Permítame el lector relate mi experiencia berlinesca como si tuviéramos que recorrer un camino. Es cierto, esta clasificación es tan convencional como cualquier otra pero así me siento más cómodo, además no creo se vea molesto. Como no me gusta tomar medios de transporte innecesarios no voy a saltar el charco, aunque tampoco lo necesito, así que me vamos a hacer unos diez mil kilómetros repasando la cinematografía de algunos de los lugares de camino. Y es que bastantes de los protagonistas de las películas proyectadas durante estos días de febrero tienen a trotamundos por protagonistas, como tantas otras veces... Y es que no hemos visto demasiadas cosas interesantes en este Berlín '07. Lo cierto es que las películas a concurso han "mantenido" el nivel del evento al límite de lo aceptable, con pocas propuestas realmente remarcables aunque algunas merecedores de un simpático comentario (diciendo esto tengo en mente sobretodo Irina Palm o Halam Foe, a las que dedico unas líneas más adelante). Entre las películas que competían por el Oso de oro las nuevas obras de autores ya consolidados se desmarcaron sobradamente y Techiné, Ozon o, por qué no, Chan-won Park demostraron estar en plena forma. Quizás por eso el jurado se vio en parte obligado a premiar lo más extraño, inesperadamente para muchos. Pese a ello en las secciones paralelas, Panorama y Forum, se pudieron ver películas de mayor interés que por alguna extraña razón no se encontraron en la sección oficial.
Nuestra vuelta a casa empieza en el gigante asiático. Se hizo con el máximo galardón La boda de Tuya del director chino Wang Quan'an, pero como se ha comentado ya este filme no voy a entrar en descripciones ni valoraciones, que simplemente quede constancia. La representación china aunque no fue numerosa sí fue, seguramente, la más interesante y mejor acogida en relación calidad/número. Además de la obra de Quan'an otras dos películas deshicieron en elogios a público y crítica. Sobre Lost in Beijing (Ping Guo) de Li Yu muchos tienen excelencias que decir pero no me encuentro yo entre ellos. Rocambolesca historia de unos recién casados venidos a Pekín buscando una mejor vida pero que por la avaricia ponen en peligro su relación. Fuera de concurso pudimos ver la nueva película de Zhang Yang, director que hace unos años encantó a bastantes con La ducha. Getting home (Luo ye gui gen) consigue de nuevo mantenernos clavados a la butaca durante todo el metraje de esta curiosa road-movie donde de nuevo tradición (valores, manera de vivir) y modernidad chocan violentamente. Esta "vuelta a casa" que va desde la metrópolis Shenzhen a escasos kilómetros del mar no lejos de Hong Kong hasta un pueblecito en Sichuan camino ya del Tibet se debe a una promesa: en una ocasión Liu juró a su compañero Zhao, también venido de algún punto perdido de una región rural, que de morir éste entregaría su cuerpo a su familia, llevándole de vuelta a casa. Finalmente Liu se adelantó en el incierto viaje y Zhao se siente lealmente obligado, pues, a cumplir con la promesa que le hizo su compañero de fatigas. Empresa nada fácil, ya de por sí se trata un camino largo y penoso… cuánto más si uno tiene un muerto a cuestas, la cosa entonces se complica con creces. Ya en La ducha Yan conseguía que las situaciones dramáticas, mediante la compasión por el prójimo y la ternura que despertaban, llegaran a resultarnos simpáticas y era inevitable soltar una sonrisita en momentos algo "delicados". Las diversas etapas del camino, el ingenio de Zhao para poder cumplir su promesa, la serie de personajes que en su camino va encontrando y las relaciones que se forjan pueden ser dramáticas y, en ocasiones, si nos paramos a pensar, son vivencias de mal gusto (uno no deja de sorprenderse de las diversas formas como puede transportarse un cadáver) pero de nuevo los diálogos, las situaciones, las reacciones de los personajes y el respeto humano no dejan a uno impasible. Una entrañable comedia con regusto agridulce y algo de crítica social que merece ser recordada y valorada como es debido.
