Berlanga teme a la muerte. Teme no poder sobrevivir en una sociedad cruel que ejerce, de manera natural, como verdugo. Nadar entre la ambigüedad y la ironía, como las circunstancias obligaban en la época, provocó que su película más prestigiosa, y con la que de hecho alcanzó el premio de la crítica en Venecia, recibiera palos desde muy diversos sectores de nuestro país. Ni por un lado, el bando franquista, del que el embajador español en Roma se erigió protagonista atacando la obra por comunista. Ni por el otro, ya que precisamente algunas ramas comunistas veían en ella una apología del gobierno despótico. El sector político no quedó contento, a su vez, con el trabajo de este ‘mal español’, como le llamaba el caudillo.
El régimen hubiera preferido que el director hubiera seguido la senda de Calabuch, que su carrera se hubiera visto jalonada por películas de ese corte, paternalistas y tiernas. Sin embargo, la colaboración con Azcona, lejos de apartar al valenciano de los asuntos sociales, le llevó a ridiculizar con sorna las instituciones, los estereotipos y las falsas conciencias.
«Si existe la pena de muerte, alguien tiene que aplicarla», dice el personaje de Pepe Isbert en una defensa, con aguda ironía, de la humanidad del garrote y el verdugo. Podrían interpretarse esas palabras de manera equivocada, como un síntoma de resignación, y no como lo que es, una simple justificación de un personaje miserable que ha sido fagocitado por la sociedad. Berlanga era contrario a la pena de muerte pero estaba en las antípodas del agitador social, de las proclamas políticas. Que poco antes del estreno de la película se hubiera ejecutado a tres presuntos comunistas, no ayudó a que mantener posturas escépticas respecto a la solidaridad del ser humano estuviera bien visto.
El verdugo de Berlanga es una víctima. La sociedad no sólo castiga al delincuente, sino que condena a aquel al que se le ha encomendado la farragosa tarea de accionar el garrote. Al igual que en el documental de Patino, ‘Queridísimos verdugos’, se muestra a una persona normal y corriente que sufre la marginación de un apestado. En nuestra película, los reos le achacan que él sí pueda matar sin impunidad e incluso la misma Guardia Civil no quiere ofrecerle ni la mano…
El misterio y la solemnidad con los que se ha vestido tradicionalmente esta figura son despojados para mostrar las vidas de unos hombres que no dejan de ser otra cosa más que unas marionetas de una sociedad podrida.
Es el gran tema berlanguiano. La sociedad y el colectivo oprimen al individuo, incluso a uno como el verdugo, encargado del trabajo sucio, al que tienen que atrapar con tentaciones tales como viajes a Mallorca, champán, cigarros, coñac… La pena de muerte se convierte más en un accesorio para subrayar esa condición que en un alegato comprometido. Es un círculo en el que el que ejecuta es también castigado.
Ese círculo también es un círculo vital. La feroz persistencia con la que el personaje de Manfredi se resiste a participar del engranaje del asesinato legal (llega incluso a tranquilizar los ánimos en una trifulca para evitar que pueda correr sangre y, por tanto, tener que ejercer) contrasta con la docilidad con que el personaje de Isbert lleva tiempo acatando la situación. Él también dijo en su día que jamás volvería a hacerlo y ahí está, jubilándose por viejo de la profesión.
Pesimismo que hace pensar que la normalización y cotidianeidad de las que hace gala la burocracia y la administración se harán extensibles a nuestro protagonista.
Víctimas que no se redimen. Víctimas que acaban peor de donde empezaron. Víctimas que son superadas por las circunstancias. Billy Wilder hacía que sus personajes se metieran por sí solos en lugares de los que luego les resultaba casi imposible salir. Berlanga señala a la sociedad como el gran problema, pero no plantea soluciones porque los propios personajes perjudicados son patéticos, unos canallas. Son gente a la que se le caen los pantalones al pedir la mano de una hija mientras intentan convencernos de que son hombres “de bien” y de que sus intenciones “son buenas”.
Al principio de la película, vemos al personaje de Manfredi como trabajador de una funeraria. Ya entonces tiene por función cargar con los muertos de los demás. Vive con su hermano en un piso bajo, a la altura de la calle, por donde le rocían cada mañana con agua. Pero Berlanga le hace caer más bajo. Le hace escalar en su pirámide de perdición. Todas las salidas que se le ofrecen para progresar resultan ser pasarelas a una habitación de una miseria aún mayor. Pasa de enterrador a verdugo.
Esa línea que sigue está totalmente alejada del sueño del protagonista de irse a Alemania a aprender mecánica. Desde el principio le escuchamos hablar de cómo le gustaría dejar la funeraria para dedicarse a lo que le gusta. Busca una libertad que no es capaz de encontrar.
Los obstáculos para realizar su sueño se suceden. Vive de un trabajo cómodo en el que nunca hay crisis. Está alojado con su hermano y la suegra, teniendo que cuidarles la niña numerosas veces. La hija del verdugo, en principio un camino para desprenderse del lazo, se convierte en una nueva atadura. Se casa. Su mujer tiene una hija. El piso. Todas esas circunstancias le llevan a trabajar como ejecutor, lo cual se convierte en la mayor de las esposas.
Porque cabría pensar, como quiere creer el personaje de Manfredi, que una vez hayan pasado los meses de rigor para que puedan tener en propiedad el piso, el verdugo podrá dejarlo. Pero Berlanga se esfuerza por dejar claro que ese barco que vemos en el último plano no surca para otro lugar sino un mar de sumisión al sistema. Un plano que le antecedía, el del nuevo verdugo con la cabeza gacha y la gorra tapándole la cara, sin poder decirle nada a su mujer, despeja cualquier duda. La rueda ha empezado a girar y ya no puede salir de ahí.
El verdugo ha sido ajusticiado del mismo que lo ha sido el propio condenado a muerte. La nave blanca que conduce al garrote es también la particular ‘milla verde’ de nuestro verdugo protagonista. O de todos. Porque, ¿no formamos todos parte de esa pérdida de la individualidad? ¿No somos todos verdugos condenados?