¡Vivan los novios! (1970)

Por Pablo Vázquez

La soledad del español de fondo

Cualquiera que haya decidido realizar un acercamiento mínimamente serio y reflexivo al cine de Luis García Berlanga habrá descubierto, sin que para ello haya tenido que mediar una reflexión demasiado profunda, que tras la capa de humor fallero, inmediato y popular, tras el esperpento reconocible de sus personajes, tras el ametrallamiento de planos secuencia y extras saltimbanquis, tras la sobredosis de histrionismo generalmente bien modulado, en casi todas sus películas late el desgarro del que no entiende al ser humano y se aterra del sinsentido de la existencia terrenal. No hace falta ser un cineasta pretencioso ni minoritario para tener esas obsesiones. Basta con comprender que la comedia a veces puede ser el instrumento perfecto para la liberación de los fantasmas, la conexión con el público y el retrato fidedigno, interior y exterior, de una época, de unos personajes. Personajes que son el propio Berlanga, pero que somos también nosotros, si estamos dispuestos a entrar en el juego.

Se ha tachado al cine de Berlanga de misógino, en referencia a sus películas más malditas y casi desconocidas, que son también las que a mí más me entusiasman. Pero el adjetivo más que injusto es inexacto: el pesimismo del cineasta se extiende hacia toda la raza humana, sin distinción de género, aunque a veces tenga en la mujer su acicate. Y más que un odio, lo que se da es una indefensión, un desconcierto, que lleva al cineasta a refugiarse en la soledad, en el calor de la mujer de goma, para huir del horror con minúsculas: ahí tenemos el plano final de la magnífica París-Tombuctú: “Tengo miedo”.

Para intentar demostrar todo lo anterior, desmontando además las telarañas de las etiquetas, vamos a centrarnos en una de las mejores películas del director, que es también una de las menos apreciadas, aunque ha sido reivindicada por ciertos críticos como cima del humor negro, cuando es mucho más que eso: “¡Vivan los novios!”, realizada en 1970 y protagonizada por un inmenso José Luis López-Vázquez. Esta película forma, al menos en mi cabeza, un tríptico idóneo junto con otras dos de mis favoritas de Berlanga: “Tamaño natural” (1974) y la ya citada “Paris-Tombuctú”. Pero, a diferencia de éstas, no fue rodada ni en el exilio francés, ni en la democracia, sino en la misma España del tardofranquismo, lo que equivale a decir en la boca del lobo. No por ello es más sutil ni más desesperanzada que las posteriores. Ni menos oscura.

Busquemos el enclave temporal. A nadie se le escapa que el cine español ha tenido siempre debilidad por retratar las peripecias de hombres talluditos, nada atractivos, entrados en carnes y arrugas, simpáticos Rodríguez a la caza de nenas en bikini y suecas despendoladas. Aunque en la vida real la apertura de las fronteras del país para un turismo más casquivano y minifaldero, propia de los sesenta y setenta, no siempre se correspondía con una apertura de piernas por parte de las visitantes, en el cine era una excusa perfecta para comenzar a exhibir ombligos, escotes e incluso un poquito más. Mientras tanto, las fieles esposas bajaban la cabeza, celosas pero resignadas, claudicando en silencio ante el fin de la grisácea decencia, dándose a veces a la venganza sangrienta, como en “Una vela para el diablo” de Eugenio Martín, o lanzándose también al despiporre, como en “El consenso” de Javier Aguirre. Más adelante, con la llegada del cine S y el porno blando made in Spain, las salas se llenaron también de cuerpos jóvenes y bien formados, pero siempre hubo espacio para los entrañables carrozas autóctonos, tan cercanos para su público objetivo, o para el proletariado porno, como el profesional autónomo interpretado por Emilio Linder en “El fontanero, su mujer y otras cosas de meter”, una de las películas más taquilleras por estos años.

En una de las escenas descartadas de “Bienvenido Míster Marshall”, uno de sus personajes secundarios, la maestra, tenía un acelerado sueño húmedo en la que era aprisionada por una turbamulta de jugadores de rugby. Obviamente, la censura no tragó y de esta idea sólo se conserva el extasiado rostro de la profesora, dejando el resto a la imaginación de unos espectadores que tenían muchas ganas de imaginar. Esta idea del sexo violento y más soñado que vivido, como una fantasía sadomasoquista nunca consumada, o consumada a trancas y barrancas, seguirá presente en toda la filmografía de Berlanga, aunque sea a partir de los años sesenta cuando la sugerencia deje de ser una mera insinuación.

De todas estas cosas trata “¡Vivan los novios!”. De un sexo imposible, ridículo, patético y dolientemente reconocible para un espectador y un pueblo, el español, que se abre con tanto apremio como miedo a aquello que había estado escondiendo bajo la manta, por rutinario sistema, durante años. De ahí que su héroe sea José Luis López Vázquez, perdido por perdido en un infierno de chicas extranjeras con piernas preciosas, epítome del desorientado español de aquellos años, que no es tan diferente como nos gustaría creer del de ahora mismo. Carlos Aured, luego director de la mentada película del fontanero y la otra serie de placeres, ejerció en ella de director de segunda unidad.

Bajo este prisma, los numerosos gags de humor negrísimo, algunos de ellos memorables, que recorren la cinta casi pasan a un segundo plano. La historia central, que sitúa a López Vázquez cargando con el lastre de una esposa canalla y una suegra monstruosa con miedo a las alturas, patéticamente enamorado de una “liberal” pintora callejera (de haberse hecho hoy, tal vez fuera una grafitera adicta al reggaeton) no es más que una excusa para articular ese discurso, el mismo que algunos confunden con la inveterada misoginia: el hombre desamparado ante la ingobernable fuerza de la mujer. Ahí precisamente hallamos la clave: puede que en el cine de Berlanga las mujeres sean, en ocasiones, demasiado ruines y fáciles, pero los hombres son idiotas. Entrañablemente idiotas. Y el final, como no podía ser de otra forma, oscuro y tan desesperado que congela cualquier amago de carcajada. He aquí la auténtica tragedia camuflada bajo los vistosos ropajes de una peli de suecas, en la que no faltan persecuciones en calzoncillos, chistes de travestis ni exhibiciones de amor libre. Pero sobre todo no falta el miedo, el mismo horror que cuatro años más adelante, conduciría a Michel Piccoli refugiarse en la neumática fragilidad de una muñeca hinchable.

En cierta medida, los personajes de Berlanga (que no son sólo suyos, insisto, encerrados en los dominios de la mente del autor: son los mismos de las películas de Ozores cuando llegan a casa y se desvisten, es el mismo Esteso, el mismo Landa, resignado a no tener refugio ni sueca que le ladre) sueñan con esa huida a ninguna parte, que es una liberación y una redención estúpida, carente de honor y gloria. No hay más escape que la risa tonta e incontrolada. Mejor será que riamos, parece decirnos el propio Berlanga, antes que intentemos descubrir en la tragedia del personaje el espejo cruel de nuestros propios fantasmas.