La presencia del cine coreano es actualmente imprescindible en este tipo de eventos, a costa de una presencia japonesa mínima con representación casi exclusiva dentro de la sección pseudo-independiente Forum y homenajeando al director Kihachi Okamoto con una retrospectiva de sus trabajos de los años sesenta y setenta (Daibosatsu toge, Kiru). Moda o no, la cinematografía coreana parece tener aún mucho que decir y enseñarnos dentro del cine de entretenimiento (muestra de ello es el estudio que dedica Miradas de Cine en el número de marzo). A nivel visual no cabe la menor duda de que sus creadores han formado una nueva poética; también están proporcionado unas soluciones narrativas sorprendentes e interesantes partiendo de los géneros tradicionales para tratarlos de una forma nueva y revitalizante. A competición encontramos la nueva obra de Chan-Wook Park I’m a cyborg, but that's OK (Sai bo gu ji man gwen chan a). Con la trilogía sobre la venganza conclusa ya, la nueva obra de Park mantiene algunos rasgos de sus anteriores producciones como lo son el tratamiento de la imagen y la violencia mostrada sin reserva alguna. Este tipo de recursos, grotescos y recargados, hacen cómica esta dramática, en realidad, historia con una traumatizada y desequilibrada adolescente como protagonista que cree ser un robot programado para vengarse de sus celadores. Al borde de la desnutrición como está, ya que se niega a alimentarse de otra manera que no sea a base de pilas alcalinas, la chica sufre una serie de alucinaciones de las que somos testigos con todo tipo de detalle (festival de recursos visuales). En el psiquiátrico encontramos personajes y situaciones convertidas en arquetípicas hace ya treinta anosen Alguien voló sobre el nido del cuco, retomando las mismas fobias, carácteres y personalidades de los plasmados en la obra de Milos Forman. Aunque quizás tendríamos que buscar el origen de esta nueva poética en el cómic, fuente, por ejemplo, de Oldboy. Dasepo naughty girls (Dasepo sonyeo) de E. J-Yong también busca su inspiración en él. Se trata de un film-colage donde números musicales y de karaoke (con letra impresa en la pantalla incluida) incorporan en un todo la trama melodramática principal y un sinfín de sorprendentes acciones paralelas con una panda de adolescentes con las hormonas por los cielos y "dilemas" existenciales (con la virginidad como centro de todos ellos) disconformidad de estatus social, a jefes mafiosos con preferencias un tanto curiosas, maliciosos directores de instituto y maestros fetichistas. El tratamiento naïf y las combinaciones de color à la musical de Jacques Demy, el tempo de acción tan alocado como las hormonas de los chicos son la tarjeta de presentación de J-Yong. En definitiva se presentaron una decena de películas del nuevo corazón cinematográfico asiático, aunque ninguna de ellas no provocó una acogida tan entusiasta como The host de Joon-ho Bong por allá donde pasó el año pasado.
Pero acerquémonos ya a nuestro continente. Impregnado de la cultura tradicional islámica Takva del turco Özer Kiziltan es una película sobre un conflicto interior. El cambio que representa para Muharrem comenzar a encargarse de las finanzas del "monasterio" de su comunidad no es solamente a nivel económico y social —recibe ropa occidental, coche con chofer y un teléfono móvil— sino que además acarrea consigo una crisis ideológica y de identidad que se convertirá en una verdadera lucha interior entre sus protoislámicas creencias y sus, hasta el momento, reprimidos instintos individuales (deseo sexual, ambición terrenal). Sus esfuerzos para que su fe permanezca inquebrantable dentro de su débil cuerpo no traerán más que nefastas consecuencias. Este proceso está en la película bien mostrado y desde un principio el espectador sabe bien cuál es la situación del protagonista. Pero no todo son elogios para Kiziltan. Personalmente me sentí violentamente aleccionado durante parte de la película cuando las situaciones y los diálogos sirven para explicar al pobre occidental desconocedor del Islam (se trata de una coproducción turco-alemana) lo bueno de la más joven de las tres religiones del libro mediante aleccionamientos teológicos innecesarios que hacen perder verisimilitud al conjunto y perjudican en la recepción del mismo al espectador que pueda sentirse ofendido intelectualmente. Kiziltan consigue esto mediante diálogos del tipo: "Esta tarde me he confesado" a lo que otro personaje replica "¿Quieres decir que has acudido a un sacerdote para exponerle todo aquello que según tu conciencia has hecho mal para que, tras sufrir un pequeño castigo en forma de oración más o menos larga, te sintieras absuelto ante tu Dios?" respondiendo el primero "Sí, eso es.". Realmente enojante. Aún no tengo claro si estas lecciones tenían que ser algo oculto y si los creadores piensan que el espectador no se dará cuenta de ello. Pese a ello la película trata magistralmente uno de los temas estrellas del presente festival, la crisis de las sociedades tradicionales en la sociedad capitalista con personajes ricos con este interesante caso en un barrio de Estambul donde el ritmo de vida para la mayoría de sus habitantes parece haberse detenido centenares de años de fondo.
