Kurenai no buta / Porco Rosso (Hayao Miyazaki, 1992)

Por F. Javier Pulido

El cerdito valiente

Ni los más optimistas entusiastas del anime se imaginaban que una producción tan atípica como El viaje de Chihiro (de Studio Ghibli) podía alzarse con un Oscar en 2002 a la mejor película de animación.  Todo un varapalo para la hasta entonces todopoderosa Disney, que en aquellos momentos se encontraba bajo la sombra de una OPA hostil y cerrando sus estudios de animación tradicional. Algunos analistas interpretaron el hecho como la muestra inequívoca de que los míticos estudios americanos ha entrado en una fase de irremisible decadencia, pero en realidad el premio no les era del todo ajeno.

En la segunda mitad de los 90, en plena cumbre de sus posibilidades, Disney mostraba un olfato comercial infalible, que le llevó a firmar acuerdos con estudios de animación foráneos, como la compañía Japonesa Ghibli. En el caso que nos ocupa, ambas partes consiguieron resultados satisfactorios: Walt Disney se aseguraba la distribución mundial de unas películas que arrasaban en Japón, mientras que Ghibli conseguía que las películas no sufrieran modificación alguna, ni en su contenido ni en la duración de las mismas.  Sin embargo, cuestiones burocráticas mandaron el acuerdo al cajón donde duermen los proyectos que los ejecutivos no consideran un blockbuster seguro. Tuvo que ser John Lasseter, el genio creador que se encuentra al mando de Pixar, quien se dio cuenta del filón potencial  que suponía el paquete de películas de Ghibli. Así, respetando escrupulosamente el material original, se encargó de buscar un doblaje de primera para los filmes, para posteriormente estrenarlos tanto en cine como en  el mercado doméstico de vídeo y DVD.

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Hablar de Ghibli equivale a hacerlo de Hayao Miyazaki, el que para muchos es el Walt Disney japonés [1]. El director comenzó su carrera como dibujante en la compañía Toei Douga en 1963, pero el reconocimiento masivo no le llegará hasta la década de los 70, como animador en la popular serie Heidi, bajo la batuta de su amigo Isao Takahata. Gracias al éxito de la serie, Toei le permite dirigir su primera serie para televisión, Conan, el niño del futuro, en 1978. Un año más tarde, y ya desvinculado del estudio, estrena su primera obra como director de cine: Lupin III: El castillo de Cagliostro. Fue otro de sus títulos de la época, Nausicaä del valle del viento (1984), el que le reportó los beneficios económicos suficientes para fundar, junto a Takahata, Ghibli, uno de los estudios de animación más importantes de toda la historia. Miyazaki quería así realizar películas animadas exclusivamente para pantalla grande, lejos de las restricciones que otros soportes imponían a sus historias.

El buen vigía

Salvo algún pinchazo puntual, la carrera comercial de Ghibli está trufada de éxitos como Nicky, aprendiz de bruja (el título más taquillero de Japón en 1989), u Only Yesterday. En 1992 se estrena Porco Rosso, después de un periodo de reajuste que conllevó la construcción de un nuevo estudio. La película logró superar en la taquilla japonesa a títulos tan fuertes como Hook, de Steven Spielberg, o La bella y la bestia, convirtiéndose en el título de animación más importante de la historia en Japón [2]. Sólo en sus tres primeros días, más de 220.000 espectadores acudieron a verla.

En un principio, Miyazaki pretendía hacer una película fácilmente digerible, para que los ejecutivos que se encontraban en vuelo de negocios pudieran relajarse. Una vez que el proyecto hubo tomado forma, ya con el nombre de Porco Rosso, el director tuvo que asumir en solitario las tareas de diseño, producción y dirección, pues el resto del personal del estudio estaba dando los últimos toques a Only Yesterday.

