Un año más, el cine Palafox de Madrid albergó una nueva edición de la Muestra de Cine Fantástico, organizada por el Canal SciFi y la distribuidora Versus Entertainment. En su IV edición, la Muestra consolidó su apuesta por títulos que no se han estrenado aún en España o sólo se han podido ver en festivales especializados como Sitges. La programación del Festival, que tuvo lugar del 8 al 11 de marzo, conjugó el aliento épico de directores orientales como Zhang Yimou o Kaige con el pulso del cine de bajo presupuesto y espíritu indie de películas como Special. En la Muestra hubo espacio para propuestas de animación tan sorprendentes como Paprika, Princess o Renaissance, así como guiños al slasher (Hatchet) y al terror para adolescentes (La marca del lobo o The messengers). Mención especial mereció la inclusión de algunos de los mejores cortos de la semana de cine fantástico de San Sebastián, como el impagable George Lucas in love. Defendiendo el pabellón patrio se presentó Los Abandonados, el debut en largo de Nacho Cerdá.
Aunque aún no se conocen las cifras exactas de asistencia al evento, este año se incrementó el número de espectadores que prefirieron sentarse en la butaca a disfrutar de la ecléctica selección de la Muestra antes que enfrentarse a los cánticos de zombies y momias que, por razones nada fílmicas, abarrotaron las principales calles de la capital esos días. La positiva respuesta del público confirma el gusto por un género, el fantástico, que se mantiene imperturbable a modas y desprecios sistemáticos, y abre las puertas para futuras ediciones del evento. Así lo demostró la nueva imagen del festival, con un logo que nace para convertirse en seña de identidad de la Muestra y la posibilidad abierta de que el evento amplíe su duración hasta convertirse en la Semana del cine de Fantástico de Madrid. A la espera de futuras confirmaciones, esto es lo que dio de sí la Muestra:
Un vistazo a el trailer de La maldición de la flor dorada (Man cheng jin dai huang jin jia, 2006) puede llevar a la errónea impresión de que por tercera vez Zhang Yimou ha retomado el género wuxia que ya había abordado en sus dos películas anteriores, Hero (Ying xiong, 2002) y La casa de las dagas voladoras (Shi mian mai fu, 2004). Desde luego el tema, las intrigas familiares entre el Emperador, su enferma esposa y sus hijos en la víspera del Festival Chong Yang, daba para ello. Sin embargo, el primer tramo del largometraje es una procesión de silencios incómodos, miradas cómplices, falsas apariencias, relaciones familiares ilícitas, celos fraternos y pasiones que pugnan por salir a la luz entre los pasillos del Palacio Imperial. Es a partir de los planes para derrocar al Emperador cuando Yimou se abandona al epicismo desmesurado y exageradamente cromático que tanto le gusta últimamente, aunque las secuencias de acción (que no por situarse en un espacio cerrado son menos espectaculares), obedecen siempre a la estructura de la trama y están condicionadas a la misma. De hecho, las batallas tan sólo acontecen cuando la tensiones familiares se hacen tan insoportables que es imposible mantenerlas por más tiempo soterradas; así, la violencia física de miles de guerreros de facciones rivales enfrentándose no es sino en el fondo el eco amplificado de la violencia emocional que envenena a los personajes hasta un punto insostenible.

La película está basada en un clásico dramático del siglo XX de Cao Yu , aunque al espectador occidental la estructura de la trama y la composición de algunos personajes le recordará inequívocamente a Shakespeare. Se trata de una consistente obra que además se ve arropada formalmente por un envoltorio visual excesivo y fascinante, con una demencial utilización del color dorado tanto para los escenarios como para el vestuario de los personajes (algunos trajes tienen hasta cuatro y seis capas).