Julie Delpy demuestra en 2 days in Paris (2 jours à Paris) que además de seguir siendo una preciosidad de mujer y una estupenda actriz tiene dotes innegables como realizadora. El propio título insinúa que la acción transcurre durante un fin de semana. Marion y Jack pasan un par de días en la casa de los padres de ella antes de regresar a Estados Unidos. Al conocer él a los padres, ex-novios, amigos, etc. de ella su relación pasa todo tipo de altibajos, Jack topa de golpe con el pasado de su novia. El personaje de Marion, encarnado por Delpy, recuerda indudablemente a héroes allenianos: frases entrecortadas, segundos sentidos, personaje principal con tara que le hace simpático, etc. Quizás a título de homenaje lleva ella unas gafas de pasta negra que recuerdan a las del neoyorquino. Aunque sin lugar a dudas se trata de una nueva visión de este tipo de relaciones humanas más o menos excéntricas ya que nos son mostradas desde un nuevo punto de vista, indudablemente femenino, explorando temas y motivos imposibles siquiera de imaginar por los creadores hombre. Políticamente incorrecta a veces, esta historia de amor tiene momentos cómicos inolvidables que suelen tener su base a nivel lingüístico-cultural, los celos de Jack convierten cada palabra francesa desconocida o gesto para él extraño en todo tipo de infidelidades.
El cine de los países de Europa Central y del Este parece estar en buena forma. Antes de ocuparme como es merecido de Obsluhoval jsem anglického krále, esto es Yo que he servido al rey de Inglaterra,la nueva película tras una década de silencio del checo Jirí Menzel comprensiblemente condecorada con el premio FIPRESCI, me gustaría dejar constancia del por qué de esta afirmación. Aunque siempre fuera de concurso, dentro de la programación de la presente Berlinale se encontraron nuevas producciones de innegable interés, aunque muy diferente tono, de los Beskides a los Cárpatos. Una sola película rumana presentada en el festival, apadrinada por Scorsese y Wenders, y presentada ya en Cannes dentro de la sección "Un certain regard", The way I spent the end of the world (Cum mi-am petrecut-sfârsitul lumii) ópera prima de Catalin Mitulescu, que desgraciadamente me fue imposible ver por "problemas de agenda", aunque por los materiales proporcionados parece ser un interesante trabajo.