Es Porco Rosso uno de los filmes en apariencia más amables de Miyazaki. No aparecen aquí mensajes ecológicos ni reflexiones sobre las responsabilidades que lleva consigo crecer, como en otros de sus mangas y animes. Sin embargo, sin necesidad de escarbar demasiado la superficie, es posible encontrar en la película algunos rasgos de estilo del director japonés que  emparentan la cinta con otros de sus títulos. Es conocida su pasión por retratar animales con apariencia antropomórfica, ya sea en cine o en series de TV (la brillante versión de Sherlock Holmes, que se estrenó en su día en España).  Por otra parte, no es Porco el primer cerdo de su dilatado currículo. En su manga "Zassou Note" algunos personajes aparecen con cochina forma, y él mismo se ha dibujado en ocasiones con porcina apariencia.

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También es frecuente encontrar en las historias del tío Hayao una joven heroína, impetuosa y aguerrida, dispuesta a asumir aventuras que amilanan al más valiente de los protagonistas masculinos.  La Fio de Porco Rosso es capaz de humanizar al protagonista y devolverle la fe en la bondad de las personas. No hay que perder de vista que se está hablando de un director que confiesa hacer películas para que los niños salgan del cine habiendo aprendido una enseñanza positiva. Al igual que en las películas de Pixar, en los filmes de Miyazaki no se muestra el mundo como es, sino una variante del mismo en la que a muchos no nos importaría vivir. En este sentido, Porco Rosso es un filme escapista que se contempla de un tirón, y siempre con una sonrisa. Nada que ver con algunos de sus sórdidos mangas, protagonizados por personajes que habitan en mundos devastados por guerras y desastres ecológicos.

Pero por encima de todo se trata de una cinta de Ghibli, es decir, un prodigio de animación. Quizá porque fue la última película de la compañía que se dibujó por completo a mano, sus responsables echaron el resto. A pesar de tener ya más de diez años, la calidad de la animación sigue conservando una increíble calidad, incluso para los niveles a los que nos tiene acostumbrados el estudio. Porco Rosso se beneficia de la pasión de Miyazaki por los aviones antiguos, que le viene desde muy pequeño, ya que su familia tenía en propiedad una compañía que se encargaba de fabricar componentes de las alas de los aviones Zero. El realizador era habitual colaborador de la revista Model Graphix, para la que dibujaba  vehículos y naves militares de la primera mitad del siglo XX, su época favorita. Los hidroaviones que aparecen en Porco Rosso están basados en las naves reales que sobrevolaron el Mar Adriático en los años 20. No es de extrañar pues que uno de los grandes atractivos de la cinta sean los combates aéreos en los que toma parte Porco.

Las secuencias de batallas, acrobacias y piruetas aéreas están acompañados por un gusto por la coreografía y dirección artística que para sí quisieran películas bélicas de presupuesto diez veces mayor. El oficio que Miyazaki tiene en el campo de la animación hace que consiga siempre el plano que más se ajusta a la narración, y el resultado es una verdadera orgía visual que por sí sola justificaría ya toda la cinta.

Afortunadamente, hay más, mucho más. La animación de Porco Rosso se recrea en  multitud de pequeños detalles, como el destello del sol en los aviones, los efectos de luz cuando las naves vuelan al atardecer o el mimo al recrear las calles de Milán. Quizá el diseño de los personajes no difiera demasiado del resto de la obra del autor, pero para el recuerdo quedan la languidez y tristeza de Gina, el porte exagerado y “Errolflynnesco” de Curtis y, por supuesto, el mismo Porco,  con un aspecto tan tierno y entrañable  que casi se nos olvida que nuestro héroe es un vulgar guarro.

