22 festival de Mar deL Plata

Coordinado por Sebastián Russo

En vísperas de un nuevo BAFICI (el próximo mes publicaremos nuestra habitual —caótica y afiebrada— cobertura), y desde Mar del Plata, Pablo Russo nos acerca estos comentarios sobre la Competencia Latinoamericana de la 22º edición del festival de cine más tradicional de la Argentina. Que los disfruten. Sebastian Russo.

El Astor de Oro al mejor largometraje, máximo galardón que entrega el Festival, se lo llevó el film español Ficción, del realizador catalán Cesc Gay. Por su parte, en una de las secciones más interesante que este año presentó el 22 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata (8 al 18 de marzo) fue la de Competencia Latinoamericana, que premió al documental argentino M, opera prima de Nicolás Prividera, sobre una historia de desaparecidos. No es que antes no existiera esta sección, pero de ser una muestra más entre tantas otras fuera de competencia, pasó ahora a ofrecer la recompensa que, más allá del título heroico (se llama Ernesto “Che” Guevara), concede 50 mil dólares al ganador. Aumentó entonces el interés en participar en ella, y en consecuencia se brindó un mejor nivel de películas, cuya selección estuvo a cargo de Eduardo Flores Lescano, Gregorio Anchou y Pablo Mazzola. Quiero destacar aquí dos de ellas, por su tono social, político y testimonial.

El cielo de Suely

El cielo de Suely (Brasil, 2006)

Director: Karim Ainouz, Guión: Mauricio Zacharias, Felipe Bragança, Karim Ainouz, Elenco: Hermila Guedes, María Menezes, Zezita Matos, Joao Miguel, Gerogina Castro. Duración: 86 minutos.

El sertao brasileño se extiende por los estados del nordeste, un lugar de mucho sol, que alejado de la costa presenta tierra seca y horizontes amplios. Abarca varios estados y ocupa aproximadamente unos setecientos mil kilómetros cuadrados. Iguatú es uno de los tantos pueblos de ese interior olvidado en el Estado de Ceará (lugar de origen del director, que nació en Fortaleza, su capital). Es un sitio del que muchos buscan irse lejos para cambiar de vida. Pero esta historia empieza con Hermila, una joven de 21 años que llega, o mejor dicho que vuelve, dos años después de haberse ido tras los pasos de su novio Matheus hacia San Pablo. Regresa a lo de su abuela y su tía, con un hijo a cuesta, esperando al marido que nunca llegará. Pronto cae en la vida rutinaria de un pueblo que no la satisface, incluyendo en esto la relación con su ex novio Joao. Hermila se inventa entonces una rifa especial que promete el paraíso, con la idea de juntar dinero para alejarse lo más al sur posible, en busca del frío y de una vida nueva.

Lo que hace Ainouz en su segundo largometraje de ficción – el primero fue Madame Satá, con el que se hizo conocido en 2002 – es tratar la falta de perspectiva para una mujer humilde en una sociedad que no le da posibilidades. Que la empuja a la resignación, o a la prostitución. Cuenta para esta tarea con la bellísima fotografía de Walter Carvallo, las muy buenas actuaciones de todos los protagonistas (hubo un intercambio de papeles quince días antes de empezar la filmación, entre la protagonista y la prostituta), y el escenario natural de un pueblo del nordeste. Además, lleva el sello productor de Walter Salles. Lo que hace Ainouz en esta entrega es presentar un cine brasilero lejos de las playas, de las grandes urbes, de los carnavales fastuosos. Lo que hace Ainouz es mostrarnos el Brasil profundo.

Cocalero

El cielo de Suely (Bolivia-Argentina, 2006)

Director: Alejandro Landes. Guión: Alejandro Landes Elenco: Evo Morales, Leonilda Zurita, el pueblo boliviano. Duración. 94 minutos.

Alejandro Landes sigue con su cámara a Evo Morales durante sus últimos meses de campaña, desde los momentos previos a puntear en las encuestas hasta el día posterior a las elecciones que lo llevaron a convertirse en el primer presidente aymara de Bolivia. Landes es un periodista que se mete por primera vez con el género documental, siguiendo el camino de Joao Moreira Salles en Entreactos, de 2004 (que siguió al presidente Luiz Ignacio Lula da Silva durante el último mes de campaña), atraído por el personaje pilar de este largometraje: un sindicalista cocalero que viste jean y zapatillas. La cámara acompaña a un hombre sencillo por una tierra oprimida. Evo en la peluquería, Evo nadando en calzoncillos en un río, Evo caminando entre la multitud para llegar al palco y dar su discurso. Abunda la cámara en mano, sin iluminación artificial ni narración en off. Pero algo pasó durante la filmación, que casi hizo zozobrar la película pero redundó en un enriquecimiento de la historia: en algún momento durante la producción, Evo acusó al equipo de filmación y a su director de ser agentes de la CIA, por lo cual les dio el olivo por un tiempo (hasta que los perdonó). Lo interesante es que el equipo se trasladó entonces hacia Chapare, en la jungla de Cochabamba, y descubrió entonces los fundamentos del poder de Evo en lo más profundo de las plantaciones de coca. A pesar del título en singular de la película, aquí entre en juego Leonilda Zurita, líder del sindicato de mujeres cocaleras y candidata a senadora del MAS, quién sirvió de verdadero nexo para que el documental se enriqueciera y expusiera cuáles son las bases sociales que impulsaron a Evo a la presidencia.

A Cocalero le falta la pasión del cine político militante y comprometido con los procesos sociales, pero no por ello pierde interés como retrato de la cambiante realidad latinoamericana de los últimos tiempos. Al respecto, significativas resultan las imágenes de la Cumbre de los Pueblos de 2004 en Mar del Plata, en las que se ve a Evo junto a Hugo Chávez y Diego Maradona, quien habla por teléfono en ese momento con el comandante Fidel Castro. Como corolario, se destaca la conformación continental del equipo: director brasilero, director de fotografía venezolano, productora argentina, equipo boliviano, músicos mexicanos... y presidente Aymara.

Pablo Russo