Es agradable ver cómo en la antigua Yugoslavia hay vida más allá del fenómeno Kusturica. Con un presupuesto nada ostentoso aunque con claras ideas en cuanto a la creación se refiere me fue posible ver dos películas, una croata y una serbia, de muy distinto acento. Del lado croata Ognjen Svilicic presentó Armin, una inteligente comedia y, a la vez, crudo drama que no acaba de de salir a la luz en el mundo presentado. Su por partida triple protagonista es Armin Omerovic. Intérprete de sí mismo en una producción que lleva su nombre fue él testigo, siendo niño, de la guerra en Bosnia. Haciendo ficción de algo documental, Svilicic embellece en parte la historia de este ya no tan niño: le fascinó haciendo el casting para otra película donde encontró a este quieto y de mirada profunda chico acompañado por su padre, venidos de un pueblecito perdido de Bosnia hasta Zagreb para tratar de hacerse, por deseo paterno, un actor famoso (me permito aquí hacer un comentario personal y añadir de mi cosecha "si los distribuidores internacionales lopermiten aportando su granito de arena"). En la película el padre está interpretado por un conocido cómico croata, Emir Hadžihafizbegovic, en el papel de un pobre hombre no demasiado inteligente que emprende junto con su hijo un viaje tratando de buscar fortuna a costa de poner en juego todo su patrimonio (que cabe en una billetera y, para la deseada victoria de su hijo, no duda en despilfarrar convidando a quien ayudarles pudiera a whyskie "del oscuro"), es por ello que —como en la vida real— llega a Zagreb a la audición de una película extranjera que viene a destapar los traumas vividos en la guerra: dramatismos de esta vida, Armin, que ha vivido esos tristes días que no quiere recordar, es "demasiado viejo" para el papel. He aquí a grosso modo la fábula del film. Llegados a este punto la dura y negra reflexión sobre el mundo en el que vivimos; donde el simulacro, una imagen patética, es más importante que una mirada real, donde los medios de comunicación de masas se olvidan de los sucesos cuando acaban de estallar y mientras informan de ello no dudan en manipular a los espectadores. Nada de esto está dicho en el film, ningún patetismo, ninguna lagrimita. Al escuchar "demasiado viejo" y ver la expresión de indiferencia del chico todos estos y otros más pensamientos absorben a uno. "Vidas bellas" y demás bagatelas quedaron superadas con creces con esta película que se encontró fuera de cualquier tipo de competición seguramente por el milagro Grbavica, vencedora del año pasado.
Serbia propone algo completamente diferente y demuestra que un thriller no necesita un presupuesto millonario o las calles de una megalópolis de fondo. Un guión preciso, rico en disimulados detalles con una función determinante, he aquí The trap (Klopka) la nueva obra Srdan Golubovic (Absolute hundred, 2001). Es esta una película llena de imperfecciones e incomprensibles excesos que la degradan y de los que hubiera sido fácil librarse en la mesa de montaje, entiéndase por esto innecesarias secuencias infantiles de violencia inverosímil, encuadres de dudosa aceptación, tipicidad en algunos diálogos sensibleros, etc. Siempre dentro de las convenciones americanas del género. La situación de salida es la siguiente: teniendo su hijo una enfermedad grave Mladen tiene que conseguir a toda costa una gran suma de dinero... El verdadero gran inconveniente de esta película en la presente edición tiene nombre de mujer: pese a tener Irina Palm un punto de partida idéntico, lleva a sus protagonistas por caminos inexplorados e innovadoramente sorprendentes, con Marianne Faithfull como una entrañable abuela que decide para conseguir con un propósito similar a los protagonistas de Klopka el dinero necesario decide emplearse en un sex-shop convirtiéndose en la reina de las masturbadoras del Shojo londinense. Golubovic sigue, en cambio, el desarrollo con asesinatos, venganzas, etc al que estamos acostumbrados desde hace tantos años desde el otro lado del océano. Fruto de la coincidencia en las dos películas participa el mismo actor como personaje importante para el desarrollo de la trama: Miki Majnolovic. Se convirtió éste con un día festivalero de diferencia para los espectadores de contratante criminal a propietario de sex-shop; lo que sí que parece increíble es que el mismo Majnolovic (conocido actor recurrente, por ejemplo, en la obra del ya mencionado Kusturica) se mostrase sorprendido al hacerle constancia de este dato durante la rueda de prensa de Irina Palm: según parece no se había dado cuenta de que había tomado parte en dos películas tan similares en planteamiento y que ambas estaban siendo presentadas al mundo en este festival. En cualquier caso su interpretación en ambos trabajos es intachable.
