Tara Road (Gillies McKinnon, 2005)

Por Israel Paredes

1. La carrera de Gillies MacKinnon como cineasta se presentaría perfecta para uno de esos ejercicios que tanto gustan de encontrar a un autor detrás de una obra dispersa, donde su capacidad para adecuarse a cualquier clase de proyecto es patente. MacKinnon ha sabido desenvolverse en diferentes países (Escocia, Irlanda, Inglaterra, Estados Unidos) y en diferentes medios (cine y televisión) sin que su forma de entender el cine parezca haber variado; no ha escrito ninguno de los guiones que ha dirigido y se ha desplazado por los contextos sociales y espaciales más diversos. Esto le convierte en un auténtico cineasta camaleónico, algo que, por otro lado, también puede llegar a ser una desventaja, porque aunque nunca desentona, tampoco llega a llamar completamente la atención. Si algo le caracteriza es un gran cuidado en la puesta en escena mediante un formalismo muy controlado, siempre atento a los actores y a crear unos encuadres abiertos donde el propio contenido del plano hable por sí mismo lo suficiente como para no tener que realizar virtuosismos técnicos para poder componer las secuencias; esto puede llevar a que sus películas proyecten cierto sentido aséptico así como un más que patente deseo de no llamar en exceso la atención, postura poco amanerada que, una vez más, le convierten en un cineasta poco llamativo, sobre todo en una época donde el manierismo de ciertos directores ha dirigido la mirada hacia un cine donde la presencia de un cineasta detrás de la cámara es más importante que aquello que ésta regristra.

2. Tara Road (íd.; 2005), que llega con casi dos años de retraso a España, es reveladora al respecto, porque parte de un material previo, la novela de Maeve Binchy, y de un guión que, aunque lleno a la larga de demasiados convencionalismos, está lo suficientemente bien trazado (quizá su mayor problema) como para poder plantear una película con solidez, pero sin demasiado lugar para la maniobra del cineasta. Posee un reparto también sólido, a pesar de que Andie MacDowell, en el papel de Marilyn, una mujer que ha perdido a su hijo en un accidente, desentone dadas sus más que relativas cualidades como actriz. Todo esto, junto al formalismo de MacKinnon, traducido en Tara Road es unas imágenes muy controladas, en planos muy bien creados, hacen de la película una obra bien empaquetada que, desafortunadamente, va perdiendo interés a lo largo del metraje, porque la historia, como decía, está demasiado bien trazada, tanto que hace que los personajes acaben resultando de una sola pieza, sin lugar para la variación, para encontrar en ellos alguna contradicción que los conviertan en seres más humanos, no personajes.

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3. La idea de la que parte Tara Road es la misma que utilizara Chantal Akerman en Un diván en Nueva York (Un divan á New York; 1996) y, más recientemente, Nancy Meyers en Las vacaciones (The Holiday; 2006): el intercambio de dos desconocidos de sus casas a través, además, del desplazamiento espacial de un continente a otro, en el caso de Akerman de Nueva York a París, en el de Meyers de California a Londres, en MacKinnon de California a Dublín. La diferencia entre ellas, a pesar de surgir desde una misma propuesta argumental, reside en que mientras Akerman estaba más interesada en el tema de la identidad, en cómo esta se ve afectada al cambiar completamente aquello que nos rodea, y en Meyers no está demasiado claro cuáles eran sus intenciones, a no ser la de realizar una película con las suficientes estrellas para conseguir una buena taquilla en las fiestas navideñas, MacKinnon, y antes que él Binchy, plantean el intercambio como una huída. Si Marylin marcha a Dublín para poder crear distancia entre ella y la muerte de su hijo, así como con su marido, Ria (Olivia Williams) marcha hacia Estados Unidos para poder huir de una realidad que no comprende, que su marido vaya a tener un hijo con su amante, cuando ella consideraba su matrimonio feliz. Ambas se van, intentando dejar de lado aquello que les duele, que no les deja respirar. Pero, es obvio, resulta complicado conseguirlo, al fin y al cabo, el movimiento espacial no implica dejar atrás lo que se lleva dentro. El problema, llegados a este punto, que Tara Road plantea es que no consigue, mediada la película, mantener el interés al completo sobre ambas historias, porque las subtramas que surgen a su alrededor no son lo suficientemente interesantes ni por sí mismas ni como complementos de las dos principales, y se entra en una cierta dispersión que, sin en algunos casos suele ser positiva, en este caso no lo es, porque no se llega nunca a logar una empatía completa con los personajes. Es una pena porque las imágenes de MacKinnon, salvando algunos insertos innecesarios, son de una limpieza extrema, en ocasiones magníficas, la perfecta elección formal para haber logrado que los personajes y la historia avanzaran de manera libre; algo que demuestra que un estilo muy cuidado en ocasiones no es suficiente.