Javier Pulido
De los directores que forman/formaron parte de la "Quinta Generación" de cineastas chinos —recordemos, aquella integrada por los profesionales graduados en el Instituto de Cinematografía de Pekín que cursaron sus estudios entre 1978 y 1982— la figura de Chen Kaige siempre se ha mantenido a la sombra de su compatriota Zhang Yimou, quizás el único que ha conseguido unificar prestigio crítico y éxito comercial (a posteriori), mientras que otro nombre fundamental como Tian Zhuangzhuang ha permanecido casi por completo en el anonimato. De hecho, las carreras de ambos —Chen y Zhang— han seguido un itinerario parejo [1], arrancando con largometrajes que remontándose a un pasado histórico no muy lejano, reflexionaban sobre las trabas del presente: un cine incómodo, embarazoso y peligroso, que provocó en algunos casos la prohibición de sus obras —como la segunda película de Chen, The Big Parade (Da Yuebing, 1985). Pero la difícil convivencia en un entorno político tan represivo fueron minando las ansias revolucionarias de ambos, que han terminado ejecutando un salto al cine comercial, en algunas ocasiones inoculando un peligroso mensaje conservador —Hero (Ying xiong. Zhang Yimou, 2001).
Por otro lado, Chen ha ido asumiendo proyectos cada vez más heterogéneos, hasta el punto de marcharse a Estados Unidos para rodar un apocado thriller erótico, Suavemente me mata (Killing Me Softly, 2000). Tras una cinta de transición como fue Together (He ni zai yi qi, 2002) y para intentar aprovechar el huracán comercial suscitado por las películas de artes marciales rubricadas por Zhang, Chen filmó The Promise (Wu Ji, 2005), un wuxia más fantástico, acercándose al tono con el que Tsui Hark contagió a producciones como Zu, los guerreros de la montaña mágica (San suk saan kim hap, 1983)

El fracaso artístico de The Promise —al que hay que sumar su tibio recibimiento comercial, pese a su exagerado presupuesto— ha de rastrearse posiblemente en la falta de talento del cineasta, en su poca habilidad para afrontar un trabajo de estas características. Chen es incapaz de darle empaque a un punto de partida que cuenta con los mimbres suficientes como para tejer un buen resultado: una terrible maldición, una relación imposible, abusos de poder, destinos fatalistas.. The Promise denota apatía, desgana; está rodada sin aplomo, sin confianza en lo que se está narrando, y su poder de atracción descansa exclusivamente en su exhuberancia visual. Son películas que ponen de relieve una vez más la dificultad que entraña rodar (buen) cine de género, ser consciente que éste es la mejor manera de hacer llegar la historia que se desea contar. No pecamos de rancios o de nostálgicos cuando invocamos a cineastas como Chang Cheh, o sobre todo, King Hu. Sean sus obras mejores o peores, poseen algo que no existe en The Promise: convicción.
Roberto Alcover Oti
Si alguien puede (re)tratar la realidad con la más rica fantasía y el mundo fantástico con la mayor sordidez posible, ese es Terry Gilliam. Tideland es su ultima (¿su gran?) obra maestra, una flor extraña que nace en un desierto, nunca mejor dicho, donde las padres cuando se van de vacaciones se pican la vena y se mueren, donde los abuelos violan a los deficientes y los adultos pagan la compra semanal chupándosela (semanalmente) al obeso repartidor. Donde las muñecas son malas y conspiran entre ellas, donde las brujas existen y son más fuertes (siete veces o mil) que las princesas y donde los trenes son tiburones de secano que cualquier día de estos descarrilan y vomitan muertos a los que dormitan en su vientre. Un desierto que es una jaula que es una pecera que dentro tiene una jaula donde una niña canta sin dar ni una de las notas. Olvídense del mainstream de Pequeña miss Sunshine y abracense al cadáver de la infancia que es el cadáver del paraíso perdido y sus habitantes que somos nosotros y los perros que nos abandonaron para ir al cielo de los perros.

Dejense llevar por la determinación loca, incorrecta y surreal de uno de los creadores que siguen aportando, cada vez que rueda algo nuevo, su grano de arena en los ojos de la sociedad bienpensante.
Manuel Ortega
Oxide y Danny Pang por fin se han decidido dar el salto a Hollywood, aunque con red. Y es que, a pesar de que su debut en EEUU esté auspiciado por productoras independientes, por detrás está la mano del astuto Sam Raimi. A estos hermanos oriundos de Hong-Kong se les recuerda fundamentalmente por The Eye (Gin gwai, 2002), una producción que, sin ser nada del otro jueves a pesar de su efectista montaje, traspasó fronteras auspiciada por el éxito mundial de películas como The Ring (Ringu, 1998) o Dark Water (Honogurai mizu no soko kara, 2002). Su debut en Hollywood, The Messengers narra las vicisitudes de una familia que, para esquivar problemas familiares, opta por el exilio rural y se instala en una vieja casa, infectado de fantasmas que moran y asustan en pena a la espera de saldar unas cuantas cuentas pendientes. Para que se hagan una idea de qué va el asunto, piensen en La morada del miedo (The Amityville Horror, 2005) habitada por espectros de larga melena a lo Nakata.