No solamente Golubovic fue capaz en Europa hacer una película que podemos englobar dentro de los esquemas de los géneros tradicionales americanos. Otro buen ejemplo de lo bien que los europeos podemos crear a semejanza de tierras transatlánticas lo encontramos en la superproducción húngara Children of glory (Szabadság, szerelem) de Krisztina Goda. De nuevo en clave de thriller, aunque con algo de cine de aventuras, pero con una función extra-fílmica muy diferente: no se trata aquí de simplemente entretener sino que es esta una de aquellas películas necesarias para cualquier pueblo que pretenda recordar su historia. Este es el recuerdo de la revolución fallida e ignorada por el mundo de los estudiantes en Budapest en 1956. Una producción impecable, con escenarios realistas, recreación del momento histórico soberbia, interpretaciones correctas, etc. No deja, sin embargo, de ser un film con un esquema narrativo "de cajón", con convencional historia amorosa de por medio y personajes entrañables con los que fácilmente podría uno soltar una lagrimita. Pese a ello, para el espectador no-húngaro se trata de una película bien hecha y que se mira con interés, que explica claramente los sucesos de esa primera fracasada revolución en la otra Europa vistos a través de los ojos de un olimpista del equipo húngaro de waterpolo que se ve en medio de toda la contienda para tratar de seducir a una interesante estudiante que participa activamente en todo el proceso del alzamiento, para que —como es normal en Hollywood— a cambio de su amor ella le ofrezca una nueva manera de observar la realidad y el mundo que le rodea.
Hungría está dando también interesantes productos. Es el país "del otro lado" que mayor número de obras aportó a la presente edición (cinco para ser exactos) además de ser homenajeada la directora Márta Mészáros con la proyección de la galardonada con el Oso de oro en 1975 The adoption (Örökbefogadás). Es agradable ver cómo el fenómeno Taxidermia (vista en nuestras tierras, por ejemplo, en la pasada edición de Sitges, que se resiste a abandonar de mi retina habiendo pasado ya más de medio año del evento) no fue un acierto puntual, que no solo Béla Tárr es digno de nuestra atención y que se están produciendo películas de muy distinta temática y colorido que dejan el listón bien alto como la ya nombrada Szabadság, szerelem, típicamente hollywoodiense en la forma pero con un marcado toque nacional (se estrenó el 23 de octubre en las salas de Hungría coincidiendo con el cincuenta aniversario de la revolución húngara), o, por ejemplo, Men in the nude (Férkiatk) de Károly Esztergályos, película "con efebo y maduro escritor" que competía por el Teddy o premio a la mejor película de temática homosexual del festival. Antes de nada, encuentro que es una de las pocas cintas sobre una relación homosexual del festival digna, sin trucos ni intención de escandalizar y por eso la rescato de entre las películas de esta temática que en el festival se proyectaron. Junto con Férkiatk sólo despertó mi interés dentro del queer visto en Berlín la malograda técnicamente Tuli del director filipino Auraeus Solito, rodada en vídeo y pese a que el director peca de querer incluir en el montaje final todo material rodado, narra la interesante relación de dos adolescentes: Daisy y su mejor amiga deciden romper con los hombres (padres, tíos, chicos), tan hartas están de sus borracheras y desprecios; emprendiendo así una vida en matrimonio la una con la otra dejando atrás la sociedad patriarcal tradicional que se nos muestra al inicio del film (de ahí el por qué de que la censura filipina casi condena esta película a desintegrarse en una estantería de sus archivos), necesitando solamente un "donante" para satisfacerse; filme con una estética bucólica y sentimental que dejó algunas secuencias dignas de recordar. Sería interesante saber si de hacer un remake de la propia película con los medios apropiados no perdería parte de su encanto. A diferencia de películas como, por citar un ejemplo, No regret (Huhwaehaji anah) del coreano Leesong Hee-il donde cada pasito en la relación homosexual que nos cuenta parece estar acompañada de un desagradable "¡Hale! ¡Mirad espectadores lo que están haciendo, qué chicos más malos!" tras la supuesta normalidad que pretende emanar la cinta (aunque qué se puede esperar teniendo como eslógan promocional la irritante y mojigata frase "I don't know why. I just like you..."), esta ópera prima además tortura al espectador con un final que se alarga insoportable e incomprensiblemente desde la mitad de su metraje. Cerramos aquí este largo paréntesis queer para seguir hablando del interesante film de Estergályos y del panorama del cine de la Europa oriental actual. Las interpretaciones de Dávid Szabó, el efebo, y László Gálfi, el escritor, son las correctas para que sea verosímil lo mostrado en la pantalla, esto es, el proceso que va de la sorpresa de uno mismo a la locura que suele conducir en cine y literatura este tipo de relaciones lujuriosas: un escritor que ya no vende, en plena crisis de los cincuenta, reencuentra en su vida la posibilidad de poseer a otro hombre (brillantes escenas de cama, rodadas con sutileza y sin afán de provocar) y vivir una doble vida combinando la rutina con su aún de buen ver aún esposa y el extraño mundo de liberación sexual que le propone un joven que irrumpe en su vida a las tantas de la noche en una librería de Budapest.
