Docs Barcelona 2007

Por Antoni Peris i Grao

No quisiera ahora entretenerme en elucubraciones sobre un género que profesionales más versados en el tema han hecho en otras ocasiones. Hablemos de documental, de reportaje, de docu ficción o de pseudo ficción, el documental is here to stay, con lucidez, con vitalidad y con ambición. El festival internacional de documentales de Barcelona (DOCS) nace con el deseo de expandir aun más este fenómeno, codeándose o quizá rivalizando con las muestras Docúpolis y Alternativa que se exhiben en la misma ciudad en otoño. Un fenómeno que significa, a poco que queramos ver, un auténtico cambio en la forma de entender la narración cinematográfica y que tiene un  impacto sobre una audiencia cada vez mayor que progresivamente se deja seducir por este tipo de obra.

Max mix

Hay que decir que el conjunto de las películas presentadas en el DOCS ha sido variado, en propuestas y en resultados. Había la intención de difundir obras consideradas clásicas (Belovy de Victor Kosskovsky, Geschichte der Nacht de Clemens Klopfenstein,The passing de Bill Viola, entre otras), de presentar novedades, de crear audiencia y de facilitar el contacto entre creadores y productores. A raíz de los resultados, la audiencia está bastante presta. ¿Lo estará la distribución?

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Montse Armengou, realizadora de documentales de TV3, realizó la heterogénea selección de la sección de Historia. Children of the decree (Florin Iepan, 2004), la más floja del grupo, es un sensacionalista reportaje sobre la bárbara ambición del dictador Ceacescu que planteó en los 60 la duplicación de la población rumana prohibiendo el aborto y estimulando las familias numerosas. Un baby boom que fue su verdugo cuando 20 años más tarde los jóvenes se vieron sumidos en una sociedad sin recursos, sin moral y sin futuro. La información es devorada, lamentablemente, por la voluntad morbosa de notoriedad a base de imágenes de abortos. Ghost fleet: the epic voyage of Zheng He (Jonathan Finnigan, 2005) es un lujoso documental sobre el almirante chino que a primeros del siglo XV llevó el imperio Ming a las costas de Africa. Una pieza de orfebrería visual gracias a la producción del fotógrafo Mike Yamashita, del Nacional Geographic. Hitler’s hit parade (Oliver Axer i Suzanne Benze, 2003) es un estimulante collage de las imágenes propagandísticas del III Reich revisadas con distanciamiento.. Con las resonancias de los musicales de la época, los directores nos llevan de una Alemania lujosa, moderna y erótica, y un Hitler amado y triunfal, a un país derrotado y humillado tras la mayor hecatombe del siglo XX.

La ciudad de los fotógrafos (Sebastián Moreno, 2006) fue la más sólida de las propuestas. Una obra rigurosa y emotiva que revisa el papel de los fotógrafos que se lanzaron a la calle de la dictadura pinochetista de los 80 para revelar el horror, denunciar la impunidad y recordar a las víctimas. Moreno, hijo de uno de estos fotógrafos, fue contactando con unos y otros obteniendo un retrato de grupo que incluía a héroes anónimos, a outsiders, a profesionales consagrados y a fantasmas del pasado. La puntual carencia de información (algunos episodios son algo confusos), se compensa en proximidad mediante una mirada certera con los entrevistados y un complemento visual a las fotografías a través de las imágenes televisivas correspondientes

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Hubo también películas dedicadas a los adolescentes (de Thin Ice de Hakan Berthas, fue un simpático ejemplo sobre la perseverancia por la igualdad de género en lo alto del Himalaya a la dureza de Devil’s Miner, centrada en la explotación infantil de las mina bolivianas), y una serie de Extras. Estos oscilaban de las master class de Jean Lous Comolly y  Victor Kossakovsky a la presentación de producciones locales, a un emotivo encuentro catártico entre colaboradores del difunto Joaquim Jordà (incluídas las protagonistas de Més enllà del mirall) o la recuperación de un documental ya exhibido en otros festivales. Tintin et moi (Anders Ostergaaard, 2003) es un esforzado trabajo que elabora una imagen de Georges Remy a. Herge. El director se las apaña para construir un producto eficaz, que sorprendentemente basa un relato sobre la creación de imágenes en una serie de grabaciones en audiocassette de los 60. El resultado es un triunfo de la capacidad de su autor lastrado por la censura de Moulinsart que impide profundizar en la relación de Tintin con el nazismo.

Lluis Llach, la revolta permanent, no es tanto una película de Lluís Danés, como una producción de Jaume Roures, adivinándose así hasta qué punto Salvador era obra a cuatro manos de Manuel Huerga y el propio Roures. Iniciada como una obra en torno a la persona y obra del cantautor catalán, la película deriva hacia el análisis de los hechos de marzo de 1976 en Vitoria, sobre los que Llach elaboró un sentido disco, Campanadas a morts. Así se recupera la necesaria memoria de este olvidado suceso del tardofranquismo, en el que la policía arremetió con armas de fuego contra 4000 manifestantes de condición y edades varias que protestaban por injusticias laborales en las fundiciones. Pese a los 5 muertos y 100 heridos, los responsables (Rodolfo Martín Villa y Manuel Fraga Iribarne) se limitaron a echar la culpa a los manifestantes. Como Salvador, un toque imprescindible a la conciencia política de todos. Como Salvador, una amalgama de intenciones y resultados, oscilando del reportaje aplicado, a la rigurosa investigación, del panegírico a un excelente compositor a una realización reiterativa que culmina con la imagen de las trompas  y violines en un concierto conmemorativo que pretende ser sensible y se queda en vacía.