The Messengers ofrece algún apunte interesante, como que algunos de los momentos más terroríficos se produzcan a plena luz del día. Sin embargo, se trata de una película de factura correcta y funcional en la que nada molesta ni chirría especialmente, quizá porque en ningún momento esconde su vocación de cine de palomitas de viernes por la noche. Quienes acudan a verla atraídos por el reclamo de los Pang puede salir algo decepcionados, sin embargo, porque en ocasiones da la impresión de que se les ha fichado para que animen la función con su catálogo de efectistas clichés visuales y su galería de fantasmas de movimientos espasmódicos. Por lo demás, es una película de mensaje muy conservador (familia que lucha unida permanece unida), que sigue a pies juntillas esa molesta tendencia que tienen en Hollywood (de la que se escapan por fortuna anarquistas como Rob Zombie) de ofrecer demasiadas explicaciones "lógicas" con calzador en las nuevas producciones de género, cuando lo que realmente nos mete el miedo en el cuerpo es el horror puro, sin motivo y sin piedad.
J. P.
En su irregular ensayo "Danza Macabra" Stephen King se preguntaba por qué existían tantas películas de miedo tan malas, para llegar a la "brillante" conclusión de que la culpa es la explotación a la cual es sometida el género, al que equipara, debido en gran parte a su sistemática elaboración —como si de una cadena de montaje se tratara—, con el cine pornográfico. De esta forma, la industria cinematográfica se ha valido tanto de los baratísimos costes de producción de estas películas y de la celeridad de sus rodajes, como del desproporcionado afán de deglución por parte de los seguidores (¿?) del género. Tal es el caso de Hatchet (Adam Green, 2006), que pertenece por estética, cutrez, (falta de) innovación y pretensiones, e hilaridad narrativa, al terreno del exploit , de la serie Z pura y dura, del slasher de fácil consumo y excreción instantánea. Por ello no deja de resultar sorprendente que en diversas entrevistas diseminadas por el ciberespacio, su realizador se congratule por la supuesta frescura de su película, afirmando que es una vuelta al psychokiller sobrehumano, indestructible, de la década de los '80 —a la manera de un Jason Vorhees o un Michael Myers, su protagonista es una bestia desfigurada con pasado traumático (¡!) que se dedica a asesinar sin miramientos a los que rondan su morada en los pantanos de Nueva Orleáns—, cuando su película no es más que una choza edificada sobre ladrillos carcomidos por la explotación.

Lo que cabría preguntarse tras ver Hatchet es si para rodar tal película es necesario asistir a una escuela de cine. Y aunque no venga muy a cuento, nos permite apreciar todavía más a cortometrajes como For(r)est in the des(s)ert (Luiso Berdejo, 2006) —proyectado dentro de la sección de cortos de la Muestra—, que pese a su excesivo onanismo, demuestra como es posible con una voz en off y cuatro elementos de derribo, crear una historia, un cuento emotivo y agradable. Al menos para esto último sí hay que tener talento.
R. A. O.
Si el año pasado el cine de animación no tuvo representación alguna en la muestra, en esta edición la deuda se ha saldado con creces: hasta tres títulos: La producción germano-danesa Princess, de Anders Morgenthaler, la francesa Renaissance, de Christian Volckman y la japonesa Paprika, última obra hasta la fecha del reconocido Satoshi Kon (Perfect Blue, Millenium Actress, Tokyo Godfathers). En Paprika nos situamos en un Tokio futurista, pero no muy diferente del que conocemos, donde una empresa de tecnología ha descubierto la forma de introducirse en los sueños de las personas, en principio con fines exclusivamente terapeúticos. El robo de una de las máquinas que permite tales intrusiones desemboca en una situación que termina convirtiéndose en mortalmente peligrosa para toda la humanidad. Y solo una misteriosa muchacha que se hace llamar Paprika parece tener la clave de todo el galimatías.

