieron el mal gusto de comerse a su hermanita pequeña. Al menos los responsables del film se encargan de hacer que, aún después de la guerra, aquellos viles asesinos continúen siendo una gentuza de lo más indeseable —en su caso no hay transformación, ellos son "el mal"—, haciéndonos el trabajo mucho más fácil a los espectadores. «Y si vas a matar a alguien, ¿qué mejor que hacerlo con un nazi que no se ha arrepentido de sus actos?» en palabras del propio Webber [1] (¡ja!). En el proceso, las imágenes se convierten en símbolos lanzados al espectador para que éste pueda re conocer con la satisfacción del cliente bien atendido, el porqué de las habilidades del personaje hecho famoso por Anthony Hopkins: el dibujo, su destreza con los bisturís, la educación refinada o su gusto por la música clásica. El relato consigue además, ser presa de un absoluto anacronismo en gran parte de sus secuencias que no se deciden a ubicar la acción en una época, contexto o género cinematográfico determinado (evocando alternativamente al cine de terror gótico o a un filme policíaco made in Hollywood de los años ochenta), introduciendo personajes increíbles o innecesarios (la pobre y despistada Gong Li en atractiva versión del profesor Miyagi, o el inspector ¿qué-pinto-yo-aquí? Popil) haciendo que el film se convierta en una montaña rusa de referencias a la deriva por los constantes cambios espaciales, las interpretaciones de los personajes o los caprichos del guionista.

[1] Entrevista de Gabriel Lerman con Peter Webber, publicada en Imágenes de Actualidad , nº267, Marzo 2007.