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Al servicio de este titánico esfuerzo de animación se encuentra la música compuesta por Joe Hisaishi, habitual de directores tan personales como Takeshi Kitano. La relación entre Miyazaki y el compositor se remonta a Nausicaä, pero alcanzó sus mejores frutos en la conmovedora banda sonora de El viaje de Chihiro. Sin llegar a ese nivel de excelencia, el score de Porco Rosso es emotivo y emocionante, especialmente en los momentos más líricos del filme, cuando acompaña las evoluciones en el aire del hidroavión del protagonista o remarca la soledad del mismo. No es el único registro que emplea Hisaishi. En la cinta se mezclan efluvios de la música italiana de principios del siglo XX con alocadas partituras para los momentos más cómicos.

Además de la música pensada expresamente para la película, en Porco Rosso aparece una pieza que Gina canta en el primer momento que coincide en escena con el cazarrecompensas. Se trata de Le temps de Cerises, compuesta por J.B. Clement y A. Renard, cuya letra parece subrayar la nostalgia de ambos personajes respecto a los días que ya no volverán. En este sentido, la canción que acompaña los títulos de crédito,  Toki niha Mukashi no Hanashi wo (de vez en cuando, hablar de los viejos días), hace hincapié en la sensación de extrañamiento de Porco.

Mondo Porco

En su día, algunos críticos reprocharon al director que los personajes de la película no estaban bien definidos; no se trata de algo casual. Habitualmente, Miyazaki prefiere retratar con exactitud a uno sólo de sus personajes y dejar meramente esbozados a los demás, con el objetivo de focalizar la atención del espectador únicamente en los aspectos más importantes de la trama. Sin ir más lejos, los piratas no tienen el menor asomo de construcción psicológica (¡los miembros de las distintas bandas son exactamente iguales entre sí!); ni falta que les hace. Son deliberadamente tontorrones porque sus apariciones suponen siempre un contrapunto humorístico a las escenas de mayor calado dramático. Como en el resto de filmografía del popular realizador japonés, no hay ningún personaje especialmente malvado y  ellos tampoco lo son. Un encendido discurso de Fio ("a los pilotos de hidroavión el cielo y el mar les limpian el corazón") les basta para replantearse su modo de vida.

En realidad, es Porco la verdadera estrella de la función. Su peculiar aspecto físico es utilizado por Miyazaki para acentuar el extrañamiento del personaje respecto al mundo. Los pliegues de grasa que le envuelven le mantienen a salvo de las locuras de los hombres, el fascismo y la guerra. Descreído y solitario, ya sólo se mueve si hay una recompensa de por medio. Pese a todo, la humanidad del personaje va aflorando según avanza el metraje, casi siempre por obra y gracia de una mujer. Además del pelotón de féminas que se encarga de reparar su hidroavión (todas ellas familia de Piccolo, así todo queda en casa) serán dos mujeres las que propicien su redención: la melancólica Gina, que no ha dejado de esperarle, y Fío, la vivaracha muchacha que llevará a Porco a replantearse su lugar en el mundo.

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Este desarraigo del protagonista, a medio camino entre el héroe y el caradura, el pícaro de buen corazón y el oportunista, se extiende a la misma estructura de la película, que bajo su apariencia simple esconde una amalgama de géneros distintos. Es además la cinta de Miyazaki en la que más guiños y referencias hay a filmes del Hollywood clásico. Y ello desde el comienzo de la misma, cuando, con los trazos justos, se nos ofrece toda la información sobre el personaje, su carácter y circunstancias [3]. Porco, en la isla del Adriático que le sirve de refugio, escucha canciones de la época. Con los pies apoyados en una mesa, en la que hay un buen vaso de vino tinto y numerosas colillas, oculta su rostro con una revista de cine. La emisión se interrumpe y Porco es alertado de que unos piratas aéreos han secuestrado a unas niñas. La respuesta de Porco, con una media sonrisa irónica es: “si hay niñas, el rescate os saldrá más caro”. Y todo ello en un minuto largo; todo un esfuerzo de síntesis sólo al alcance de los grandes. 