Satoshi Kon, sin perder cierto sentido del humor, se aleja temáticamente de las conmovedoras y realistas historias de Tokyo Godfathers y Millenium Actress, para volver (como en Perfect Blue, y al parecer también en la serie Paranoia Agent, que todavía desconozco) por una senda donde la realidad se torna inestable y la mente humana se revela como el misterio que es, dejando ilimitadas posibilidades y realidades alternativas reflejadas en una narración visualmente impecable y animada de forma brillante que no deja respiro a la imaginación del espectador. El guión, lleno de recovecos, termina por mostrarnos la posibilidad de un sueño colectivo de la humanidad que desemboca en un final tan grandioso como absolutamente excesivo que remite directamente a obras de Otomo como la mítica Akira o la más reciente Steamboy.
Sergio Vargas
Una selección de cortometrajes presentados en la XVII Semana de cine Fantástico y de Terror de San Sebastián constituyó una de las sesiones más delirantes de la muestra. Hubo lugar para la carcajada, la melancolía, la reflexión, y, admitámoslo, algún que otro rubor ajeno.
Todo comenzó con el divertido For(r)est in the Des(s)ert, que, tras la introducción de José Luis Rebordinos, presentó su propio autor, Luiso Berdejo. La historia de una abducción y la consecuente búsqueda del hermano del desaparecido. Poco o nada que ver con Una historia verdadera, aunque el final con la cámara fija en las estrellas pueda recordarlo. Narrado continuamente por una voz en off, el cortometraje demuestra que con imaginación, algún amigo que maneje bien el ordenador y pirateando algo de buena música pueden hacerse cosas muy interesantes.
No decayó el ritmo, más bien todo lo contrario, con Ward 13, una cinta de animación rodada mediante la técnica de stop motion con la que tan buenos resultados logró Tim Burton (y Henry Selick, según rezan los créditos) en Pesadilla antes de Navidad. Acción a raudales, terror y continuos golpes de humor son los perfectos aliados de esta pequeña joya que narra la odisea de un hombre que, a raíz de un accidente, se encuentra de repente encerrado en un hospital regentado por psicópatas maníacos.
El registro cambió completamente con The Periwig Maker, de Steffen Schäffler, artísticamente impecable. Esta vez se trataba de marionetas, en un trabajo más cercano al clasicismo de los filmes del checo Jirí Trnka, maestro en la técnica, que a productos como Team America, todo hay que decirlo. Una historia ambientada en la Europa de la peste, triste, algo monótona para los quince minutos que dura, y con un final humorístico que no deja de resultar curioso.
De nuevo la carcajada se apoderó de los asistentes con un trabajo paródico de trazo grueso, ya desde el título George Lucas in Love, en clara referencia a Shakespeare in Love. Referencia nada gratuita, pues la cinta recrea las influencias sentimentales de un joven Lucas durante el proceso creativo de su famosa trilogía. Rodeado de gordinflas repulsivos, mecánicos pelanas, esgrimistas torpes y abusones con problemas de asma, el futuro director encuentra la inspiración en su enamorada, con un peinado setentil donde los haya y más cosas en común que las pertenecientes al ámbito intelectual donde se inicia su atracción. Es obvio que necesita de la complicidad de un espectador que se haya empapado bien con La guerra de las galaxias, pero si existía alguien en la muestra que no hubiese cumplido ese trámite, tal vez debiera haber encontrado su sitio en la "masiva" manifestación de aquella tarde ondeando tal vez alguna bandera preconstitucional o viendo el que fue, según dicen, un interesante Barça-Madrid en el Nou Camp (nosotros estábamos pasando miedo con The Abandoned)

Los seis minutos de Sang Froid, de Pierre-Louis Levacher, dan poco más de sí que un chiste fácil sobre los peligros de esa fea manía, cada vez menos extendida, de colgar crucifijos en las paredes. ¿Podríamos, tal vez, encontrar una velada referencia a El baile de los vampiros? Pero lo dicho, poco más.
Bastante más gore y divertido fue Staplefahrer Klaus, de Stefan Prehn y Jörg Wagner. La recreación del primer día de trabajo de un conductor de toro mecánico, da pie a un catálogo de amputaciones y torrentes de sangre que camparon bastante por su ausencia en el resto de la muestra (con ciertas excepciones), mucho más efectivos por lo inesperados, sobre todo al principio, pues el corto se asemeja a un video tutorial para futuros conductores, lo que no hace presagiar tanta, y tan variopinta, desgracia con tanta gracia.
