Esa pareja feliz (1953)

Por Carlos A. Sambricio

Matrimonio de conveniencia

Esa pareja feliz refleja la dificultad manifiesta de que dos artistas personales lleven a buen puerto un proyecto común. La película, que se ha convertido en un clásico de nuestro cine más por ser el principio de dos carreras deslumbrantes que por su intrínseco valor cinematográfico, descansa en una tierra de nadie en la que las marcas de las respectivas casas de cada uno aparecen difusas.

En el principio del film observamos una de las intenciones de los cineastas, la de apartarse del cine de la época, entonces representado por el cine histórico de Cifesa. En el set de rodaje conocemos al electricista Juan, el protagonista interpretado con acierto por Fernando Fernán Gómez. Juan vive con su mujer Carmen, interpretada por Elvira Quintillá, una costurera que confía en la suerte de la lotería y las quinielas para que ambos puedan salir de su apretada situación económica.

El mayor halago que puede recibir la cinta es el de presentar una época penosa donde sólo el anhelo de prosperar hace soportable la situación. Un absurdo premio de una marca de jabones con el que se elige a una pareja española para que se disfrute de un feliz día lleno de caprichos y comodidades anticipa una de las máximas del futuro trabajo de Berlanga, es decir, que el hombre miserable no tiene opción de un futuro mejor.

Ese punto de partida en el que se sintetiza un estado anímico de una sociedad en una familia corriente hace de la película un documento interesante. Sin embargo, y a pesar de tratarse de un título de calidad superior a la cinematografía habitual del cine de principios del franquismo, no deja de sentirse claramente que se trata de un lienzo demasiado débil y blando de lo que, en principio, parece querer criticarse. Se trata, por tanto, de una producción no tan alejada moralmente de lo que se podía ver por la época.

En su momento no tuvo mucho éxito, quizás porque se quedó a medio camino. Ni era totalmente complaciente como Calabuch ni era tan irónica y dura como lo sería dos años más tarde Bienvenido Mr. Marshall, film que significaría el mayor logro de la desigual colaboración de nuestra pareja artística.

Simpática y blanda

Bardem y Berlanga se habían empapado de dos influencias externas al cine español: el neorrealismo italiano y la comedia clásica americana. Sin embargo, son pocos los nexos que pueden unir Esa pareja feliz con ellos, a pesar de que en ocasiones la prensa los aluda. Y no son equiparables porque, ante todo, Esa pareja feliz continúa una tradición costumbrista más autóctona, el sainete. La película no incide en la miseria como una película neorrealista ni tiene la malicia y la ironía de las películas americanas, en especial las de Capra, cineasta idealista pero tremendamente duro a la hora de destapar las calamidades de una sociedad.

En este sentido, Esa pareja feliz posee un trazo demasiado grueso y un humor demasiado simpático, sin la intención ‘beligerante’ que el tema podría haber dado pie. Empapados del cine que han visto (lo cual se vislumbra sobre todo por la referencialidad continuada), no parecen haber asimilado correctamente todavía la dinámica del enredo y la potencialidad del humor dialéctico. Los diálogos y los gags están, por lo general,  poco trabajados. Son demasiado inocentes.

Berlanga ha reconocido siempre no ser un buen dialoguista. Bardem tampoco ha destacado nunca en ese aspecto. A la película le falta un Azcona o un Mihura para pulir ese montón de buenas intenciones y darle el toque de acidez y mordacidad del que carece.

Lo que sí consiguen desde el guión, aparte de dibujar muy bien los personajes principales, es agilizar la trama a través de multitud de oportunas elipsis. De este modo, además de dejar la obra en una duración escasa de 77 minutos, la narración es fluida y sin altibajos. Quizás el único momento innecesario sea un curioso flashback, que parece más una excusa para la experimentación. Se trata de la secuencia en la que se nos ofrece el momento cuando se conoce el matrimonio y en el que existe un doble plano de conversación, el presente comentando la escena y el propio del momento.

Pero el problema mayor es el tono blando que se desprende en casi todo el metraje. El mensaje del final feliz viene a confirmar que estamos más ante una producción de estudio, casi diríamos afín al ideario del régimen, que ante una sátira de la sociedad que, en realidad, sólo se atisba por momentos. Que los personajes, aún sabiendo nosotros que no es creíble, acaben por dejarse de sueños y suertes para fundirse en un beso final connota un sentido de que en España se podía seguir siendo feliz por sí mismo si se deseaba. Es un desarrollo anti-berlanguiano y, quitando la concesión de los regalos a los pobres, alejado de la dureza crítica típica en Bardem.

El director soy yo

Hay una anécdota del rodaje que viene a evidenciar la ausencia tácita de autoría, o al menos un reflejo de la impresión que los propios creadores tenían. En las colaboraciones entre ambos, Berlanga se solía ocupar más del trabajo con los actores y Bardem se dedicaba más a las disposiciones técnicas de la cámara. En un momento dado, cuando están rodando la secuencia primera del set, Berlanga le comenta a uno de los actores que tiene que ir al punto donde está él, que es donde está el director, aludiendo al personaje del cineasta en el film. Bardem, que debía andar con la oreja puesta, entendió que Berlanga estaba erigiéndose como director único y saltó gritando repetidas veces que el director era él. Esa inseguridad, esa indefinición, quizás derivada de que eran novatos, queda patente durante todo el visionado.

Y la coexistencia era difícil porque estamos ante dos directores francamente diferentes. Era una pareja, no diría que infeliz, pero sí de conveniencia. Si no se piensa unitariamente, y es obvio que ellos no lo hacían, se acaba por hacer concesiones con las que se está a disgusto y la mejor solución suele terminar siendo que cada uno vaya por su lado.

Es cierto, eso sí, que si de alguien tiene más Esa pareja feliz es de Berlanga. Temáticamente, es un film que podría haber firmado en cualquier momento de su carrera pero es su inconsistente realización la que echa a perder el regusto berlanguiano. Un toque que sí observamos en muchos aspectos. El personaje de Fernando Fernán Gómez, su alter ego, es un hombre que busca su progreso individual y que, a través de diversos negocios fallidos, acaba fracasando. Como la radio que su personaje fabrica y no funciona en el momento más importante, su personaje sufre las interferencias de los advenedizos y las autoridades. Se critica también la confianza inútil en la suerte como salida a los problemas. E incluso se advierte esa obsesión que tenía Berlanga de asociar la mujer (y el matrimonio y la familia que conllevaban) a ese cúmulo de obstáculos a la felicidad personal.

La película, lo que hace, por tanto, es reafirmar la idea de que Berlanga es más Berlanga cuando trabaja con su alma gemela, Rafael Azcona, que es con quien verdaderamente formaría una pareja feliz. Debemos celebrar el día en que ambos talentos se conocieron porque quizás nunca ninguno de los dos hubiera alcanzado su potencialidad. Celebrar dicho acontecimiento y, en justicia, concederle mucho más crédito a ese genial guionista que era Azcona.

En cualquier caso, Esa pareja feliz es el comienzo de dos sensacionales carreras en las que sendos directores superarían con creces el resultado de este film, con el que ninguno de los dos seguramente, como me pasa a mí, debe de estar demasiado satisfecho.