El  guión está repleto de frases ingeniosas y respuestas afiladas, con destellos de ironía y amargura de Porco, un outsider que despierta sentimientos de empatía/simpatía. En este sentido, es ejemplar el momento en que el abuelo de Fio le advierte que no se propase con su nieta, y él contesta: “Yo ya no soy el que era, he cambiado”; el Snake Pliskken de John Carpenter no queda muy lejos.

Los momentos más contenidos de la cinta, aquellos que ofrecen pistas sobre la relación entre Gina y Porco, parecen recrear aquellas historias de amores imposibles de los 40 y 50, una especie de cruce entre Casablanca y Breve encuentro. Pero en Porco Rosso prima la comedia y, pese a algún momento de brocha gorda, en el filme se hace un  inteligente uso del slapstick, sobre todo en las apariciones de los piratas freaks de Mamma Aiuto! (Mamá, Auxilio!) o en el alocado combate final de Porco con Curtis por el destino de Fio, que se resuelve con una pelea entre ambos a cara de perro. Como sucedía en El hombre tranquilo, el combate acabará siendo el nexo de unión entre dos personajes que se odian a muerte. Uno de los mayores aciertos de Miyazaki es engarzar tantos discursos en la trama y conseguir que esta ruede forma tan suave y adictiva.

El cerdito valiente

Esta combinación de géneros sustenta el doble discurso sobre el que se estructura el relato. La película está ambientada en el verano de 1929, cuando la sombra de la Gran Depresión se extendía a nivel mundial, y se desarrolla en escenarios reales. La isla de Porco se encuentra en el Mar Adriático, situado entre Italia y la Antigua Yugoslavia. Por otra parte, las aventuras de Porco tienen lugar en una Italia seducida por el fascismo, y a lo largo de la cinta aparecen constantes referencias a la época, como la celebración de la Copa Schneider de aviación.

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Pero Porco Rosso es también un cuento de hadas, cuyo principio y fin quedan a expensas de la imaginación del espectador. En ningún momento del filme se nos cuenta de forma explícita porque Marco Pagot se convirtió en cerdo, aunque se ofrezcan constantemente pistas.  A este respecto, Miyazaki señaló en su día que en realidad, el protagonista se iba a casar con Gina, pero su boda quedó truncada por el estallido de la I Guerra Mundial. Al vivir su amada en territorio austriaco, el piloto se ve obligado a elegir entre ella y la patria. Sin embargo, en la guerra verá morir a la mayoría de sus camaradas (incluyendo su mejor amigo, con quien Gina se casó al tiempo del abandono de Marco). Totalmente decepcionado con la humanidad, el protagonista se maldice a sí mismo para convertirse en cerdo. Con el nombre de Porco Rosso, se hará cazarrecompensas para no tener que dar cuentas a nadie.

Pero, tras el viaje de redención que experimenta el personaje a lo largo de la película, Fio le besa, totalmente convencida de que así volverá a recuperar la forma humana, como en los mejores cuentos. Lo cierto es que, tras el combate final, un desconcertado Curtis le pregunta a Porco qué le ha sucedido en el rostro, aunque el personaje no muestra su rostro, dejando al espectador con la duda. El epílogo de la cinta muestra una vista aérea del hotel de Gina... con un hidroavión rojo aparcado [4]. Un final abierto para una historia encantadora; una joya de la de animación al que el paso del tiempo ha tratado bien. Por si quedaban dudas, a estas alturas, otro clásico de Maese Miyazaki.

[1] Curiosamente, a los estudios Ghibli también se les conoce popularmente como los “estudios del ratón”. Micky Mouse es ya un poco menos universal.

[2] Precisamente fue otro título de la compañía, La princesa Mononoke, el que le arrebató el cetro en 1997.

[3] Contemplando las imágenes, vienen enseguida a la memoria vienen títulos como Sólo los ángeles tienen alas.

[4] Gina se había prometido a sí misma que si Porco aparecía con su nave por el hotel para verla, y no para tomar copa tras copa por la noche, se enamoraría para siempre de él.