Fallen Art, de Tomek Baginski, resultó, al igual que Sang Froid, poco más que otro chiste, eso sí, bastante más entretenido, por tratarse de una cinta de animación digital muy bien realizada, y con un final que invita a la reflexión, lo que convierte al chiste en humor negro del bueno.
El otro cortometraje español presentado fue el ya popular Las superamigas contra el profesor Vinilo, de Domingo González. Un villano con pintas del Swan de El fantasma del paraíso roba toda la música de la ciudad, que solo puede escuchar (o sufrir, más bien) los machacones ritmos del malvado DJ, pues de eso va el amigo Vinilo. El trío de las superamigas (que adquirieron sus superpoderes mientras meaban juntas en los baños del instituto) salvará a la humanidad de tamaña amenaza a base de hostias como panes. No negaré que este es el corto ruborizante del que hablaba al principio, pero es la misma vergüenza ajena que se siente al tararear indisimuladamente Galletas, de La casa azul, con lo que diré en su defensa que algo debe tener, como la citada canción, aunque todavía no sepa que es.
La cosa concluyó con el brillante Delivery, de Till Nowak. También animación digital, con un ritmo pausado, pero contando muy bien lo que cuenta. El género fantástico agradece pequeñas maravillas como esta, donde una pequeña gran idea, que podría perfectamente haber parido Borges, se funde con una gran realización.
S. V.
Acercarse a La marca del lobo (Blood and Chocolate. Katia von Garnier, 2007) sin saber con qué nos vamos a enfrentar puede provocar una notable decepción. Y esto es así porque su perfil argumental la coloca en una línea parecida a Ginger Snaps (John Fawcett, 2000), una muy estimulante película que equiparaba la licantropía al despertar sexual de una adolescente. Pero La marca de lobo viene avalada por los productores de Underworld (Len Wiseman, 2003) y su argumento se resume, como en aquélla, en una relectura del texto de Romeo y Julieta pero eliminando del juego a los vampiros, es decir, una historia de amor entre una joven "loup garou" y un humano con el marco gótico de Rumania de fondo. De esta manera, la película de Katja von Garnier se convierte en una insípida adaptación del mito del licántropo [2] trasladado a la franja existencial de la adolescencia, pero en su peor versión, es decir, obviando cualquier apunte sórdido y concentrándose en las peripecias románticas —tirando a cursi — de esta pareja interracial (sic). De ahí que ni siquiera se pretenda sacar partido a un contexto tan mágico y siniestro como Rumania, convertido en un set de rodaje barato, o aún peor, en un exótico decorado europeo de cartón-piedra.

Es de agradecer que Katja von Garnier se tome en serio, quizá demasiado, la dirección del film, intentando envolver con un esforzado lirismo ciertas situaciones, aunque su atrevimiento se desvanezca ante la impotencia de levantar unos diálogos y unos personajes insostenibles. Pero tampoco es para cargar demasiado las tintas porque al fin y al cabo La marca del lobo es una película ideal para ser programada en el canal Nickelodeon o en el Disney Channel un viernes en prime-time, y de esta manera encorajinar a toda una generación de adolescentes en plena ebullición hormonal. Sobre si películas como ésta frivolizan o banalizan a los mitos del cine "fantástico", es un debate que es mejor tomárselo con calma y emplazarlo para otra ocasión.
R. A. O.
Hasta ahora conocido por sus trabajos en el campo del cortometraje, y principalmente gracias a su pieza Aftermath, que narraba con dolorosa minuciosidad la violación y mutilación de un cadáver a cargo de un empleado de la morgue, Nacho Cerdá ejerce su debut en el largo con el respaldo de la producción del reputado Julio Fernández, en la que fue la única representación española en la muestra a excepción hecha de alguno de los cortos.
El tradicionalmente literario tema del doble siempre ha dado mucho juego en el cine para la realización de grandes películas (desde Chaplin a De Palma pasando, necesariamente, por Hitchcock), y el género de terror se ha alimentado en no pocas ocasiones de la cuestión. En The Abandoned, un nuevo acercamiento al asunto, como ocurre por ejemplo en Doppleganger de Kiyoshi Kurosawa (un autor inédito en nuestras salas y que seguro sería bienvenido en futuras ediciones), la protagonista (y su hermano) se enfrenta(n) a su "reverso tenebroso".