Jirí Menzel le debe bastante a Bohumil Hrabal. Aunque sería simplón limitar la obra del cineasta checo a las adaptaciones de la prosa del genial escritor, tampoco puede negarse que la carrera del primero sin el otro hubiera sido completamente diferente. Las adaptaciones de las historias de Hrabal le han traído a Menzel diversos premios en eventos de prestigio internacional tales como el Oscar a la mejor película extranjera para Trenes rigurosamente vigilados en 1968 o el Oso de oro en la edición de 1990 de este festival por la rescatada tras veinte años de cautivo Alondras en el alambre. A largo de los años, y hasta la extraña —cuanto menos— muerte de Bohumil Hrabal acaecida en 1997, la relación entre cineasta y escritor fue, además de profesional, amistosa. Incluso Hrabal, bebedor empedernido, se avergonzaba ir con Menzel por los bares e incluso hacía ante el camarero que no se conocían, ya que el cineasta solía pedir té en lugar de cerveza. La cerveza (dorada desde que en 1842 en Plzen se produjera por vez primera este tipo, la más usual en nuestros días que en su denominación, pilsner sigue haciendo honor a su origen checo) tiene un estatus a medio camino entre lo cultural y lo espiritual en la República Checa difícil de explicar aunque fácil de comprender, y en parte compartir, cuando al tocar el fin la narración en primera persona de Yo que he servido al rey de Inglaterra, podemos ver la expresión del protagonista Jan Díte contemplando una jarra llena de la dorada sustancia tras haberse parado a pensar en lo que ha hecho durante su sorprendente y atípica vida. Lamentablemente en esta ocasión no pudo Menzel contar con la ayuda de Bohumil Hrabal trabajando en la adaptación para la gran pantalla. Pese a esto, según parece, en diversas ocasiones habían hablado ya sobre cómo adaptar uno de sus más perfectos libros, con decenas de personajes e historias paralelas imposibles de incluir en su totalidad en dos horas de metraje, de ahí la necesidad de crear una acción dramática entorno a un personaje central. En la película vemos como Jan Díte tras salir tras quince años de la cárcel trata de rehacer su vida como gerente de un bar en un pueblo abandonado por los alemanes en los tiempos de la guerra. Como en la obra de Hrabal en la nueva cinta de Menzel asistimos con mirada incrédula a la capacidad del checo de aclimatarse a los más diversos reveses históricos impuestos desde arriba, mostrando de forma humorística aunque compasiva los momentos más penosos de la vida del protagonista: la ambición y la realización de su sueño de ser millonario en apariencia no le ha traído nada bueno al inicio de la narración, hacia el final el personaje no se queja, no dramatiza, sino que después de pensar quién es y dónde ha llegado está contento aunque motivos de estarlo, para el espectador, no tiene ninguno (de lo malo siempre podemos extraer algo bueno). Yo que he servido al rey de Inglaterra fue, sin lugar a dudas, una de las mejor aceptadas películas en el festival, cosa que no deja de desalentar si tenemos en cuenta que una película como esta, nada en el fondo que no hayamos visto ya en anteriores películas de Menzel, deba ser considerada como una de las mejores.