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La sección estelar

Tue Steen Muller, danés y ex responsable de la Red Europea de Documental, seleccionó las películas de la sección Panorama.

Sugartown: the bridegrooms (Kimon Tsakiris, 2006) era una ácida y amarga mirada a un conjunto de solterones de un pueblito griego que son utilizados por su alcalde para conseguir votos a cambio de esposas. El periplo en busca de novia, iniciado en dirección a Ucrania, se tuerce a Moldavia y finalmente arranca hacia Moscú. Los improbables (e impresentables) novios parten en una ilusionada ruta que lleva al espectador de la risa a la compasión y a los protagonistas de la ilusión a la desesperanza. Un retrato inicialmente muy interesante de esta caravana del amor que se deshincha al igual que la cinta pasada la mitad del metraje, cuando el encuentro con las novias revela las insuficiencias del proyecto y de los machos mediterráneos.

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Guerrilla girl (Frank Piasecki Poulsen, 2005) es un sorprendente reportaje que recoge fielmente (en apariencia) los meses de entreno de una joven que decide integrarse en las FARC de Colombia. Un entrenamiento tan Kumbayá (“compañera, hay que hacer autocrítica”) que hace pensar hasta que punto el director fue utilizado por la guerrilla para demostrar que eran un grupo humano, amante de la libertad, igualdad y fraternidad y alejado absolutamente de la corrupción y el narcotráfico. Pese a mi natural mala fe en cuanto a la sospecha de manipulación política, no deja de maravillar la capacidad de observación de un director que identifica detalles como las envidias entre guerrilleras por el uso de un champú ajeno o las coletillas machistas de “compañeros” que no comprenden tengan que asumir responsabilidad por el eventual embarazo de sus parejas.

En el hoyo (Juan Carlos Rulfo), aun castrada por un problema de proyección, fue uno de las mejores propuestas. Un excelente retrato de los constructores de una autovía elevada en DF. Una cinta atenta, sincera, honesta y humana que recoge el día a día, los esfuerzos cotidianos y las reflexiones de obreros, policías y vigilantes de un submundo de DF. Una cinta a reivindicar.

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Y he dejado para el final el gran éxito del festival. Sólo por la presencia de Can Tunis merecía ser visitado este DOCS. La cinta de José González Morando y Paco Toledo, elaborada a lo largo de tres años de rodaje y casi tres más de postproducción, nos obliga a abrir los ojos ante una realidad que negamos. A la llegada de las Olimpiadas a Barcelona y la posterior recula de turistas, resultó en una estrategia de limpiado del Barrio Chino y una exilio de los yonquis más allá de las fronteras de la ciudad. Un destino inevitable fue el ya degradado barrio de Can Tunis, o sus restos mejor dicho. Poco más que una docena de edificios medio derruidos en los que malvivían una serie de familias de un clan gitano. En este ambiente, la aparición de adictos sin fronteras en busca de caballo fue recibida pragmáticamente ante la posibilidad de mejorar un negocio previamente ya existente. Esta situación temible es recogida por la cámara discreta de los autores y se va desvelando de modo progresivo en las escalofriantes escenas que puntúan la narración. González y Toledo evitan moralizar, evitan excesos morbosos y evitan un análisis político. Su punto de vista, el de un espectador sorprendido pero que evita ser intrusivo, el de un viajero atento a los detalles pero que respeta aquellas situaciones que no comparte, es un punto de vista poco neutro pero discreto. Tras medio año de compartir la cotidianeidad (que sólo se refleja en unos tres minutos de metraje) con una de las familias gitanas, González y Toledo fueron echándose a la calle para captar imágenes de una vida manchada de miseria y delincuencia, pero impregnada de libertad y orgullo. Así, contemplamos como niños se moldean en la delincuencia, cómo aprenden a “hacer un puente”, a desmontar una radio o desguazar una batería de un vehiculo, cómo aprender a derrapar y tomar curvas cerradas… Mientras, desde la pared la fotografía de la matriarca, encarcelada durante buena parte del rodaje, contempla la desintegración de la familia y del mismísimo núcleo social. Regresada poco antes del derribo de la vivienda, admitirá cómo la misma droga que venden ha envenenado la estructura del clan. Finalmente, tras el derribo y desahucio, la familia trata infructuosamente de instalarse en un piso. Los directores captan con sabiduría todos los aspectos de este extrañamiento: desde la transitoriedad del apartamento, al rechazo agresivo del hijo mediano (a punto caramelo para la delincuencia), a la inutilidad social de la diáspora en tanto que la droga seguirá vendiéndose en algún otro Can Tunis. En una escalofriante imagen, un churumbel de unos 10 o 12 años se sincera a la cámara mientras conduce temerariamente: Can Tunis es una mierda; pero es lo que hay. Ellos sólo conocen esta vida. Y su futuro, ¿cuál será? Quizás sea borracho, quizás drogadicto, puede que abogado o caballero (de los que montan a caballo)… Ya se verá. El niño sonríe a cámara y detiene el auto. “Bueno, pues hasta luego”, dice con sinceridad y simpatía. Un pedazo de vida. Eso era el barrio de Can Tunis y eso captó la cámara de González y Toledo. Lo dicho, un broche para un festival y una perla cuyo estreno hay que reivindicar.