El filme de Cerdá se complica además con paradojas espacio-temporales y lo que a priori se presentaba como una película de terror al uso como tantas que se hacen ahora, resulta algo más compleja, al menos argumentalmente hablando, lo que ya es loable. A pesar de algunos bajones de ritmo y ciertas partes algo forzadas del guión (no en cuanto a las paradojas temporales, que por eso se llaman así), se ve con cierto agrado gracias a esa sensación de estar viendo algo un poco diferente, y a unas dignas producción e interpretaciones, lo que no puede decirse de algunas de las últimas películas españolas del género de terror. Como ingrediente adicional, hay que destacar una última parte bastante sangrienta que no defraudará a los admiradores de Aftermath, si bien el espectador podrá estar tranquilo de no alcanzar la inseparable y malsana sensación de degradación moral conseguido con aquella.
S. V.
Hasta la fecha, El protegido (Unbreakable, 2000) es para quien esto escribe la película que mejor ha sabido llevar a la pantalla el microcosmos de los superhéroes de cómic, y ello sin tener que pedir prestada licencia a editoriales como Marvel y DC para llevar a la pantalla alguno de sus personajes más emblemáticos. El punto de partida de Special no está tan alejado de la película de M. Night Shyamalan, aunque sus creadores Hal Haberman y Jeremy Passmore, en lugar de disertar sobre la relación de dependencia mutua que se establece entre héroe y villano, optan por una entrañable y breve fábula que oscila entra la comedia y el drama patético. Special pone en imágenes la odisea de Les Franken (un atinado Michael Rapaport), un aficionado a los comics que, como consecuencia de un tratamiento experimental contra la depresión, cree haber obtenido poderes similares a los de los personajes que admira. La película, plagada de guiños referenciales al mundo del cómic (aunque no recuerdo ninguna portada de Marvel o DC, seguramente por una cuestión de licencias), tiene un vigoroso primer tramo repleto de ocurrentes secuencias, siempre relacionadas con los supuestos poderes de Franken, que navegan entre el puro slastick y el surrealismo indie a lo Paul Thomas Anderson. Kevin Smith debería tomar buena nota de algunos de los magníficos chistes que aquí aparecen cuando se vuelva a bajar los pantalones para rodar Clerks III. Con todo, Special pierde algo de fuelle hacia el final, cuando concluye el arco argumental que lleva al personaje a pasar a la ingenuidad vital tan propia de los primeros años de vida de los superhéroes al poso de tristeza que conlleva la aceptación de la realidad y sus múltiples aristas ariscas.
J. P.
Pornografía y niños. Dos mundos tan separados que para las mentes de los desequilibrados van juntos. No es el caso del director y guionista (aunque toque el tema) de esta estimulante obra de animación, de trazo limpio y expresivo que nos remite más al comic que al coetáneo cine de dibujos de carne y hueso. Convertida en una suerte de remake explícito de Hardcore, un mundo oculto (que a su vez era un remake implícito de Centauros del desierto), Princess navega por aguas tuburlentas que mezclan a niños asesinos con venganzas definitivas, a esquizofrenias paranoides con la puber inocencia que pervierte, subvierte y hace dudar del orden supremo y jerarquico que construyen lo que se hace llamar educación.

Morgenthaler además muestra un extraño gusto por la puesta en escena (digo extraño porque a veces en el cine de animación se descuida hasta límites poco soportables), destacando sobre todo la planificación de la escena del restaurante chino y unas transiciones que cuando no caen en la ñoñería (algún cielo, alguna gaviota) parecen componer una marca de la casa bastante atractiva. Un autor a seguir si no da discursitos como el que dio en Sitges, tan desaforado y reaccionario que puede perjudicar a una obra que no tiene nada que ver con eso.
