Aunque parezca mentira tal y como está el panorama patrio actualmente, sí que existe un buen cine Español. Sobretodo el de hace unas décadas, un cine anterior incluso al destape que se apartaba de los panfletos del régimen que se rodaban en la península, y que constituyeron la fuente de la longevidad de nuestra cinematografía, el espejo donde futuras generaciones se mirarían y el consuelo de cinéfilos que se destetaron con cineastas que habían contribuido a dar un nombre propio al cine español mucho antes que Almodóvar y Amenábar.
Además de Buñuel (ya fuese en Francia, España o México), gran parte de la culpa la tuvo un valenciano nacido en 1921, que de la mano de Juan Antonio Bardem en los guiones (y codirigiendo Esa pareja feliz en 1953), el otro gran baluarte cinematográfico de la época, abrieron un camino distinto (y por lo tanto difícil) pero seguro que les llevó a crear y consolidar un nuevo tipo de cine, no visto hasta entonces en nuestro país. Acostumbrado a folclóricas bailando, alabanzas gubernamentales y radionovelas filmadas, Berlanga comenzó a filmar la verdadera España, la España que no se mostraba en las películas, y al fin y al cabo, mostraba la imagen de la que se quería huir.
En un tiempo donde toda la programación (vía censura por supuesto) versaba sobre un tipo de vida totalmente distinta, alejada, soñada y anhelada, Berlanga se dedicaba a ejercer de (salvando las distancias) Rosellini con un toque más cínico y caricaturesco. Un estilo que si bien no era para ridiculizar las gentes del país, sino más bien para poner en entredicho esa moral subyacente, en muchos casos hipócrita y convenientemente tapada cuando se requería. Berlanga coge su cámara como un soldado coge su fusil y comienza a disparar contra todos los estamentos que según él, manipulan y merman al individuo. Porque el cineasta es honesto y además de criticar a los estamentos (La iglesia, el régimen…), la habilidad del director de El verdugo (1963), radica en criticar a la persona en sí, al pobre desgraciado que es parte de toda esa mentira, se deja manipular por ella y que esencialmente, participa de ella.
Al fin y al cabo, Bienvenido Mr. Marshall es una transposición en forma de fábula de un pensamiento general, una obsesión para con el extranjero, y la poca voluntad de cambiar la imagen de un país de puertas afuera, más preocupado en asegurarse el turismo veraniego de los Europeos. En los años 50, España no era más que un agujero negro poblado por indiferentes que acataban órdenes y constituían a crear esa imagen que de nosotros tenían fuera. Una imagen que en ningún momento nadie se preocupó de cambiar y que incluso hoy en día aún por desgracia a veces nos persigue. Muy hábilmente, Berlanga hace que todo el pueblo de Villar del Río se transforme en un postizo pueblo andaluz con las señoras vestidas de flamencas tocando las castañuelas por la calle, y los hombres de torero aunando todos los tópicos ibéricos en un mismo espacio. Esa es la imagen que los Americanos tienen de España, o la que ellos creen y la que quieren dar, porque, la llegada de los Americanos para ellos es como la salvación, la cura necesaria para salir de su miseria. Berlanga introduce allí de nuevo su afilada pluma para establecer un juego de espejos, de identidades y de falsas apariencias.
Por una parte, Villar del río al completo, capitaneado por su alcalde (un impagable Pepe Isbert en su ya antológica secuencia del balcón) y una folclórica (no podía ser menos) deciden transformar el pueblo para la llegada del comité americano. Y lo transforman según la imagen que América quiere ver, o eso es lo que piensa Villar del río, como el resto de España, esa España que se ha vendido como destino turístico y paletos vestidos de torero por la calle. En el lado contrario, el director nos muestra la imagen que los españoles tienen de América. Frente a los tópicos españoles, Berlanga utiliza los tópicos americanos en los sueños de los habitantes de Villar del Río. Así, el alcalde se tendrá que vérselas en un salón del far west vestido de sheriff. Por ello, la caricatura que emplea el cineasta de ambos bandos, sirven para maquillar una crítica escondida en la comedia que no deja de tener un regusto agridulce tras las carcajadas, ya que el carácter cómico está erigido como motor impulsor de una crítica humana y sentida hacia la masa frente al individualismo, al poder de sugestión y al conformismo.
Cómodamente amparado en la fábula en la que estructura la película, Berlanga realiza una comedia pura y dura, cínica, directa, con muchas más lecturas de lo que a priori aparenta y que como bien era de esperar, la gente no acabó de entenderla en su plenitud. No nos olvidemos que si bien la libertad de la que gozamos hoy en día y la multitud de información y diversidad de fuentes, en los años 50, España era una laguna marcada por el “amigo americano”, que venía a cambiar nuestro destino, un amigo al que recibimos con alegría. Un amigo que si Berlanga emplea magistralmente en su demoledor final, unos americanos a los que ni siquiera vemos, tan solo un gran coche negro pasar de largo a toda velocidad por el pueblo. Un amigo invisible, un sueño invisible, una utopía que ejemplifica la simplicidad y el engaño en que vive Villar del río, como la mayoría de la sociedad Española. Y es que Bienvenido Mr. Marshall aún amparada en la comedia, no deja de ser uno de los documentos realistas más veraces sobre nuestro pasado que existen.