Una vez situados ya dentro del marco de las películas a concurso ha llegado el momento de dejar constancia de producciones de la sección oficial que merecen ser recordadas. Lamentablemente en parte sin sorpresa alguna. Esta edición no ha dejado ningún nuevo apellido más o menos extraño que recordar. Se agradece, eso sí, la apuesta del festival por el cine europeo.
Angel, la primera película de época de François Ozon está además rodada en inglés. Ozon adapta la novela de idéntico título escrita por la británica Elisabeth Taylor —no confundir con la célebre intérprete de ¿Quién tieme a Virginia Wolf?— y tiene por protagonista a la joven Angel Deverell, que en plena adolescencia se fija la meta de ser una "gran" escritora de éxito (pese a no haber leído a nadie además de sí misma), tener fama y amor (la biografía de la olvidada escritora Marie Corelli sirvió de base para la gestación de la novela). A diferencia de Taylor, Ozon no trata de ridiculizar a su protagonista aunque tampoco se priva de mostrarnos la cruda realidad: es una escritora mediocre que en cuanto deja de ofrecer a "su público" lo que de ella desea y pasar su moda se encierra en su mansión.
Les témoins con los años será seguramente dentro de la filmografía de André Techiné una película a remarcar. Impecable a todos niveles, tanto técnicos como dramáticos, y con unas interpretaciones soberbias podríamos escribir párrafos y párrafos sobre las distintas capas de significación que posee este filme. La película toca uno de los dramas humanos que más fuertemente sacudieron el mundo, los primeros momentos de incertidumbre tras la detección del virus del SIDA a principios de los ochenta, he aquí el tema social de fondo. Testigos de esta triste revolución son nuestros personajes: el médico Adriana una pareja de recién casados, Medhdi y Sarah, su joven "amigo" Manu durante sus vacaciones en un idílico paraje junto al mar. Fruto de este encuentro se forma a escondidas una nueva pareja, entonces el aún desconocido problema les tocará de más o menos cerca, trastocando la existencia de cada uno de ellos. Aunque se el podría echar en cara la elección de los personajes (una escritora y un policía por un lado, del otro un médico de renombre y un joven gigoló) gracias a ello puede Téchine explorar este problema desde puntos de vista bien diferenciados, estudiándolo escrupulosamente en cada una de las partes de las que se compone el filme.
Jamie Bell, el niño de Billy Elliot, ha crecido y borda su papel en Hallam Foe (durante la rueda de prensa todo fueron elogios en clave de preguntas para su trabajo). Encarna en la película a un adolescente tímido y reservado que vive aislado del mundo en la mansión de su padre y madrastra. A esta la cree la asesina de su madre, fallecida hace no tanto tiempo ahogada en un lago de su finca. Tras un encuentro furtivo algo incestuoso con la presunta criminal huye a Edimburgo, donde tratará de rehacer su vida cuando nada más llegar se le aparece en la calle la misma imagen de su madre. Película psicoanalítica y patológica, políticamente incorrecta pero bien llevada y acompañada por una buena selección de música electrónica actual (esto no fue pasado por alto y por ello fue premiada) que, en parte, refleja la pérdida existencial del "adolescente" y, salvando las diferencias, puede recordar a "La naranja mecánica" de Kubrick por el problema que plantea, aunque no en el modo.
Y con esto doy fin a esta crónica peregrina desde la estepa mongol hasta casi la entradilla de casa. En esta ocasión el camino, pese a haber sido variado en experiencias no nos ha hecho ni mejores y tampoco nos ha aportado nada en especial, no hemos cambiado ni para bien ni para mal. Seguramente esta 57ª edición de la Berlinale no quedará en los anales del festival como una de las más sobresalientes de la historia. Tampoco puede decirse que en conjunto haya sido un fracaso. Sería injusto. He ahí las dos caras de una misma moneda: todo lo remarcable visto se estrenará, todo lo bueno fue previsible.