M. O.
Tras el rodaje de Vital (id. 2004), Shinya Tsukamoto declaraba su cansancio ante la dificultad de conseguir financiación para sus proyectos más personales, así como su escaso éxito en su país de origen, un estatus que no debería sorprenderle ya que él mismo se ha convertido en una especie de ácido que corroe la diáfana existencia nipona. Afortunadamente, el proyecto de cortometrajes de Jeonju le concedió la oportunidad de rodar Haze (id. 2005), una obra maestra absoluta en formato mediometraje donde recuperaba la fisicidad y el desasosiego formal de sus primeras obras. Con su último trabajo, Nightmare Detective (Akumu Tantei, 2006), Tsukamoto pretende establecer un puente entre su rabiosa manera de aprehender el mundo y un necesario bálsamo comercial, a través de un largometraje mezcla de encargo y proyecto personal, y donde comparte la escritura del guión por primera vez en su carrera. Aquí descansa por tanto la fragilidad de una obra que bascula entre dos conceptos que el director nipón parece incapaz de asociar: por un lado, desmarcarse de las constantes del J-Horror —un sarcástico guiño al lei-motiv de los fantasmas de largos cabellos— mediante una estructura argumental más adulta y un mayor contenido violento; y por otro, usar ciertos ganchos comerciales que auguren cierto impacto en la taquilla patria —la elección de una diva del J-Pop como Hitomi como protagonista.

Pero Shinya Tsukamoto es un director de una personalidad tan virulenta que carece de la habilidad para escindirse bajo el manto popular, algo que ya demostró en Gemini (Sôseiji, 1999), que aparentaba ser un proyecto comercial para terminar convirtiéndose en una extrañísima y muy bizarra película. Su cine ha de entenderse como un acto de rebeldía, de total inconformismo ante el alienante status quo nipón, que ejecuta sus armas no sólo desde la transgresión conceptual —la mutilación y el dolor físico como herramientas para escapar de un entorno estandarizado— sino también visual, de ahí que sus obras estén marcadas por una estética radical, que algún despistado puede confundir hoy en día con videoclipera, pero que es ajena a las modas coyunturales y a probadas recetas de éxito. Para Tsukamoto, la volatilización del encuadre, la ruptura de su composición o los desquiciados travellings son las armas que esgrime frente a la armonía y el equilibrio del arte clásico japonés. Y hay mucho de ello en Nightmare Detective, largometraje que conecta de forma esquiva con sus obsesiones, con su dolorosa manera de entender a los seres humanos y a las relaciones que se establecen entre ellos y la sociedad que los subyuga. Por ello somos incapaces de entender ese pegote a modo de epílogo que remata de forma fraudulenta esta historia de un detective capaz de introducirse en los sueños ajenos, y que supone una farsa, una negación del pesimismo existencial que exuda toda su obra. Pero Tsukamoto es inteligente, y su personaje desaparece antes: todo un ejercicio consciente que cuestiona su adhesión a tan calamitoso cierre.
R. A. O.
La película de animación en blanco y negro de Christian Volckman fue una de las que más expectación y aplausos levantó en el festival. Su exitoso paso por los certámenes de cine fantástico y de terror de Sitges y de San Sebastián, el pasado año, estaba en boca de muchos asistentes. Y no hubo decepción. Volckman propone una cinta de suspense en la mejor tradición del cine negro clásico pero vestida de ciencia ficción —la trama está situada en París en el año 2054— que sigue los pasos del agente de policía Karas, encargado de investigar el secuestro de una joven científica que trabaja para una corporación de salud y belleza. El argumento no es nuevo y los personajes presentan muchos de los tópicos habituales del cine policíaco. El protagonista es un hombre solitario y de pocas palabras; el malo es un individuo falso, hipócrita y sin escrúpulos, y la "chica" del héroe es una mujer aparentemente fuerte que, en realidad, es insegura y se siente desprotegida. Pese a ello, Renaissance mantiene el pulso por su excepcional armadura estética y visual, que se alimenta de dos fuentes: la tecnología de animación empleada y el diseño gráfico, excepcional en todos los niveles (objetos, coches, vestuario, espacios y el concepto retrofuturista de París).
Sobre la primera, la tecnología de animación empleada por Volckman y su equipo es la conocida como motion capture (captura de movimiento, ya vista en Polar Express, Final Fantasy o el personaje de Gollum en El Señor de los Anillos), que permite registrar con alto grado de fidelidad los movimientos de los actores y trasladarlos a un escenario gráfico creado por ordenador o por animación tradicional. Esta tecnología dota a los personajes de una gama de movimientos tan variados y reales que es fácil olvidar que estamos ante un producto animado. Apuntalada por un doblaje de actores de primer nivel (Daniel Craig, Ian Holm, Jonathan Pryce), esa sensación de credibilidad es muy importante porque acerca al público los sentimientos de los personajes, los humaniza; y a partir de esa complicidad es más fácil dejarse envolver por la atmósfera fantástica, casi onírica, de la película.

Dicho envoltorio es fruto de un diseño gráfico espectacular que nos traslada a un París inspirado en aquel Los Ángeles apocalíptico de Blade Runner, de la que Renaissance no disimula otras influencias, como la construcción psicológica de Karas. Los edificios y espacios más representativos del París actual (Notre Damme, la basílica del Sagrado Corazón, el barrio de Montmartre, la torre Eiffel) se funden y confunden con nuevos elementos arquitectónicos de acero y cristal. Esa suma da a luz una ciudad de contrastes entre lo nuevo y lo viejo que muy bien podría simbolizar la pregunta que late al final de la película: ¿qué pasaría si el hombre fuera inmortal? A partir de ese punto la película de Volckman invita a reflexionar sobre la sociedad occidental contemporánea, obsesionada por la juventud y la belleza, y que destierra cualquier signo de enfermedad y decrepitud. En definitiva, que exilia la muerte del subconsciente colectivo. Además de Blade Runner, las influencias gráficas y conceptuales de Renaissance van desde la serie de cómics Sin City hasta Minority Report, pasando por Metrópolis y el anime japonés. Son debilidades confesadas por parte del director, quien, no obstante, ha sabido eludir la sombra de la vulgar copia para construir una de las películas fantásticas más sólidas, entretenidas y fascinantes de los últimos años.
Raúl Alvarez
Probablemente la muestra se cerró con la mejor película de todas. En Exiled, el hongkonés Johnnie To ofrece un ejercicio de cine con mayúsculas. Cine de entretenimiento, con todos los ingredientes necesarios para dejar un buen sabor de boca que no se va con el primer lavado de dientes.
En la película nos reencontramos con los personajes de la también excelente The Mission, unos años más tarde, y en otro berenjenal de igual o mayor calibre. Se debaten entre la amistad y el honor. En el ambiente en que se mueven, el de las mafias chinas, es difícil anteponer cualquier cosa a este último, así que su decisión se justifica por algo que vale la pena, o eso es lo que creen, como también lo cree el espectador cuando se termina la función.
La película se articula en torno a destructoras set pieces (el accidentado reencuentro con el amigo traidor, el sangriento tiroteo del restaurante, la escabechina en la sala de operaciones clandestina, el episodio del furgón blindado y el enorme grand finale en el hotel), todas ellas intercaladas por esas pausas donde se masca la tragedia mientras se corta el aire con un cuchillo, donde se respira un aroma de western, y se escucha un sonido de western, con una banda sonora que no deja lugar a dudas sobre el género ante el que nos encontramos. Y si queda alguna, no hay más que contemplar al moderno "grupo salvaje" huyendo a golpe de percutor de un destino al que, como siempre en estos casos, al final hay que hacer frente, aunque sea regidos por el azar, por lo que dicte una moneda, incluso aunque nos diga lo contrario de lo que esperamos.

Todo ello se enriquece con una excelente puesta en escena en las secuencias de acción, apoyada por un montaje sin excesos que permite contemplar los tiroteos en toda su magnitud, y a la vez una presentación visual atractiva y nada monótona, con planos aéreos, cámaras lentas, estallidos de sangre con cada nuevo disparo, que terminan componiendo un auténtico disfrute de principio a fin.
Y a pesar de que, como anunciaba Roberto Cueto en la presentación de la película, los personajes no estén definidos con perfectos retratos psicológicos, siendo más bien estereotipos del género, no es menos cierto que el espectador empatiza con el grupo, y a pesar de sus dudosas actividades les coge cariño, probablemente gracias al fuerte sentido de la camaradería que se desarrolla entre ellos y que se transmite perfectamente con los diálogos y las situaciones (momentos brillantes como el cierre de puertas del hotel a cámara lenta una vez liberada la rehén no pueden describirse con palabras)
¡Quiero verla otra vez! ¿Para cuando el estreno comercial?
S. V.
[1] Incluso, Zhang fue el director de fotografía de las dos primeras películas de Chen.
[2] Hacemos uso del término "licántropo" para evitar la repetición léxica, pero somos conscientes de la distinción entre éste y un "loup garou". A diferencia del primero, el "loup garou" es una criatura que posee la habilidad para transformarse en humano o en lobo según su conveniencia.